Entrevista al escritor Benjamín Prado

"Hay que pasar páginas para avanzar, pero nunca arrancarlas. Debemos conocer el pasado para conservar lo que merece la pena y modificar las injusticias".

Tras la publicación el pasado octubre de la quinta entrega de Los casos de Juan Urbano, "Todo lo carga el diablo", hablamos con Benjamín Prado, su autor. El relato sigue los pasos de un detective que tendrá que bucear en la historia del siglo XX español para encontrar un personaje desaparecido.

foto benjamin prado

En octubre de 2020 el sello Alfaguara ha publicado la novela titulada Todo lo carga el diablo, de Benjamín Prado. Es la quinta entrega de los una seria llamada Los Casos de Juan Urbano, donde el citado detective resuelve misteriosos casos relacionados con intrigas ambientadas en la historia contemporánea de España. En esta entrega, el detective deberá adentrarse en la época de la Segunda República y la Dictadura franquista, y seguir el rastro de una mujer desaparecida cuyo hijo tiene mucho interés en encontrarla. Su madre no fue una mujer cualquiera: se formó en la Residencia de Señoritas de la Segunda República española y se codeó con algunas de las deportistas pioneras del deporte olímpico español.

El momento histórico en el que está ambientada la trama de la novela refleja un periodo muy especial en la historia de España. Era la segunda vez en la historia que en este país se había proclamado una República y el rey, Alfonso XIII, había emprendido el camino del exilio. Tras siete años de dictadura militar liderada por el general Primo de Rivera (1923-1930) y un breve periodo conocido popularmente como Dictablanda (1930-1931), por fin se convocaron elecciones municipales el 12 de abril de 1931. Éstas fueron entendidas por los votantes como un plebiscito entre Monarquía y República. La victoria de la segunda opción llevó a la proclamación de la Segunda República española el 14 de abril de 1931.

Un periodo de libertades se abría paso entre dos dictaduras para todos los ciudadanos españoles, pero especialmente para las españolas. Los gobiernos republicanos pusieron gran parte de su esfuerzo en situar a las mujeres en el mismo plano de derechos que los hombres. Un ejemplo el impulso de la Residencia de Señoritas, donde se les ofrecía una educación integral, con un papel especial para los idiomas y el deporte, y se las preparaba para los estudios superiores. Los grandes nombres de mujeres deportistas que coincidieron en esta institución como Margot Moles o Ernestina Maenza, ambas participantes en los Juegos Olímpicos de invierno de 1936, fueron borrados de la historia del deporte por una larga dictadura impuesta por el general Francisco Franco durante 38 años.

Hablamos con Benjamín Prado, autor de la novela cuyo relato pone el foco la época descrita y da voz y protagonismo a estas mujeres silenciadas.

Historia National Geographic - HNG: Es evidente que estamos frente a una novela de ficción, pero dado el género histórico en el que se inscribe está repleta de referencias reales y es inevitable plantearse una cuestión. ¿Dónde están los límites entre ficción y realidad? ¿Cuál de ellas tiene más peso en el relato?

Benjamín Prado - BP: El límite está en la palabra novela. Hay que recordar que esto es literatura y que es más importante que lo que digo sea verosímil que no verdad. Pero no puede olvidarse que la base histórica sobre la que se levanta el edificio del relato tiene que ser fiel a la realidad. Cualquier falta de parecido con la realidad seria sospechoso. Esto es algo que nos enseñaron los novelistas del XIX, Galdós por ejemplo. Cuando mezclas personajes de ficción con reales tienes que obligar a que los dos hagan el camino hacia el otro. A mí se me va a juzgar más por Caridad Santafé (personaje protagonista de ficción) que por Margot Moles o Ernestina Maenza (personajes reales), pero es importante conseguir que los personajes inventados se atiendan a las reglas de la época: la moda, el lenguaje… Yo diría que hay un 70% de ficción y un 30% de documentación. Y aquí el oficio está en convertir este 30% en una gota de perfume que dé el aroma de los hechos y los personajes históricos, pero sin pasarse.

HNG: Entonces, la siguiente pregunta es obligada. ¿Cuáles han sido tus principales referencias históricas?

