El nacimiento del tributo

El impuesto sobre la renta, un invento inglés

En 1799, el gobierno británico implantó el primer gravamen progresivo sobre los ingresos para financiar los enormes costes de la guerra contra la Francia Revolucionaria.

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Esta viñeta de 1799 caricaturiza la mesa de una familia inglesa típica en la que los comensales que más comen (consumen los recursos) son los diversos impuestos, con un papel destacado para el de la renta ("income").

Cordon Press

Hoy en día, el impuesto sobre la renta es una de las principales fuentes de recaudación de muchos países del mundo. En general, se acepta su necesidad para el buen funcionamiento de los servicios públicos, aunque eso no significa que no sea objeto de discusión. La palabra "impuesto" ya denota obligación y sometimiento. No es de extrañar, pues, que los primeros intentos de introducir tal tributo provocaran numerosas críticas, como la del escritor y político Thomas Paine: "Lo que antes se inició como pillaje, asumió luego el elegante nombre de recaudación".

En su origen, el impuesto sobre la renta fue la respuesta a un momento de emergencia. A comienzos de 1798, el Reino Unido era la única potencia que seguía en guerra contra la Francia Revolucionaria. Para afrontar los enormes costes que eso suponía, el primer ministro británico William Pitt, el más joven que ha ostentado el cargo, buscó la manera de captar más ingresos para sufragar el gasto militar y, así, cambiar el curso de la guerra.

La batalla de Trafalgar, librada en 1805, recreada en un óleo del siglo XIX.

La batalla de Trafalgar, librada en 1805, recreada en un óleo del siglo XIX.

Foto: Bridgeman / ACI

El triple gravamen

En noviembre de 1797, Pitt manifestó su intención de triplicar la recaudación de los años anteriores gravando los bienes suntuarios: posesiones tales como los caballos, los carruajes, los relojes o los sirvientes masculinos. Consciente de los recelos que despertaba, según Pitt "el plan debería ser difundido tan ampliamente como sea posible; debería ser regulado tan justa y equitativamente como sea posible, sin que se haga necesario investigar las propiedades, cosa que las costumbres, maneras y aspiraciones de la gente encontrarían odiosa y vejatoria".

El escritor y político británico Thomas Paine opinaba sobre los tributos: "Lo que antes se inició como pillaje, asumió luego el elegante nombre de recaudación.

El primer ministro estaba convencido de que la necesidad de defenderse frente al enemigo sería razón suficiente para justificar el impuesto, pero se encontró con una firme oposición en el Parlamento. Su propuesta llegó a calificarse de "monstruosa" y "atroz retoño de Robespierre". A pesar de todo, la apelación al patriotismo y a los riesgos que conllevaría la bancarrota logró la aprobación del conocido como "triple gravamen" el 12 de enero de 1798.

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Hacia un impuesto progresivo

El impuesto contó con ardientes defensores, como el influyente obispo de Llandaff, Richard Watson, quien arguyó que "los paliativos son inútiles y las medias tintas no pueden salvarnos". Pero fueron más las opiniones contrarias. A la postre, el tributo no surtió el efecto esperado y sólo recaudó dos de los cuatro millones y medio de libras previstos. Aunque compensado por las contribuciones voluntarias para la guerra, ese fracaso llevó al primer ministro a abandonar su idea inicial y allanó el camino para gravar directamente la renta.

En medio del descontento popular, Pitt buscó alternativas fiscales más acordes con la capacidad económica de los contribuyentes y resolvió gravar todos los ingresos sin importar su procedencia. Como resultado, el 9 de enero de 1799 el Parlamento británico aprobó el primer impuesto sobre la renta de la era moderna. Consistía en una tasa progresiva que, dejando exentas las rentas inferiores a 60 libras, ascendía hasta alcanzar el diez por ciento sobre las rentas de más de 200 libras. Incluía, además, reducciones según el número de hijos menores de seis años que tuvieran a su cargo los contribuyentes.

El impuesto consistía en una tasa progresiva que gravaba las rentas por encima de 60 libras, alcanzando un máximo del 10% en las que superaban las 200.

De nuevo, las opiniones contrarias a la política impositiva de Pitt no tardaron en hacerse oír. La aprobación del impuesto sobre la renta fue vista como una intolerable intromisión en la privacidad. Las caricaturas satíricas de la época, representaban al primer ministro sustrayendo la riqueza de la nación o a John Bull, encarnación del inglés típico, intentando comprender las intrincadas cláusulas del nuevo impuesto creado por Pitt.

William Pitt, el Joven.

William Pitt, el Joven.

Foto: Fine Art Images/Heritage / Cordon Press

Un tributo intermitente

El impuesto sólo estuvo vigente hasta la firma del tratado de Amiens, que puso fin a la guerra con Francia en 1802. Pero las hostilidades se reanudaron apenas un año después y el sucesor de Pitt, Henry Addington, recurrió de nuevo a él. Eso sí, evitó por todos los medios llamarlo impuesto sobre la renta.

No sin esfuerzo ni resistencias, la salud de la tesorería británica mejoró notablemente. Poco a poco, el sistema impositivo inglés empezó a estudiarse en el resto de Europa. Al final de las guerras napoleónicas, sin embargo, las voces en contra del tributo resurgieron con fuerza y lograron su abolición en 1816.

El impuesto no volvió a materializarse hasta 1842, y desde entonces empezó a expandirse. En 1862, Lincoln lo instauró en Estados Unidos para sufragar la guerra civil. En 1864 llegó a una Italia en proceso de unificación. Tras décadas de debates, en Francia se aprobó en 1914, al inicio de la primera guerra mundial. A España llegó con la Segunda República, en 1932.

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