La lucha por el poder en el Imperio de Oriente

Irene, la rebelde emperatriz bizantina

Irene Sarantapechaina no fue solo esposa y madre de emperadores, sino una emperatriz en toda regla. Su reinado llevó al fin de la primera iconoclasia bizantina e, indirectamente, propició el surgimiento del poder carolingio en Occidente.

Irene Sarantapechaina

Foto: Hagia Sofía (CC)

El 1 de noviembre del 768 d.C., una joven noble ateniense llamada Irene llegó a Constantinopla, la capital del Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino. En aquel entonces era, probablemente, una de varias candidatas a casarse con el heredero al trono, León IV. Pero la historia la recordaría como una de las más poderosas -y también polémicas- emperatrices bizantinas: no solo por ejercer el poder en solitario, oponiéndose a su hijo, sino sobre todo por detener, al menos por un tiempo, la iconoclasia.

Irene Sarantapechaina fue una de las emperatrices bizantinas más polémicas, al oponerse a la iconoclasia.

La elección de Irene como consorte fue inusual por dos razones. La primera era que aunque pertenecía a una familia noble -los Sarantapechos- provenía de Atenas y no de la artistocracia de Constantinopla. La segunda y más extraña era que el emperador reinante, Constantino V, era un feroz iconoclasta, mientras que Irene apoyaba y seguramente practicaba ella misma el culto a las imágenes. Este era un tema de primer orden en la política bizantina, ya que la iglesia cristiana oriental lo consideraba una forma de idolatría.

La emperatriz toma el poder

León IV accedió al trono en el año 775, pero murió solo cinco años después, dejando a Irene como regente en nombre de su hijo Constantino, aún menor de edad. Al cabo de seis semanas de haber asumido el poder, la emperatriz fue víctima de una primera conspiración para apartarla y colocar en el trono a su cuñado, medio hermano del difunto emperador. Tras frustrar el intento, Irene tuvo el pretexto para hacer limpieza de dignatarios y formar una nueva corte leal a ella.

Irene fue víctima de varias conspiraciones durante su reinado para apartarla del poder y colocar a un hombre en el trono.

Desde el principio de su regencia Irene demostró su voluntad de ir más allá del rol tradicionalmente reservado a la emperatriz, es decir, el de esposa y madre de emperadores. A medida que su hijo se acercaba a la mayoría de edad, una parte de la corte y el ejército quiso apartarla del poder y proclamar emperador a Constantino. Sus pretensiones terminaron de forma dramática en el año 797, cuando Irene decidió cortar las conspiraciones de raíz de la forma más expeditiva posible: su hijo fue capturado, se le arrancaron los ojos y murió pocos días después.

Iglesia e Imperio

Buena parte del descontento hacia la emperatriz se debía a su política tolerante con el culto a las imágenes religiosas, una práctica que dividió profundamente el Imperio Bizantino durante los siglos VIII y IX. Irene, en medio de un clima favorable a la iconoclasia -la destrucción de dichas imágenes por considerarlas una forma de idolatría-, tomó el camino contrario: en el año 787 convocó el Segundo Concilio de Nicea, que legalizó nuevamente la veneración de símbolos religiosos y reconcilió temporalmente la Iglesia bizantina con la romana, divididas a raíz de esta cuestión.

La política religiosa de Irene y el hecho de no acontentarse con la posición de regente fueron los motivos principales que alentaron las conspiraciones contra ella.

Su política religiosa fue uno de los motivos principales que alentaron las conspiraciones contra ella. El otro era el hecho de ser una mujer gobernando en solitario y no contentándose con su posición de regente. Esto propició, de forma indirecta, el ascenso de la dinastía carolingia a la dignidad imperial, puesto que el papa León III consideró que el trono de Constantinopla -que simbólicamente continuaba siendo la heredera del Imperio Romano- estaba vacante al no haber un hombre en él, motivo por el cual se sintió libre de elegir a su propio emperador:Carlomagno, a quien coronó como Emperador de Occidente el día de Navidad del año 800.

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Este gesto podría haber sido la oportunidad para reunificar el occidente y el oriente romanos: Irene ya había intentado acordar con anterioridad una boda entre su hijo y una de las hijas de Carlomagno, y después de la coronación de este se propuso ella misma como esposa del emperador franco, pero ninguna de las dos bodas prosperó. En cambio, el gesto del papa se interpretó como una declaración de independencia política y religiosa de Roma frente a la autoridad bizantina; desde entonces, la herencia imperial romana se convirtió en un motivo de enfrentamiento más que de encuentro, puesto que Bizancio continuaría considerándose como la única heredera legítima de la romanidad.

Un reinado poco exitoso

Con la muerte de su hijo Irene ya no era regente, sino emperatriz reinante. Se podría pensar que su posición era más segura, pero solo consiguió empeorar su imagen de mujer impía que había tolerado a los idólatras y asesinado a su propio hijo. A ello se sumó su poco éxito en el plano militar: las zonas limítrofes del imperio estaban en peligro debido a los ataques del Califato Abasí e Irene aceptó el pago de un fuerte tributo a cambio de la paz, otro gesto que erosionó su popularidad.

Finalmente su propia corte se volvió contra ella y el 31 de octubre del año 802 fue depuesta por un grupo de patricios que colocaron en el trono a Nicéforo, su ministro de finanzas. Irene fue desterrada a la isla de Lesbos, privada de su dignidad imperial y abandonada a sus propios medios, debiendo sobrevivir a base de cardar lana hasta su muerte, el 9 de agosto del año siguiente.

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