BP: A veces me dicen que hago novelas didácticas y lo son, pero sobre todo para mí. Conozco bastante bien la época en la que empieza la novela, los años 30, la II República, cuando la cultura y la justicia social ocupaban un tanto por ciento muy importante de las tareas que se impusieron los gobernantes. Estoy hablando de la Institución de Libre Enseñanza, la Residencia de Estudiantes, la Residencia de Señoritas, el Instituto-Escuela, el Lyceum Club. Todo esto que tuvo que ver con la aparición de la generación del 27: Lorca, Alberti, Cernuda… Y por otro lado, uno de los grandes empeños de la época fue sacar a las mujeres del segundo plano para ponerlas donde debían, y de ahí salen, y no de la casualidad, otra gran generación de mujeres pintoras, narradoras, políticas… Esto lo conocía bien, pero de deportistas femeninas no sabía nada y este libro me ha enseñado muchísimo sobre el tema. La vida de cualquiera de las tres personajes principales, Margot Moles, Ernestina Maenza -de la que se sabe muy poco- y Caridad Santafé podría haber sido una novela. Sus vidas expresan la gloria y el desastre de aquella época que para las mujeres siempre era doble, porque además de perder mucho en la guerra, como todos, después tenían otra batalla, la del patriarcado. Después de lo que habían disfrutado y conseguido se las devolvió a un lugar de sumisión absoluta, y eso se ve en la novela muy bien.

HNG: ¿Cuál es el proceso de producción de tus novelas? ¿Desde dónde partes? Porque analizando las últimas aventuras de Juan Urbano se puede ver que no es la primera vez que resuelve un caso en estos ambientes, el siglo XX español está muy presente en algunas de tus últimas novelas.

BP: No es la primera vez ni será la última. Anuncié una serie de 10 novelas y uno debe estar a la altura de sus fanfarronadas. Trato de recuperar asuntos que han sido arrancados de nuestras paginas de historia. Es cierto que hay que pasar página, porque si no nunca se avanza, pero no se deben arrancar las páginas. Eso sería algo injusto e indeseable. Hay que conocer bien lo que ha pasado, algunas cosas para repetirlas y otras para que no se repitan. Cuando se escribe novelas como las de Juan Urbano tienes que acertar en la elección del momento, hablar de cosas o desconocidas o con una versión oficial con la que todo el mundo se ha conformado, una especie de resumen para gente no informada si no enterada. Vivimos en un siglo en el que hemos aceptado como bueno el grado más bajo del saber, que es el estar enterado, el conocer un poquito de cada cosa y no profundizar en casi nada, a niveles generales. Lo cual es lo contrario de la historia y de la literatura, en mi opinión. Yo me preguntaba: ¿qué pasó con el deporte femenino en aquella época? ¿Qué pasó con la utilización de hospitales psiquiátricos como cárceles invisibles? ¿Qué pasó con el escándalo de la Poliomielitis en la España de 1950? Sin embargo, al final en literatura lo que importa es cómo cuentas todo esto. Yo tardo cuatro años para hacer cada novela y no son 3 de documentación y uno de escritura. Tardo casi más en escribir que en investigar.

portada todo lo carga el diablo

portada todo lo carga el diablo

HNG: Profesor de lengua y literatura, amante de las letras, lector empedernido de poesía, encargos recurrentes de investigación sobre República, Guerra y dictadura… Seguro que te han hecho esta pregunta más de una vez. ¿Es el detective Juan Urbano un alter ego de Benjamín Prado?

BP: Él sabe más que yo, él es profesor de literatura y yo no. Conoce a Quevedo y a Cervantes mucho mejor y trata de transmitir la belleza de su obra a sus alumnos. Ellos ya casi respondieron todas las preguntas. A veces nos vamos a buscar respuestas en la literatura universal, pero creo que tenemos muy olvidados a nuestros clásicos. Por eso Juan Urbano resuelve las cosas reivindicando a los clásicos, y por cierto, también a los profesores, haciendo un homenaje a la tarea de los docentes.

HNG: En la primera parte del libro el lector contempla un escenario en el que las hazañas de las mujeres deportistas durante la II República son las protagonistas. En este periodo los derechos y libertades de la mujer viven una época dorada (se les había otorgado el voto por primera vez en 1931). Margot Moles, Aurora Villa, Ernestina Maenza, por mencionar solo algunas, son algunos de los grandes nombres del deporte español femenino que aparecen, auténticas pioneras. ¿Vivían realmente en un mundo tan liberal o también luchaban contra prejuicios propios de la época?

