podcast

Podcast

malplaquet

Cordon Press
malplaquet

malplaquet

Batalla de Malplaquet (1709).

Cordon Press

Curiosidades de la historia: episodio 161

El invierno más duro de la historia de Europa

Entre enero y abril de 1709, el continente europeo sufrió una serie de oleadas de frío polar que paralizaron la vida diaria de las personas y causaron un extraordinario número de víctimas.

Entre enero y abril de 1709, el continente europeo sufrió una serie de oleadas de frío polar que paralizaron la vida diaria de las personas y causaron un extraordinario número de víctimas.

malplaquet

malplaquet

Batalla de Malplaquet (1709).

Cordon Press

Puedes escuchar todos los capítulos del programa "Curiosidades de la historia" en tu plataforma favorita de podcast aquí:

Spotify | Ivoox | Apple Podcast | Google Podcast

TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

Sucedió, literalmente, de un día para otro. Era la víspera de Reyes del año 1709 y los campesinos franceses, duramente golpeados por las malas cosechas, los impuestos y el reclutamiento para la guerra de Sucesión española, disfrutaban de un mes de diciembre relativamente suave y benigno.

La noche de Reyes heló. ¡Bueno! Al fin y al cabo, estaban en invierno. Al amanecer del día siguiente, Europa entera se había quedado congelada y así iba a quedarse durante meses.

¿Por qué sucedió? Durante los años anteriores habían entrado en erupción varios volcanes, incluidos los de las islas de Santorini y Elba, el Vesubio, el Fuji y el Teide, que arrojaron enormes cantidades de polvo y ceniza a la atmósfera. Al mismo tiempo, el Sol sufría el llamado Mínimo de Maunder, durante el cual las manchas solares quedaron reducidas a una milésima parte de lo normal y disminuyó significativamente la emisión de energía solar.

La combinación de ambos factores pudo desencadenar la catástrofe. En todo caso, el frío golpeó Europa con una fuerza sin precedentes, provocando lo que se ha conocido como el invierno más duro de la historia del continente. Los termómetros de París demuestran que las temperaturas se derrumbaron en pocas horas, desde unos agradables 10º a -20º.

¡30 grados de diferencia de la noche a la mañana! La gente se despertaba con los gorros de dormir congelados, las paredes interiores de sus humildes viviendas escarchadas y sus ropas de vestir petrificadas por el frío. Entonces no existía ningún tipo de previsión meteorológica, de manera que miles de personas sucumbieron de hipotermia antes de poder tomar cualquier precaución.

Los ríos, la red de canales e incluso los puertos marítimos quedaron bloqueados por el hielo. La nieve cerró los caminos. En el puerto viejo de Marsella y en diversos puntos de los ríos Loira, Ródano y Garona, el hielo soportaba sin problemas el peso de carretas cargadas, lo que implica espesores de 30 centímetros como mínimo.

Las ciudades dejaron de recibir comida y los vecinos, desesperados, quemaron sus escasos muebles para calentarse. En París, este bloqueo de comunicaciones se prolongó tres meses. Los teatros cerraron. Los tribunales y el Parlamento suspendieron sus actividades.

Bebidas congeladas

Las personas que disponían de reservas descubrían que el frío les impedía consumirlas. El pan, la carne e incluso las bebidas alcohólicas se congelaban: el brandy se congela a -6º, la sidra a -9°, la cerveza a -12º y el vino a -15º. Bebidas más fuertes como el vodka, el whisky o el ron necesitan temperaturas de entre -45 y -50º para solidificarse.

La crisis climática no respetó a nadie. Las mansiones de la élite, repletas de amplios ventanales, estaban construidas para la ostentación, pero no ofrecían un aislamiento térmico eficiente. Cuanto más grande es un palacio, más complicado resulta caldearlo.

En Versalles, la duquesa de Orleans, cuñada del rey Luis XIV, escribió a una pariente suya en Hanóver: «Estoy sentada frente a un rugiente fuego de chimenea, mis puertas cerradas y cubiertas de tapices, mis ventanas selladas, de forma que pueda sentarme aquí abrigada con pieles de marta, los pies metidos en una piel de oso y, aun así, estoy temblando de frío y sosteniendo con dificultad la pluma con la que os escribo. Jamás en mi vida había visto un invierno como éste».

