Siglo XVII

Piratas en la Isla de la Tortuga

En el siglo XVII, una isla en las costas de lo que hoy es Haití se convirtió en un nido de bucaneros y filibusteros que asaltaban barcos y ciudades

Botín piratas

Botín piratas

Ilustración: Alamy

La mítica isla de La Tortuga ha forjado parte del imaginario colectivo como refugio indómito de piratas, filibusteros y bucaneros. El cine y la literatura se han encargado de perpetuar esta leyenda en novelas como El corsario negro de Emilio Salgari o en innumerables películas como la saga Piratas del Caribe. Sin embargo, el visitante actual que arribe a la Île de la Tortue, en el noroeste de Haití, no encontrará más que casas decadentes y humildes chozas de pescadores, un entorno que en nada recuerda su antiguo esplendor. Debemos bucear en su pasado para descubrir una historia en apariencia fantástica, pero que fue muy real y se convirtió en la génesis del concepto romántico de la piratería.

Cronología

Bajo la amenaza pirata

1492

Cristóbal Colón descubre la isla de La Tortuga mientras navega por el estrecho que la separa de La Española; le da aquel nombre por la semejanza de su orografía con el caparazón de este animal.

1623

Los primeros bucaneros cazan reses en la parte más deshabitada de La Española y establecen su base en La isla de la Tortuga, cuyo dominio se disputarán españoles, franceses e ingleses.

1640

François Levasseur toma por asalto La Tortuga y, con el amparo de los Hermanos de la Costa, deviene su primer gobernador. Él es quien construye la fortaleza de La Roca en la costa sur de la isla.

1665

Betrand D’ Ogeron devuelve La Tortuga a la órbita de Francia, iniciando la época dorada de los grandes filibusteros como el Olonés, Eduard Mansvelt o Henry Morgan, que se asentará en Jamaica.

1668-1671

La Cofradía de los Hermanos de la Costa y la misma isla de la Tortuga entran en decadencia. En adelante, sólo existirán en los libros de historia.

Refugio de bucaneros

La isla fue descubierta por Cristóbal Colón en 1492, durante su primer viaje a las Indias, y su forma le recordó el caparazón de las tortugas caribeñas. Era poco más que un pequeño trozo de tierra montañosa de escasos 37 kilómetros de largo por siete de ancho, separado de la costa noroeste de La Española por un canal de ocho kilómetros. Durante la gobernación de Nicolás de Ovando, la Corona fomentó la cría de ganado vacuno en La Española para incentivar el comercio del cuero.

Pronto las autoridades perdieron el control del norte de ambas islas y grupos de ingleses procedentes de la isla de San Cristóbal (hoy Saint Kitts) se asentaron en La Tortuga, junto con franceses y renegados españoles. En aquel pequeño enclave cultivaban tabaco y desde allí iban a cazar al norte de La Española, a la que llamaban Tierra Grande; eran los llamados bucaneros. Vendían la carne ahumada, el cuero y el tabaco a los holandeses, que les ofrecieron protección frente a las autoridades españolas.

Mascarón pirata

Mascarón pirata

Mascarón de proa con la representación de un pirata.

Imagen: DEA / Album

De este modo, La Tortuga se convirtió en un punto de libre comercio, algo que no podía tolerar la Corona española, que se arrogaba el monopolio del tráfico con América. Los españoles atacaron La Tortuga en varias ocasiones, pero, al no dejar una guarnición permanente, pequeños grupos de bucaneros franceses provenientes de Tierra Grande volvían a ocuparla de inmediato. En 1635, Ruy Fernández de Montemayor atacó la isla con 250 hombres, con un saldo de 195 colonos degollados, 39 prisioneros y 30 colonos esclavizados. La cercanía de La Tortuga a La Española y su situación estratégica en el Caribe la convirtieron en una presa codiciada. Los ingleses intentaron ocuparla en 1636 y mataron a 50 colonos franceses. En 1638, una flota española al mando de Carlos de Ibarra pasó a cuchillo a muchos colonos, y los que quedaron vivos huyeron al norte de La Española.

fortaleza de San Felipe

fortaleza de San Felipe

La fortaleza de San Felipe se levanta junto a la localidad de Puerto Plata, en la actual República Dominicana. Sus cañones defendían la costa norte de La Española, que una flota inglesa quiso conquistar en 1655.

