Mujeres inventoras

Josephine Garis Cochrane y la invención del lavavajillas

Tras quedarse viuda y prácticamente en la ruina, esta mujer estadounidense de clase alta agudizó su ingenio hasta desarrollar en 1886 el primer modelo de lavavajillas realmente eficaz y útil de la historia.

Foto: Cordon Press

"¡Oh, no! la taza de porcelana del siglo XVII hecha añicos!". Alarmada, Josephine Garis Cochrane vio cómo la valiosa pieza resbalaba de las manos de su sirvienta para ir a estrellarse con gran estruendo contra el suelo de la cocina. Tras una magnífica cena en su casa, en la que había asistido la flor y nata de la ciudad de Shelbyville, Josephine había bajado a la cocina para advertir de nuevo a sus criados sobre su carísima vajilla. Sin éxito. Cansada de que tal cosa sucediera indefectiblemente cada vez que tenía invitados, Josephine pensó enfadada: "Si nadie más va a inventar una máquina lavavajillas, lo haré yo misma". Esta es la historia de una mujer que en 1886 construyó y patentó una máquina para lavar los platos de forma automática y evitar de este modo numerosos accidentes domésticos.

¡Platos rotos!

Josephine Garis Cochrane nació en Ashtabula, en el condado de Ohio, el 8 de marzo de 1839, en el seno de una familia de inventores. Su padre fue uno de los fundadores de la ciudad de Chicago, el ingeniero hidráulico John Garis, que inventó una bomba para desecar terrenos pantanosos y supervisó la construcción de aserraderos y ruedas hidráulicas a lo largo del río Ohio. La pequeña Josephine acompañaba a su padre en todas estas tareas de construcción, y no se perdía detalle. La madre de Josephine era nieta de John Fitch, que en 1787 construyó el Perseverance, el primer barco a vapor que navegó por Estados Unidos. Tras la muerte de su madre, Josephine vivió con su padre en Valparaiso (Indiana). Un día, la escuela donde la joven estudiaba fue pasto de las llamas por lo que Josephine se fue a vivir con su hermana a Shelbyville, donde terminó sus estudios.

Este prototipo de lavaplatos diseñado por Kenwood en 1965 estaba basado en la idea original de Josephine Garis Cochrane. 

Foto: CordonPress

El padre de Josephine fue uno de los fundadores de la ciudad de Chicago, el ingeniero hidráulico John Garis, que inventó una bomba para desecar terrenos pantanosos y supervisó la construcción de aserraderos y ruedas hidráulicas a lo largo del río Ohio.

A los diecinueve años, la joven Josephine se casó con el comerciante textil y político del partido demócrata William Apperson Cochran. Antes de conocer a Josephine, William había intentando hacerse rico de forma rápida durante la fiebre del oro en California, aunque al final se arruinó y acabó instalándose en Shelbyville, donde se dedicó al comercio textil. Gracias a sus contactos, la pareja pudo vivir con holgura y su casa se convirtió en el centro de la vida social de la ciudad. Allí se celebraban magníficas fiestas en las que Josephine actuaba como la perfecta anfitriona y en las que, según se dice, se servían comidas y cenas en una valiosa vajilla de porcelana china que pertenecía a la familia desde el siglo XVII. La rotura de muchas de estas piezas por parte del servicio llevó a Josephine a tomar la decisión de lavar ella misma los platos. Pero al final, cansada de tener que hacer ella misma el trabajo del servicio, decidió que había llegado el momento de idear una manera de hacer esa desagradable tarea más fácil y automática.

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Un invento mejorado

Pero Josephine no fue la primera en pensar en un aparato de esas características. En 1850, Joel Houghton había patentado una máquina para ese fin, y en la década de 1860, Gilbert Richards y Levi A. Alexander habían registrado sendos inventos para lavar platos y tazas, cada uno mejorando al anterior. Pero la complejidad de su uso, la poca utilidad que en ese momento se vio al invento y la falta de trascendencia comercial hicieron que ninguno de ellos prosperase. A la muerte de William, en 1883, Josephine se dio cuenta de que su marido solo le había dejado deudas y el verse en la ruina agudizó su ingenio. Lo primero que hizo Josephine para escapar de sus numerosos acreedores fue de añadir una "e" a su apellido. Así, pasó a llamarse Cochrane. Lo segundo que hizo la joven viuda fue ponerse de inmediato manos a la obra con el objetivo de inventar una máquina que realmente fuese útil para lavar los platos.

Lo primero que hizo Josephine para escapar de los acreedores fue añadir una "e" a su apellido: Cochrane, y lo segundo fue ponerse manos a la obra con el objetivo de inventar una máquina efectiva para lavar los platos.

