Herodión

La gloria y el descanso eternos de Herodes, rey de Judea

Construido alrededor del año 10 a.C., el palacio-fortaleza erigido por Herodes fue también el lugar de descanso tras su muerte. Desde el siglo XIX y todavía en la actualidad, los arqueólogos siguen excavando un yacimiento que ha desvelado muchas incógnitas.

Vista aérea del emplazamiento del Herodión.

Foto: CC

Nacido alrededor del año 73 a.C., Herodes el Grande fue rey de Judea entre los años 40 y 4 a.C. Era hijo del idumeo Antípatro, cuya familia se había convertido al judaísmo unas generaciones atrás; su madre, Cypros, era una princesa árabe-nabatea de la ciudad de Petra. Se dice que, cuando Herodes tenía doce años, un esenio llamado Menahem predijo que reinaría sobre Judea. El joven Herodes estaba dotado de las cualidades propias de sus ascendientes. Tenía una presencia imponente que no dejaba indiferente a nadie, destacaba en los ejercicios físicos, era un hábil diplomático y, sobre todo, estaba dispuesto a cometer cualquier crimen para satisfacer su ilimitada ambición. En cuanto a esto último, la caracterización de Herodes como personaje sanquinario es uno de los rasgos que más destacan en su vida a partir de los textos del historiador judío Flavio Josefo, la principal fuente para reconstruir su biografía.

Antípatro, arrodillado ante su padre Herodes. Antípatro era hijo de la primera esposa de Herodes, Doris. Fue acusado de participar en una conjura contra su padre y asesinado en la cárcel días antes de la muerte de éste.

Foto: CordonPress

Aliado de Roma

Herodes fue nombrado prefecto de Galilea por su padre, que ostentaba el cargo de procurador de Judea gracias a su fidelidad a Roma. Con su primera actuación pública, Herodes demostró que tenía la intención de complacer a los romanos a cualquier precio. Contraviniendo lo establecido por la ley judía, que concedía hasta al criminal más vil el derecho de ser juzgado por el Sanedrín –el único tribunal con autoridad para dictar sentencias de muerte–, Herodes ordenó ejecutar a una banda de fanáticos que había atacado pueblos paganos y robado caravanas. Esta demostración de poder, muy del agrado de los romanos, enfureció a los líderes nacionales hebreos, porque percibieron las intenciones filorromanas de Herodes.

Los miembros de la judicatura judía presionaron a Hircano II, el débil sumo sacerdote, y obtuvieron permiso para acusar al prefecto ante el Sanedrín. En lugar de presentarse ante ese augusto cuerpo vestido de negro, como era costumbre para demostrar respeto, Herodes apareció vestido de púrpura y protegido por una fuerte guardia –al estilo de la guardia pretoriana del emperador romano–. No se dignó a ofrecer la más mínima defensa de su conducta, sino que presentó una carta de Sexto César, gobernador de Siria, en la que se amenazaba a Hircano con terribles consecuencias si Herodes no quedaba libre de los cargos que se le imputaban. Sobrecogidos, los jueces no se atrevieron a pronunciar una palabra de condena hasta que el presidente del tribunal, Semaías, se levantó para reprender a sus colegas y les advirtió de que algún día pagarían cara su debilidad. Hircano levantó la sesión hasta el día siguiente y recomendó al culpable que abandonara Jerusalén en secreto durante la noche. Herodes se refugió junto a Sexto César, quien lo nombró prefecto de Celesiria. A continuación, Herodes reunió un ejército y avanzó hacia Jerusalén con el propósito de castigar al Sanedrín, pero su padre y su hermano Fasael lo disuadieron de llevar a cabo su venganza.

La lucha por el trono

Los disturbios provocados en Roma por el asesinato de Julio César en 44 a.C. no impidieron el ascenso de Herodes, que sacó provecho de todos los cambios de guión. El protegido de Sexto César se convirtió, tras el asesinato de este último, en amigo del gobernador romano de Siria, Casio –uno de los asesinos de César–, cuyo favor ganó al recaudar rápidamente los cien talentos con los que Galilea debía contribuir al tributo de guerra impuesto a Judea para financiar la guerra contra el triunvirato formado por Octavio, Marco Antonio y Lépido, vengadores de César. Pero en el año 42 a.C., la batalla de Filipos puso fin al gobierno de los asesinos de César. El partido nacional de Jerusalén esperaba ahora asistir a la caída de Herodes y su hermano Fasael, que había apoyado a los oponentes del triunvirato victorioso. Algunos nobles judíos se reunieron con el vencedor, Marco Antonio, y se quejaron de la mala administración de Judea. Pero Herodes logró ganarse el favor de Antonio mediante sobornos y halagos, hasta el punto de que éste puso al frente del gobierno de Judea a los hermanos idumeos con el título de tetrarcas.

