tragedia en el mar

El hundimiento del MV Wilhelm Gustloff, el gran transatlántico alemán

El transatlántico "Wilhelm Gustloff", joya de la corona de Adolf Hitler, se hundió en las gélidas aguas del mar Báltico junto con más de nueve mil personas, la mayoría niños y civiles refugiados evacuados de Polonia. Fue torpedeado casi al final de la Segunda Guerra Mundial por un submarino soviético. El régimen nazi ignoró la tragedia con el argumento de evitar desmoralizar aún más a la población.

Foto: CC

A menudo se tiende a comparar la poco conocida tragedia del MV WilhelmGustloff con la del Titanic. Pero, en realidad, sus historias son muy distintas. El número de muertes en el transatlántico británico, 1.500, aun siendo muchísimas, queda muy lejos de las cerca de 9.600 que el 30 de enero de 1945 causó un torpedo soviético cuando impactó en el gigantesco buque alemán. En sus cubiertas y camarotes se hacinaban más de 10.500 personas entre civiles y militares que buscaban huir de una guerra que ya estaba a punto de terminar. Esta es la historia de un transatlántico nacido para el placer y que se convirtió en una tumba.

Ocio y guerra

Construido por orden de Adolf Hitler, y enmarcado en el programa Kraft Durch Freude (Fuerza por la alegría), ideado por el líder sindical Robert Ley con el objetivo de ofrecer unas incomparables vacaciones a las clases obreras de Alemania en tiempos de paz, el MV Wilhelm Gustloff fue bautizado así en en memoria del político nacionalsocialista suizo Wilhelm Gustloff, asesinado en febrero de 1937. Construido en los astilleros Blohm & Voss, de Hamburgo, esta imponente nave medía 55 metros de altura, 200 metros de eslora y tenía ocho amplias cubiertas. Disfrutaba además de una piscina interior climatizada, unos enormes comedores comunitarios (donde los pasajeros desayunaban, almorzaban y cenaban con valiosos cubiertos de plata con una esvástica finamente grabada) y un espacioso gimnasio. Pero lo que distinguía al Gustloff del resto de barcos de su categoría eran los cómodos camarotes, iguales para todos los pasajeros. El éxito que obtuvo el programa diseñado por Ley fue tal que resultaba prácticamente imposible conseguir una plaza para poder disfrutar de un tranquilo crucero por el Báltico.

El Wilhelm Gustloff entró en servicio como barco de ocio en 1938. Contaba con todas las comodidades, entre ellas una piscina interior climatizada –en la imagen sobre estas líneas–, unos enormes comedores comunitarios y un espacioso gimnasio.

Foto: CC
Así se relajaban decenas de alemanes en la cubierta del barco durante una de las travesías que el Gulstoff hizo antes de convertirse en un buque hospital. Esta imagen fue tomada en abril de 1938 cerca de Madeira, Portugal.

Así se relajaban decenas de alemanes en la cubierta del barco durante una de las travesías que el Gulstoff hizo antes de convertirse en un buque hospital. Esta imagen fue tomada en abril de 1938 cerca de Madeira, Portugal.

Foto: Cordon Press

El MV Wilhelm Gustloff medía 55 metros de altura, 200 metros de eslora y tenía ocho amplias cubiertas. Disfrutaba además de una piscina interior climatizada, unos enormes comedores comunitarios y un amplio gimnasio.

Pero el 1 de septiembre de 1939, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la Kriegsmarine, la marina de guerra alemana, se vio obligada a proporcionar una nueva función a este gran transatlántico de recreo, y con ello las plácidas vacaciones de muchos alemanes tocaron a su fin. La primera misión encomendada al Gustloff fue la repatriación de los pilotos de la Legión Cóndor en España. Posteriormente, pintado de blanco y de verde, fue reconvertido en un hospital flotante y después, ya pintado de color gris naval, el tono de los navíos de guerra, se eliminaron sus distintivos como buque hospital y sirvió como cuartel para futuros tripulantes de submarinos. En la cubierta se instalaron ametralladoras y baterías antiaéreas, y fue empleado como buque nodriza. Fondeado en la ciudad polaca de Szczecin en octubre de 1940, el Gustloff tenía encomendada la misión de formar parte de la Operación León Marino, cuyo objetivo era la invasión de Gran Bretaña, algo que finalmente no sucedió.

