Absolutismo monárquico

La invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis

En 1823, las potencias europeas que formaban la Santa Alianza decidieron acabar con el régimen liberal español y reponer en su plena soberanía al rey Fernando VII. Para lograrlo ordenaron una invasión que fue prácticamente un paseo militar.

Intervención francesa en España en 1923. Hipólito Lecomte. 1828. Versalles.

Intervención francesa en España en 1923. Hipólito Lecomte. 1828. Versalles.

Intervención francesa en España en 1923. Hipólito Lecomte. 1828. Versalles.

PD

El 28 de enero de 1823, el Parlamento francés esperaba expectante la comparecencia de Luis XVIII ante la cámara. Una enorme concurrencia abarrotaba la sala cuando el rey Borbón, con porte majestuoso, subió a la tribuna para dirigir a los presentes las palabras que muchos estaban esperando: "Cien mil franceses están dispuestos a marchar invocando el nombre de san Luis para conservar en el trono de España a un Borbón, para preservar ese hermoso reino de su ruina y reconciliarlo con Europa". Las palabras del monarca no eran pura retórica: un ejército de unos 95.000 hombres –según las fuentes más acreditadas– se estaba concentrando al norte de los Pirineos para invadir España.

Los Cien Mil Hijos de San Luis, como se los llamó, tenían como misión reponer en su plena soberanía a Fernando VII y acabar con el régimen liberal instaurado en España tras la revolución de 1820, con la que se dio inicio al llamado Trienio Liberal. Para las potencias absolutistas que dominaban Europa, la llamada Santa Alianza, era urgente apagar el foco de rebelión en España, que amenazaba con extenderse al resto del continente.

LOS MALOS RECUERDOS DE 1808

En París, sin embargo, subsistían las dudas sobre una posible intervención en España. La mala experiencia de la invasión napoleónica de 1808 todavía pesaba y muchos temían una guerra de similares características. Los políticos liberales españoles alimentaban esta idea, lanzando proclamas de elevado tono patriótico y llegando incluso a predecir que todo soldado extranjero que pusiera el pie en España no regresaría con vida. Pero estas amenazas no hicieron más que espolear el orgullo de los franceses, cuyo gobierno acabó considerando este proyecto como una magnífica ocasión para mostrar su compromiso con los ideales absolutistas de la Santa Alianza y recuperar su prestigio internacional.

El Gobierno francés consideró la intervención en España como una magnífica ocasión para mostrar su compromiso con los ideales de la Santa Alianza.

Caricatura que muestra al rey Luis XVIII de Francia preparándose para la campaña española. 1823. Museo Británico, Londres.

Caricatura que muestra al rey Luis XVIII de Francia preparándose para la campaña española. 1823. Museo Británico, Londres.

Caricatura que muestra al rey Luis XVIII de Francia preparándose para la campaña española. 1823. Museo Británico, Londres.

PD

El ejército francés, una vez decidida la intervención, preparó minuciosamente la campaña para no repetir los errores del pasado. Contó esta vez con fuertes apoyos autóctonos y con una excelente logística; las tropas fueron puntualmente aprovisionadas y se pagó al contado a los proveedores españoles. Además, se tomaron medidas para causar el menor trastorno a la población civil. La imagen de este soldado francés, elegantemente uniformado y de correcto comportamiento, acabaría dando pie al dicho popular "eres más bonito que un San Luis".

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LA CAUSA LIBERAL, SIN DEFENSORES

Luis XVIII encargó la operación militar a su sobrino Luis Alfonso de Artois, duque de Angulema. En la noche del 7 de abril de 1823, Angulema cruzó con sus fuerzas el Bidasoa iniciando la invasión de España. Las tropas realistas españolas, los llamados Ejércitos de la Fe, que desde 1822 se habían sublevado contra el Gobierno liberal, iban en vanguardia de las francesas, con lo que el número de efectivos se acercó a 120.000 hombres.

Frente a ellos, el Gobierno constitucional contó con 130.000 combatientes, en su mayoría tropas de reciente recluta y mínima instrucción y que ni compartían ni entendían los ideales por los que luchaban. Sólo algunas unidades veteranas del ejército y, sobre todo, la Milicia Nacional, formada por la ciudadanía armada y especialmente ligada al partido liberal, fueron capaces de oponer cierta resistencia al invasor.

Las tropas realistas españolas, los llamados Ejércitos de la Fe iban en vanguardia de las francesas.

El duque de Angulema en la toma de Trocadero. Óleo por Paul Delaroche.

El duque de Angulema en la toma de Trocadero. Óleo por Paul Delaroche.

El duque de Angulema en la toma de Trocadero. Óleo por Paul Delaroche. 

