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En los mercadillos medievales se podían encontrar todo tipo de productos, desde lujosas telas a viandas para el día a día.

Foto: BRIDGEMAN / ACI
En los mercadillos medievales se podían encontrar todo tipo de productos, desde lujosas telas a viandas para el día a día.

Foto: BRIDGEMAN / ACI

Episodio 22

Ir de tiendas en la Edad Media, entre la necesidad y el lujo

En las ferias y mercados de las grandes urbes medievales se podía encontrar casi de todo, si se tenía dinero para pagarlo

En las ferias y mercados de las grandes urbes medievales se podía encontrar casi de todo, si se tenía dinero para pagarlo

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Un poeta francés del siglo XIII, Guillaume de Villeneuve, contaba su experiencia al pasar un día por las calles y mercados de París, donde a cada paso oía a los comerciantes y tenderos ofreciéndole los más diversos productos, desde pan, frutas y vino hasta zapatos, vestidos o muebles. «El número de mercancías para vender es tan considerable que no puedo dejar de gastar, y si comprara tan sólo una muestra de cada especie consumiría toda mi fortuna. Así he gastado lo poco que tenía y la pobreza me atormenta. He vendido hasta mis vestidos, la glotonería me ha dejado desplumado y ya no sé qué será de mí ni adónde ir».

En la Edad Media, pues, se daban ya los casos de compradores compulsivos incapaces de resistir los cantos de sirena de los productos en oferta. Si una pequeña villa contaba tan sólo con un mercado semanal en el que se vendían sobre todo productos locales, y frecuentado por campesinos que compraban o intercambiaban alimentos y enseres de primera necesidad, en las grandes ciudades la oferta se diversificaba enormemente. Tiendas permanentes y comerciantes especializados, así como grandes ferias y mercados periódicos, sin contar con los vendedores ambulantes que recorrían sin cesar las calles, ofrecían un amplísimo surtido de productos para todas las necesidades y todos los niveles adquisitivos.

Olores y sonidos de la Edad Media

Si nos desplazáramos a alguna de las grandes ciudades comerciales de la Europa medieval –ya sea París, Brujas, Londres, Venecia, Amberes, Fráncfort, Cracovia, Leipzig o Burgos–, quizá lo primero que notaríamos serían los olores –el de los mataderos tenía fama de ser el peor de todos–, pero lo siguiente serían los sonidos y el bullicio

incesante: las gentes que caminaban y parloteaban, los animales de carga y los de corral, los perros, los carros, los artistas callejeros, los mendigos, las campanas, los predicadores y, por encima de todo, los pregoneros que anunciaban una asamblea municipal o un comunicado del rey y los propios vendedores que ofertaban sus artículos. Los anuncios eran sonoros y las ofertas se gritaban. En medio de esta algarabía, que generaba no pocas disputas, se vendía y se compraba.

Los productos podían comprarse en mercados o ferias, pero también en los mismos talleres de los artesanos, fueran carpinteros, sastres u orfebres.

Los productos a la venta eran variadísimos: pieles, paños, cerámicas, artículos de madera y de hierro, frutas, legumbres, hortalizas, cereales, pan, cerveza, licores, hierbas medicinales, derivados animales y pescado en algunos lugares. Los artículos más caros eran, por regla general, los importados, entre los que se encontraban a veces el aceite y el vino así como sedas, lanas finas, perfumes, especias y azúcar.

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Los productos podían comprarse en mercados o ferias, pero también en los mismos talleres de los artesanos, fueran carpinteros, sastres u orfebres. Estos se agrupaban en función de sus oficios en calles que tomaban el nombre del gremio predominante. Los carniceros y los pescaderos fueron los primeros en diferenciar, por razones de higiene, un espacio para la venta y otro para el almacenamiento del producto, que normalmente correspondía al cobertizo. Esta estructura de dos plantas fue convirtiéndose paulatinamente en el modelo de tienda medieval. La parte superior, destinada a almacén, taller o vivienda del artesano o comerciante –a veces todo ello al mismo tiempo–, frecuentemente sobresalía. Era común en esos casos abrir una trampilla en el suelo de ese saliente del piso superior que permitiese al dueño asomarse cuando los clientes tocaban la campanilla. Algunas de esas trampillas aún pueden verse en edificaciones de época medieval.