BP: Yo creo que es el mundo más liberal que se ha vivido en España seguramente hasta la llegada de la democracia. En España tenemos una sociedad liberal y la gente valora la libertad de la que disfrutamos. Lo que no sé es si se valora a quienes la cimentaron. Porque a partir de 1977 España ha tenido un modelo que es el modelo del que se habla en la novela, el anterior a la Guerra Civil, que es la otra España más avanzada de toda nuestra historia. Intento combatir mucho la idea de las dos Españas, creo que es una idea manipulada por quienes prefieren hacer ver que podemos ser representados por esos dos personaje de Goya con los pies hundidos en el barro que se dan de garrotazos porque del enfrentamiento entre los “hunos” y los otros, como decía Unamuno, sacan ellos su provecho. Y eso España lo demuestra, los autores de las dos generaciones del 27, la de los escritores y la de los humoristas que es tan importante en esta novela, eran todos amigos. Tenían ideas distintas e ideologías adversarias, derechas e izquierdas, pero no eran enemigos. Es como dijo Voltaire: “detesto sus ideas pero daría mi vida por el derecho que tienes a expresarlas.” La amistad que compartían se ve muy bien en la novela especialmente en la relación entre Ernestina y Margot. Toda la vida rivales deportivas enconadas, eran adversarias ideológicas -una burguesa y repúblicana, la otra humilde y conservadora-, pero fueron amigas toda la vida, sin darse de garrotazos, ayudándose siempre. Un ejemplo a seguir.

HNG: Muchos lectores descubrirán en el libro los nombres de grandes mujeres muy activas durante la República pero olvidadas con la guerra y la dictadura, y jamás recuperadas con la democracia, como Ana María Sagi o María Goyri, pero principalmente dos de los personajes principales, las ya citadas Margot Moles y Ernestina Maenza. Viendo todo lo que consiguieron deberían ser las referentes de las deportistas actuales. ¿Por qué han quedado en el olvido sus nombres?

BP: Las dos primeras mujeres deportistas que fueron a una olimpiada de invierno, Margot Moles y Ernestina Maenza, deberían tener sus nombres escritos con letras de oro en los anales del deporte. Sin embargo, una por razones ideológicas y otra por razones morales están absolutamente tachadas y me parece que una de las cosas que puedo hacer como novelista es contribuir a devolverlas al sitio del que fueron borradas. Es una tarea muy bonita y que te da la sensación de estar haciendo, ya no algo bonito literariamente, si no algo de justicia, de justicia poética, o mejor dicho narrativa.

HNG: La Residencia de Señoritas, nacida al abrigo de la célebre Residencia de Estudiantes, también juega un papel fundamental en la narración. Allí la protagonista coincide con Margot y Ernestina. Por ella pasaron figuras históricas del ámbito cultural republicano, desde la directora María de Maeztu hasta María Goyri, Zambrano o Clara Campoamor. Sin embargo, a su vez la Residencia también era un lugar de encuentro de sectores más conservadores, pues dos Españas convivieron muy cerca durante la II República hasta que sus diferencias hicieron estallar el país. ¿Era esta institución una realidad reducida donde convivían las dos mundos?

BP: Sí, como era natural. En cualquier sociedad hay conservadores y liberales, y está muy bien que así sea porque a veces en el equilibrio está el éxito. La mezcla de ideas es la que da lugar a la concordia. Y allí eran todos amigos, las personas de derechas de los años 30 eran muy liberales, podían ser monárquicos y tradicionales, pero eran bastante liberales. Por ejemplo, la generación del 27 de los humoristas: Jardiel Poncela, Tono (Antonio Lara de Gavilán), Edgard Neville…, que tanto aparece en la novela porque eran los compañeros de farras de Enrique Herreros, el marido de Ernestina. Todos eran muy progresistas solo que eran conservadores. Puede parecer un contrasentido, pero en la historia de la literatura uno de los mayores renovadores de nuestro teatro, Valle-Inclán, era carlista. Así es la realidad compleja de cualquier país. El problema está en que esta generación de humoristas, y esto me gustaría que se viera en la novela, creo que se sintieron engañados por el funeralísimo, como le llamaba Alberti, porque les contó que venía a reinstalar la monarquía, y no fue así. Y por otra parte, cuando vieron en lo qué se convertía España, dejando atrás todos lo avances, diversión, optimismo, experimentación, de lo que ellos participaban en sus revistas de humor, en sus obras de teatros, en sus novelas, en sus poemas, etc., debieron de sentirse muy frustrados, algo que también se refleja en la novela.