PD

Los franceses llegaron con celeridad a la línea del Ebro, lo que obligó al Gobierno a trasladarse con Fernando VII y su familia a Sevilla. El 23 de abril se reabrían las Cortes en la capital hispalense con un discurso totalmente irreal. Mientras su presidente, Flórez Calderón, se congratulaba de que "los pueblos todos acorren y se apresuran a felicitarnos", las tropas enemigas eran recibidas como libertadoras en la mayoría de las poblaciones.

El duque de Angulema hizo su entrada triunfal en Madrid el 24 de mayo, siendo acogido por la población al grito de "¡Viva el ejército francés!" y "¡Viva el Rey absoluto!". En la capital instituyó una Regencia en la que entraron destacados absolutistas y que anuló la obra legislativa del Gobierno liberal. Pronto, la esperanza de ver en España una versión moderada de monarquía absoluta, como en Francia, se empezó a esfumar, al permitirse que el sector más intransigente tomara las riendas del gobierno. Las pasiones triunfaron sobre la moderación y las tropas realistas vengaron los excesos revolucionarios previos cometiendo innumerables atropellos sobre los partidarios del Gobierno liberal.

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RESISTENCIA DESESPERADA

La ocupación de Madrid por el ejército francés aconsejó a las Cortes un nuevo traslado, esta vez a Cádiz. La situación de los constitucionalistas, de por sí poco propicia, se complicó todavía más cuando Fernando VII se negó a abandonar Sevilla y los diputados decidieron suspenderlo como rey, con el pretexto de que padecía un "delirio momentáneo". Conducido a la fuerza a Cádiz, el monarca fue repuesto en sus funciones nada más llegar a la ciudad. Las Cortes reanudaron allí las sesiones, esforzándose en mantener una apariencia de normalidad a pesar de las circunstancias y la ausencia de muchos de sus diputados.

Fernando VII se negó a abandonar Sevilla y los diputados decidieron suspenderlo como rey.

Retrato anónimo del general Francisco Espoz y Mina. Museo del Romanticismo, Madrid.

Retrato anónimo del general Francisco Espoz y Mina. Museo del Romanticismo, Madrid.

Retrato anónimo del general Francisco Espoz y Mina. Museo del Romanticismo, Madrid.

PD

La resistencia liberal se derrumbaba a pasos agigantados. Únicamente plantaban cara a los invasores las partidas liberales –una de ellas liderada por el legendario Empecinado– y, sobre todo, el general Espoz y Mina con el ejército de Cataluña. Mina, otro héroe de la guerra de la Independencia, luchó contra los franceses con tenacidad y de forma inteligente, combinando la defensa de plazas fuertes con la actuación ofensiva de columnas móviles a través de un territorio de difícil orografía. Todos los testimonios coinciden en afirmar que en Cataluña fue "donde se refugió el honor militar de la nación" y, de hecho, así fue en gran medida, ya que ciudades como Lérida, Barcelona o Tarragona no claudicarían hasta un mes después de la caída del gobierno constitucional.

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LOS FRANCESES PONEN SITIO A CÁDIZ

Bloqueada Cádiz por el ejército francés, que dominaba el mar y tenía la retaguardia asegurada, las esperanzas de socorrer la plaza eran casi nulas y la ca- pitulación del Gobierno liberal, sólo cuestión de tiempo. Aun así, la Milicia Nacional se mostraba dispuesta a luchar hasta el fin.

Pero la toma de la isla del Trocadero y el bombardeo de la ciudad por la flota francesa acabaron haciendo mella en los defensores, que se aprestaron a parlamentar. Angulema les advirtió que sólo hablaría con el rey, y los diputados acordaron devolver a este su autoridad absoluta y permitirle abandonar Cádiz, a cambio de una declaración escrita en la que el rey prometía "un olvido general, completo y absoluto de todo lo pasado".

La toma de la isla del Trocadero y el bombardeo de la ciudad por la flota francesa acabaron haciendo mella en los defensores.

Desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María. José Aparicio. Museo del Romanticismo, Madrid.

Desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María. José Aparicio. Museo del Romanticismo, Madrid.

Desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María. José Aparicio. Museo del Romanticismo, Madrid.

PD

Así, el 1 de octubre de 1823, poco menos de seis meses después del inicio de la intervención militar, el duque de Angulema se arrodillaba para recibir a su primo Fernando VII en su cuartel general del Puerto de Santa María. La operación había sido todo un éxito, pero los más avisados intuían que se inauguraba un período sombrío para España.

Días después de su liberación, el monarca español faltaba a su palabra y desencadenaba una dura represión contra los liberales, dando inicio a la llamada Década Ominosa (1823-1833). El duque de Angulema, por su parte, fue aclamado como un héroe a su vuelta a París. Chateaubriand dijo de él: "Recorrer de un paso las Españas, tener éxito donde Bonaparte había fracasado, hacer en seis meses lo que aquel no pudo hacer en siete años, ¡es un verdadero prodigio!".