Los diarios secretos de Hitler

Konrad Kujau: el hombre que falsificó a Hitler

El falsificador Konrad Kujau ha pasado a la historia por ser el artífice de un colosal fraude, al afirmar que estaba en posesión de los diarios secretos de Adolf Hitler y venderlos a la revista "Stern" y al dominical británico "The Sunday Times". Tras salir a la luz el engaño, el semanario alemán perdió su prestigio y una descomunal suma de dinero.

Foto: AP

En la década de 1980, un hombre al que se conocía por los apodos de "el profesor" y "Fischer" saltó a los medios de comunicación por su pretensión de estar en posesión de los diarios secretos de Adolf Hitler. Dos publicaciones tan prestigiosas como la revista alemana Stern y el periódico dominical británico The Sunday Times adquirieron la que pensaron sería la exclusiva del siglo. Pero ¿era eso cierto? En realidad se trató de un elaborado fraude, un engaño que costó su reputación al historiador Hugh Trevor-Roper y su carrera al periodista Gerd Heidemann, el cual pasó cuatro años en prisión y acabó viviendo prácticamente en la indigencia.

Un delincuente contumaz

Pero ¿quién estaba detrás de todo esto? ¿Quién era Fischer? La historia de los diarios secretos de Hitler fue creada por un hombre nacido en 1938 llamado Konrad Kujau, cuya familia, que era originaria de la localidad alemana de Löbau, en Sajonia oriental, fue una ferviente seguidora del partido nazi. De baja estatura, con bigote y siempre luciendo una amplia sonrisa, Kujau encadenó toda su vida un trabajo temporal con otro y tuvo numerosos problemas con la ley. En 1959 fue multado con 80 marcos por el robo de tabaco; en 1960 fue enviado a prisión al ser sorprendido robando en un almacén de brandy; en 1961 volvió a la cárcel por robar cinco cajas de fruta, y seis meses después fue arrestado tras pelearse con su jefe cuando trabajaba como cocinero en un bar. Con estos antecedentes tampoco es extraño que decidiese iniciar una carrera como falsificador, que comenzó en 1963, cuando empezó a falsificar vales de comida por valor de 27 marcos. Pero también fue descubierto, y tras cumplir un arresto de cinco días, Kujau fue puesto en libertad. Fue entonces cuando él y su esposa, Edith Lieblang, decidieron fundar una empresa de limpieza, la Lieblang Cleaning Company.

Esta fue la portada de la prestigiosa revista alemana Stern del número en el que se publicaba la información de que Konrad Kujau estaba en posesión de los diarios de Hitler.

Esta fue la portada de la prestigiosa revista alemana Stern del número en el que se publicaba la información de que Konrad Kujau estaba en posesión de los diarios de Hitler.

Foto: Cordon Press

De baja estatura, con bigote y siempre luciendo una amplia sonrisa, Kujau encadenó toda su vida un trabajo temporal con otro y tuvo numerosos problemas con la ley.

Pero los problemas de Kujau con la ley no acabaron ahí, y en un control policial rutinario, en 1968, fue detenido al descubrirse que vivía bajo una falsa indentidad: la de Peter Fischer. En comisaría, Kujau intento aclararlo, pero ninguna de sus explicaciones convenció a la policía por lo que fue sentenciado a pasar una temporada en la prisión de Stuttgart. Tras su liberación, Kujau fue a visitar a su familia, que vivía en Alemania Oriental, y se dio cuenta de que muchos vecinos poseían recuerdos de la época nazi, algo que estaba prohibido por el gobierno comunista de la RDA. Kujau vio en esos artículos un filón, y decidió comprarlos todos a un precio irrisorio y venderlos a su regreso a Alemania Occidental.

