Tradición medieval

La historia del belén, la tradición más entrañable de la Navidad

La tradición católica sitúa el primer belén en el siglo XIII, obra de San Francisco de Asís y desde entonces es un un elemento navideño imprescindible en muchos lugares del mundo.

Litografía de la adoración de los magos extraída de un libro victoriano del año 1879.

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Empezaba a nevar cuando por fin encontró la figurita que le hacía falta para terminar su belén. El niño abrió los ojos de par en par y miró a su madre que, con una sonrisa, acarreaba las bolsas que iban repletas de musgo, corcho triturado que simulaba la arena del desierto, más corcho que asemejaba las montañas. Por fin, a todo ello se sumaría aquella figurita que tanto había estado buscando y que descubrió en ese pequeño puesto casi oculto en un rincón de la plaza: un joven pastorcillo acompañado de su perro y que cargaba un borreguito sobre sus hombros.

Esta escena seguro que nos puede resultar familiar. ¿Quién no ha tenido que comprar a última hora alguna figura que le faltaba o el musgo que necesitaba para hacer un belén en condiciones? Es evidente que el belén se ha convertido en la máxima expresión de la Navidad junto con el árbol y los villancicos, pero ¿cuál es el origen del belén de Navidad?

Primeras representaciones

Las primeras representaciones belenísticas hay que buscarlas en las catacumbas de época romana. Y más concretamente en un fresco de principios del siglo II hallado en la conocida como Capella Greca (capilla griega), en las catacumbas de Priscila en la Vía Salaria de Roma. La escena muestra la figura de la Virgen María estrechando en su pecho al niño Jesús envuelto en pañales. Frente a ellos aparecen los tres Magos de Oriente, que visten una túnica corta, sin manto, gorro ni corona.

Sería dos siglos más tarde, en el año 320, cuando se adoptó oficialmente el 25 de diciembre como la fecha oficial del nacimiento de Cristo, justo el mismo día en que los romanos celebraban la festividad del Sol Invictus para conmemorar el solsticio de invierno.

La primera representación conocida del nacimiento de Jesús es un fresco del siglo III realizado por los primeros cristianos en las catacumbas de época romana.

Imagen de la Virgen María en la catacumba de Priscila en Roma.

Imagen de la Virgen María en la catacumba de Priscila en Roma.

Imagen de la Virgen María en la catacumba de Priscila en Roma.

PD

Entre los años 432 y 440, el papa Sixto III trasladó a Roma, desde Tierra Santa, algunos los fragmentos de la "santa cuna", y los dispuso en una pequeña capilla habilitada a tal efecto en la iglesia de Santa Maria ad Preasepe (Santa María en el Pesebre), también conocida como "la Redonda". Allí, el papa empezó a celebrar representaciones que recreaban el nacimiento de Cristo. Dicha iglesia pasaría a ser conocida con el tiempo como la Basílica de Santa María la Mayor y se convertiría en una de las más importantes de la Ciudad Eterna.

Pero seríaa partir del siglo VIII cuando el nacimiento y la resurrección de Jesús empezaron a ser representados en escenas costumbristas que tenían lugar en las plazas públicas de la ciudad. Dichas representaciones teatrales populares (muy criticadas por el papa Inocencio III, que las consideraba sumamente vulgares) poco a poco fueron incorporando más y más personajes, algunos de los cuales a veces estaban incluso fuera de lugar.

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El primer Belén católico

En 1223, Francisco de Asís llegó, junto con su hermano León, a la población de Greccio, en la región italiana del Lazio. Para intentar evangelizar a la población de la región, mayoritariamente analfabeta, Francisco pidió una dispensa al papa Honorio III para crear el primer belén en una cueva muy cerca de la ermita de la localidad.

Francisco de Asís (aunque algunos historiadores afirman, sin embargo, que quien realmente ofició la misa aquella noche fue san Antonio de Padua) convocó a los habitantes del pueblo al toque de la campana de la iglesia. Según la Leyenda Mayor de San Francisco: "Llegado el beato Francisco, en memoria de la natividad de Cristo, ordenó que se preparase el pesebre, que se trajese el heno, que se condujera al buey y al asno; y predicó sobre la natividad del Rey pobre". Giovanni Velita, un señor feudal, le proporcionó el pesebre, la paja y los animales. 

