Guerras del siglo XVIII

Karánsebes, la absurda batalla en la que los austríacos se atacaron a sí mismos

Uno de los sucesos más esperpénticos de la historia militar fue el que tuvo lugar en la ciudad de Karánsebes, en la actual Rumanía, en el año 1788, en el transcurso de la guerra que enfrentó a Rusia y su aliado, el Sacro Imperio Romano Germánico, con los turcos otomanos. Ese día, el exceso de alcohol y una serie de increíbles malentendidos acabaría provocando una batalla absurda en la que las tropas austríacas se atacaron a sí mismas sin piedad.

Litografía del ejército turco con el que los austriacos nunca lucharon en Karánsebes.

Foto: worldatlas.com

Desde el año 1568, dos poderosos imperios que competían por controlar el mayor número de territorios posible se enfrentaban sin tregua: el Imperio ruso y el Imperio otomano. Y no dejarían de hacerlo hasta finalizada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), que representaría el final del segundo. La enésima guerra que los enfrentó, entre los años 1787 y 1792, tuvo su origen en el intento frustrado por parte de los turcos de reconquistar los territorios que Rusia se había anexionado, concretamente la península de Crimea, en el curso de otro conflicto que había tenido lugar entre los años 1768 a 1774.

El enfrentamiento iba escalando en intensidad cada día que pasaba. Y cada uno de los contendientes logró hacerse con la ayuda de importantes aliados. Los otomanos consiguieron el apoyo incondicional de los embajadores británico y francés, pero lo que los turcos desconocían es que el aún poderoso Sacro Imperio Romano Germánico firmó una alianza con Rusia, un hecho que descubrirían demasiado tarde. Mal preparados y sin haber escogido adecuadamente el momento para declarar la guerra a esas dos grandes potencias, el Imperio otomano, un gigante con pies de barro, se embarcó en una guerra que no prometía tener un buen final.

El barril que provocó el desastre

Karánsebes, actual Rumanía, 17 de septiembre de 1788. Cien mil hombres formaban parte de un ejército multiétnico compuesto por austríacos, croatas, italianos, serbios, lombardos, rumanos y eslovacos, entre los cuales muy pocos hablaban alemán, que era la lengua oficial del Sacro Imperio (algo que se revelaría fundamental en esta historia), preparados para unirse a los rusos en su guerra contra el Imperio otomano. José Benedicto Augusto, que gobernaba con el nombre de José II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, era un hombre ambicioso y su sueño era dejar una profunda huella en la historia, así que decidió liderar él mismo a sus tropas a pesar de que era bastante lego en el arte de la guerra. Algo que tendría consecuencias catastróficas para sus hombres. Sus conocimientos en estrategia militar se revelaron tan escasos que antes de que saliera el Sol su ejército sufriría una enorme cantidad de bajas, entre 1.000 y 10.000 (dependiendo de las fuentes). Pero lo peor es que estas bajas no fueron causadas por el enemigo, sino por ellos mismos.

El emperador José Benedicto Augusto decidió liderar él mismo a sus tropas a pesar de que era bastante lego en el arte de la guerra.

Mapa de la zona de Karánsebes en el año 1770.

Foto: dicto-simpliciter.blogspot.com

En realidad, Karánsebes ha pasado a la historia por ser, probablemente, la batalla más descabellada de la historia, y es que pocos enfrentamientos terminaron de aquella manera tan absurda, con la derrota del único contendiente: el mismo que la había provocado. Erik Durschmied, director de cine y documentalista austríaco, en su libro The Hinge Factor: How Chance and Stupidity Have Changed History (El factor bisagra: cómo el azar y la estupidez han cambiado la historia), el autor analiza cómo la "estupidez" y la casualidad pueden tener una influencia decisiva en el curso de la historia. En este caso en concreto, el factor desencadenante de la tragedia fue un barril de aguardiente que algunos soldados del ejército sacroimperial compraron a unos gitanos que vivían en las inmediaciones de su campamento, establecido en la localidad de Karánsebes.

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En realidad, todo empezó cuando una avanzadilla de húsares, la caballería ligera húngara, cruzó el puente sobre el río Timis creyendo que al otro lado se encontrarían con los "salvajes" y aguerridos otomanos, por cada una de cuyas cabezas les habían ofrecido nada menos que diez ducados. Sin embargo, cuando llegaron al otro lado del río no encontraron nada ni a nadie en absoluto. Así que viendo que la comida escaseaba, la disentería hacía estragos entre los combatientes y, lo más importante de todo, que el dinero para pagar a las tropas no llegaba, los soldados decidieron pasarlo bien, por lo que se dedicaron a jugar a las cartas, a pelearse entre sí y a beber sin control.

Una avanzadilla de húsares cruzó el puente sobre el río Timis creyendo que al otro lado se encontrarían con los 'salvajes' y aguerridos otomanos.

Ilustración del siglo XIX que representa a un grupo de húsares del ejército austrohúngaro.

