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Johann Baptist Zwecker Don Quijote 1854

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Curiosidades de la Historia: Episodio 89

Higiene en el Siglo de Oro: el ejemplo de Don Quijote

Según Cervantes, la gente en el siglo de oro se lavaba raramente y se perfumaba para ocultar los malos olores.

Según Cervantes, la gente en el siglo de oro se lavaba raramente y se perfumaba para ocultar los malos olores.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

Si se lee con atención las dos partes del Quijote de Cervantes se reparará en que, en toda la novela, el protagonista sólo se lava tres veces. La primera vez ocurre cuando don Quijote llega a casa del Caballero del Verde Gabán. Introducido en una sala, su criado Sancho Panza lo desarma y antes de ponerse un vestido limpio, «con cinco calderos o seis de agua, se lavó la cabeza y rostro»: tan sucio iba que «se quedó el agua de color de suero», anota Cervantes. Más adelante, don Quijote llega al palacio de los duques, y allí, antes de comer, le enjuagan la barba con el aguamanil y con «jabón napolitano», propiciando las burlas de las criadas. Por último, el hidalgo manchego, después de ser vapuleado por un rebaño de toros y vacas a los que había desafiado en un cruce de caminos como si fueran caballeros andantes, encontró «una fuente clara y limpia» y allí «se enjuagó la boca y lavóse el rostro».

El protagonista de la obra de Cervantes, pues, se lava muy raramente, y sólo la cara y los brazos. Nada de bañarse todo el cuerpo, salvo por accidente, como le ocurrió en dos ocasiones: en la aventura de los pellejos de vino, a los que don Quijote se puso a acuchillar de noche creyendo que eran gigantes, hasta que el barbero trajo «un gran caldero de agua fría del pozo y se lo echó por todo el cuerpo de golpe», despertándolo de su funambulismo; y al caerse al agua cuando la embarcación que lo transportaba zozobró en el Ebro. Lo mismo sucede con Sancho Panza, pues aparte del percance que sufrió junto con su amo en el Ebro, tan sólo se dice que una vez, al terminar la pelea que tuvo en la ínsula Barataria, los que estaban con él «lo limpiaron».

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Llenos de piojos

Don Quijote, Sancho Panza y los demás personajes de la novela están, pues, muy alejados de los parámetros actuales de higiene personal. Pero desde luego no eran ninguna excepción. Las condiciones de vida en la España de los siglos XVI y XVII dejaban mucho que desear en este aspecto.

Los hombres y mujeres del siglo XVIII sentían verdadero disgusto ante el desaliño personal como muestra una poesía de Francisco de Quevedo que decía: «Piojos cría el cabello más dorado, / legañas hace el ojo más vistoso, / en la nariz del rostro más hermoso / el asqueroso moco está enredado». Carecían, sin embargo, de los útiles de higiene de nuestros días. En cuanto a las pulgas, no quedaba más remedio que eliminarlas una a una, como muestra el célebre cuadro de Murillo con una anciana espulgando a su nieto. Para limpiarse la boca, dada la carencia de cepillos dentales, se recurría a un palillo y enjuagues de agua con hierbas, especialmente de azahar. El mismo don Quijote tenía por costumbre, después de una comida, «quedarse recostado sobre la silla y quizá mondándose los dientes».

Por ejemplo, en la novela de Cervantes vemos también que todas las ventas, posadas o moradas a las que acudían ambos protagonistas a avituallarse o simplemente a descansar estaban sucias e infestadas de pulgas, piojos y chinches. De estos insectos se habla mucho en el Quijote, por ejemplo cuando el hidalgo dice a su criado: «Sabrás, Sancho, que los españoles, y los que se embarcan en Cádiz, para ir a las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinoccial que te he dicho es que a todos los que van en el navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallarán, si le pesan a oro».

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Médicos contra el agua

El desaseo imperante se explica también por determinadas concepciones médicas que dominaban en los siglos XVI y XVII. En esa época, el pensamiento médico vigente era el llamado «hipocratismo galenizado», una síntesis de las teorías de los médicos de la Antigüedad Hipócrates y Galeno a la que se añadían elementos mágico-religiosos. Según esta teoría, las enfermedades eran un resultado de los desequilibrios entre los cuatro humores que componían el cuerpo humano: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra. Las causas del desequilibrio procedían del exterior, por ejemplo, de una comida o bebida que resultaba demasiado «caliente» o demasiado «húmeda». En el Quijote, Cervantes introduce un personaje llamado Pedro Recio, un médico local, doctor por una universidad de segunda clase, que se pone a dar consejos a Sancho Panza cuando éste es gobernador de la ínsula Barataria sobre lo que conviene o no comer. Dice el médico: «Mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y el plato del otro manjar también le mandé quitar, por ser demasiadamente caliente y tener muchas especies, que acrecientan la sed, y el que mucho bebe mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida».

El desaseo imperante se explica también por determinadas concepciones médicas que dominaban en los siglos XVI y XVII.

Otra supuesta causa del desequilibrio de los humores era el aire, y esto explica en parte la mala higiene personal. En esta época se pensaba que el agua, especialmente si estaba caliente, dilataba los poros, momento que aprovechaban los «miasmas», o aires malsanos, para entrar en el organismo y alterar el equilibrio de los humores. Por eso, cuanto menos se lavase una persona menos opciones tendría de enfermar. Ante esta situación la gente se limpiaba el cuerpo en seco, con la única excepción de manos, cara y cuello, esto es, las partes visibles. Hay que señalar que no faltaban motivos para temer el contagio. Justo cuando se publicaba la primera parte del Quijote, en 1605, España estaba aún inmersa en la epidemia de «peste atlántica» que acabó con la vida de 600.000 personas.

Pero la falta de limpieza no impedía que la gente se preocupara mucho por su apariencia exterior. Los más pudientes se cambiaban con frecuencia de vestido y mantenían especial pulcritud en la camisa, cuellos y puños, siempre de color blanco. En los siglos XVI y XVII se pusieron de moda los guantes perfumados, pensados para disimular los malos olores. Los fabricados en España eran valorados en toda Europa, y Antonio Pérez, el secretario de Felipe II, solía regalarlos como medio infalible de garantizarse lucrativos favores.


Limpieza en los modales

Para disimular los olores corporales, existían perfumes y afeites como el «agua de ángeles»; cuando don Quijote llegó al palacio de los duques vio cómo los criados vertían sobre él «pomos de aguas olorosas». La gente sencilla, sin embargo, no podía permitirse ese lujo. En otro pasaje, don Quijote soñaba con entrar en un suntuoso palacio o castillo, «donde le harán desnudar como su madre le parió, y bañarán con templadas aguas, y untaránle todo con olorosos ungüentos, vistiéndole con una camisa de cendal delgadísima, toda olorosa y perfumada».

También existían reglas de decoro personal, de las que Cervantes se hace eco en su novela. Por ejemplo, cuando Sancho Panza fue nombrado gobernador de su ínsula, don Quijote le recomendaba: «Lo primero que te encargo es que seas limpio y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las uñas largas les hermosean las manos: como si aquel excremento o añadidura que se dejan de cortar fuese uña, siendo antes garras de cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso». También le sugiere «no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie». Sucios tal vez, pero sin perder las formas.

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