Entrevista a Helen Castor

"Las reinas que trataban de mandar eran percibidas como mujeres monstruosas y antinaturales"

La historiadora Helen Castor rescata del olvido a cuatro reinas de la Inglaterra medieval en su libro 'Lobas', un término shakesperiano que define cómo eran vistas las mujeres que intentaban ejercer el poder: como unas criaturas salvajes y peligrosas. ¿Sobre qué raíces crece este prejuicio? ¿Cómo influyeron estas cuatro monarcas -y otras poderosas mujeres como Juana de Arco- en cambiar la idea de que el poder y el liderazgo pertenecen por naturaleza a los hombres?

Helen Castor en la catedral de Rouen, junto a una placa conmemorativa del entierro de Matilde de Inglaterra.

Foto: Chris Gibbons

La Inglaterra de la Edad Media no era país para mujeres. En realidad, casi ningún país lo ha sido en cualquier época. Pero para Helen Castor (Cambridge, 1968) -especialista en el Medievo, profesora del Sidney Sussex College de la Universidad de Cambridge y autora de varios libros sobre ese periodo-, reconstruir el papel que han tenido las mujeres es algo esencial, pues no hacerlo significa “dejar de lado la mitad de la historia.”

Aprovechando la publicación en España de su libro Lobas -cuyo contenido ha sido adaptado en la serie documental homónima-, hablamos con la autora acerca de las mujeres y el poder, qué significaba ser reina y a qué se enfrentaban las mujeres -de sangre real o no- que se salían de su papel. Sus respuestas aportan una visión de fondo no solo sobre esa discriminación, sino sobre todo acerca de por qué sucede.

Lobas Helen Castor

Matilde de Inglaterra, Leonor de Aquitania, Isabel de Francia y Margarita de Anjou son las cuatro reinas cuyas vidas nos presenta 'Lobas'.

Historia National Geographic: El título Lobas define cómo se ha percibido a las mujeres con poder a lo largo de la historia, como algo salvaje y peligroso. ¿De dónde viene ese prejuicio de que las mujeres con poder son peligrosas?

Helen Castor: Mucho de esto en la cultura occidental se remonta a la Biblia. Si miramos la historia de la creación del mundo, las mujeres fueron creadas a partir de los hombres: la creación de Dios es el hombre, es Adán, y Eva es creada de la costilla de Adán. Y el pecado original es culpa de Eva. Eso establece la presunción de que el hombre debería ser el que manda y si dejas que las mujeres tengan un poco de poder, sucederán cosas malas. Estos son supuestos muy, muy profundos que también, por supuesto, van de la mano con una organización social donde las mujeres tienen los bebés y en general, se quedan a cuidar de la casa y la familia. Y si estamos hablando de la Europa medieval, es una sociedad donde las clases dominantes son élites militares y se espera que los líderes puedan luchar. Por eso existe la idea de que una mujer, aun si es buena, es más débil que un hombre y necesita estar bajo la autoridad de un hombre para ser virtuosa. Si luego da un paso adelante e intenta mandar, no solo no puede liderar en un campo de batalla, sino que hay algo antinatural, algo alarmante, algo potencialmente monstruoso en la idea de poner patas arriba la creación de Dios y colocar a una mujer al mando.

HNG: Entonces, ¿es más una suposición cultural que legal?