Algunos nobles judíos se reunieron con el vencedor, Marco Antonio, y se quejaron de la mala administración de Judea. Pero Herodes logró ganarse el favor de Antonio

El año 40 a.C. marcó el punto de inflexión en la vida de Herodes. Con la ayuda de los partos, que ese año invadieron Siria, su enemigo Antígono se proclamó rey de Israel. Fasael cayó en una emboscada y fue obligado a suicidarse, mientras que Herodes logró escapar de un destino parecido. Tras pasar por grandes penalidades y mayores peligros, logró llegar a la fortaleza de Masada, donde dejó a su familia al cuidado de su hermano José. Tras intentar sin éxito obtener ayuda de los nabateos de Petra, marchó a Alejandría, donde la reina Cleopatra le ofreció un puesto de general en su ejército. Herodes lo rechazó y, desafiando todos los peligros, se fue a Roma. Allí conquistó al triunviro Octavio, como antes había hecho con Antonio (así era de carismática su personalidad). Ambos defendieron la causa de Herodes ante el Senado romano e hicieron que esta asamblea lo invistiera rey de los judíos. Al concluir la sesión, Herodes, caminando entre Antonio y Octavio y precedido por los cónsules, se dirigió al Capitolio para dar gracias a los dioses.

Estatua del emperador Augusto procedente del templo que Herodes dedicó al soberano en la ciudad de Samaria. Octavio Augusto protegió siempre a Herodes.

El nuevo rey desembarcó en Acre y pronto estuvo a la cabeza de un pequeño ejército. Los generales romanos Ventidio y Silo recibieron la orden de ayudarlo en la conquista de Judea, que no estaba dispuesta a reconocer su soberanía, pero Antígono los había sobornado y Herodes no pudo contar con sus tropas. De ahí que no pudiera sitiar Jerusalén hasta la primavera del año 37 a.C., asistido por una gran fuerza romana bajo el mando de Cayo Sosio. Durante el asedio fue a Samaria para celebrar su matrimonio con la princesa asmonea Mariamne, con quien había estado comprometido durante cinco años después de repudiar a su primera esposa Doris.

Tras un asedio de varios meses, Jerusalén cayó en manos de los romanos, probablemente en julio. Las tropas romanas se entregaron al saqueo y al asesinato durante varios días, y Herodes, para detener aquel horror, tuvo que pagar a los legionarios grandes sumas que sacó de su propia fortuna. Sosio llevó a Antígono cautivo a Antioquía, donde fue ejecutado por orden de Antonio a instigación de Herodes. En los años siguientes, Herodes ordenaría una larga cadena de muertes para garantizarse la lealtad del reino y asegurarse de que ningún miembro de su propia familia osara disputarle el poder.

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El Herodión

Cuando Herodes estuvo firmemente establecido en el trono emprendió obras públicas tan notables como la construcción del Templo de Jerusalén, edificó fortalezas, construyó ciudades monumentales y dio nuevo esplendor a otras que habían caído en decadencia, como la vetusta Samaria y la Torre de Estratón, que pasó a llamarse Cesarea Marítima en honor del emperador Octavio Augusto, el antiguo triunviro que nunca dejó de proteger a Herodes. Esta última ciudad, una joya a orillas del mar Mediterráneo, contaba con un circo, un teatro, termas, tabernas y un espléndido palacio para el propio Herodes, cuyos restos se encuentran en la actualidad parcialmente sumergidos en el mar.

Como reto constructivo, el visitante no puede dejar de sorprenderse con la renovación de la fortaleza de Masada, donde Herodes ordenó la construcción de dos palacios, uno de invierno y otro de verano. La imagen de uno de ellos, que cuelga al borde del precipicio, es la estampa que identifica el perfil de este recinto fortificado. Pero Masada no fue la única fortaleza a la que Herodes prestó su atención: en el borde del desierto de Judea edificó el fascinante complejo del Herodión, una imponente fortaleza circular que también albergaba un palacio, edificada sobre una colina artificial a cuyos pies se encontraban otro recinto palacial y un centro administrativo.

El palacio Norte de Masada, edificado por Herodes en un extremo del promontorio rocoso sobre el que se construyó esta imponente combinación de fortaleza y palacio.