El brusco descenso térmico hizo que los troncos de los árboles reventasen entre estremecedores chasquidos, como si un leñador invisible los estuviera destrozando. Las campanas se quebraban al intentar tañerlas, pues los metales se vuelven quebradizos a bajas temperaturas si su contenido de azufre es elevado.

Para muchos campesinos iletrados, aquello era obra del demonio. En el resto de Europa la situación era similar o incluso peor. El Támesis se congeló, igual que los canales y el puerto de Ámsterdam. El mar Báltico se solidificó durante cuatro meses. Se podía cruzar a pie o a caballo desde Dinamarca hasta Suecia o Noruega. Casi todos los ríos del norte y centro de Europa se congelaron. ¡Incluso las termas de Aquisgrán terminaron congeladas!

Carromatos pesadamente cargados circulaban sobre los lagos suizos. Los lobos entraban en los pueblos buscando cualquier cosa comestible, incluidos los lugareños. En el Adriático también hubo heladas que aprisionaron a numerosas embarcaciones cuyas tripulaciones perecieron de frío y hambre.

Los venecianos usaban patines de hielo en vez de góndolas para circular por su ciudad. Roma y Florencia quedaron incomunicadas por las intensas nevadas. En España, el Ebro se congeló. Incuso en la cálida Valencia helaba con la suficiente fuerza como para arruinar las cosechas.

El espectro del hambre

Con ligeras oscilaciones, las temperaturas permanecieron anormalmente bajas hasta mediados de abril, incluso hasta mayo en algunos lugares, pero la catástrofe no había terminado todavía. Frío, hambre, inundaciones y epidemias; los Cuatro Jinetes de ese invierno apocalíptico.

En efecto, la nieve acumulada provocó al derretirse inundaciones de una potencia inaudita, y las epidemias no se hicieron esperar. Una gripe virulenta había estallado en Roma en la Navidad de 1708. El frío y el hambre favorecieron la expansión del mal hasta convertirlo en una auténtica pandemia que se extendería por casi toda Europa en 1709 y 1710. Para rematar el desastre, la peste llegó desde el Imperio otomano, vía Hungría.

En Sevilla, una epidemia de peste o de gripe mató a 15.000 personas. Pero el peor miedo que asaltó a los europeos fue el del hambre. Las terribles olas de frío habían dejado un panorama desolador en los campos. El cereal, las vides, las huertas, los árboles frutales, los rebaños... todo había quedado devastado.

El suministro de las ciudades se vio en peligro, sobre todo por la imposibilidad de importar comida de otras poblaciones, dado que todas habían sido afectadas. Además, las sucesivas oleadas de frío destruyeron en muchas regiones las cosechas que se esperaban para el verano siguiente.

Todo ello provocó una escalada de los precios del grano, que a lo largo de 1709 se multiplicaron por cinco o incluso por seis. Las autoridades trataron de reaccionar. En Francia, Luis XIV organizó repartos gratuitos de pan y obligó a la aristocracia a abrir comedores de beneficencia.

También rebajó por decreto los precios del pan para que los pobres pudieran comprarlo –si lo encontraban–. Ordenó que todo el mundo declarase sus existencias de grano para evitar acaparamientos y envió inspectores para asegurarse de que esa orden se cumplía. Incluso hizo fundir su vajilla de oro para conseguir fondos.

Un balance terrible

No por ello se evitaron los episodiosde violencia. Los campesinos, reducidos a comer sopa de ortigas y helechos, formaban bandas para asaltar panaderías o atacar convoyes de grano con la intención de evitar que el cereal saliera de su comarca. En París, un conato de motín en agosto se saldó con ocho muertos y una veintena de heridos.

Es difícil medir el impactodemográfico del invierno de 1709. En Francia, en los tres primeros meses del año murieron 100.000 personas más que en un año normal, y a lo largo de 1709 y 1710 se registraron un total de 2.140.000 muertes por 1.330.000 nacimientos, lo que representa una pérdida de 810.000 habitantes, el 3,5 por ciento de la población. No hay duda de que en la Europa del Antiguo Régimen un mal invierno podía provocar trágicas secuelas para cientos de miles de personas.