El descubrimiento del siglo

Howard Carter, los orígenes del arqueólogo que descubrió la tumba de Tutankamón

El arqueólogo y egiptólogo más célebre de todos los tiempos nació en Londres, se crió en un pueblo al este de Inglaterra y a los 17 años fue enviado a Egipto para hacer dibujos de los hallazgos del servicio arqueológico británico. Su tenacidad y el patrocinio de lord Carnarvon le permitieron hacer el descubrimiento más fabuloso de la historia de la egiptología y la arqueología: la tumba de Tutankamón

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Foto: Rue des Archives/RDA / Cordon Press

Howard Carter ha pasado a la historia como el arqueólogo más famoso de la historia. Los orígenes del descubridor de la tumba de Tutankamón son relativamente modestos, su padre era ilustrador y su madre, hija de un constructor. Desde niño mostró un incipiente talento como dibujante y una gran pasión por la egiptología, cualidades que lo llevaron hasta el país de los faraones donde no paró de trabajar hasta que halló un tesoro único. Al cabo de una década de excavación y documentación de la tumba del faraón, Carter contaba con 56 años y había llevado a cabo un trabajo modélico gracias a la meticulosidad y el talento como dibujante que había aprendido durante su infancia y juventud.

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Carter nació el 9 de mayo de 1874 en Rich Terrace 10, en una de las diez casas edificadas en 1833 en una zona denominada hoy Richmond Mansions, en Old Brompton Road, en el barrio de Kensington, en Londres. A pesar de ello, pasó gran parte de su infancia en Swaffham, una localidad del condado de Norfolk de la que sus progenitores eran oriundos. Su padre, Samuel John Carter, fue un reputado artista especializado en la representación de animales. Tal vez debido a su quebradiza salud no tuvo una escolarización reglada y su instrucción la asumieron su padre, que modeló su talento pictórico, y sus familiares maternos en su casa de Swaffham. Swaffham y sus alrededores, sus asociaciones familiares y su arte se convirtieron en influencias poderosas en el desarrollo del joven.

Diestro dibujante

Durante su adolescencia, Carter se interesó por el Antiguo Egipto y destacó por su destreza en el dibujo, pero no parecía dispuesto a seguir la carrera de su padre. "Para ganarme la vida comencé a pintar, con acuarelas y tizas de colores, loros domésticos, gatos y perros falderos mordedores y malolientes. Siempre fui un gran amante de los pájaros y los animales -de hecho me crié con ellos-, pero odiaba ese tipo de perros falderos", cuenta el propio Howard Carter en uno de sus diarios.

En 1891, con tan solo diecisiete años y sin ningún tipo de formación académica, la Egypt Exploration Society lo envió a Egipto junto con el arqueólogo Percy Newberry para trabajar como dibujante, copiando pinturas e inscripciones de tumbas egipcias. Hizo dibujos de las esculturas e inscripciones del templo adosado de la reina Hatshepsut. Luego fue nombrado inspector general del departamento de antigüedades egipcias. En 1902, mientras supervisaba las excavaciones en el Valle de los Reyes, la gran necrópolis de los faraones del Imperio Nuevo, descubrió las tumbas de Hatshepsut y Thutmosis IV.

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Carter trabajó después durante una temporada junto al famoso egiptólogo Flinders Petrie, lo que le ayudó a aprender el arte de excavar con métodos científicos. Petrie fue uno de los primeros en afirmar que los yacimientos no pueden ser saqueados y la necesidad de utilizar un método científico de excavación, lo que acabaría teniendo un profundo efecto en los métodos de trabajo de Carter.

La amistad con Lord Carnarvon

En 1909, Carter trabajaba como artista independiente y vendedor de antigüedades y conoció a George Herbert, quinto conde de Carnarvon, el hombre que le permitió convertirse en el arqueólogo que descubriría la tumba más fabulosa de la historia de la arqueología. El aristócrata se hallaba en Egipto por motivos de salud, desde inicios de siglo pasaba los inviernos en Egipto por recomendación médica tras sufrir un accidente automovilístico. Durante esas estancias se convirtió en un entusiasta de la egiptología y quería organizar una excavación arqueológica, pero carecía de la experiencia necesaria para convencer al Servicio de Antigüedades de Egipto de que le concediese un permiso para excavar en algún lugar con potencial arqueológico. Carter también quería excavar, sí atesoraba esa experiencia pero no tenía dinero, así que Carnarvon lo empleó para que trabajase para él.

Hovard Carter (derecha) posa junto a Lord Carnarvon y su hija Evelin a los pies de la entrada a la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes.

Foto: Topham / Cordon Press

En busca de Tutankamón

En 1914, Lord Carnarvon obtuvo por fin la ansiada concesión que permitiría a Carter excavar en el Valle de los Reyes. Casi todos los expertos creían que era perder el tiempo: en la necrópolis tebana habían encontrado numerosas tumbas de faraones, pero todas habían sido saqueadas en la antigüedad. Sin embargo, Carter estaba convencido de que faltaba una tumba por encontrar, la de un entonces desconocido faraón, Tutankhamón. Su nombre había aparecido en inscripciones de monumentos y en una serie de pequeños descubrimientos en el Valle, pero su tumba aún no se había descubierto.

El gran descubrimiento se produciría tras muchos años de excavaciones limpiando el suelo del Valle hasta llegar al lecho de roca. Un trabajo lento y monótono que hizo plantear a Carnarvon si valía la pena invertir su fortuna en él. Por fortuna, el aristócrata dio una última oportunidad al arqueólogo y el 4 de noviembre de 1922, el equipo de Carter descubrió les escalones que bajaban hasta la puerta sellada de la tumba de Tutankamón, Carter, por respeto a su mecenas, esperó a la llegada de lord Carnarvon para abrir la puerta sellada que había permanecido cerrada casi tres mil años y ver las maravillas que se escondían todavía tras ella.

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