Helen Castor: Sí, es una suposición cultural que, al comienzo del período sobre el que escribo en el libro, en cierto sentido, está tan arraigada y es tan amplia que no necesita ser algo legal porque todo el mundo sabe que los líderes son hombres. Pero la dificultad cuando tienes un sistema de gobierno basado en el linaje sanguíneo, en la transmisión de padre a hijo, es que a veces los reyes no tienen hijos, a veces solo tienen hijas. Y en ese supuesto tienes estos dos principios en oposición: los padres deben transmitir el poder real a sus hijos, pero los líderes deben ser hombres. Si el hijo de un rey es una mujer, ¿qué haces entonces? Y esa es realmente la historia de Matilde, la primera de las reinas sobre las que escribo en mi libro. ¿Qué sucede cuando un rey solo tiene una hija? ¿Puede convertirse en la reina gobernante o tienes que hallar la manera de encontrar a otro hombre? Lo más importante de Matilde es la forma en que ella establece una primera vez, un precedente en Inglaterra. Pero es un precedente muy confuso porque ella no logra establecer su autoridad como reina pero al mismo tiempo, tampoco falla completamente. Lo que sucede en Inglaterra son 19 años de guerra civil entre Matilde y su primo Esteban de Blois, que le arrebata la corona cuando su padre muere. Pero Esteban no puede desafiar por completo a Matilde porque, después de todo, ella es la heredera legítima del rey anterior. Esteban ya se ha coronado, lo cual le da una gran autoridad porque se supone que Dios lo ha ungido, pero él no es el hijo del viejo rey. Y tras 19 años de guerra civil, se acuerda un tratado por el cual Esteban continuará gobernando hasta su muerte y después el hijo de Matilde le sucederá: Esteban tiene un hijo, pero el hijo de Matilde será el sucesor. Por lo tanto, al final Matilde pierde la batalla, pero gana la guerra a largo plazo. Pero la forma en que gana la guerra es renunciando a sus propias aspiraciones y realmente no queda claro si las mujeres pueden gobernar por derecho propio o no.

"Hay algo antinatural, algo alarmante, algo potencialmente monstruoso en la idea de poner patas arriba la creación de Dios y colocar a una mujer al mando"

HNG: Entonces, en la posición de regencia, ¿podían actuar con pleno poder, o bien podían ejercer el poder pero desde una posición secundaria?

Helen Castor: Lo que vemos en Inglaterra en los cuatro siglos posteriores a Matilde es precisamente esto. Hay mujeres poderosas involucradas en la política inglesa, porque después de todo, independientemente de los supuestos culturales, sabemos que las mujeres pueden ser tan inteligentes y capaces como los líderes hombres y no todos los hombres son líderes tan capaces como cabría esperar. Pero las mujeres deben tener mucho cuidado con la forma en que ejercen su poder. Las siguientes tres reinas sobre las que escribo en el libro ejercen el poder en nombre de su esposo o de su hijo. Pero tienen que ser muy, muy cuidadosas, porque si se ponen demasiado al frente y queda claro que realmente son ellas y no su esposo o hijo [quienes gobiernan], o si actúan de una manera que parece ir demasiado lejos en contra de lo que se espera de una buena mujer, entonces hay el riesgo de que su poder sea desafiado. En Inglaterra no vemos una reina gobernante por derecho propio hasta que llegamos al siglo XVI, primero con María Tudor y luego Isabel I. Y lo más importante, es una situación en la que solo quedan mujeres. No hay un rey posible porque los Tudor son una dinastía que no ha tenido demasiado éxito en engendrar niños. Por lo tanto, en ese punto, Inglaterra tiene que aceptar que habrá una reina porque no hay alternativa. Creo que es muy interesante que en Castilla sucedió mucho antes que Inglaterra con Urraca I de León en el siglo XII, y luego, por supuesto, con Isabel a finales del siglo XV. Esto ayuda a explicar por qué María Tudor no ve por qué no puede ser reina si su abuela, Isabel la Católica, había gobernado Castilla con enorme autoridad. Pero, por supuesto, su padre Enrique VIII echa la mirada atrás en la historia de Inglaterra y no ve el mismo precedente.

HNG: Hablando de María Tudor, sucede algo interesante, no solo en Inglaterra sino también en otros países como Francia, con las guerras entre católicos y protestantes. En ese sentido, ¿la religión era una cuestión de fe personal o una forma de ganar poder a través de alianzas?

Helen Castor: Es una muy buena pregunta y la respuesta es que, hasta cierto punto, depende de quién estamos hablando, porque algunas de estas poderosas figuras indudablemente tenían una fe personal intensa. Y pondría a María Tudor en esa categoría, ella era una católica absolutamente convencida y, por supuesto, eso estaba ligado a su situación política porque su padre, Enrique VIII, rechazó a su madre y también rechazó al papa, la autoridad del papa. Se había metido en tal dificultad política que no podía deshacerse de Catalina de Aragón sin rechazar a Roma. Por lo tanto, para María, esas dos cosas iban juntas: su propia legitimidad y su fe católica eran absolutamente inseparables. Hay otras figuras dentro del mundo político en este período que estaban más preparadas para ceder a compromisos: es famoso el caso de Enrique IV de Francia, que dijo que París valía una misa y se convirtió. Pero no creo que María Tudor lo hubiera hecho ni tampoco Isabel I, a pesar de que Isabel era mucho menos ferviente en su religión que María. Sin embargo, las circunstancias de su infancia, el hecho de que Enrique VIII había rechazado a la madre de María junto con la Iglesia de Roma, y ​​solo había podido casarse con la madre de Isabel porque ahora era el jefe de la Iglesia de Inglaterra, significaba que esas posiciones religiosas no eran negociables. Es muy interesante ver como diferentes gobernantes responden: creo que igual que nosotros, algunos de ellos son creyentes y otros están dispuestos a ceder a compromisos.

