Julio de 1936, vacaciones pagadas para los franceses

En 1936, la mayoría de los franceses disfrutaron de algo hasta entonces restringido a unos pocos: las vacaciones de verano. Quince días para ir al campo o a la playa o simplemente descansar, sin perder un céntimo de su sueldo.

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Foto: Rue des Archives / Cordon Press

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Un gobierno de izquierdas

La victoria del Frente Popular en mayo de 1936 convenció a millones de personas de que el cambio era posible y precipitó una oleada huelguística masiva en Francia que tenía por objetivo conseguir que el nuevo Gobierno, nacido de una coalición de izquierdas, escuchara las reivindicaciones de los trabajadores.

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Foto: Associated Press

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El estallido social

Las huelgas y ocupaciones de fábricas se prolongaron más de un mes y se extendieron por toda Francia. En junio, los acuerdos de Matignon acababan con las huelgas accediendo a reivindicaciones históricas; poco después, el Gobierno de Léon Blum establecía quince días de vacaciones pagadas para todos los franceses.

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Foto: Associated Press

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Vacaciones, privilegio de las clases altas

Tradicionalmente, sólo las clases altas podían disfrutar de varios días seguidos de vacaciones. Relajarse en los balnearios o en la playa, practicar deportes de montaña como el esquí o el patinaje, o dedicarse a aficiones como la pesca y la caza eran algunas de sus actividades predilectas.

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Foto: Rue des Archives/AGIP / Cordon Press

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El mundo al alcance de la bicicleta

Gracias a la medida de Blum, los trabajadores podían descansar sin dejar de percibir su salario. La mayor parte de ellos aprovecharon las primeras vacaciones de sus vidas en sus propias localidades o en lugares cercanos a los que se podía acceder en bicicleta.

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Foto: Rene Dazy/Rue des Archives / Cordon Press

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Un día en el río

Los ríos ofrecían un sinfín de posibilidades para los franceses del interior. Para los habitantes de París, la ribera del Marne, situada al sureste de la ciudad, era una opción perfecta para refrescarse y disfrutar del tiempo libre, a la que se podía llegar en bicicleta para volver en el mismo día.

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Foto: Rue des Archives/AGIP / Cordon Press

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Tiempo para llenarlo de actividades, o para dejarlo correr

La posibilidad de tener tiempo libre favoreció que la clase obrera pudiera dedicarse a cultivar aficiones como la pesca, el bricolaje o la jardinería, practicar deportes, visitar lugares hasta entonces desconocidos para ellos o, simplemente, disfrutar de no hacer nada por primera vez en sus vidas.

Pareja bailando en un café en la costa, en 1936. Foto de Hélène Roger-Viollet.

Foto: Roger Viollet / getty images

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El momento de disfrutar de la familia y amigos

Para muchos trabajadores, esta era la primera vez que podían disfrutar de varios días de ocio que compartir con sus familias y amigos. El propio Léon Blum reivindicaría más tarde que sus medidas habían sacado a los obreros de las tabernas y hecho la vida familiar más fácil.

Pícnic de tres excursionistas junto al coche, en 1936.

Foto: René Dazy / Bridgeman / ACI

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El camping y el picnic se extienden

Los más afortunados podían utilizar un vehículo para recorrer el país. Con los accesorios adecuados, el coche podía convertirse en un estupendo porche bajo el cual hacer un picnic. A falta de plazas de camping –o de dinero para pagarlas– los franceses acampaban en cualquier lugar posible.

Partida de un tren lleno de veraneantes desde París a la Riviera. 1936. Colección Gamma-Keystone.

Foto: Keystone-France / getty images

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Recorrer el país en tren a buen precio

Más de medio millón de franceses compraron un billete popular o Lagrance, llamado así por su creador, que permitía viajar en tren a precios reducidos con la condición de que se recorrieran al menos 200 kilómetros en este medio de transporte y pasaran cinco días entre la ida y la vuelta.

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Foto: Rue des Archives/PVDE / Cordon Press

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Las clases populares descubren la playa

Para muchos franceses esta era la primera vez que veían el mar, que podían disfrutar de la brisa de la costa, sumergirse en el agua o levantar castillos de arena. La forma en la que llenaron las playas generó el disgusto de las clases altas, que hasta entonces habían disfrutado de ellas en exclusiva.

Familia bañándose en la playa en 1936. Colección de Patrice Cartier.

Foto: Patrice Cartier / Bridgeman / ACI

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El maillot, al alcance de pocos

Sólo unos pocos afortunados poseían el traje de baño de la época, el maillot: la mayor parte de los trabajadores acudieron a las playas con su ropa de verano y sus características gorras, lo que provocó que la prensa de extrema derecha los calificara de «bastardos en gorra».

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Foto: Rene Dazy/Rue des Archives / Cordon Press

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Los trabajadores también se organizan para viajar

Para facilitar el turismo, los trabajadores se organizaron: el sindicato de mineros estableció redes de alojamiento para que sus integrantes pudieran acudir a las playas. "Demasiado tiempo han sido propiedad de las clases ociosas", afirmaba uno de sus dirigentes, "los mineros tienen derecho a ocupar su espacio".

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Foto: Rue des Archives/AGIP / Cordon Press

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A falta de costa, playas urbanas

Otra opción para aquellos que no podían permitirse acudir a la costa era disfrutar de las playas urbanas. La de Maisons-Alfort, un municipio cercano a París, se llenó de hombres, mujeres y niños.

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Foto: Rue des Archives / Cordon Press

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El descontento de algunos

La prensa de derechas acogió la medida como una "nueva atrocidad" del Frente Popular, al que culpaba de haber causado el cierre de algunas fábricas por las vacaciones de sus trabajadores. En esta viñeta se hace una mención expresa a los billetes Lagrance como unos de los causantes de este éxodo obrero.

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Foto: Rue des Archives/Tal / Cordon Press

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Estallido turístico

En 1937, casi dos millones de franceses compraron los billetes de tren a precios reducidos, prácticamente cuadriplicando la cifra de 1936. En 1938, de la mano de la crisis económica, se dio una reducción del turismo de masas: los niveles de 1937 ya no se recuperarían hasta después de la II Guerra Mundial.