Pueblos ibéricos de la Antigüedad

Los íberos, la adaptable cultura del levante peninsular

Entre los pueblos prerromanos de la península Ibérica, los íberos son uno de los que conocemos mejor, gracias a la gran cantidad de restos arqueológicos y a su relación comercial con otros pueblos del Mediterráneo.

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Foto: iStock / Besides the Obvious

Los griegos denominaron íberos a los pueblos que vivían en la cuenca del río Íber, como se conocía antiguamente al Ebro; y más adelante ampliaron este gentilicio a todos los pueblos de la costa oriental y sureste de la península Ibérica. En realidad, lo que llamamos cultura íbera es más bien un conjunto de culturas hermanas con un elemento unificador: la lengua que hablaban, e incluso esta presentaba variantes, una septentrional y una meridional.

La heterogeneidad es la marca característica de los íberos, que más que por sus rasgos comunes se definen en oposición a los pueblos de influencia celta que ocupaban la mayoría de la península. Esta diferencia apoya la tesis de que su origen se encuentra fuera de la península, aunque se desconoce dónde exactamente. La teoría más aceptada los relaciona con la cultura llamada “de los campos de urnas”, por las necrópolis formadas por urnas que contenían los restos cremados de sus difuntos: esta se extendió desde el Danubio hasta el este de la península Ibérica y su penetración al sur de los Pirineos explicaría el predominio del factor celta en el resto de la península.

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El desarrollo de cada una de las tribus íberas parece haber sido acorde con los pueblos con los que entraron en contacto: los íberos del sureste recibieron una mayor influencia fenicia y tartésica, mientras que los del noreste tomaron más elementos griegos; del mismo modo, las culturas litorales absorbieron más influencias mediterráneas que las del interior.

Una rica cultura

En comparación con otros pueblos prerromanos como los tartésicos, de los íberos se han encontrado muchos y variados ejemplos de cultura material y yacimientos, que permiten reconstruir con bastante detalle su modo de vida.

Se trataba de una cultura mayoritariamente agrícola, cuyos excedentes se dedicaban a dos fines: la producción de artesanía y el comercio con otros pueblos. A juzgar por la gran cantidad de cerámicas y enseres de producción textil que han sido hallados con frecuencia en los ajuares, estas eran sus dos actividades principales de artesanía, en especial la primera, puesto que en los yacimientos se han encontrado estructuras que han sido identificadas como hornos para cocer la cerámica, lo que apunta a una producción a escala industrial.

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Los yacimientos revelan dos tipos de núcleos de población: unos de mayor tamaño, fortificados y situados generalmente en lugares elevados y fáciles de defender; y otros de dimensiones reducidas, sin fortificar y situados en zonas llanas. Los primeros ejercían una función de control y protección sobre los segundos, que se ocupaban de la producción de recursos agrícolas y, en menor medida, de la ganadería, al estar situados en un terreno más favorable pero difícil de defender.

La organización política de las tribus íberas era polinuclear, con diversos centros urbanos que controlaban un espacio relativamente reducido de campiña a su alrededor y sin que hubiera una figura que acumulase más poder del que equivaldría a un jefe de poblado. Aun así su estructura social era compleja y venía determinada por el prestigio, que a su vez dependía del trabajo que se realizara. Había dos grupos que podrían considerarse como la élite, los guerreros y las sacerdotisas. Un segundo puesto lo ocupaban los artesanos -de la cerámica o la metalurgia- y, finalmente, el grueso de la población que se dedicaba a la producción de alimentos.

Dama de Elche

Dama de Elche

La Dama de Elche es seguramente la escultura más conocida de la cultura íbera. Representa a una dama de la élite y en su detallada elaboración se puede apreciar el alto grado de desarrollo artístico de esta cultura.

Foto: Benjamín Collado

Adaptarse es ganar

Desde principios del primer milenio a.C. las tribus íberas, especialmente las situadas en la costa, entraron en contacto con dos grandes culturas del Mediterráneo oriental, los griegos y los fenicios. Ese contacto fue muy productivo para todas las partes: los íberos asimilaron nuevas tecnologías -como el torno de alfarería- y cultivos -especialmente la vid, los árboles frutales y los olivos- que les permitieron diversificar su alimentación y producción de artesanía, mientras que los griegos encontraron un mercado donde abastecerse de grano y los fenicios, un lugar donde dar salida a sus productos.

El contacto de los íberos con estos nuevos llegados fue probablemente el más significativo de todas las culturas prerromanas de la península. A ellos se les atribuye la introducción del alfabeto y de dos conceptos que revolucionaron la economía: el mercado y la moneda. El primero era un lugar donde encontrar fácilmente una gran variedad de productos y el segundo, un método práctico de comercio que permitía obtener, a cambio del propio producto, un objeto intermediario que se podía cambiar por cualquier otro, sin tener que recurrir al trueque directo. Esto impulsó la especialización de las tareas, permitiendo que cada persona se dedicase a unas tareas concretas con la seguridad de poder obtener algo que podría cambiar por alimento.

Emporion

Emporion

El nombre de Emporion (Empúries o Ampurias), en la Costa Brava, significa mercado. Fue una de las colonias griegas más importantes en territorio íbero y un importante punto de penetración de la influencia helena en la península Ibérica.

Foto: iStock

Al contrario de que le sucedió a la civilización tartésica, que colapsó a finales del siglo VI a.C. cuando las colonias griegas y fenicias quedaron aisladas de sus metrópolis por el ascenso de Cartago como nueva potencia mediterránea, los íberos continuaron existendo como cultura durante varios siglos más. En un principio los cartagineses llevaron a cabo una política de alianzas con los pueblos íberos que les permitía obtener productos agrícolas y recursos minerales. Sin embargo, la situación dio un vuelco tras la derrota de Cartago frente a Roma en la primera guerra púnica, a mediados del siglo III a.C.: el pago de la gran indemnización de guerra impulsó a los cartagineses a la conquista de los territorios íberos para poder explotar directamente sus minas de plata.

Esto, a su vez, desencadenó el inicio de la conquista romana de la tierra que ellos llamaron Hispania: por una parte querían arrebatar a Cartago esa fuente de recursos, pero también era muy importante hacerse con nuevos territorios cultivables para alimentar a la creciente población de Roma y sus provincias. Los íberos, además, habían demostrado su valía como guerreros al servicio de los cartagineses y en adelante lo harían como auxiliares del ejército romano.

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