HNG: Así pues, tenemos a mujeres que ejercen el poder pero de forma diferente a los hombres. Se suponía que debían ser el poder blando, forjando alianzas, a veces incluso como esposas. ¿Es por eso que a veces las reinas, como la emperatriz Sissi, son más amadas que los reyes?

Helen Castor: Ciertamente es así. Ese es el papel convencional que debe desempeñar una reina. La “esposa del rey” es lo que originalmente significa la palabra reina. La suposición de que un rey gobierna y una reina es su esposa es tan profunda, que parte del dilema para las mujeres sobre las que escribo es si una reina realmente puede significar una “mujer rey” o no. Pero el papel convencional es que una reina debe ser un apoyo virtuoso y amoroso para su esposo y su gente. De modo que, en ciertas circunstancias, una reina debe suavizar la fuerza aterradora del poder de su marido, debe tratar de interceder por la paz, pedir piedad. Y estas son ciertamente cualidades que pueden llevar a que una reina sea mucho más amada que el rey. En Inglaterra, hay un maravilloso ejemplo en el siglo XIV: Felipa, la esposa del rey Eduardo III, que era en cierto sentido la reina perfecta. Tuvo 12 hijos, muchos de ellos varones, nunca se opuso públicamente a su esposo, pero sí intercedió ante él pidiendo piedad en ciertas situaciones muy difíciles y como resultado fue muy amada. Pero esta es exactamente la razón por la cual puede parecer que las reinas que dan un paso adelante para tratar de mandar de una manera diferente a esa no son iguales a los hombres, sino que son percibidas como mujeres monstruosas y antinaturales que, en lugar de ser virtuosas y amables, están yendo más allá de lo que una buena mujer debe hacer.

"El papel convencional es que una reina debe ser un apoyo virtuoso y amoroso para su esposo y su gente"

HNG: En cambio, una de las reinas inglesas más celebradas, Isabel I, es exactamente lo contrario de lo que se espera: ejerce el poder de la misma forma que los hombres e incluso rechaza tener hijos.

Helen Castor: Lo hace, y eso muestra como es de difícil su posición, porque en circunstancias normales, asumirías que cualquier monarca tendría como una de sus principales ambiciones pasarle la corona a su hijo y continuar la línea de sangre dinástica. Y para tener el tipo de poder que un rey daría por sentado -un rey puede gobernar, puede ejercer el poder y puede tener hijos- Isabel toma la decisión de que para tener un poder independiente que sea suyo y solo suyo, no puede arriesgarse a tener un esposo y, por lo tanto, la posibilidad de tener hijos. En parte se debe a la dificultad de suponer que el marido tiene autoridad sobre su esposa: si una reina se casa, ¿su marido se convierte en el rey? ¿Eso significa que su marido pasa a tener autoridad sobre el reino y sobre su esposa a través de su relación? Otra cosa que creo que debemos tener en cuenta es que es muy fácil olvidarse de que el parto era algo muy peligroso en todos estos siglos. Si eres un rey, puedes tener hijos sin arriesgarte a morir. Si tu esposa muere, consigues otra. Pero para Isabel, el riesgo que corre no solo es el de perder su independencia como gobernante, sino que también puede perder su bebé e incluso su propia vida. Así que creo que pensamos mucho en los peligros que afrontaban los reyes luchando en el campo de batalla y quizás olvidemos que las reinas se enfrentaban a un tipo diferente de peligro físico, el de dar un heredero, que podía matarlas.

HNG: Entonces, ¿las reinas eran vistas como algo desechable? ¿Si tu reina moría, conseguías otra?