Foto: Corbis / Getty Images

Levasseur, el hombre decisivo

Este tira y afloja continuó hasta el 31 de agosto de 1640, cuando un oficial de la Armada francesa, François Levasseur, por orden del teniente general Philippe de Poincy y bajo los auspicios de la Compañía de las Islas de América, tomó la isla por asalto. Fue nombrado gobernador y reconocido como tal por ingleses y franceses, y estableció impuestos al comercio para el rey de Francia y la Compañía. Con sus conocimientos militares y consciente del potencial de La Tortuga, no tardó en desobedecer a Poincy.

Se alió con los cultivadores de tabaco y los bucaneros, así como con los filibusteros, grupos de bucaneros que asaltaban buques mercantes y haciendas; en palabras de algunos autores, los bucaneros habían pasado de «matarifes de reses a carniceros de hombres». Estos filibusteros se habían asociado para crear la Cofradía de Hermanos de la Costa, una hermandad que buscaba establecer una suerte de República libertaria en la isla, y de la que Levasseur consiguió el apoyo.

Gran parte de la historia de La Tortuga lo conocemos gracias al francés Alexandre Olivier Exquemelin.

Gran parte de la historia de La Tortuga y de lo que sucedió tras los primeros intentos de desalojo por parte de los españoles lo conocemos gracias al francés Alexandre Olivier Exquemelin, que llegó a la isla en 1666 como engagé. Así se llamaba al contrato de trabajo de tres años para la Compañía de las Islas de América, que en realidad era una especie de semiesclavitud, y del que Exquemelin logró escapar para unirse a los filibusteros y escribir la historia de La Tortuga.

Espada del siglo XVII

Espada del siglo XVII

Espada del siglo XVII, ricamente adornada.

Foto: Met / Album

Exquemelin cuenta que Levasseur protegió la isla construyendo una fortaleza: La Roca, que defendía los puertos y la costa sur, mientras que la costa norte, llamada la Costa de Hierro, resultaba inexpugnable por su naturaleza montañosa y boscosa. A la fortaleza sólo se podía llegar «casi trepando por un angosto camino que no permite subir a más de dos personas juntas y con trabajo». Dentro instaló varias piezas de artillería e «hizo romper el camino que había, dejando la subida sólo practicable con una escala». La Roca ese alzaba sobre un peñasco con una oquedad natural que servía de almacén y donde había un manantial de agua cristalina «que bastaba para dar refresco a mil personas».

En 1643, mil españoles atacaron La Tortuga, pero tuvieron que retirarse.

Levasseur tomó todo tipo de precauciones para evitar un asedio, incluyendo la prohibición de cazar en la isla para preservar cabras, jabalíes y otros animales como víveres. La Tortuga disponía de abundante madera, frutas, plantas medicinales y árboles palmites, cuya pulpa exprimida servía de vino a sus moradores, así como abundantes palomas de paso. En definitiva, era un lugar difícilmente conquistable. Así quedó patente en 1643, cuando mil españoles llegados en diez barcos se vieron obligados a retirarse tras perder un centenar de hombres.

Mapa con la localización de la Isla de la Tortuga

Mapa con la localización de la Isla de la Tortuga

Los éxitos iniciales llevaron a Levasseur a consolidar la isla como emporio de libre comercio, donde daba salida al producto de las actividades de los Hermanos de la Costa. Los filibusteros de la Hermandad preparaban expediciones de una veintena de hombres a bordo de pequeñas embarcaciones de remo. Amparados por la noche, se acercaban sigilosamente a barcos españoles o de otras naciones e Inutilizaban su timón para después abordarlos y matar a sus tripulantes. Los filibusteros pronto ampliaron sus acciones a objetivos en tierra. Dice Exquemelin: «De esta Isla de La Tortuga salían los enemigos a piratear las costas de las Indias, desde Cartagena hasta el seno mexicano y costas de Tierra firme, robando tantas haciendas de mercaderes que es imposible traducirlas a suma».

