Historia del arte

Johanna Van Gogh-Bonger, la mujer que creó a Van Gogh

Al quedarse viuda y con un hijo pequeño a su cargo, esta mujer recibió como herencia toda la obra de Vincent van Gogh y la correspondencia que había intercambiado con su hermano Theo, su difunto marido. Entonces empezó el proyecto de su vida: dar a conocer al mundo el gran pintor que había sido su cuñado y que por entonces nadie reconocía. Johanna se convirtió en un agente fundamental para que la obra de uno de los artistas más conocidos de la historia del arte no cayese para siempre en el olvido.

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Aunque no sea muy conocido, la relevancia del nombre de Johanna Van Gogh-Bonger para la historia del arte es casi incalculable. Bien, quizás se podría establecer una cifra aproximada considerando el precio desorbitado por el que ha sido vendido de alguno de los cuadros de su cuñado, Vincent van Gogh. Sin el giro pictórico del que participó el artista a finales del siglo XIX, y que entre otros factores daría pie a las vanguardias del siglo XX, costaría entender la evolución del arte contemporáneo. Por ello, la historia le debe tanto a la olvidada mujer de Theo Van Gogh, el hermano del pintor. Su papel fue tan determinante que se puede afirmar que sin Johanna, posiblemente, no hubiera habido Van Gogh.

Recientemente se ha conocido más sobre la fascinante vida de esta mujer gracias la publicación de una biografía escrita por Hans Luijten, comisario del Museo Van Gogh de Ámsterdam, que tuvo acceso por primera vez a los diarios personales de Johanna.

"La noche estrellada" (1889) es uno de las obras de Van Gogh más conocidas. A lo largo de su corta carrera llegó a pintar cerca de 900 cuadros, alguno de ellos se vendió por más de 80 millones de dólares en los años 1990.

"La noche estrellada" (1889) es uno de las obras de Van Gogh más conocidas. A lo largo de su corta carrera llegó a pintar cerca de 900 cuadros, alguno de ellos se vendió por más de 80 millones de dólares en los años 1990.

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La infancia de Johanna

Las raíces de la pequeña Johanna se hunden en una familia de origen neerlandés de clase media que inculcó a sus hijos el valor de saber pasar desapercibido. En este ambiente de contención y seguridad, la posición de sus padres le dió la oportunidad de formarse, para lo que escogió la carrera de profesora de inglés. En su infancia desarrolló ya una sensibilidad artística que le permitió aprender a tocar el piano.

Durante su juventud, pasó una época clave de su vida en Londres. Empezó a tomar un control incipiente sobre sus inseguridades y trabajó impartiendo clases, convirtiéndose en especialista en Percy B. Shelley. Su etapa en Inglaterra provocó el despertar de inquietudes políticas y sociales en Johanna, pues allí entró en contacto con el movimiento en auge del sufragismo y con los movimientos obreros. Además, hizo algunas traducciones en las que pudo desarrollar sus habilidades lingüísticas, ya que para entonces hablaba tres idiomas: inglés, neerlandés y alemán.

En su estancia en Londres, además de completar su formación y superar algunas de sus inseguridades, se despertaron en Johana inquietudes sociales y políticas que moldearon su carácter posterior

Fue en 1885 cuando conoció a Theo van Gogh, quien no tardó más de tres citas en declararle su amor y pedirle matrimonio. Reacia a cualquier reacción impulsiva, Johanna rechazó al joven, que aún así insistió hasta que poco más de un año después aceptó su propuesta. Con 30 años, Theo vivía en París y su principal ocupación consistía en tratar de buscar compradores y galerías para los cuadros de su hermano Vincent. Pero el flamante marido de Johanna no solo comerciaba con los cuadros de su hermano, sino con los de otros jóvenes artistas parisinos que empezaban a desafiar el academicismo imperante con su obsesión por el color y su desprecio de la forma.

Cuando Johanna conoció a Theo Van Gogh en 1885, este vivía en París y se ganaba la vida como marchante de arte, intentado vender, entre otros, los cuadros de su hermano Vincent.

Cuando Johanna conoció a Theo Van Gogh en 1885, este vivía en París y se ganaba la vida como marchante de arte, intentado vender, entre otros, los cuadros de su hermano Vincent.

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Así, Johanna entró de pleno en el fascinante mundo que habitaban los artistas bohemios de finales del siglo XIX. En muchas ocasiones se veía rodeada por la compañía de Gauguin, Pissarro o Toulouse-Lautrec. Como apunta en una entrada de su diario, la joven cayó rendida al encanto de ese mundo de creatividad, exotismo y vanguardia, consciente de estar presenciando un cambio de tendencia, y describe esa temporada como la más feliz de su vida. El hijo que nació fruto del matrimonio fue bautizado como Vincent, por el amor que Theo sentía por su hermano.

Cuando Johanna llegó a París, el hermano de Theo ya se había marchado a Arlés, atraído por los colores de la Provenza francesa. Desde allí, Vincent se carteaba con su hermano y le mandaba los nuevos trabajos que Theo, quien apoyaba de todas las maneras posibles la producción artística de Vincent, intentaba colocar en el mercado. La casa siempre estaba repleta de Van Goghs, pues el artista vivía uno de sus periodos más prolíficos, de creación casi frenética. Un periodo vital que fue paralelo al empeoramiento de su salud mental: el corte de la oreja (1888), el consiguiente ingreso en varios sanatorios provenzanos (1889) y la muerte, en 1890. Vincent se iba de este mundo incomprendido y sin el reconocimiento artístico que tanto había perseguido su hermano. A penas se tiene constancia de un par de valoraciones positivas de su obra mientras vivía, y Theo solo había conseguido vender una ínfima parte de sus cuadros.