Helen Castor: Suena chocante, pero en efecto es así. Si su esposa moría en el parto, la mayoría de los reyes no perdían mucho tiempo para casarse nuevamente porque el reino necesitaba un heredero. El libro que estoy escribiendo ahora trata sobre dos reyes de Inglaterra, Ricardo II y Enrique IV. Ricardo II es, de diversas maneras, un rey bastante extraño, un rey inusual. Una de las formas en que es inusual es que cuando su reina muere y no han tenido hijos, se casa de nuevo, pero con una princesa francesa que tiene siete años: es una alianza diplomática. Pero Ricardo tiene unos 30 años en este momento y claramente está dispuesto a esperar durante mucho tiempo la posibilidad de tener hijos, mientras que la mayoría de los reyes lo ven como una tarea urgente para tener un heredero y que, si algo les sucede, la dinastía esté a salvo.

HNG: Obviamente, las mujeres comunes estaban en peor posición, ¿pero dirías que disfrutaban de más libertad personal en el sentido de que no tenían esa responsabilidad?

Helen Castor: Dependiendo de dónde miremos en la jerarquía social. Ciertamente no tenían esa presión para producir el heredero masculino del que dependía el reino. Por supuesto, también había presiones para tener niños entre la aristocracia que llevaba un título y un negocio familiar. Y si fueras comerciante o agricultor, posiblemente querrías que los hijos te ayudaran en el campo o el negocio, pero las niñas y las mujeres se dedicaban al trabajo agrícola, laboral y doméstico, que era extremadamente duro. Y también significativamente, cuanto más bajamos en la jerarquía social, más libertad de elección hay en cuanto a la pareja con quien te casas. El matrimonio, según la iglesia en este período, se suponía que era un asunto de libre consentimiento y, por lo tanto, las personas que tenían menos opciones de elección en términos de quién sería su cónyuge, eran las personas que estaban en la cima de la jerarquía. Una vez más, creo que estamos tan acostumbrados a la idea de que los matrimonios reales eran una cuestión de diplomacia internacional, que olvidamos que se trataba de chicas muy jóvenes, a menudo enviadas a cientos de kilómetros de distancia a países en los que nunca habían estado, para casarse con un hombre al que nunca habían conocido. Y se esperaba que comenzaran a tener hijos lo antes posible. Por supuesto, sus esposos también tenían que casarse con alguien a quien nunca habían conocido, pero en términos de las convenciones de la época, a los hombres se les permitía tener amantes sin demasiadas críticas. Pero las mujeres tenían que ser virtuosas, tenían que ser sexualmente fieles para garantizar que sus hijos fueran realmente los reyes legítimos.

HNG: Acerca de estas chicas que eran enviadas como esposas, ¿podían ser vistas en el país que las recibía como posibles agentes extranjeros?

Helen Castor: Si todo salía bien, no, porque si era una alianza que había funcionado y había ayudado a traer la paz entre los dos países, y particularmente si esa esposa real hacía todo lo que se esperaba de ella -si se convertía en parte de su nuevo país, le daba herederos a su marido y cumplía con todos los roles esperados de una reina virtuosa-, entonces podía ser adoptada y realmente aceptada por ese país. Es algo que sucedió con Matilde, la primera de las reinas sobre las que escribo en el libro. Antes de convertirse en la heredera del trono de Inglaterra, fue enviada a Alemania para casarse con el emperador alemán. Fue enviada a los ocho años para ser educada en su corte y no se casaron hasta que ella tenía casi 12 años, y fue una emperatriz alemana muy respetada que se integró en la corte de su esposo y en su gobierno. Pero si las cosas comenzaban a ir mal, entonces sí, absolutamente, una reina podría comenzar a ser vista con sospecha. Y un muy buen ejemplo de eso, una vez más, es una mujer de la que escribo en el libro: Margarita de Anjou en el siglo XV, que se casa con Enrique VI de Inglaterra en un momento en el que los dos países han estado en guerra durante décadas. La esperanza es que este matrimonio ayudará a traer la paz, pero no lo hace. Y así, la pobre Margarita queda casi abandonada en Inglaterra como los restos de un tratado de paz que no ha funcionado. Y en el momento en que el gobierno de su marido empieza a desintegrarse en una guerra civil, y la guerra con Francia no solo continua sino que va muy mal para Inglaterra, ella trata de defender su gobierno porque su situación es completamente desesperada. Da un paso adelante en nombre de su esposo y de su hijo, y es vista con intensa sospecha. Es la reina que Shakespeare llamó de forma célebre “la loba de Francia, pero peor que los lobos de Francia”: es una mujer que hace algo que las mujeres no deberían hacer y que es francesa, y eso para los ingleses en la década de 1450 es algo aterrador.

