Lejano Oriente

Las impresionantes tumbas de Anyang, las raíces de la civilización china

Las sepulturas descubiertas en Anyang, en la provincia china de Henan, atestiguaron la existencia histórica de la mítica dinastía Shang, y permitieron localizar y sacar a la luz su gran y cosmopolita capital, la antigua Yin, junto con su necrópolis real.

Estatua de Fu Hao en Anyang.

Foto: AP

En el año 1899, Wang Yirong, director de la Academia Imperial de Beijing (Pekín), sufrió un ataque de malaria. Por prescripción médica, el letrado tuvo que tomar "huesos de dragón", un remedio tradicional chino que en la zona de Anyang se venía usando al menos desde mil años atrás, en tiempos de la dinastía Han. Cuando le trajeron los supuestos huesos de dragón –en realidad, se trataba de caparazones de tortuga y alguna escápula (omóplato) de vacuno–, su amigo Liu E observó en su superficie unos trazos que parecían caracteres chinos arcaicos, aunque eran algo distintos de lo que se había visto hasta la fecha.

En la China de la época se hallaban plenamente consolidadas las disciplinas que (como la crítica textual, la paleografía y la epigrafía) permiten situar un escrito en el tiempo, y Wang, que era un experto en inscripciones de bronce arcaicas, comprendió enseguida que los signos inscritos sobre los huesos eran anteriores a la escritura china más antigua que se conocía entonces, la contenida en los bronces de la dinastía Zhou (1046-256 a.C.).

Estudios y excavaciones

Los primeros estudios paleográficos de las inscripciones de Anyang aclararon el misterio. Sun Yirang concluyó que se trataba de textos oraculares usados por los adivinos de los reyes Shang para predecir el futuro. Luo Zhenyu, por su parte, ubicó el origen exacto de los huesos en Xiaotun, una aldea en las afueras de Anyang (provincia de Henan), y, además, fue el primero en identificarlos con la dinastía Shang. De esta forma, los huesos de Anyang se convertían en la primera evidencia arqueológica y escrita que probaba la existencia de una dinastía que gobernó la China central entre 1600 y 1046 a.C., y que hasta entonces sólo se conocía a través de la tradición mítica.

Los huesos de Anyang se convertían en la primera evidencia arqueológica y escrita que probaba la existencia de una dinastía que gobernó la China central entre 1600 y 1046 a.C.

Zanja con huesos oraculares en Anyang.

Foto: PD

La escritura es uno de los rasgos más distintivos de la civilización china, y la escritura Shang es por ahora la más antigua conocida en China. Las inscripciones, estudiadas en 1917 por el erudito Wang Guowei, constituyen una ventana abierta a la vida de las élites Shang: en ellas aparecen las ofrendas sacrificiales que realizaban, los viajes del soberano, la caza, la guerra, la meteorología, las cosechas... Wang logró, asimismo, reconstruir la genealogía completa de los reyes Shang, la cual coincide exactamente con la que elaboró Sima Qian, el gran historiador del siglo II a.C.

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Llegan los arqueólogos

Las excavaciones arqueológicas propiamente dichas en el yacimiento de Anyang empezaron en 1928, impulsadas por el gobierno de la China republicana (el Imperio había sido derrocado en 1911). Tung Tso-pin y Li Chi, miembros de la Sección Arqueológica del Instituto de Historia y Filología de la Academia Sínica de Beijing, se encargaron de ellas hasta la invasión japonesa de 1937, al frente de un equipo formado por especialistas chinos y con la colaboración de expertos extranjeros. Desde la década de 1950, ya bajo el régimen comunista, el Instituto Arqueológico de la Academia China de Ciencias Sociales tomó el relevo. Así, gracias a este prolongado trabajo se han podido desenterrar los restos de Yin (Yinxu), la que fuera la última capital de los Shang entre 1300 y 1046 a.C.

Desde la década de 1950, ya bajo el régimen comunista, el Instituto Arqueológico de la Academia China de Ciencias Sociales tomó el relevo en las excavaciones en Anyang.

