Folklore alpino

Krampus, el terrorífico demonio de la Navidad

En la noche de San Nicolás, los niños que se han portado mal tienen motivos para preocuparse más allá de que les traigan carbón por Navidad. El Krampus, el terrorífico acompañante del santo, les puede moler a bastonazos, secuestrarlos o comérselos. ¿Cuál es el origen de este ser?

Krampus

Krampus

Foto: iStock / FooTToo

El 6 de diciembre es una fiesta importante en varios países de Europa: es el día de San Nicolás, el obispo famoso por su generosidad, cuya leyenda dio origen a la tradición de Santa Claus. Sin embargo, esta cara amable tiene su cruz: el Krampus, un terrorífico ser medio humano y medio macho cabrío. Según el folklore alpino, la noche del 5 de diciembre visita a los niños que se han portado mal para castigarlos, pegándoles con ramas de abedul o, en el peor de los casos, llevándoselos en su cesto para comérselos.

El demonio de las montañas

La figura del Krampus deriva de la mitología pagana, en la cual era el hijo de una deidad del inframundo. Originalmente se mostraba como una especie de macho cabrío con lengua de serpiente, pero con la introducción del cristianismo fue adquiriendo características antropomorfas como brazos y piernas, tal vez por asimilación al Diablo. El grado de transformación varía: en algunas representaciones se muestra como un demonio con pelo y cuernos de cabra, mientras que en otras aparece con características más animales, conservando por ejemplo las pezuñas y la cola. Y más notablemente, a partir de entonces su aspecto y carácter evolucionaron de forma distinta según el lugar.

Krampus en un desfile navideño en Graz (Austria)

Krampus en un desfile navideño en Graz (Austria)

Foto: Calin Stan

En los territorios donde arraigó la tradición de San Nicolás, especialmente en el noroeste de Europa -las actuales Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos-, el Krampus se convirtió en un acompañante del santo que traía regalos a los niños buenos la noche del 5 de diciembre. Los que habían sido malos, en cambio, eran castigados por el Krampus con distintos grados de severidad: a algunos se contentaba con pegarles con una rama de abedul que llevaba en la mano, mientras que a los peores se los llevaba en un cesto para comérselos, ahogarlos en el río o arrastrarlos al Infierno. Una amenaza que, para quien se la creyera, debía de ser más efectiva que un mísero trozo de carbón.

En cambio, en los territorios alpinos, en particular durante los siglos XVII y XVIII, se mezcló con otra figura local: Perchta, una divinidad celta del invierno representada como una cabra de aspecto humanoide, que vigila los rebaños y se encarga de ahuyentar a los demonios y fantasmas de las montañas. De ahí que en países del centro de Europa el Krampus aparezca con la apariencia de un individuo con pelo y cuernos de cabra, que recompensa a los bondadosos con pequeños obsequios y castiga a los malos arrancándoles las extremidades y llenándoselas de paja y piedras. Suiza tiene una versión más benigna del personaje: Schmutzli, el cual se limita a perseguir con una escoba a los niños, igualmente terrorífico pero menos peligroso que desmembrarlos.

Tarjeta navideña de 1900

Tarjeta navideña de 1900

El texto dice: "¡Felicitaciones de parte del Krampus!" La niña buena recibe un cesto de fruta, mientras que el niño malo es metido en el saco.

Foto: CC

Temido pero amado

Estas figuras, en origen propias de los ambientes de montaña, empezaron a ser conocidas también en las ciudades durante el siglo XIX, especialmente gracias a la difusión de cuentos populares. El Krampus, a pesar de su origen pagano, era una figura más en la celebración de San Nicolás; incluso aparecían tarjetas de felicitaciones de dudoso gusto en las que se veía al diabólico ser en pleno acto de meter a los niños en su cesto.

La Iglesia y en ocasiones también las autoridades civiles no acababan con ver con buenos ojos la celebración de este personaje, identificable con demonios paganos o con el propio Diablo. En algunos países, como Holanda, fue sustituido por otro personaje llamado Zwarte Piet (en danés, Pedro el Negro), un paje africano que se llevaba a los niños que se habían portado mal y les obligaba a trabajar durante un año en el taller de San Nicolás para redimirse.

Zwarte Piet y San Nicolás

Zwarte Piet y San Nicolás

Ilustración del libro "San Nicolás y su sirviente", de Jan Schenkman, 1850.

Foto: CC

Todos estos personajes tenían una función concreta: encarnar las características negativas de San Nicolás, que en origen asumía tanto el papel de benefactor de los bondadosos como de azote de los malos. A la Iglesia, lógicamente, no le hacía mucha gracia que un santo, en el imaginario colectivo, se dedicara a azotar o secuestrar a los niños, por lo que toleraba como un mal menor la existencia de estos “alter ego” demoníacos o mágicos. Pero en alguna ocasión las autoridades civiles y religiosas intentaron prohibirlo, como sucedió en Austria durante el gobierno del Frente Patriótico -de inspiración fascista- y su anexión al Tercer Reich.

A pesar de todo el Krampus logró sobrevivir en el imaginario colectivo e, incluso después de siglos de tradición cristiana, es protagonista de celebraciones locales. Para los niños traviesos, su amenaza tal vez impone más que un mísero trozo de carbón… que, además, es de azúcar.

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