La representación de Francsico de Asís tuvo un gran impacto. La leyenda cuenta que a la hora en que la tradición fijaba el nacimiento de Jesús, el muñeco que, debido al frío invernal, sustituía al bebé que encarnaba al niño Jesús, cobró vida y empezó a llorar. Otras leyendas afirman que sonrió y extendió sus brazos hacia el santo. Su hagiografía noi llega tan lejos:  "Mientras el santo hombre mantenía su oración, un caballero vio al verdadero Niño Jesús en lugar de aquel que el santo había portado".

Para intentar evangelizar a su población rural, mayoritariamente analfabeta, Francisco de Asís creó el primer belén en una cueva muy cerca de la ermita de la localidad de Greccio.

Una innovación importante introducida por el santo son las figuras del asno y el buey, que no aparecen en el relato sobre el nacimiento de Jesús de ninguno de los cuatro evangelios, que hacen una descripción muy escueta del episodio, pero sí son mencionados en el Libro de Isaías del Antiguo Testamento: "Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo". Los animales representarían según la explicación teológica tanto a judíos como cristianos, sin razón ni conocimiento a falta de Dios, que al ver al niño en el pesebre reconocen a su dueño, el Señor.  

Un símbolo popular

De la representación teatral y con personas reales se pasó muy pronto la realización de las figuras con diferentes materiales. En poco tiempo la tradición empezó a popularizarse, y en las ciudades italianas, durante los siglos XIV y XV, las iglesias se decoraban con belenes durante las celebraciones navideñas.

Al parecer, la primera forma moderna de belén se debe a san Cayetano de Thiene, que en 1534 ideó un pesebre con figuras de madera pintadas que iban cubiertas con ropajes de la época y cuya cabeza estaba hecha de terracota, cartón piedra o madera. Asimismo era habitual que en el interior de las figuras se introdujera un alambre con el objetivo de articular los miembros y facilitar de este modo el movimiento.

Imagen de un belén realizado en la región francesa de la Provenza.

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Durante el Barroco, la tradición del belén alcanzó también a las casas señoriales, aunque muy pronto los hogares más humildes quisieron imitar también a los señores. Muy reconocidos a nivel mundial son los belenes napolitanos del siglo XVIII, que reflejaban el entorno del Nápoles de la época, mezclando lo sagrado y lo profano, e incluían a personajes populares de la ciudad. De hecho, su introducción en España se debe a Carlos III, que había sido rey de Nápoles y era un gran entusiasta de aquella tradición.

Los belenes en España

El rey y su esposa, María Amalia de Sajonia, importaron aquella costumbre a nuestro país y la introdujeron en sus palacios. De hecho construyeron una sala especial para la realización del conocido como "Belén del Príncipe" (primero en el palacio del Buen Retiro y después en el palacio Real), un típico belén napolitano en el que se representaban las costumbres y vestimentas locales, y fue encargando a los reconocidos imagineros valencianos José Esteve Bonet y José Ginés Marín y al murciano Francisco Salzillo.

Carlos III y su esposa María Amalia importaron la costumbre napolitana del belén a españa y la introdujeron en sus palacios, construyendo una sala especial para la realización del Belén del Príncipe.

A mediados del siglo XIX, poco a poco esta costumbre se fue extendiendo a todos los hogares españoles. Fue entonces cuando empezaron a fabricarse las figuras de belén en serie. Destacan las producidas en barro, muchas veces sin cocer y pintadas con vivos colores, en las fábricas de Murcia, Granada, Barcelona y Olot (Girona). Todas aquellas figuras podían adquirirse en tiendas de imaginería religiosa o en los típicos mercadillos navideños que empezaron a extenderse por toda la geografía española.

Belén napolitano que se exhibe en el Museo Nacional de Escultura, en Valladolid.

Foto: PD

España sigue distinguiéndose por su gran tradición belenística, cuya calidad es ampliamente reconocida. Así, entre los belenes más populares de nuestro país se encuentran algunos como el Belén Bíblico de Jerez de los Caballeros, en Badajoz, el belén monumental más grande de Europa; el Belén viviente de Buitrago del Lozoya, en Madrid; el Belén mudéjar de Sevilla, que cuenta con edificios emblemáticos de la ciudad; o el Belén de Salzillo,que se expone en el Museo Salzillo de Murcia.

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