La divinidad que dio nombre a enero

Jano, el dios romano de los inicios y los umbrales

Aunque muchas divinidades romanas se sincretizaron con dioses extranjeros, algunas deidades primigenias de la Roma original permanecieron inalteradas. Entre estas destacaba Jano, un dios omnipresente que presidía los cambios y los espacios de transición; y que dio nombre al primer mes del año, enero.

Jano es representado habitualmente con dos rostros: uno joven, que mira al pasado, y otro anciano, que mira al futuro.

Jano es representado habitualmente con dos rostros: uno joven, que mira al pasado, y otro anciano, que mira al futuro.

Foto: iStock / Kizel

Júpiter, Marte, Venus, Mercurio… la mayoría de las deidades más conocidas de Roma pasaron por un proceso más o menos marcado de sincretismo con otros panteones, especialmente el griego. Pero en los tiempos de la fundación de la ciudad los romanos veneraban a un número de divinidades ligadas sobre todo al paso del tiempo y a las estaciones, como es propio de un pueblo que, antes de convertirse en un gran imperio, era una comunidad de agricultores y ganaderos como otras tantas en la península itálica.

Entre estas deidades, una de las más antiguas e importantes era Jano (en latín, Ianus). Este dios presidía todo aquello relacionado con el cambio y es fácilmente reconocible por su atributo más característico: las dos caras que miran en direcciones opuestas, por lo que su epíteto más común es “bifronte”, el de los dos rostros. Entre otras cosas, a él se debe el nombre del primer mes del año, Ianuarius o enero.

En medio del umbral

Como otros dioses primitivos de Roma, los orígenes de Jano son oscuros y la literatura romana da explicaciones dispares. Podría haber sido un dios originario del Lacio o bien importado en tiempos anteriores a la fundación de la ciudad, pero el mito sitúa el inicio de su culto en tiempos de Numa Pompilio, el segundo de los siete reyes legendarios de la monarquía romana. En el saqueo de la ciudad a manos de los galos, a principios del siglo IV a.C., resultaron destruidos todos los documentos anteriores a esa época, por lo que la tradición es la única fuente restante.

Jano era la deidad que estaba “en medio” de todas las cosas; presidía el inicio de todas las actividades y custodiaba los umbrales.

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En sus orígenes parece haber sido un dios asociado a una gran variedad de aspectos: el paso del tiempo y de las estaciones, las puertas y los caminos, los principios y los finales; y en general, a toda acción para la que existiera un momento de inicio y de final, como la siembra, la navegación o la guerra. A medida que otras divinidades encarnaban algunos de estos aspectos concretos, Jano quedó definido por su aspecto básico: un dios de transición, que con una cara mira al pasado o inicio y con la otra mira al futuro o al final, representadas respectivamente con los rostros de un joven y de un anciano. Es, fundamentalmente, la deidad que está “en medio” de todas las cosas.

Como tal, Jano está relacionado estrechamente con las puertas, los umbrales y en general los elementos arquitectónicos que suponen la transición de un espacio a otro. Dos de sus epítetos son “el que abre las puertas” y “el que cierra las puertas”. En este tipo de lugares que marcan el límite entre lo que está “dentro” y lo que está “fuera”, se colocaban estatuas del dios para que abriera y cerrara el paso; no físicamente sino en el aspecto sagrado.

Arco de Jano en Roma

Arco de Jano en Roma

Este arco está situado en el Velabro, una zona que antiguamente marcaba la entrada al Foro Boario. Se erigió en un lugar con gran valor simbólico ya que, según la tradición, aquí se alzaba un árbol en el que quedó atrapada la cesta que transportaba a los gemelos Rómulo y Remo.

Foto: iStock / jumabufu

Los romanos creían que, más allá de los elementos físicos de separación como murallas y puertas, existía un límite invisible y sagrado que otorgaba una naturaleza distinta a los espacios situados en su interior. Esta idea del límite sagrado está estrechamente relacionada con otra divinidad, Terminus, que en cierto modo es su opuesto: Terminus es el dios que vela por los confines, mientras que Jano es el que permite el paso por ellos. Una de las puertas de Roma llevaba su nombre y según la tradición impidió la entrada de los sabinos cuando los romanos secuestraron a sus esposas. También dio nombre al Janículo, una colina situada actualmente en el barrio del Trastevere pero que en época romana se encontraba fuera de las murallas de la ciudad.

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El dios omnipresente

A pesar de su naturaleza dual, el papel de Jano en las creencias de los romanos era presidir los inicios más que los finales. Por ello, el primer mes del año fue nombrado Ianuarius —para nosotros, enero— en su honor, el primer día del mismo se invocaba su nombre para que trajera buena fortuna y los romanos se intercambiaban pequeños obsequios. Esta costumbre puede entenderse como el origen más remoto de la tradición de hacer regalos por Navidad, ya que los romanos concedían gran importancia al 25 de diciembre al creer —con un error de pocos días— que esa era la fecha del solsticio de invierno.

El culto a Jano, más que asociado a un aspecto en concreto, debe entenderse como un modo de auspiciar un buen porvenir al comenzar todas las actividades, puesto que con el rostro que miraba hacia el futuro podía ver todo el recorrido de aquello que estaba por iniciar. Era la primera deidad a la que el pater familias, que se ocupaba del culto doméstico, dedicaba sus oraciones por la mañana antes de empezar ninguna actividad. También se pedía su favor en el inicio de un trabajo, al abrir un negocio o antes de proceder un rito social como el matrimonio o la mayoría de edad de los varones.

Las Puertas de Jano en un sestercio de la época de Nerón

Las Puertas de Jano en un sestercio de la época de Nerón

Foto: Classical Numismatic Group (CNG), Inc., www.cngcoins.com

Incluso cuando se rendía culto a otra deidad, se empezaba por invocar el nombre de Jano puesto que este “abría” el camino para que los mortales pudieran comunicarse con los dioses. Por ese motivo se le considera en algunas fuentes romanas como el primer dios en haber existido. Especialmente marcada era su asociación con Marte: cuando Roma declaraba la guerra se abrían las puertas del templo de este dios y no se cerraban hasta el final del conflicto, pero también permanecían abiertas las Puertas de Jano, una estructura en el Foro Romano que habitualmente se ha considerado un templo dedicado al dios, aunque no está claro si allí se celebraban cultos o solo marcaba una entrada simbólica, de forma similar al pomerium, el límite sagrado de la ciudad.

A pesar de no ser uno de los dioses “clásicos” del panteón romano, el culto a Jano es uno de los más longevos y constantes de la historia romana, tanto como para que su recuerdo perdurara incluso cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial: Procopio, historiador romano del siglo VI, narra que cuando Roma se encontraba asediada por los ostrogodos en el año 537, alguien abrió por la noche las Puertas de Jano que habían permanecido cerradas desde el 390, cuando el emperador Teodosio había prohibido los cultos paganos. Los godos no consiguieron entrar en la ciudad, defendida por el general Belisario: a la imaginación de cada cual quedaba decidir si el antiguo dios quiso realizar un último servicio a la ciudad que lo había honrado durante más de mil años.

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