Foto: iStock

La cosa alcanzó un punto de no retorno cuando la infantería del propio ejército imperial se unió a sus compañeros, los húsares juerguistas. Cansados y sedientos, los soldados de infantería se encontraron con que los húngaros se habían hecho con todo el alcohol que podía vender el grupo de gitanos y, lo peor de todo, no tenían la menor intención de compartirlo. Durante una de las múltiples discusiones que se produjeron al respecto, que cada vez iban subiendo más de tono, alguien, con el ánimo de asustar al adversario, lanzó imprudentemente un disparo al aire. Aquello sería el inicio del desastre. Los húsares, bastante bebidos, desenvainaron sus sables, y la infantería cargó sus armas para defenderse. Al escuchar aquel tremendo alboroto, el terror se apoderó de los habitantes de Karánsebes, que se encerraron en sus casas al grito de "¡turci!¡turci!" (¡turcos! ¡turcos!), pensado que habían llegado los otomanos.

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Pero la cosa no acabó ahí. Algunos de los húsares montaron en sus caballos y pusieron rumbo a todo galope hacia el campamento. La infantería, al ver que huían, decidieron seguirlos pensado que se dirigían a un lugar seguro, mientras los oficiales intentaban detenerlos al grito de "¡Halt!¡Halt!" (¡alto! ¡alto!). Para complicar aún más las cosas, y como muchos, como hemos visto, no sabían ni entendían el alemán, confundieron aquellas palabras con el grito de batalla de los otomanos: "¡Allah, Allah!". El desastre estaba servido. La desbandada hacia el campamento imperial fue antológica, ya que los hombres pensaban que el ejército turco les estaba pisando los talones.

La desbandada hacia el campamento imperial fue antológica, ya que los hombres pensaban que el ejército turco les estaba pisando los talones.

Mientras tanto, al otro lado del río, en el campamento, el resto del contingente se había despertado alertado por los disparos que se estaban produciendo en la otra orilla. "El ruido de la batalla, los gemidos de los heridos y los gritos de agonía ayudaron a intensificar su terror", explica Durschmied en su libro. Así, los que estaban en el campamento, creyendo que llegaban los turcos, dieron la orden de abrir fuego sin darse cuenta de que a quienes estaban disparando era a sus propios compañeros. Todo ello se intensificó cuando los animales que había en el campamento, asustados por el alboroto, rompieron las vallas y salieron al galope. Muchos soldados identificaron aquel tremendo ruido con una carga de caballería.

Retrato de José II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pintado en el año 1775.

Foto: PD

Era tal el pánico y el desconcierto que se había apoderado de todos, que a un comandante le pareció que sus propias pisadas sonaban como si fueran las del ejército turco y ordenó abrir fuego, pero de nuevo ¡contra los suyos! En la oscuridad de la noche solo podía escucharse este grito desesperado: "¡Los turcos, los turcos! ¡A cubierto!", además de cañonazos y disparos. El desconocimiento por parte de muchos de los soldados de los idiomas hablados por el resto de sus propios compañeros de armas les hizo caer en el terrible error de pensar que quienes les estaban atacando eran los temidos turcos y decidieron reaccionar de inmediato, sin pararse a pensar. Para ellos todo estaba muy claro: o matar o morir. Pero lo que estos hombres no sabían es que no había ni un solo soldado turco en las inmediaciones y que lo único que estaban haciendo era matarse entre sí, aunque no fue lo único que hicieron. Muchos de ellos se dedicaron también a saquear la ciudad y violar a las mujeres.

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Por su parte, José Benedicto Augusto, el emperador que tenía que cambiar el curso de la guerra y de la historia, al ser consciente de la magnitud del desastre decidió escapar. A duras penas logró montar en su caballo, pero fue violentamente descabalgado y arrojado al río por una turba enloquecida. A pesar de ello, consiguió montar en otra cabalgadura con la ayuda de su guardia personal y huir de lugar del desastre, aunque el ridículo del que había sido protagonista le acompañaría ya para siempre.

El emperador José II decidió escapar. A duras penas logró montar en su caballo, pero fue descabalgado y arrojado al río por una turba enloquecida.

Postal que muestra una imagen la plaza central de Karánsebes tomada en el año 1903.

Foto: PD

De hecho, en una carta que posteriormente el emperador envió a su hermano, el archiduque Fernando, confesaría: "No sé cómo continuar, he perdido el sueño y paso la noche envuelto en oscuros pensamientos". En otra misiva privada, José II escribió lo siguiente sobre el desastre de Karánsebes: "El pánico se extendía por doquier entre el ejército, entre la gente de Karánsebes, incluso en Temesvar, que se encuentra a unas diez leguas de ahí. No puedo describir con palabras las terribles violaciones y asesinatos que presencié". El emperador falleció apenas un año y medio después, y a pesar del irreparable daño en su reputación que causó al ejercito aquella actuación, los austríacos, al mando el mariscal Ernesto Gedeón von Laudon, lograrían más tarde arrebatar a los turcos la región del Danubio.