HNG: Entre las reinas de las que hablas, ¿cuál dirías que es la que marca un punto de inflexión o la que cambia esta idea de que las mujeres no pueden gobernar?

Helen Castor: Supongo que debería decir, en primer lugar, que en cierto modo no creo que hayamos perdido la idea de que un líder debería ser hombre de forma natural. Si miramos alrededor del mundo hoy en día, una de las cosas más sorprendentes en términos de la historia de nuestros gobiernos es que la monarquía hereditaria ha sido, de alguna manera, mejor en producir mujeres gobernantes simplemente por accidente de nacimiento que las democracias: porque en realidad, tan pronto como te encuentras en situación de poder elegir el mejor líder en lugar del líder que nace, todas esas suposiciones acerca de que los líderes naturales son varones se reafirman. Y en la mayoría de las democracias de todo el mundo, a las mujeres les ha llevado mucho tiempo comenzar a alcanzar posiciones de liderazgo en lo más alto. La elección estadounidense de 2016 fue un ejemplo muy interesante de eso, con muchas de las críticas a Hillary Clinton: por ejemplo, fue criticada por su ambición, algo que, como señaló la ensayista Rebecca Solnit, es algo que debe tener en común con todos los que alguna vez se presentaron a elecciones en todo el mundo. Pero si eres mujer, te echan en cara ese tipo de cosas. Por lo tanto, no creo que hayamos perdido estas ideas por completo. Pero si nos fijamos en estas reinas, y la idea de un punto de inflexión es muy interesante, diría que un punto crucial en cualquier estado es el momento en el que una mujer gobernante es aceptada por primera vez. Y en Inglaterra llega mucho más tarde que en España: Matilde en el siglo XII no logra establecer su derecho a gobernar de forma incontestada y no es hasta mediados del siglo XVI, con María Tudor y luego con Isabel, cuando Inglaterra tiene una reina gobernante por primera vez. Pero eso sucede únicamente porque solo quedan mujeres y no hay otra elección. Y eso ya había sucedido en España en el siglo XII con Urraca de León, cuando ella y su media hermana eran las dos únicas pretendientes al trono. Y ese precedente ayuda a establecer esta posibilidad como real, lo que significa que es, no fácil pero sí más fácil para Isabel de Castilla en el siglo XV, que nuevamente se enfrenta a una rival que también es mujer, su sobrina. De modo que, si no tienes un hombre como alternativa, es más fácil que una mujer sea aceptada como gobernante.

"Tan pronto como te encuentras en situación de poder elegir el mejor líder en lugar del líder que nace, todas esas suposiciones acerca de que los líderes naturales son varones se reafirman"

HNG: Además de las reinas, una mujer poderosa que fascina a la gente es Juana de Arco. Y lo curioso de ella es que es solo una muchacha campesina que se presenta ante el ejército y dice “Dios me ha enviado, dejadme hablar con el rey”… y al final le hacen caso.