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Levasseur, dueño y señor de esa república independiente, instauró un régimen despótico: en el interior de La Roca construyó una cárcel llamada Purgatorio, y en ella emplazó una máquina de su invención a la que apodó Infierno, con la que torturaba a sus enemigos hasta dejarlos inútiles de por vida. Rompió sus frágiles acuerdos con Francia y comenzó a enfrentarse a los Hermanos de la Costa cuando gravó con impuestos abusivos las transacciones de la isla. Una mañana fue atacado por ocho hombres con mosquetes, que erraron al disparar sobre su reflejo en un espejo, para instantes después ser apuñalado por su propio ahijado, Thibaut.

El pirata Roque el Brasiliano

El pirata Roque el Brasiliano

El pirata Roque el Brasiliano. Grabado del libro de Exquemelin.

Imagen: Science Source / Album

Tras el asesinato de Levasseur, el caballero de Fontenay, hombre de confianza de la Compañía, tomó el control de la isla para Francia y restableció el orden. Pero su gobernación no duró mucho: el 10 de enero de 1654, un joven y aguerrido oficial español, Juan Francisco Montemayor, atacó La Tortuga guiado por un filibustero irlandés renegado llamado Juan de Mofa, que le indicó los puntos débiles, y en ocho días se adueñó de la isla.

La era dorada de La Tortuga

El gobernador español de Santo Domingo, Bernardino de Meneses, temiendo que los ingleses tomaran La Española, retiró a la guarnición de La Tortuga en 1655 para reforzar sus tropas y enterró los setenta cañones que la defendían. Seis meses después regresaron los filibusteros ingleses y franceses, y con ellos, el comercio y las actividades piráticas. La isla volvió a florecer bajo jurisdicción francesa, inglesa y de los Hermanos de la Costa.

Poco tiempo más tarde, en 1664, Luis XIV fundó la Compañía Francesa de las Indias Occidentales y París consiguió en 1665 que la Cofradía reconociese como gobernador de La Tortuga a Bertrand d’ Ogeron, un antiguo Hermano de la Costa. Su política se orientó a conseguir que los filibusteros se asentaran en la isla. Al mismo tiempo, España decidió exterminar el ganado del norte de La Española para forzar la desaparición de los bucaneros, lo que no hizo más que ayudar a D’Ogeron, quien consiguió reunir en La Tortuga a todos los bucaneros y filibusteros de la región.

Bucaneros

Bucaneros

Edición inglesa de Piratas de América, el libro de Alexandre Olivier Exquemelin que hizo famosos a los bucaneros de La Tortuga.

Imagen: NMM / Album

Apartándose de la política de sus antecesores, D’Ogeron planeó terminar sutilmente con las ideas libertarias de la Cofradía de los Hermanos de la Costa, orientándolos a empresas de mayor importancia al tiempo que hostigaba las posesiones y los barcos españoles. Al mismo tiempo abrió las puertas a emigrantes engagés franceses, que llegaban a la isla desde la metrópoli como mano de obra semiesclava. Tras cumplir con su contrato en las plantaciones de tabaco, muchos se establecían como colonos o se unían a las tripulaciones filibusteras. Con estas medidas, La Tortuga se convirtió en la perfecta colonia francesa, temida por el resto de las naciones y defendida y alimentada por los más brutales filibusteros. Para la Corona española, la nueva colonia francesa supuso una amenaza más temible que la República libertaria anterior.

Tras cumplir con su contrato en las plantaciones de tabaco, muchos se establecían como colonos o se unían a las tripulaciones filibusteras.

D’Ogeron, astutamente, acabó también con una vieja regla sagrada de la Cofradía de Hermanos de la Costa: la prohibición de que habitasen en la isla mujeres blancas, a fin de que los filibusteros no creasen familias; tan sólo estaban permitidas las negras o mulatas, ya fuesen esclavas o libres. En 1666 hizo transportar desde Francia a un centenar de prostitutas para que se casaran o amancebasen con quienes estuvieran dispuestos a cumplir varias reglas: pagar su pasaje, tratar a la mujer como una compañera, no una esclava, y darle libertad para buscar otra pareja si él partía con una expedición y no volvía en meses. Se cuenta que «los hombres, muchos de los cuales se habían rasurado, formaron un semicírculo en la playa mientras las damas descendían de los botes remangándose los vestidos».