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En 1970, Kujau tuvo una "genial" idea. Gracias a sus indudables dotes artísticas, decidió planear una estafa a gran escala. Lo primero que hizo fue falsificar algunas pinturas que, según él, eran obra del mismísimo Adolf Hitler. Kujau reprodujo todos aquellos temas que podían despertar el interés de sus posibles compradores como dibujos animados, desnudos y hombres de acción (temas que en realidad el propio Hitler nunca hubiera pintado). A menudo, todas aquellas pinturas falsas iban acompañadas de una supuesta nota del fhürer para darles más verosimilitud. Además, para hacerlo todo mucho más creíble, Kujau se inventó también la existencia de unos intermediarios en Alemania Oriental, incluido un supuesto exoficial nazi, que eran los encargados de proporcionarle todo aquel "valioso" material.

Gracias a sus indudables dotes artísticas, decidió planear una estafa a gran escala. Lo primero que hizo fue falsificar algunas pinturas que, según él, eran obra del mismísimo Adolf Hitler.

En 1974, y gracias al éxito que estaba alcanzando su "obra", Kujau alquiló una tienda donde empezó a exponer todos aquellos "recuerdos". Fue en esa época cuando conoció a Wolfgang Schulze, que vivía en Estados Unidos y que a la postre se convertiría en agente del propio Kujau al otro lado del Atlántico. Los precios de los objetos que vendía Kujau empezaron a subir, ya que este incluía detalles adicionales, naturalmente falsificados, como en el caso de un genuino casco de la Primera Guerra Mundial al que el falsificador incluyó una nota, presumiblemente escrita por el propio Hitler, en la que el dictador afirmaba que lo usó en la batalla de Ypres, a finales de 1914, lo que incrementó automáticamente su valor. Kujau también usó papel moderno que envejeció con té para inventar notas de otros jerarcas nazis como Bormann, Hess, Himmler, Göring o Goebbels. La ambición de Kujau empezó a no tener límites y llegó a copiar a mano volúmenes enteros de Mein Kampf que luego vendía a sus clientes habituales, en especial a un coleccionista de recuerdos nazis llamado Fritz Stiefel.

En la imagen sobre estas líneas se puede ver a un agente de la policía fotografiado en la tienda que Konrad Kujau había alquilado y llenado de todas la reliquias de la Segunda Guerra Mundial que había ido adquiriendo para revenderlas.

En la imagen sobre estas líneas se puede ver a un agente de la policía fotografiado en la tienda que Konrad Kujau había alquilado y llenado de todas la reliquias de la Segunda Guerra Mundial que había ido adquiriendo para revenderlas.

Foto: AP images

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Un periodista engañado

Según el propio Kujau, no fue hasta el año 1978 cuando decidió orquestar la estafa que lo llevaría a convertirse en portada de la prensa mundial. A partir de un anuario oficial del partido nazi del año 1935, Kujau copió la letra de Adolf Hitler (la cual se había pasado largas horas tratando de imitar). Para dar más realismo a su plan, empleó la cinta negra de un documento real de las SS y añadió a la cubierta de los supuestos diarios un sello de cera del ejército alemán. Compró dos botellas de tinta Pelikan, una negra y otra azul, y las mezcló con agua para que fluyeran más fácilmente. A Kujau le había costado más de un mes conseguir falsificar la letra de estética gótica con la que escribía Hitler. Cuando le mostró el trabajo a su cliente Fritz Stiefel, el coleccionista quedó muy impresionado y quiso comprarlo, a lo que Kujau se negó.

Según el propio Kujau, no fue hasta el año 1978 cuando decidió orquestar la estafa que lo llevaría a convertirse en portada de la prensa mundial.

Fue entonces cuando apareció en escena Gerd Heidemann, un afamado periodista que por entonces trabajaba en la revista Stern. Heidemann también era un ávido coleccionista de "reliquias" del Tercer Reich y se había endeudado hacía poco con la compra del yate de Herman Göering, el Carin II, el cual quería restaurar por completo para venderlo a algún coleccionista norteamericano. Kujau y Heidemann se conocieron tras ser presentados por un coleccionista, y tras una corta conversación Kujau soltó la bomba: estaba en posesión de los diarios de Adolf Hitler y de una tercera parte de Mein Kampf. Kujau reveló que los diarios se habían recuperado tras un accidente aéreo el 21 de abril de 1945.