HNG: En el libro, parece que todo el elenco de personajes tiene como objetivo representar la variada realidad social de la España de la II República. Derechas e izquierdas, mujeres, hombres, empresarios, estudiantes, vencedores, vencidos, vivos, muertos, exiliados… Y a continuación el lector asiste el consiguiente proceso vital que cada uno de ellos experimenta en paralelo a la truculenta realidad política que agitó el país las décadas siguientes. ¿Es así? ¿Tuviste la sensación de no poder darle representación a alguna parte de la sociedad?

BP: Era una sociedad variada, pero sobre todo muy avanzada. Fíjate que Caridad Santafé asiste a conferencias de Marie Curie, de Einstein, Howard Carter, Stravinsky, Picasso, Montessori… Por otro lado, espero no haberme dejado a nadie. La parte de documentación tiene que ser un telón de fondo, no puede ser la protagonista, sino sería un ensayo. Aún así, ese telón de fondo tiene que estar bien representado. Y siguiendo una estrategia de construcción, los personajes, igual que la sociedad, tiene que ser ambigua, porque las personas somos ambiguas. Estamos hablando de una época en la que es muy fácil distinguir entre los buenos y los malos, porque se enfrentan democracia y dictadura, pero a la hora de reconstruir la época y los personajes ocurre lo mismo que con un personaje de ficción, que si es malo sin matices o bueno como un ángel no es creíble. Porque nadie es así, y menos en un época de grandes conflictos, de grandes dudas, de enconamiento ideológicos donde estamos hablando de personas muy inteligentes. Porque puedes no tener simpatía por Eduard Neville, pero no podrás decir nunca que no era un tipo inteligentísimo. Eso serían argumentos baratos de gente que no ha leído. Y no es conveniente quitarse de en medio esta sociedad tan compleja solo con un esbozo, hay que hacer el cuadro entero, con todos sus matices. La palabra elenco lo define muy bien. En la novela hay monstruos, como el marido de Caridad Santafé, pero con rasgos humanos, algo terrorífico en un personaje. Un hombre que mezcla el amor con la posesión, o el matrimonio con la esclavitud, tiene algún rasgo humano. Pero hay cierta ambivalencia y tiene cosas que hacen dudar a Caridad. Y lo mismo ocurre con toda esta generación.

HNG: En el caso de Caridad Santafé, el personaje experimenta un cambio drástico de vida, un giro de la realidad que es la imagen del paso de una sociedad libre a una sometida. Algunas mujeres, siempre que fuera en la línea marcada por el régimen, pudieron seguir desarrollando algunas actividades deportivas.

BP: Pero ya muy menores. De hecho, casi todas las asociaciones deportivas femeninas, que tanto había costado articular como se ve en la novela porque no había competiciones oficiales, no había libros de registros de las marcas que batían, desaparecen. Y estamos hablando de Margot Moles que, en inferioridad extrema de condiciones respecto al resto de las atletas de otros países, llegó a batir récords europeos, incluso uno mundial. Todo esto provenía de un planteamiento político que quiso conseguir un lugar para las mujeres en el deporte. En el Instituto-Escuela, una institución muy estricta, había dos cosas en las se empeñaba la institución: el deporte y los idiomas. A muchas de ellas la segunda les salvó la vida después, pues les permitió exiliarse y encontrar trabajo, como ocurre con Lucinda Moles. El dominio de idiomas las convertía en mujeres que se podían mover por el mundo y podían defenderse cuando viajaban a otros lugares. Y el deporte, porque es liberador, te realiza, es saludable. ¿Cómo no van a acceder a él las mujeres? Entonces llegó la Sección femenina y decidió que el deporte era inmoral, igual que su vestuario, y se inventaron la estupidez de que era contraproducente para la concepción. Una idea, por cierto, defendida por el Dr. Marañón.

Imagen tomada en la Residencia de Señoritas a principios de siglo XX.

Imagen tomada en la Residencia de Señoritas a principios de siglo XX.