Frente al puerto de Vigo, el Wilhelm Gustloff parte con destino a Alemania en mayo de 1939 con parte de los soldados españoles que integraron la Legión Cóndor. Sus compañeros les despiden desde el muelle.

Frente al puerto de Vigo, el Wilhelm Gustloff parte con destino a Alemania en mayo de 1939 con parte de los soldados españoles que integraron la Legión Cóndor. Sus compañeros les despiden desde el muelle.

Foto: Cordon Press

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Huir de la destrucción

Tras romper el pacto con los soviéticos en 1941, y con la Operación Barbarroja en marcha, la Alemania de Hitler empezó a desmoronarse. El Ejército Rojo cambió el curso de la guerra y empezó su inexorable avance hacia Prusia Oriental. En las mentes de todos los soldados soviéticos estaban los más de veinte millones de muertos que los nazis habían dejado a su paso por su país, y mientras una debilitada Alemania se batía en retirada, el Ejército Rojo arrasaba con todo lo que encontraba en su camino. Una proclama les había dejado muy claras sus órdenes: "Mata. Nada en Alemania es inocente, ni los vivos ni los que aún están por nacer. Sigue las palabras del camarada Stalin y aplasta para siempre a la bestia fascista en su madriguera. Rompe el orgullo racial de la mujer alemana. Tómala como tu legítimo botín".

En las mentes de todos los soldados soviéticos estaban los más de veinte millones de muertos que los nazis habían dejado a su paso por la Unión Soviética, y mientras una debilitada Alemania se batía en retirada, el Ejército Rojo arrasaba con todo lo que encontraba en su camino.

En cuanto al más de un un millón de personas que se escondían en una zona que en su mayor parte ya había caído en manos soviéticas, pronto llegaría la orden de evacuación para ellos. Ante su dramática situación, los refugiados se dirigieron a Danzig (Gdansk, en la Polonia actual) y a otros puertos del Báltico a pie y soportando temperaturas de veinte y veinticinco grados bajo cero con la esperanza de poder ser evacuados. A su llegada, se encontraron con el escollo de tener que cumplir los criterios para embarcar, que daban prioridad a los militares heridos y a las mujeres con niños. Pero con el paso de las horas la desesperación empezó a adueñarse de aquellas personas, siendo de tal magnitud que muchos hombres se llegaron a disfrazar de mujer y a llevar un muñeco en sus brazos para poder subir a bordo de algún navío que los sacase de aquel infierno. Entre estos barcos destinados a la evacuación de personas se encontraba el MV Wilhelm Gustloff.

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Travesía en solitario

La masiva evacuación de civiles y militares atrapados en Prusia Oriental impulsada por el gobierno alemán recibió el nombre de Operación Aníbal. Cumpliendo con su cometido, el MV Wilhelm Gustloff zarpó del puerto de Gdynia, cerca de Danzig, a las doce del mediodía del 30 de enero de 1945. A bordo iban unas 10.000 personas (se desconoce el número exacto), una cantidad que excedía en mucho a la capacidad del barco, que estaba diseñado para albergar a 1.500 pasajeros y 500 tripulantes. Poco antes de la partida se vació la piscina interior para instalar allí una enfermería, donde 373 auxiliares se encargarían de atender a los heridos. Camarotes y pasillos estaban atestados de gente, e incluso varios dirigentes locales del partido nazi se vieron obligados a compartir camarote con dieciséis personas más.

Un gran grupo de refugiados alemanes espera en los muelles del puerto de Pillau, actual Baltisk, para conseguir un sitio en el barco que tenía que ponerlos a salvo del avance ruso. Las aguas heladas dan una idea de las gélidas temperaturas que soportaron tanto en tierra como durante la travesía los últimos días de enero de 1945.