Foto: CordonPress

Construido entre los años 24 y 15 a.C. para conmemorar la victoria de Herodes sobre su adversario Antígono mientras huía a Masada en el año 40 a.C., el Herodión también es conocido con los nombres de el-Fureidis, Har Hordos, Herodion y Jebel Fureidis. Desde el punto más alto de la fortaleza, en territorio de la actual Cisjordania, se tiene una espléndida vista del desierto de Judea, con sus cuevas de época prehistórica y sus asentamientos monacales de los inicios del cristianismo. Pero Herodes no fue el último ocupante del Herodión. Durante la primera guerra judía contra Roma (del 66 al 73 d.C.), el Herodión fue, junto con Masada y Maqueronte, una de las tres fortalezas que permanecían en manos de los rebeldes en la víspera del asedio a Jerusalén, y fue la primera que los romanos capturaron tras la caída de la capital hebrea, debido a su cercanía a ésta. Ya en el siglo II d.C., según unos documentos encontrados en Wadi Murabba't y que datan de la época de la rebelión antirromana encabezada por Simeón Bar Kojba (132-135 d.C.), este caudillo había establecido su cuartel en el Herodión, donde guardaba la tesorería de los sublevados y firmaba las operaciones de compra y venta de tierras de los seguidores de la revuelta. Luego, el Herodión conocería siglos de abandono.

La colina del Herodión vista desde la cercana ciudad de Belén.

Foto: Istock

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La exploración del Herodión

El rey Herodes eligió el Herodión para ser enterrado, y los arqueólogos exploraron durante más de cien años el yacimiento teniendo presente la última voluntad del monarca y contando con los textos de Flavio Josefo, que dejó la más detallada descripción de este lugar y relató el entierro del soberano. Desde el siglo XV se creía que el Herodión era el lugar donde se establecieron los cruzados después de que los musulmanes capturasen Jerusalén, una idea que comenzó a cambiar en el siglo XIX gracias a los trabajos de Edward Robinson, quien en 1838 ofreció una detallada descripción de los edificios que estaban dentro del cono montañoso, confirmando que pertenecían al período imperial romano y que encajaban en las descripciones de Flavio Josefo.

En 1863, el francés Félicien de Saulcy añadió más detalles a la descripción de Robinson, especialmente de la zona externa e inferior de la montaña, donde hubo una gran piscina. Fue De Saulcy quien se atrevió a proponer que la estructura redonda que se encontraba en el centro de ese estanque podía ser la tumba del rey Herodes. Unos años más tarde, en 1869, otro estudioso francés, Victor Guérin, describió minuciosamente la muralla exterior de la fortaleza con sus tres torres semicirculares y su torre redonda.

El espacio que ocupaba la piscina en el Herodión Inferior, con la estructura circular en el centro que Félicien de Saulcy consideró la tumba de Herodes.

Foto: Istock

Una década más tarde, en 1879, el arquitecto y arqueólogo alemán Conrad Schick ofreció un informe detallado de todo el complejo del Herodión, con planos muy definidos, y concluyó que la fortaleza se asentaba sobre la roca madre de la colina, y que ésta era una estructura artificial. Un hito en su informe es la localización de una escalera monumental que daba acceso al patio interior de la fortaleza tras atravesar un túnel. Schick también aventuró que, en realidad, esa estructura artificial estaba hecha para ser el mausoleo, enorme, del rey Herodes. Este planteamiento cambió radicalmente la idea propuesta por De Saulcy y condicionó y orientó las futuras excavaciones.

Ya en el siglo XX, el arqueólogo (y franciscano) italiano Virgilio Corbo llevó a cabo cuatro campañas de excavaciones entre los años 1962 y 1967 en nombre del Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén. Estas misiones arqueológicas sacaron a la luz la mayor parte de los edificios herodianos. A pesar de la Guerra de los Seis Días y las turbulencias políticas que la siguieron (Cisjordania fue ocupada por Israel a raíz de esta contienda), las tareas de recuperación y restauración continuaron entre 1967 y 1970, ahora bajo la tutela de la Autoridad de los Parques Nacionales de Israel. Desde esa última fecha, las excavaciones se pusieron en manos de Ehud Netzer, del Instituto de Arqueología de la Universidad Hebrea de Jerusalén, cuyos trabajos de investigación sobre el Herodión confirmaron las descripciones de Flavio Josefo. El trabajo de los arqueólogos alcanzó su punto culminante en el año 2007, cuando se anunció el hallazgo del mausoleo de Herodes, emplazado en la ladera de la colina artificial.