A finales de la Edad Media las tiendas eran locales relativamente pequeños, normalmente alquilados, que se disponían en hileras en las calles centrales de las ciudades. Los artículos se vendían a través de una ventana que hacía las veces de mostrador, como muestran algunas ilustraciones de la época de ciertos establecimientos, sobre todo panaderías, pero también había tiendas en el interior del local, con el suelo normalmente revestido de azulejos, un mostrador paralelo a la pared y la mayor parte de los productos expuestos. Las ventanas de vidrio, y con ellas los escaparates, sólo se generalizarían a partir del siglo XVIII.

Mercados a cubierto

Junto a las tiendas particulares, en las grandes ciudades existían también mercados permanentes, situados en lugares centrales cercanos a una iglesia o al ayuntamiento, o bien en las afueras de la ciudad cuando ocupaban mucho espacio. Las autoridades crearon construcciones estables para resguardar a los comerciantes, primero de madera y después de piedra. Por ejemplo, siguiendo el modelo del mercado de Les Halles de París, en 1282 se erigió en Londres un mercado de madera cubierto, The Stocks, que entre 1406 y 1411 fue sustituido por una estructura de piedra de tres plantas. En su nivel inferior se situaron las tiendas de comestibles, mientras que las superiores se reservaron a los pañeros y a alojamientos para las personas de paso en la ciudad.

En 1282 se erigió en Londres un mercado de madera cubierto, The Stocks, que entre 1406 y 1411 fue sustituido por una estructura de piedra de tres plantas.

La cobertura parcial o total de un mercado favorecía la preservación de los productos a la venta, al igual que las arcadas, que protegían del viento, de la lluvia y de la nieve, al tiempo que permitían exponer el producto, combinándose muchas veces con toldos y persianas. También facilitaba la labor de todos aquellos que trabajaban con papel: desde las autoridades que regulaban el comercio hasta los incipientes banqueros, pasando por los intermediarios y los vendedores de libros.

La coexistencia de espacios abiertos y cerrados, temporales y permanentes, acabó definiendo la esencia de los mercados. Igual que había puestos de bebidas y de comida rápida –carnes cocinadas, guisos, dulces, etc.–, había

también tabernas y otros establecimientos similares para que vendedores y clientes pudieran beber, comer y dormir. Los mercados eran ámbitos de comercio y de relación social a la vez, y con el tiempo todo ello daría lugar a las grandes plazas públicas.

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Las grandes ferias

Algo que no podía faltar en los mercados medievales era la picota, es decir, el lugar en el que eran expuestos los pequeños y medianos delincuentes, así como los restos de los ejecutados, entre ellos los ladrones que merodeaban constantemente por los mercados y que, si eran pillados, eran ahorcados allí mismo. Se los exhibía durante las horas de mayor afluencia de público, y sufrían insultos y burlas mientras les lanzaban barro, basura o comida podrida. Las autoridades tan sólo prohibían arrojarles piedras y objetos punzantes.

Por último, las urbes de cierta importancia contaban asimismo con ferias y mercados que se celebraban periódicamente. En el siglo XIII, en París existían tres de estas ferias: la de Champeaux, la de Saint-Germain y la de Lendit. Esta última, que duraba 14 días, del 11 al 24 de junio, era la más importante de todas. El rey obligaba a todos los mercaderes de París a participar en ella y éstos acudían en una procesión encabezada por el clero de Notre Dame. Tal como decía una poesía de la época: «Que Dios guarde de peligros / a todos los buenos mercaderes que están, / que tienen grandes riquezas. / ¡Que Dios los favorezca a todos!».

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