La estafa de Konrad Kujau fue descubierta y su autor sometido a un juicio en 1984 donde confesó la falsificación. Esta imagen pertenece a una de las sesiones de aquel juicio.

La estafa de Konrad Kujau fue descubierta y su autor sometido a un juicio en 1984 donde confesó la falsificación. Esta imagen pertenece a una de las sesiones de aquel juicio.

Foto: AP images

El estafador descubierto

La operación de compra de los diarios por parte de la revista (que recibió el nombre de Grünes Gewölbe, bóveda verde) tan solo era conocida por cuatro personas. Y aunque los diarios fueron autentificados por parte de algunos historiadores contratados por la revista, el redactor jefe no estaba muy convencido de que fueran auténticos y creía que no debían publicarse. Para más seguridad, expertos norteamericanos y suizos solicitaron documentos con la letra del dictador para poder compararla con la que aparecía en los diarios. Heidemann lo pidió a Kujau y este se los entregó sin problemas. Pero un peritaje de los documentos realizado por la policía criminalística confirmó que el papel y la tinta no podían ser anteriores al año 1945.

Para más seguridad, expertos norteamericanos y suizos solicitaron documentos con la letra del dictador para poder compararla con la que aparecía en los diarios. Heidemann lo pidió a Kuajau y este se los entregó sin problemas.

A pesar de las conclusiones del análisis policial, Stern rehusó realizar análisis adicionales y contactó con otros medios como Time, Newsweek, The Sunday Times, Paris Match o El País para publicar los diarios conjuntamente. Heidemann asimismo hizo llegar los manuscritos a varios expertos en la Segunda Guerra Mundial para que confirmasen su autenticidad. Tras una rueda de prensa en abril de 1983, los historiadores Eberhard Jäcke, Gerhard Weinberg y Hugh Trevor-Roper (este último contratado por el propietario del periódico británico The Sunday Times Ruper Murdoch) afirmaron rotundamente que los diarios eran, efectivamente, obra de Adolf Hitler. Sin embargo, otros historiadores cuestionaron su autenticidad, ya que era ampliamente sabido que Hitler aborrecía escribir a mano. La prueba definitiva la proporcionó el análisis por parte de un laboratorio independiente, que confirmó que la tinta y el papel de los diarios eran modernos. Y la puntilla final la dio el grafólogo norteamericano Charles Hamilton cuando dio a conocer sus conclusiones sobre el análisis de las iniciales que aparecían en las tapas. En su afán por hacer más creíbles los diarios, Kujau añadió a las cubiertas las iniciales AH (Adolf Hitler), pero se equivocó y puso FH, desconocedor de que las letras mayúsculas A y F en caligrafía gótica se parecen mucho.

 Las iniciales FH (en la parte superior) que Kujau usó por error en las portadas del diario, en lugar de AH (en la parte inferior).

Las iniciales FH (en la parte superior) que Kujau usó por error en las portadas del diario, en lugar de AH (en la parte inferior).

Foto: CC

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Kujau no tuvo más remedio que confesar y fue condenado a cuatro años y seis meses de cárcel. Después le llegaría el turno a Heidemann, que fue condenado a cuatro años y ocho meses de prisión por malversación. Heidemann juró que nuca se había quedado con el dinero que le había entregado a Kujau, alrededor de unos cuatro millones de euros, y este, por su parte, afirmó que sólo había recibido una pequeña parte de lo acordado. A pesar del descubrimiento de toda la trama, Kujau no perdió el humor y, tirando de ironía, terminó su confesión con el mismo tipo de letra con la que había escrito los diarios, e incluso bromeó con la firma: "Con el testimonio de mi consideración más distinguida. Adolf Hitler, alias Konrad Kujau".

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