El veredicto de Dios, a golpe de espada

Jean de Carrouges contra Jacques Le Gris, el último juicio por combate de Francia

El 29 de diciembre de 1386, cientos de parisinos y habitantes de las regiones cercanas acudieron a ver un espectáculo que se había vuelto muy raro y que sería el último en la historia de Francia: un juicio por combate, en el que el derrotado perdería no solo el caso, sino también la vida.

El último duelo

Foto: Ático de los Libros

En la Edad Media europea, existía en varias culturas -principalmente de tradición germánica- una manera extrema de dirimir una disputa legal: el llamado juicio por combate, en el cual se asumía que el vencedor tenía razón pues Dios había querido concederle la victoria. Este método no era ni mucho menos generalizado -se aplicaba en ausencia de testigos o pruebas concluyentes que permitieran emitir un veredicto, y solo podían solicitarlo los nobles u hombres que hubieran sido ordenados caballeros- y fue desapareciendo a finales del Medievo.

El 29 de diciembre de 1386, los franceses tuvieron ocasión de asistir al que sería el último juicio por combate de la historia de este país. Por aquel entonces ya se trataba de algo muy raro, por lo que el “espectáculo” atrajo mucha atención entre la alta sociedad y el pueblo llano; incluso el propio rey Carlos VI, que se encontraba en Flandes preparando la guerra contra los ingleses, detuvo los preparativos bélicos y ordenó posponer la fecha para tener tiempo de viajar a París y asistir al duelo.

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El motivo del que acabaría siendo el último duelo legal en Francia parece propio de una novela de caballería: Jean de Carrouges, caballero al servicio de un conde de Normandía, había acusado a un escudero llamado Jacques Le Gris de haber violado a su esposa. Le Gris y Carrouges, que antaño habían sido amigos, arrastraban una larga historia de enemistad debido a que el primero se había convertido en favorito del conde en detrimento de Carrouges. Le Gris tenía además una gran fama de mujeriego que, al parecer, había puesto en práctica de manera forzosa con Margarita de Thibouville, la esposa de su rival, de quien se había enamorado.

Después de intentar durante varios meses obtener justicia para su mujer, Carrouges había invocado el antiguo derecho de un caballero a un juicio por combate

Los hechos habrían tenido lugar en enero del mismo año, cuando Margarita se encontraba sola en casa, y los únicos testigos habrían sido ella misma, el acusado y un sirviente de este. Carrouges intentó durante varios meses obtener justicia para su mujer, lo que resultó en vano debido a la influencia del acusado sobre el conde, que había desestimado las acusaciones incluso aunque Margarita había quedado embarazada. Finalmente, Carrouges había invocado el antiguo derecho de un caballero a un juicio por combate, entonces ya en desuso.

En verano el caso llegó hasta el Parlamento de París, donde Carrouges retó a Le Gris con el tradicional gesto de arrojarle un guante, que este recogió aceptando así el duelo, no sin antes acusar a su rival de ser un mentiroso y de querer destruirle solo por envidia de su influencia y riqueza. A pesar de que la costumbre del juicio por combate ya estaba en desuso, el Parlamento lo autorizó y fijó el encuentro para finales de noviembre; el rey, dispuesto a no perderse tan raro espectáculo, ordenó retrasarlo para poder asistir.

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El 29 de diciembre ambos contendientes, así como la víctima -que poco antes había dado a luz a un hijo, supuestamente fruto de la violación-, se dirigieron a un terreno de la abadía de Saint-Martin-des-Champs, en las afueras de París, que había sido preparado como arena de duelo. En ese combate, Margarita se jugaba más que su honor o la vida de su marido: si este resultaba derrotado, se asumiría que ella había acusado en falso y sería condenada a muerte por haber difamado a Le Gris. Al combate asistían, además del rey y su corte, cientos de parisinos y franceses llegados de las regiones vecinas, tal era la expectación que había suscitado el caso.

Ambos contendientes llevaban cuatro armas: lanza de justa para el combate a caballo, espada larga y hacha de guerra para la lucha a pie y una daga larga popularmente llamada “misericordia”, puesto que su función era asestar el golpe mortal si uno de los dos resultaba gravemente herido. Antes del encuentro Le Gris había sido ordenado caballero, puesto que la ley exigía que solo hombres del mismo rango podían combatir.

Ilustración de un juicio por combate en un códice de mediados del siglo XVI

Ilustración de un juicio por combate en un códice de mediados del siglo XVI

Foto: Bayrische Staatsbibliothek

Conocemos los detalles del combate gracias al testimonio de varios contemporáneos, como las Crónicas de Froissart o la Historia del rey franco Carlos VI. El combate a caballo duró cuatro asaltos: al tercero, las lanzas se rompieron y los contendientes pasaron a las hachas, con las cuales ambos hirieron de muerte al caballo del otro. Empezó entonces el último asalto, a pie y con las espadas: sobre este las versiones son contradictorias ya que, mientras unas fuentes afirman que Carrouges atravesó a su oponente con la espada, otras sostienen que lo desarmó y le exigió que reconociera su culpabilidad, algo a lo que se negó puesto que hacerlo habría significado ser condenado a muerte por la violación de Margarita; según esta versión, el desarmado Le Gris insistió en su inocencia y Carrouges le asestó el golpe mortal en el cuello con la daga “de la misericordia”.

Dios había hablado, o al menos así lo creían: la victoria de Carrouges era la prueba de que la acusación de Margarita era cierta, más que el hijo que había dado a luz. Al fin y al cabo, en opinión de los jueces, el niño podría ser del propio marido, que habría elaborado tamaña treta para causar la ruina de su rival. Ahora, en cambio, ya no había duda. Tampoco la tenían los cronistas de la época, que mayoritariamente se inclinaron a sostener la culpabilidad de Le Gris. El caso perduró en la historia e incluso siglos después, personajes como Diderot o Voltaire escribieron sobre ello.

Así terminó el último juicio por combate de la historia de Francia. Sin embargo, la costumbre de zanjar las ofensas con la espada no desapareció y en el siglo XVII se convirtió en un problema de seguridad importante, que el famoso cardenal Richelieu intentó controlar empleando -con dudoso éxito- a su guardia personal como policía.

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