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Comienza la leyenda

Domesticados los filibusteros, las ideas comunales libertarias cayeron en desuso y se impuso la ley del más fuerte. Los capitanes de los barcos ya no eran elegidos por votación, y los más aguerridos se hicieron armadores de sus propios buques, iniciando una nueva era de individualismo con ecos del filibusterismo sanguinario. La fama de unos pocos alimentó los sueños de muchos. Las tabernas de La Tortuga comenzaron a llenarse de capitanes y pilotos que contaban historias extraordinarias y desembarcaban con los bolsillos llenos de oro.

Historias como la de Pierre François, que haciendo pasar a su tripulación de 27 hombres por meros pescadores, asaltó el buque escolta de una flotilla española que extraía perlas cerca de Riohacha (en la costa de la actual Colombia), apoderándose de un botín de 100.000 doblones de a ocho. Aunque fue apresado y condenado a dos años de trabajos forzados en Cartagena de Indias, muchos de sus compañeros pensaron que podían ser más hábiles que él. Y a medida que la isla se hizo más fuerte, los ataques a tierra también fueron más audaces, como los protagonizados por el cruel Jean-David Nau, llamado El Olonés.

Henry Morgan

Henry Morgan

Retrato de Henry Morgan. Grabado. Década de 1660.

Imagen: AKG / Album

Pero el más grande de los filibusteros fue Henry Morgan. Deseoso de vivir aventuras, abandonó su Gales natal para hacerse filibustero en La Tortuga desde donde asaltaba mercantes españoles en la costa cubana. Se asoció con otro filibustero célebre, el holandés Edward Mansvelt, y juntos llevaron a cabo asaltos épicos en las islas de Curaçao y Santa Catalina. Por influencia de su tío, el vicealmirante Edward Morgan, consiguió el favor del gobernador británico de Jamaica, muy interesado en mantener el dominio inglés del Caribe, incluso de la mano de filibusteros.

Con una flota de 12 embarcaciones y 700 hombres, hostigó Cuba y desembarcó en Puerto Príncipe, donde hizo un cuantioso botín con el que regresó a Jamaica. Le siguieron Portobelo, Maracaibo y Gibraltar, en 1669. Pero su asalto más audaz se llevó a cabo en Panamá, en 1671. En esta ocasión se hizo con un botín de oro, joyas y plata que trasportó en 150 mulas a través del istmo. Gracias a sus éxitos, el rey Carlos II de Inglaterra lo nombró teniente gobernador de Jamaica.

Como gobernador, Morgan persiguió a sus antiguos compañeros, los piratas.

Deseoso de convertir Jamaica en el centro del Caribe, La Tortuga era un enemigo a batir. Desde su nuevo cargo, Morgan traicionó a sus hermanos filibusteros y comenzó una persecución sin cuartel. Este hecho, junto con la escalada de hostilidades entre Francia, Holanda e Inglaterra por el control del Caribe, obligó a muchos filibusteros a enfrentarse con sus hermanos de otras nacionalidades. Las ideas libertarias de la Cofradía de los Hermanos de la Costa se diluían sin remedio como un terrón de azúcar en una pinta de ron. En 1689, la Isla de la Tortuga y la República de los filibusteros no eran ya más que el pálido reflejo de un hermoso sueño.

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Bucanero

Bucanero

Este grabado, que ilustraba el libro de Exquemelin, ofrece una visión realista de los primeros bucaneros.

Imagen: Giancarlo Costa / Bridgeman / ACI
Mapa La Tortuga

Mapa La Tortuga

Antiguo plano redibujado de La Roca, la fortaleza erigida al sur de la isla por el gobernador Levasseur, con la angosta rampa que conducía hasta ella.

Imagen: DEA / Getty Images

De bucaneros a corsarios

E l origen y la naturaleza de bucaneros, filibusteros, piratas y corsarios era diferente, aunque con el correr del tiempo la línea que los separaba se difuminó. Los bucaneros eran grupos de cazadores establecidos en la costa norte de La Española, cuyo nombre probablemente proceda de la palabra arawak o caribe bucan, carne asada ahumada, por la carne de vacuno que ahumaban y salaban para venderla en La Tortuga.