Helen Castor: Sí, ella es lo contrario de lo que esperarías de un líder. Y, de hecho, terminé escribiendo un libro sobre Juana de Arco precisamente porque cuando escribí este [Lobas] y cuando se publicó por primera vez en Inglaterra, seguía diciéndome que el problema para estas reinas era que no podían dirigir un ejército en el campo de batalla. La única mujer que lo hace en la Europa medieval es Juana de Arco, “y mira lo que le pasa”, me decía. Y luego comencé a darme cuenta de que no entendía completamente esto. Todos nosotros, en cierto sentido, conocemos la historia de Juana de Arco, ¿pero cómo fue que una chica campesina, llegada del medio de la nada por así decirlo, pudo hacer lo que hizo y lo que ninguna otra mujer hizo en aquella época? Pero creo que cuando te pones a ver la historia en detalle y buscas en las fuentes contemporáneas a ella, ves que hay muchas capas de mitos e iconografía sobre Juana de Arco. Lo que intenté en mi libro fue quitar todo eso y volver al momento en que ella llega a la corte y dice “Dios me ha enviado”: ¿por qué alguien la escucha? Y, en cierto sentido, lo que me parece es que la situación en la que su rey [Carlos VII de Valois] se encontraba en 1429 era totalmente desesperada: no solo estaba involucrado en una guerra con los ingleses que iba extremadamente mal, sino que también estaba metido en una guerra civil en Francia contra el duque de Borgoña, y él no era un gran guerrero como se suponía que un rey debía ser. Y así, en cierto sentido, necesitaba un milagro. Los escoceses habían enviado soldados para ayudarle y fueron recibidos como si Dios los hubiera enviado… y luego fueron derrotados: claramente, Dios no los había enviado, Dios debía estar esperando a enviar a alguien más. Habían llegado a un punto de desesperación total y creo que eso explica lo que sucedió. Juana claramente creía que Dios la había enviado, pero allí estaba ella con el ejército en el este de Francia, tratando de que la gente la escuchara y nadie lo hacia, por supuesto. Pero finalmente llegó a la corte la noticia de que una chica afirmaba que Dios la había enviado, y alguien pensó: esta es una oportunidad, veamos qué tiene que decir. Sospecho que fue la suegra de Carlos VII, una mujer muy, muy poderosa, Yolanda de Aragón, quien fue una de las mejores políticas de Francia a principios del siglo XV. Pero incluso cuando Juana fue llevada a Chinon, no dijeron de inmediato “una santa ha llegado”, dijeron “no podemos estar completamente seguros, porque puede ser que Dios le esté hablando, pero también podría ser el diablo y entonces podríamos tener problemas. Pero vale la pena intentarlo. Dadle una prueba, dejad que demuestre que ha sido enviada por Dios”. Y la prueba es enviarla al asedio de Orleans, que levanta en cuatro días, momento en el que claramente Dios la ha enviado. Pero es precisamente porque ella es lo opuesto a todo lo que se esperaría de un líder: es mujer, tiene 17 años y es una campesina, no es una dama de noble cuna. Eso prueba, si quieres verlo así, que es un milagro enviado por Dios porque es lo opuesto a todo lo que cabría esperar.

HNG: Es muy interesante verlo de esta manera. ¿Entonces, dirías que las mujeres poderosas y carismáticas como ella son utilizadas hasta el momento en que se convierten en un problema?

Helen Castor: Eso es exactamente lo que pasa. Por supuesto, si la prueba de que Dios está con ella es que ella gana batallas, ¿qué pasa cuando las deja de ganar? ¿Eso significa que Dios ya no está con ella? Es difícil interpretar la voluntad de Dios según lo que pasa o lo que tú necesitas que pase en un momento determinado. Ella cree que Dios todavía está con ella, por supuesto. Pero en cierto sentido, es esa clásica situación en la que una vez que has obrado un milagro, la gente te pide uno más grande, y luego otro y aún más grande. Ella gana en Orleans y ayuda a dirigir las fuerzas de su rey hasta poner en apuros a los ingleses y finalmente lo lleva a su coronación. Pero luego dice: “Bien, marchamos sobre París, vamos a tomar París”. París era una de las ciudades más fortificadas al oeste de Constantinopla y su rey le dio un solo día para tomarla. Por supuesto que no lo logró, nadie podría haberlo hecho. Así que una vez que sus triunfos comienzan a disminuir, no están realmente seguros de qué hacer con ella: no puede convertirse en capitana porque es una adolescente, y no puede ser una soldado corriente. Y luego, cuando es capturada por los borgoñones y después entregada a los ingleses, claramente su rey decide: “Dios ya no está con ella, ahora está conmigo”.

HNG: ¿Aparte de estas reinas, si tuvieras que escoger mujeres que han marcado un punto de inflexión en la historia y escribir un libro sobre ellas, cuáles serían?