La escalera monumental, hoy reconstruida, que conducía al interior del Herodión Superior, como se conoce la fortaleza.

Foto: Istock

Interior del Herodión, con la gran torre redonda. Las columnas corresponden al pórtico que rodeaba el jardín situado dentro de la fortaleza.

Foto: Istock

El teatro, un hallazgo inesperado

Otra gran sorpresa esperaba a los arqueólogos, que iban ampliando las excavaciones de la zona del mausoleo. En 2008 encontraron unas estancias cuya parte inferior se abría en la roca madre, mientras que la parte superior se había construido con sillares. Los muros estaban cubiertos de yeso, y alrededor se descubrieron fragmentos de estuco policromado y tambores de columnas. Fue el preludio de la aparición de un pequeño teatro dotado de un palco real destinado al monarca, su familia y sus invitados. Del teatro se pueden distinguir con total claridad la cavea o graderío semicircular, la orchestrao espacio semicircular central frente a la cavea, un escenario rectangular y una de las entradas, el aditus maximus. La cavea, que mira a Jerusalén, tiene 30 metros de diámetro y se apoya sobre la ladera de la colina, al estilo de los teatros griegos. Sus asientos, tallados en piedra, pudieron acoger a unos 400 espectadores.

Aunque no se ha conservado la estructura del escenario, se presume que la scaenae frons (la fachada monumental que servía de fondo del escenario) debía de estar construida con sillares y columnas sobre pedestales. Los restos hallados dan testimonio del estilo refinado de esta estructura, a tenor del número de tambores de columnas, capiteles dóricos y corintios y pedestales, elementos que fueron emplastecidos con yeso decorativo e incluso con oro y policromía variada. El teatro ofrece una curiosidad: la presencia de un grupo de estancias en la zona superior de la cavea, algo raro de ver en otros teatros. Algunas están revestidas de estuco y una de ellas no tiene acceso a la cavea; se cree que era un lugar destinado a mujeres porque sólo tenía una ventana para ver la representación teatral. Sería el reflejo de la costumbre judía de reservar un espacio para las mujeres que iban con los hijos a la sinagoga y contemplaban desde ventanas lo que hacían los hombres durante la liturgia o las grandes celebraciones.

Cavea o graderío del teatro edificado por Herodes en la ladera de la colina del Herodión, parcialmente reconstruida.

Foto: Istock

El palco real impresiona por el refinamiento de la estancia. Completamente abierto hacia la cavea y el escenario, sus paredes –divididas en tres partes mediante pilastras verticales rematadas con capiteles corintios– estaban preciosamente decoradas con estuco, policromía y los motivos vegetales tan caros al rey. Es llamativa la técnica empleada: mientras que los frescos suelen impregnarse de color cuando el estuco está húmedo, en este caso se empleó la técnica opuesta, llamada secco. Otros detalles decorativos incluyen representaciones de animales y una escena nilótica, lo que se corresponde con la moda decorativa del momento en el centro del Imperio romano. Por ello, y por la calidad y maestría del trabajo, se cree que Herodes contrató a artistas italianos para llevar a cabo esta obra.

La cercanía del teatro al palacio fortificado del rey permitía entrar y salir con seguridad en caso de atentado o revuelta, situaciones que se daban con frecuencia. Se sabe que el teatro fue construido a propósito de la visita de Marco Agripa –general y yerno del emperador Augusto– en el año 15 a.C. Herodes y Agripa eran grandes amigos y su encuentro en el Herodión había sido acordado un año antes en Mitilene, según narra Flavio Josefo.

Poco antes de la muerte de Herodes, el teatro fue desmontado para consolidar la colina artificial en vistas a la construcción del mausoleo. Los trabajadores que se ocuparon de las obras dividieron las estancias del teatro para alojarse allí, y el palco real fue subdividido con muros improvisados para crear una cocina y hornos. Hay huellas de estos obreros en las paredes, ya que dejaron inscripciones y dibujos, entre ellos el de un barco. Entre las inscripciones figura una en lengua aramea (la lengua popular de entonces entre los hebreos) en la pared oriental de una de las habitaciones del palco real: «[Mi padre] que era un haver […] en el 22 de Adar, en el año 22, Shlam [yah], en Jerusalén». Según los especialistas de las excavaciones del Herodión, el texto fue escrito por uno de los trabajadores cuyo padre, experto en el tallado de sillares, falleció en la fecha indicada del reinado de Herodes, que corresponde al año 15 a.C.

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