Con el tiempo, muchos realizaron acciones de pillaje y contrabando en el mar, lo que dio origen a los filibusteros. Éstos fueron un fenómeno del Caribe, y en especial de las Antillas; se caracterizaban por el uso de pequeñas y rápidas embarcaciones para llevar a cabo sus asaltos. Otra realidad de carácter más universal fue la piratería, integrada por marineros renegados que no reconocían dios ni patria y armaban buques para asaltos en beneficio propio. Los corsarios eran marinos mercantes o antiguos militares con patente de corso o carta de represalia otorgada por su rey para apresar enemigos a cambio de dinero.

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Los bucaneros

Los bucaneros

Los bucaneros, por el pintor estadounidense Frederick Judd Waugh.

Imagen: Superstock / Album

Libres e iguales

Cuando las autoridades españolas decidieron talar los bosques y matar el ganado que no podían controlar para acabar con los bucaneros del norte de La Española, nacieron los primeros filibusteros, que no tardaron en agruparse para defender sus intereses. Éste fue el germen de una asociación de filibusteros denominada Cofradía de los Hermanos de la Costa. Se originó en La Tortuga, pero con el paso del tiempo se expandió también a Jamaica. La Cofradía se extinguió en 1689 debido a la paulatina degradación de sus propias normas igualitarias.

1. Propiedad colectiva: Se trataba de una organización igualitaria y el primer experimento de lo que más tarde se denominaría la utopía pirata. Sus miembros eran todos iguales, no existiendo la propiedad individual. Si un hermano capturaba un barco, éste pasaba a ser propiedad de la Cofradía para que pudiese ser utilizado por otros cofrades.

2. Principios democráticos: Capitanes y jefes eran nombrados y depuestos por votación. No había impuestos, ni persecuciones religiosas o raciales. En la hermandad se entraba como aprendiz bajo la tutela de un cofrade, y una vez cumplido con un período de aprendizaje denominado matalotaje, se adquirían plenos derechos como hermano.

3. Vida de hermandad: En su libro sobre los piratas de La Tortuga, el antiguo filibustero Exquemelin da detalles de este modo de vida igualitario, que incluía el escrupuloso reparto del botín, la fijación de indemnizaciones por pérdida de un miembro (600 reales de a ocho o seis esclavos por un ojo derecho, por ejemplo) o el hecho de que capitán y tripulación comieran exactamente lo mismo.

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El triunfo de la audacia

El triunfo de la audacia

"El triunfo de la audacia". Jean Antoine Théodore Gudin recreó en este óleo el asalto de Legrand. Siglo XIX. Castillo de Versalles.

Imagen: Hervé Lewandowski / RMN-Grand Palais
La captura del galeón

La captura del galeón

"La captura del galeón". El ilustrador norteamericano Howard Pyle recreó en este dibujo de 1887 el momento en que Legrand sorprende al capitán del navío.

Imagen: Granger / Album

Una barca para tomar un galeón. La gesta de Pierre Legrand

Entre los más afortunados abordajes de los bucaneros se cuenta el que llevó a cabo el francés Pierre Legrand en 1643. Estaba en las islas Caicos, al norte de La Española, a bordo de una barca con 28 hombres, desesperado por no haber hallado ninguna presa y por la falta de víveres, cuando divisaron un galeón español. Al capitán del navío le señalaron aquella embarcación diciendo que era de piratas, pero la despreció porque contaba con un barco mucho más poderoso.

Los bucaneros se juramentaron para tomar el navío o perecer en el intento, y al caer la noche se acercaron al costado del barco. Legrand hizo agujerear el fondo de la barca, para que nadie tuviera la tentación de abandonar la empresa, y treparon sigilosamente hasta la cubierta del galeón. Unos corrieron a la cámara de popa, donde sorprendieron al capitán y a otros jugando a los naipes, y otros se adueñaron de la santabárbara (el almacén de armas y municiones), matando a quien se les oponía. Legrand, satisfecho con su captura, puso proa a Francia, y su hazaña avivó el afán de los cazadores y plantadores de La Tortuga por probar fortuna como piratas.

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El Olonés

El Olonés

El Olonés, con una ciudad ardiendo al fondo. Grabado de la obra de Exquemelin. Siglo XVII.