Helen Castor: Bueno, supongo que diría, antes que nada, que nunca hay un solo punto de inflexión. Es muy difícil para una persona cambiar el curso completo de la cultura o la sociedad o nuestras suposiciones sobre la forma en que vemos a las personas. Pero hay una gran cantidad de grandes escritoras y grandes científicas que demostraron que la inteligencia no era algo exclusivo de los hombres: igual que la suposición de que el poder es intrínsecamente masculino, también se ha asumido que el intelecto es mucho más naturalmente masculino que femenino. Y esa es otra larga batalla: demostrar que las mujeres pueden ejercer la intelectualidad igual de bien que los hombres. Hay dos que inmediatamente me vienen a la mente en períodos muy diferentes. Una es Christine de Pizan, a principios del siglo XV en Francia, una de las primeras mujeres en ganarse la vida como escritora y que, de hecho, escribió sobre Juana de Arco: es algo extraordinario tener en ese mismo momento una escritora tan destacada que celebra el éxito de una líder militar única, demostrando que las mujeres pueden ser tan buenas en la escritura como los hombres. Y en la ciencia, una mujer que siempre me ha fascinado es Marie Curie: una vez más, la habilidad sobresaliente combinada con la determinación absoluta de llegar hasta la Sorbona y trabajar con resultados tan extraordinarios, a pesar de que estaba destruyendo su propia salud y tratando de tener una familia en al mismo tiempo.

"Lo que siento cada vez más, al fijarme en el último siglo, es cuán recientes son algunos de esos cambios y, en cierto modo, cuán frágiles"

HNG: ¿Crees que ha habido una progresión a lo largo del tiempo en esta idea de que las mujeres pueden hacerlo todo tan bien como los hombres?

Helen Castor: Ciertamente ha habido progresos, pero nunca han sido estables ni lineares. Siempre ha habido mujeres excepcionales que han hecho cosas que generalmente se suponía que las mujeres no pueden ni deben hacer. Pero en realidad, lo que siento cada vez más, al fijarme en el último siglo, es cuán recientes son algunos de esos cambios y, en cierto modo, cuán frágiles: precisamente porque la mayoría de los supuestos arraigados sobre la naturaleza de las mujeres y su papel social son tan profundos y han influido tanto en el desarrollo de nuestra sociedad y nuestra cultura, dudaría en ver alguna victoria como concluyente por bastante tiempo todavía.

HNG: Para terminar, dices que la historia tiene mucho más sentido cuando la completas con la visión de las mujeres. ¿Cómo podemos recuperar esta perspectiva femenina de la historia?

Helen Castor: Ciertamente es muy difícil, particularmente en el período sobre el que escribo, porque tenemos muy pocas fuentes privadas. Casi todas nuestras evidencias provienen del mundo público, ya sean crónicas, registros legales u otros registros gubernamentales. Y como resultado, la inmensa mayoría están escritas por hombres y registran principalmente las actividades de otros hombres porque eran estos quienes dominaban la esfera pública. Y es muy difícil saber qué hacen las mujeres detrás de escena políticamente, y mucho más en el caso de mujeres que están más abajo en la escala social. Es por el tipo de poder blando del que hablábamos: si tu influencia se ejerce detrás de escena, visto a distancia de cientos de años es muy difícil saber lo que realmente sucede. Y también es muy, muy difícil descubrir qué pensaban y sentían las mujeres cuando no tenemos diarios ni cartas privadas. Ciertamente, cuando llegamos al siglo XVI, las cosas comienzan a ser un poco más fáciles. Pero en la Edad Media es muy difícil, por ejemplo cuando escribía sobre Leonor de Aquitania, uno de mis personajes favoritos en todo este libro, que vivió una vida extraordinaria a lo largo de sus 80 años: las únicas cartas suyas que tenemos son documentos políticos públicos, que fueron escritos casi con toda seguridad con la ayuda de escribas que eran retóricos expertos y sabían cómo construir un discurso público, así que no podemos ver detrás de escena. Pero lo que siempre debemos recordar es que si no pensamos en lo que las mujeres estaban haciendo, si no hacemos esas preguntas sobre la influencia que las mujeres tenían detrás de escena y cómo las mujeres pensaban acerca de su propio papel, sabemos que nos estamos equivocando porque estamos dejando de lado la mitad de la historia. Por lo tanto, incluso si no podemos probar con absoluta exactitud lo que estaba sucediendo en cada paso del camino, incluso si es un rompecabezas donde la mitad de las piezas faltan, tenemos que usar lo que sabemos y nuestro juicio sobre lo que no sabemos para tratar de llenar esos vacíos en nuestra interpretación, porque sabemos que no intentarlo sería definitivamente incorrecto.

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