Un gran grupo de refugiados alemanes espera en los muelles del puerto de Pillau, actual Baltisk, para conseguir un sitio en el barco que tenía que ponerlos a salvo del avance ruso. Las aguas heladas dan una idea de las gélidas temperaturas que soportaron tanto en tierra como durante la travesía los últimos días de enero de 1945.

Foto: CC

A bordo iban unas diez mil personas (se desconoce el número exacto), una cantidad que excedía en mucho la capacidad del barco, que estaba diseñado para albergar a 1.500 pasajeros y 500 tripulantes.

En su travesía, el Gustloff no iba escoltado por ningún buque de guerra y el único barco que lo acompañaba tenía inutilizado el sensor que detectaba la presencia de submarinos por culpa del intenso frío que había congelado el aparato. Para colmo, el transatlántico solo disponía de doce lanchas salvavidas. De este modo, la lenta navegación del Gustloff por el Báltico lo convirtió en un blanco fácil para los submarinos rusos que patrullaban la zona. Mientras los altavoces del barco retransmitían a todo volumen un discurso conmemorativo del ascenso del Führer al poder, un submarino S13 al mando del comandante Alexandr Marinesko avistó el enorme transatlántico alemán. El Gustloff tenía los radares inutilizados, por lo que su capitán prácticamente navegaba a ciegas y no podía saber si había submarinos soviéticos en la zona.

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El último viaje

Para evitar una colisión con otro barco, el capitán alemán encendió las luces del Gustloff un instante, lo suficiente para condenarlo a él y a todos los que iban a bordo. Aquel breve lapso de tiempo permitió al oficial ruso del submarino vislumbrar el navío. Sin perder ni un instante, ordenó disparar varios torpedos: el "Madre Patria" impactó contra la proaprovocando la activación de los mamparos, lo que hizo que quienes allí estaban no pudiera escapar; el "Stalin" destrozó por completo la piscina donde se habían instalados los sanitarios, que murieron al instante junto con los heridos que atendían, y el "Pueblo Soviético" destruyó la sala de máquinas, dejando el barco completamente ingobernable. El cuarto se atascó y quedó desactivado.

Para evitar una colisión con otro barco, el capitán alemán encendió las luces del Gustloff un instante, lo suficiente para condenarlo a él y a todos los que iban a bordo, ya que aquel breve lapso de tiempo permitió al oficial ruso del submarino vislumbrar el navío.

Durante cincuenta inacabables minutos, todo el mundo se agolpó ante las pocas lanchas salvavidas que había, muchas de la cuales ni siquiera pudieron arriarse debido a que los cables que las sujetaban estaban congelados. Entonces se desató el pánico. Muchos oficiales mataron a tiros a sus propias familias para evitarles una terrible muerte en el mar. Asimismo numerosos pasajeros, desesperados por escapar, pisoteaban a quienes caían al suelo, otros disparaban al aire y la mayoría quedaron atrapados en pasillos y camarotes mientras el Gustloff se hundía irremediablemente. Mucha gente, presa del terror, empezó a lanzarse al mar sin chaleco salvavidas, ahogándose por el peso de la ropa de abrigo que llevaba, y los niños que se tiraban por la borda se hundían sin remedio a causa de que los salvavidas que se les proporcionaron eran demasiado grandes para ellos.

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Finalmente, quienes lograron sobrevivir a la tragedia fueron ignorados e incluso amenazados por las juventudes hitlerianas. Alemania no podía permitirse en aquel delicado momento reconocer una catástrofe como aquella y deprimir aún más a una población absolutamente desmoralizada. Por su parte, para los soviéticos representó un gran orgullo hundir uno de los símbolos del nazismo. Pero el comandante del submarino que acabó con el Gustloff, Alexandr Marinesko, fue acusado de alcoholismo y de haber desaparecido durante tres días para estar con una mujer sueca, por lo que fue degradado. A pesar de ello, finalmente el gobierno ruso, y de forma póstuma, lo nombraría Héroe de la Unión Soviética. Hoy en día, el Gustloff reposa, partido en tres pedazos, a unos 45 metros de profundidad, bajo las frías aguas del mar Báltico. En el año 2004 se organizó una expedición para filmar sus restos.

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