Los arqueólogos han localizado los cimientos de tierra apisonada de viviendas semisubterráneas y de unos cincuenta palacios –uno de los cuales se extiende sobre 1.200 metros cuadrados–, de varias tumbas reales y templos, así como una gran fundición de bronce que ocupa 10.000 metros cuadrados. En total, la ciudad tenía una superficie de 24 kilómetros cuadrados y carecía de murallas. En ese espacio se han hallado numerosas vasijas rituales de bronce (muestra del poder religioso y de la complejidad ritual de que hacían gala las élites Shang), carros con caballos (los más antiguos encontrados en el mundo chino) y miles de huesos oraculares.

El cementerio real

Uno de los hallazgos más destacados de Anyang es precisamente el "archivo" de dichos huesos descubierto en la tumba H127, en la cercana Xiaotun. El archivo está formado por un conjunto de más de 17.000 piezas que se encontraron depositadas de un modo ordenado y que se extrajeron en 1936 de un solo bloque; desde entonces se han desenterrado otros conjuntos similares, aunque de proporciones menores. Dichos archivos son el resultado de la costumbre Shang de preservar minuciosamente su actividad oracular, con un interés por el registro que no sólo es indicativo de la burocratización de la clase política china, sino también de su temprana veneración por el pasado.

Jia, o recipiente para beber, de bronce, de la dinastía shang.

Foto: Cordon Press

El cementerio real de Anyang ha deparado hallazgos igualmente sensacionales. Se han localizado en total trece grandes tumbas, que contenían restos de numerosos sacrificios humanos, y 1.200 pozos de inmolación. Entre todas ellas destaca la tumba M1001, excavada a partir de 1935, de grandes proporciones; se ha especulado sobre si se trata de la sepultura del rey Wu Ding, que gobernó entre los años 1250 y 1192 a.C. La tumba tiene la forma de una cruz cuyos brazos miden 66 y 44 metros; la cámara funeraria, construida en madera y a la que se accede a través de una rampa, se encuentra a 10,5 metros de profundidad. Contiene los restos de 90 cortesanos –con sus ajuares dispuestos en la zona noble–, 64 víctimas decapitadas, doce caballos y once perros.

La tumba M1001 contiene los restos de 90 cortesanos –con sus ajuares dispuestos en la zona noble–, 64 víctimas decapitadas, doce caballos y once perros.

Bajo la cámara propiamente dicha se han descubierto nueve pozos sacrificiales con una víctima humana en cada uno de ellos; los cuerpos aparecen contraídos, armados con una alabarda de bronce y acompañados de un cerdo. Presumiblemente eran los guardianes del sepulcro. Pero la tumba más espectacular de todas es, quizá, la M5, que fue descubierta y excavada en 1976. Es conocida como la tumba de Fu Hao, una mujer que fue general de ejércitos, sacerdotisa y una de las consortes favoritas de Wu Ding, el vigesimoprimer monarca de la dinastía Shang. Su importancia reside, principalmente, en que es el único enterramiento real hallado intacto.

La tumba de Fu Hao

Pese a las dimensiones relativamente pequeñas de esta sepultura, su inmensa riqueza y la calidad de sus objetos la convierten en el mejor exponente del extraordinario refinamiento que alcanzaron las élites Shang. En el interior de la tumba, en un pozo sin rampas de acceso, se encontraron, junto a los restos del féretro de Fu Hao, los huesos de 16 víctimas humanas, seis perros y cuatro tigres. También se halló una impresionante colección de 468 objetos de bronce, entre ellos magníficas vasijas rituales, que pesan en total 1.600 kilos. Asimismo, aparecieron 755 piezas de jade.

Junto a los restos del féretro de Fu Hao se encontraron los huesos de 16 víctimas humanas, seis perros y cuatro tigres. También se halló una impresionante colección de 468 objetos de bronce.

Tumba de Fu Hao en Anyang, en la provincia china de Henan.

Foto: AP

Las excavaciones en Anyang han puesto al descubierto todo un período de la historia china que anteriormente carecía de testimonios arqueológicos. Al mismo tiempo, ofrecen un atisbo sobre la vida en la capital de los Shang, Yin, entre los siglos XIV y XI a.C., dominada por unas élites que desarrollaron los principales rasgos que caracterizarían a la civilización china, tales como la jerarquización social, la ausencia de distinciones entre el poder civil y el religioso, y la veneración por el pasado y los vínculos familiares.