La sociedad en la Edad Media

Los judíos y el poder de las palabras

Durante la Baja Edad Media y en paralelo a la cristianización de la Península Ibérica, creció entre la sociedad un fuerte rechazo contra el pueblo judío que culminó con su expulsión del territorio en 1492. Durante este proceso, los miembros de esta comunidad usaron la palabra como refugio.

Este cuadro que Vicente Cutanda Toraya pintó en 1887 representa una matanza de judíos en el Toledo de la Edad Media. 

Foto: CC

Tradicionalmente el perejil era un ingrediente muy utilizado en las recetas de la cocina judía -y musulmana. De hecho, en la Edad Media existía en los mercados una especie de prueba para comprobar quién era y quién no era judío. Si alguien te lo ofrecía en el puesto de frutas y verduras y no lo tomabas, este gesto indicaba que no eras judío. Pero si lo cogías, sí que lo eras, porqué significaba que lo ibas a utilizar en alguna receta. De este modo, de la noche a la mañana, nadie quiso tomar ni una pizca de perejil porque al hacerlo automáticamente eras sospechoso, tachado y susceptible de ser señalado como judío.

La comunidad judía pasó de ser influyente en las cortes reales y gozar de privilegios y favores a ser denostados públicamente, teniendo que adaptarse a unas circunstancias muy duras, tragarse su orgullo y revestirse de una capa de humildad muy gruesa para poder aguantar los envites de la Iglesia Católica.

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La humildad que salva el mundo

Lo que salva al mundo es la humildad de los que mantienen la boca cerrada cuando son insultados. Esta frase del Talmud babilónico resume lo que tuvo que hacer el judaísmo en Cataluña -así como en otros sitios de la Península ibérica- entrado el siglo XIII para sobrevivir a la política orquestada desde la Santa Sede con el papa Inocencio III a la cabeza. El sumo pontífice supo introducir en la curia, en la corte y en el pueblo el miedo y la incertidumbre necesarios hacia una cultura y una religión que, desde su punto de vista, amenazaba la paz y la concordia.

Este símbolo incrustado en una calle de Córdoba indicaba el barrio judío. Correspondía a la palabra hebrea "sepharad", el nombre con el que la comunidad judía se refería a la Península Ibérica.

Este símbolo incrustado en una calle de Córdoba indicaba el barrio judío. Correspondía a la palabra hebrea "sepharad", el nombre con el que la comunidad judía se refería a la Península Ibérica.

Foto: Istock

La presión del papa contra toda la comunidad judía fue insoportable, con medidas muy severas que directamente atacaban a todo el pueblo hebreo. Desde la promulgación de leyes y obligaciones vergonzantes, hasta la difamación del buen nombre de eminencias y buenos servidores del ámbito público con acusaciones falsas e infundadas que desembocaron en la humillación pública. El objetivo era claro, degradarlos intelectualmente, aislarlos socialmente y arruinarlos económicamente.

El objetivo era claro, degradarlos intelectualmente, aislarlos socialmente y arruinarlos económicamente

Sin embargo, esto ocurría en paralelo al gran siglo que vivía el judaísmo en el ámbito cultural y científico. Durante la Baja Edad Media se formaron y mostraron sus conocimientos al mundo grandes figuras de todos los sectores: médicos, astrónomos, geógrafos, científicos, filósofos, poetas... Todos ellos compartieron su saber con una ciudadanía que ávida de conocimiento, pero que al mismo tiempo se deja convencer por los cantos de sirenas que, desde los altares, les animan a desconfiar e incluso acabar con todo lo judío.

Ni siquiera la sabiduría y riqueza cultural que vertieron sobre el pueblo fue un motivo suficiente para que las gentes no les dieran la espalda. En esta atmósfera de tensión creciente, se fue forjando un fuerte sentimiento de rechazo que proliferó especialmente en las ciudades, donde la comunidad judía tenía mayor presencia. Es precisamente en estos entornos urbanos donde se empezaron a alzar muros de intolerancia, y no solo metafórica, donde antes había cohabitación y buen entendimiento.

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La magia de las palabras

Dijo el sabio: enseña lo que sabes al ignorante y aprende de quién sabe. Si lo haces así, aprenderás aquello que no sabes y recordarás y podrás hablar de aquello de lo que sí sabes. A pesar de que el futuro inmediato no se presentaba muy halagüeño, hubo miembros de la comunidad judía que siguieron creyendo en el poder de la palabra para defenderse de los ataques a los que se veían sometidos. A falta de armas, los autores anónimos redactaron y publicaron un relato titulado Los Antievangelios. Se trataba de unos textos de carácter panfletario donde Jesús de Nazaret y el resto de personajes del Evangelio eran blanco de injurias e improperios, de burlas, de caricaturas mordaces y ácidas.

La judería de la ciudad catalana de Girona es una de las mejor conservadas de Europa. Situada en el centro histórico, sus calles se caracterizan por un trazado medieval de suelos empedrados y espacios estrechos.

La judería de la ciudad catalana de Girona es una de las mejor conservadas de Europa. Situada en el centro histórico, sus calles se caracterizan por un trazado medieval de suelos empedrados y espacios estrechos.

Foto: Istock

De este modo, los judíos se refugiaron en la literatura, buscando asilo en el poder que emana de la palabra escrita. De hecho, ya conocían su inmensa riqueza gracias a El Libro de la Creación o el Sefer Yetsirá, uno de los pilares del pensamiento judío que tanto puede ser interpretado como un tratado filosófico o como un libro de magia blanca. Según este relato al que se le otorgan cualidades extraordinarias y que trata de explicar el proceso de creación del mundo, la realidad conocida la habría creado Dios, subrayando que tal generación de vida se habría hecho mediante la palabra, a través del poder de las letras y las palabras del alfabeto hebreo. En otros capítulos del libro, el texto invitaba a los lectores a usar las capacidades que ofrecía el lenguaje proponiendo fórmulas y recetas para concebir vida, tal como lo había hecho Dios.

Hay quién sostiene que más allá de las riquezas y el patrimonio material, al pueblo judío se le quiso someter para quitarle de las manos este libro, que enaltece el valor que atesoran las palabras para crear vida y con ello engendrar criaturas con las que armar ejércitos y conquistar países. A parte de los conflictos motivados por intereses económicos y religiosos, que los hubo, es de justicia reconocer el legado judío que ha supuesto un enriquecimiento cultural mayúsculo. No asumirlo sería faltar a la verdad histórica. Y tal como nos recuerda el Talmud: la verdad tiene un acento especial que todo el mundo reconoce.

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* Martí Gironell es autor de varios libros sobre el mundo judío en la península Ibérica durante la Edad Media.

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