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Una nueva vida

La desaparición de Vincent tuvo un tremendo impacto en su hermano Theo. Pocos meses después, sufrió un colapso mental achacado a los efectos de una sífilis contraída tiempo atrás y murió a principios de 1891.

En menos de un año la vida de Johanna había dado un vuelco de 180º. De la noche a la mañana se había convertido en una joven viuda de 28 años con un bebé a su cargo a quien le había quedado en herencia un piso en París, un gran número de obras de su cuñado y un todavía mayor número de cartas fraternales que Theo había guardado con el mismo cariño con el que había atendido a su hermano mayor en vida. A la joven madre se le presentaba la necesidad de buscar un medio para ganarse la vida, y decidió regresar a su tierra natal para abrir una casa de huéspedes que pudiera generarle algunos ingresos.

En la imagen sobre estas líneas, Johanna Van Gogh-Bonger sostiene a su hijo Vincent Willem mientras posa para una foto tomada en París, en 1890.

En la imagen sobre estas líneas, Johanna Van Gogh-Bonger sostiene a su hijo Vincent Willem mientras posa para una foto tomada en París, en 1890.

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Tras un año de duro trabajo, el negocio ya estaba en funcionamiento. Los cuadros de su cuñado llenaban las paredes y, repartiendo el poco tiempo que le quedaba en la atención y crianza del pequeño Vincent, por las noches empezó a leer la correspondencia que habían intercambiado durante años los hermanos Van Gogh. Aún no lo sabía, pero acababa de empezar lo que sería el proyecto de su vida. Es la respuesta a la gran pregunta que todo historiador del arte se hace en algún momento cuando traza la trayectoria de su objeto de estudio: ¿cómo se había convertido Van Gogh en un genio mundialmente conocido? ¿Fue solo por el gran valor artístico de una obra que ni siquiera había visto la luz?

¿Cómo se había convertido Van Gogh en un genio mundialmente conocido si al morir nadie sabía siquiera su nombre?

La respuesta remite directamente a Johana Van Gogh-Bonger y a la ingente labor que llevó a cabo los siguientes años de su vida para conseguir que la obra de su cuñado fuera reconocida tal y como ella creía que se merecía. De esta manera, culminaría también el proyecto vital de su difunto esposo como último tributo hacia él.
Después de leer todas las cartas y quedar prendada de las profundas reflexiones de Vincent sobre su arte, su técnica y cada una de las pinceladas que daban forma a su obra, así como de la precisión narrativa con la que transmitía todas sus sensaciones su hermano, pudo entender la complejidad de un artista torturado por los vaivenes de una mente inestable, pero cuya genialidad estaba por revelar.

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La agente de Van Gogh

Johanna se autoimpartió un curso acelerado de crítica y marchante de arte leyendo publicaciones de arte moderno, títulos de George Moore y tomando inspiración de la escritora Mary Ann Evans, y retomó los antiguos contactos que le había proporcionado su estancia en París. Al principio, la reacción hacia las obras de Van Gogh fue la misma que cuando el artista estaba vivo, pero gracias a su convencimiento y a la insistencia de considerar las cartas como parte esencial del proceso creativo consiguió la primera exposición en solitario del artista en 1892. Y poco a poco, diversas galerías se fueron interesando en otras obras.

En esta carta que Vincent envió a su hermano desde Arlés en novimebre de 1888, además de algunas reflexiones, incluyó un dibujo de la obra en la que estaba trabajando: "El sembrador".

En esta carta que Vincent envió a su hermano desde Arlés en novimebre de 1888, además de algunas reflexiones, incluyó un dibujo de la obra en la que estaba trabajando: "El sembrador".

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Uno de los grandes valores de Johanna como agente de Van Gogh fue que no actuaba sin criterio, sino que trazó una estrategia premeditada que ejecutaba de manera metódica para que los cuadros fueran adquiriendo valor y a su vez no se traicionara la voluntad del artista, quien había verbalizado que soñaba con hacer un arte popular. Por ejemplo, Johanna prestaba todos los cuadros para las muestras y, aunque los galeristas insistían, nunca los ponía todos a la venta. Así, muchos pudieron acabar pronto en grandes museos y ser admirados por el público general. También solía situar cuadros menores al lado de obras más consolidadas porque los compradores solían animarse al ver los grandes cuadros.

Se han señalado dos grandes hitos en la gestión de la preciada herencia que recibió Johanna Bonger. Uno es la gran exposición de 1905, que tuvo una gran repercusión en toda Europa, supo transmitir la esencia vangoghiana y captó el interés de grandes fortunas e importantes museos. Y por otro lado, su obsesión con las cartas de los hermanos, que la llevó a publicarlas en 1914 en la versión original. Una de las últimas misiones a las que dedicó su vida fue que la obra de Van Gogh llegara al público estadounidense, para lo que se marcó el objetivo de traducir la correspondencia. Lamentablemente, fue algo que no ocurrió hasta 1927, dos años después de su muerte.

Sin embargo, su legado para el mundo y la historia del arte ya era una realidad, y quedaría marcado para siempre, aunque a menudo olvidado, que Johanna Van Gogh-Bonger fue la mujer que hizo posible a Van Gogh. Fue ella quien supo ver el valor de su obra y convenció al público para que le prestara la atención merecida, quien hizo el complicado trabajo de profundizar en un patrimonio sin ningún valor y, mediante su trabajo, otorgarle la relevancia que hoy el mundo entero reconoce y que tanto se ha estudiado durante años. A ella le debemos que obras como El sembrador (1888), Habitación en Arlés (1888), Noche estrellada (1889) o Girasoles (1889) puedan ser contempladas hoy en los museos, llenando una parte de la historia del arte sin la que habría sido difícil comprenderla en su totalidad.

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