Imagen: Granger / Album
Jean-David Nau

Jean-David Nau

Jean-David Nau arranca el corazón del pecho de un hombre al que ha rajado con su espada, de camino a San Pedro Sula.

Imagen: Science Source / Album
Pistola siglo XVII

Pistola siglo XVII

Pistola del siglo XVII. El Olonés amenazaba a sus hombres con dispararles si huían de los españoles.

Imagen: DEA / Album

La carrera sangrienta del terrible olonés

Uno de los filibusteros más temidos (y con razón) fue el cruel Jean-David Nau, apodado François el Olonés. Conocemos su historia gracias a Exquemelin, quien acompañó en sus correrías a Henry Morgan y al propio Olonés y las refirió en su libro Piratas de América.

El Olonés debía su nombre al lugar donde había nacido: Les Sables d’Olonne, en Francia, hacia 1635; igual que muchos otros, llegó a La Tortuga en 1660 como engagé, en régimen de semiesclavitud. Tras cumplir su contrato, se hizo filibustero con un barco prestado y ocho meses después ya contaba con ocho barcos y 400 hombres. Se asoció con otro pirata, Miguel el Vasco, y atacó numerosas ciudades. Cuando en 1667 capturó Maracaibo (Venezuela), ante una veintena de prisioneros «tomó su alfanje y cortó a uno en muchas piezas ante la vista de todos» para que le dijeran dónde tenían escondidos sus bienes. Su odio a los españoles era irrefrenable: cuando cometía estas crueldades con ellos, «lamía la sangre de la hoja [de su espada] con su lengua».

El éxito de Maracaibo le animó a atacar Puerto Caballos y San Pedro Sula (Honduras). Tras tomar la primera ciudad, sufrió una emboscada de camino a San Pedro y, para esquivar al enemigo, agarró a uno de los españoles que había capturado «y con su alfanje le abrió toda la parte anterior, arrancándole el corazón con sus sacrílegas manos y lo mordió con sus propios dientes, diciendo a los otros: “Yo os haré lo mismo si no me descubrís otro camino”». Al final, San Pedro cayó en sus manos.

El Olonés acabó como había vivido. Hacia 1668, durante una de sus correrías, los indios del Darién, en Panamá, «le cogieron y despedazaron vivo, echando los pedazos en el fuego, y las cenizas al viento».

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la caída  de portobelo

la caída de portobelo

Morgan empleó a ancianos, mujeres, monjas y frailes prisioneros como escudos humanos para asaltar las murallas de la ciudad de Portobelo.

Foto: DEA / Getty Images
Combate entre Morgan y los españoles ante la ciudad de Panamá

Combate entre Morgan y los españoles ante la ciudad de Panamá

Combate entre Morgan y los españoles ante la ciudad de Panamá, que ardió hasta los cimientos; sería reconstruida en otro lugar. Grabado del libro de Exquemelin.

Imagen: British Library / Album

El brutal saqueo de Panamá: la hazaña de Morgan

Como en otros casos, es el libro de Exquemelin el que nos provee de un vívido relato sobre la mayor gesta pirática, en la que él mismo participó: el saqueo de Panamá por Henry Morgan en 1671. Para el asalto, Morgan reunió 1.500 hombres y 50 naves, la mayor flota pirata que surcó el Caribe. Llegados al istmo de Panamá, lo atravesaron durante diez días sufriendo toda clase de penalidades hasta llegar al Pacífico, donde estaba Panamá, defendida por 1.600 hombres que no pudieron detener a los piratas; durante el combate, se desató un incendio que arrasó la urbe hasta sus cimientos.

Dueños de la situación, los hombres de Morgan se quedaron allí tres semanas, entregados a una orgía de violaciones, saqueos y torturas infligidas a los españoles para que revelasen dónde habían ocultado sus bienes. Exquemelin refiere el caso de un prisionero al que descoyuntaron los brazos, colgaron de los testículos y, tras cortarle nariz y orejas, le quemaron la cara con paja para rematarlo un lanzazo. Esta cruenta expedición consagraría a Morgan como un héroe a ojos de los ingleses.

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Este artículo pertenece al número 198 de la revista Historia National Geographic.