Segunda Guerra Mundial

Kamikazes, los soldados suicidas de Japón

"Me han regalado la fantástica oportunidad de morir. Este es mi último día. Caeré como la flor de un radiante cerezo". Así de rotundo se mostraba Isao Matsuo, piloto kamikaze japonés que se suicidó a bordo de su avión intentando provocar el mayor daño posible al enemigo en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial.

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Los cazas A6M Zero iban armados con bombas de varios cientos de kilos para provocar el mayor daño posible.

Foto: iStock

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Los cazas A6M Zero iban armados con bombas de varios cientos de kilos para provocar el mayor daño posible.

Unos 4.000 pilotos suicidas perecieron en este tipo de ataques.

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Unos 4.000 pilotos suicidas perecieron en este tipo de ataques.

Los soldados y marineros aliados quedaron horrorizados por las misiones suicidas que llevaron a cabo los pilotos de un cuerpo de asalto especial de Japón, que lanzó los primeros ataques contra buques de guerra estadounidenses en octubre de 1944, frente a las costas de Filipinas. Durante la Segunda Guerra Mundial sus pilotos eran conocidos como kamikazes, un término japonés que significa «viento divino» y designaba el tifón que en el siglo XIII destruyó una flota mongola que debía invadir Japón; quien los enviaba a la muerte era el vicealmirante Takijiro Onishi, jefe de la 1.a Flota Aérea de Japón. Aunque en un principio se opuso a las tácticas suicidas, Onishi cambió de parecer después de que la marina imperial perdiese cientos de aeronaves y pilotos en la batalla del mar de Filipinas, en junio de 1944.

"En mi opinión –declaró Onishi–, sólo hay una manera de garantizar que nuestras escasas fuerzas sean lo más efectivas posible. Y es organizando unidades de ataques suicidas compuestas por cazas A6M Zero armados con bombas de 250 kilos, y estrellando cada avión contra un portaviones enemigo". Los kamikazes eran voluntarios, muchos de ellos estudiantes universitarios impulsados por la lealtad a su patria y su veneración por el emperador. Eran entrenados apresuradamente para una tarea que precisaba más determinación que pericia. Según Onishi, aquella «nobleza de espíritu» bastaría para salvar a Japón.

Los kamikazes llegaron a hundir 34 buques de guerra aliados y a daña otros 368, provocando un total de casi 10.000 bajas.

Cuando las flotas aliadas se aproximaron al archipiélago japonés, los ataques de kamikazes se intensificaron. En Okinawa se sucedieron oleadas de hasta 300 aparatos. Muchos eran abatidos antes de estrellarse contra los barcos, pero otros causaban daños terribles. El 11 de mayo de 1945, el portaviones USS Bunker Hill fue atacado por dos cazas Zero. El primero lanzó una bomba que atravesó el casco y después se estrelló contra la cubierta de vuelo. Instantes después, otro Zero se abatió sobre la cubierta, causando un incendio que hizo estallar munición y combustible en una enorme deflagración. Hubo 373 muertos y 264 heridos.

Al final de la contienda, los kamikazes habían hundido 34 buques de guerra aliados y dañado otros 368, provocando 9.700 bajas. En el bando japonés murieron hasta 4.000 pilotos suicidas, cuyo sacrificio fue infructuoso. Cuando el emperador Hirohito se rindió, en agosto de 1945, el almirante Onishi siguió el mismo camino que los malogrados kamikazes y se suicidó.

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