El método ideado por Josephine era similar al de los modelos anteriores: consistía en lanzar chorros de agua sobre los platos, bien sujetos en las estanterías interiores del aparato. Pero la máquina de Josephine era más compleja. Para poder construir su prototipo, Josephine utilizó el cobertizo que había detrás de su casa y recabó la ayuda de un mecánico amigo suyo llamado George Butters. Con él empezó a desarrollar los primeros bocetos. Utilizando una caldera de cobre, construyó una rueda metálica, dentro de la cual se colocaría la vajilla, que se dispuso sobre una superficie plana en su interior. Lo que hacía a este aparato diferente al resto era la salida de agua caliente jabonosa a presión a través de una bomba accionada por un motor que podía lavar unos doscientos platos en pocos minutos. Tras el lavado, los platos eran secados mediante un chorro de aire caliente.

Una mujer seca los platos con un mecanismo que se activa de manera manual en 1925.

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Foto: Cordon Press

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Los primeros modelos

En 1886, Josephine Cochrane pudo patentar su invento y fundó la empresa Garis-Cochrane Dish Washing Machine Company. Con el objetivo de comercializar su aparato, la inventora se ocupaba personalmente de la promoción visitando a los posibles clientes puerta a puerta o publicando anuncios en los periódicos. Josephine estaba dispuesta a vender su invento a todo aquel negocio que por su volumen de trabajo pudiera encontrarlo útil, como restaurantes u hospitales. De la construcción de los lavavajillas se encargaría la empresa de Decantur (Illinois) F. B. Tait Manufacturing Company. Josephine, sin embargo, tuvo algunos desencuentros con la firma. Cada vez que ella aportaba alguna innovación para su aparato, le ponían alguna pega por el simple hecho de que ella no era una profesional de la mecánica. Al final, los esfuerzos de Josephine tuvieron éxito y acabaría llegando el primer cliente en 1887: el hotel Palmer House de Chicago. A este le siguieron otros en varios puntos del estado.

Josephine estaba dispuesta a vender su invento a todo aquel negocio que por su volumen de trabajo pudiera encontrarlo útil como restaurantes u hospitales.

En 1893, Cochrane presentó su invento en la Exposición Mundial Colombina, que tuvo lugar en Chicago, donde obtuvo el primer premio como "mejor construcción mecánica, duradera y adaptada al ritmo de trabajo". Aquel rotundo éxito provocó que muchos restaurantes y hoteles de Illinois quisieran tener un lavavajillas en sus cocinas. En 1897, Josephine creó una nueva compañía, la Cochran’s Crescent Washing Machine Company (que tras la muerte de Josephine en 1913 se convertiría en parte de KitchenAid), con el propósito de fabricar lavavajillas para uso doméstico. A pesar de que los lavavajillas fabricados por Josephine tuvieron un relativo éxito para uso industrial, el invento no fue aceptado de buen grado por numerosos trabajadores del sector servicios al ver peligrar sus puestos de trabajo (tampoco contribuyó a su aceptación el hecho de que ese aparato tan útil lo hubiera inventado una mujer).

Una máquina lavavajillas de 1950.

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Foto: Cordon Press

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"Las mujeres somos creativas"

Entre los años 1887 y 1909, Josephine registró cinco nuevas patentes para unos modelos de lavavajillas perfeccionados. En ellos se incluían conceptos tan modernos como el ahorro energético, de agua y de jabón, así como algunas cuestiones técnicas como la introducción de mecanismos de bombeo o una canasta para proteger la vajilla durante el proceso de lavado. En 1912, y en vista del crecimiento imparable de su empresa, Josephine, en ese momento una exitosa mujer de negocios, emprendió un importante viaje a Nueva York. Su intención era vender sus lavavajillas a varios hoteles nuevos de la ciudad de los rascacielos, como el Biltmore, o a los grandes almacenes Lord & Taylor.

En los nuevos modelos de Josephine se incluía el ahorro energético, de agua y de jabón así como cuestiones técnicas como la introducción de mecanismos de bombeo o una canasta para proteger la vajilla durante el proceso de lavado.

Josephine supo sobreponerse a las dificultades económicas que tuvo que afrontar tras la muerte de su marido y, sobre todo, a las reticencias que la sociedad de su tiempo tenía sobre las mujeres que pretendían trabajar en oficios no considerados propios de su sexo, y menos aún en el caso de trabajos relacionados con la mecánica o la industria. Josephine comentó una vez respecto a las dificultades a las que tuvo que enfrentarse para que le hicieran caso: "Las mujeres son creativas, a pesar de la opinión común en sentido contrario. No nos dan una educación mecánica, y eso es una gran desventaja [...]. No podía conseguir que los hombres hicieran las cosas a mi manera hasta que lo intentaban a la suya y fracasaban [...]. Sabían que a nivel académico yo no sabía nada sobre mecánica, e insistieron en salirse con la suya con mi invento hasta que se convencieron de que mi camino era el mejor". Poco antes de su muerte, que llegaría el 3 de agosto de 1913 a causa de un accidente cerebrovascular, Josephine dijo, no sin cierta ironía: "No recomendaría a ninguna mujer que quiera enriquecerse con sus propios esfuerzos que invente un lavavajillas". Y no se hizo rica, pero controló su empresa hasta su fallecimiento y contribuyó a facilitar la vida de muchísimas personas.