Foto: CC

HNG: Y como si fuese una pirueta del destino, de repente toda la cuestión que envuelve a la siniestra gestión de los medicamentos en tiempos difíciles toma tintes de actualidad. En el libro se ve reflejado con el brote de poliovirus que causó una grave epidemia de Poliomielitis en España en la década de 1950 y que dejó a cientos de niños discapacitados. La vacuna llegó al grueso de la población diez años más tarde de que fuera lanzada a causa de luchas internas de poder, mientras que los hijos de familias afines al régimen la recibieron antes. ¿Cómo te sentiste terminando el libro en plena pandemia de la Covid19?

BP: He aprendido que la realidad supera la ciencia ficción, porque es casi como una película. Pero mira, las casualidades existen, ojalá no las hubiera, pero en este caso fue así. En la novela hay un homenaje a la gente mayor, a esas personas que las sociedades actuales tan basadas en el optimismo y en el progreso a toda costa han condenado al ostracismo. Toda civilización anterior que mereciese la pena estaba basada en el respeto a los mayores, en el reconocimiento de su experiencia, su sabiduría, su capacidad para ser la despensa de la memoria colectiva. Sin embargo, ahora se reprocha a la gente que no se muera, que sean una carga o un gasto sanitario.

Por otra parte estaba el asunto del marido de Caridad Santafé, un químico que trabaja en la industria farmacéutica que permite que aparezcan esas descripciones tan divertidas sobre los medicamentos de los años 40, 50 y 60 que parecía que lo curaban todo. En la novela se trata este tema que aborda el asunto de la poliomielitis, que a fin de cuentas no fue más que otro acto delictivo de la dictadura, porque era un virus que se podía curar y no se hizo, solo se curó a los ricos o afines al régimen.

La novela se iba a publicar el 24 de mayo, el día del cumpleaños de Bob Dylan, pero lo retrasamos a octubre, de modo que aproveché para revisar el manuscrito e incluir la última parte que conectaba con la realidad más inmediata.

HNG: ¿Qué papel juega la memoria histórica en el relato? El caso de Diego González Uribe es paradigmático: pasa de querer la memoria como una mera herramienta a querer restituirla por una pura voluntad moral, un cambio debido al descubrimiento de la verdad. ¿Crees que es algo que podría aplicarse al papel de la memoria histórica en la actualidad?

BP: Absolutamente. La historia no es lo que pasó, es lo que nos han contado, porque no estábamos todos allí. Incluso lo que pasa delante de nuestros ojos lo vemos de manera distinta según nuestros intereses, imagínate lo que no hemos visto. Y por eso hay que volver a contarlo una y otra vez. Y además yo tengo un lema: si no quieren que la cuentes es que es una buena historia. Lo cual es un buen lema para un novelista. Pero sí, hay que volver una y otra vez a revisar las cosas porque a veces no es lo que nos han contado. Y más en un país donde ha habido 38 años de prohibiciones, censura, tergiversación… A mí me gusta mucho que los personajes hagan un viaje moral. Y Diego Raúl también hace su viaje interior. A lo largo del relato va descubriendo cosas, seguramente más de las que quiere, porque cuando alguien le hace un en cargo a Juan Urbano tiene que saber que el problema de preguntar es que te pueden responder. De hecho la novela empieza así: “Quiero que encuentre a mi madre, me lo cuente todo y luego lo olvide.” Sin embargo, Diego Rául ha ido a mal sitio a pedir olvido.

HNG: Caridad se nos presenta como la última conexión con una época pasada a punto de desaparecer por caer en el olvido, igual que su vida personal. El antídoto lo aporta un personaje que vive en la actualidad y que recupera unos recuerdos enterrados en los recovecos de su cerebro. ¿Es esa la metáfora que explica el deber de una sociedad con su historia?

BP: Sí, es igual que lo que explican los Cuatro Cuartetos de T. S. Eliot que empiezan justamente así, explicando como todo está contenido en todo, el pasado en el presente, el futuro en el pasado y el presente en el futuro. Somos como somos porque nos ha conformado así un tipo de realidad. Eso que llamamos idiosincrasia, una palabra en desuso, no es más que la manera en que la historia de cada lugar, de cada pueblo, ha moldeado a su gente. Hay procesos históricos que nos han hecho como somos. Ese proceso tiene partes que merecen la pena ser conservadas, por ejemplo las que atañen a la cultura, y otras que merecen ser modificadas porque contienen injusticias y no conducen a la igualdad. Para conseguir eso, es necesario el conocimiento, el estudio y el análisis. Si no, actúas con esa especie de optimismo paranoico que gobierna nuestras sociedades en las que parece que solo existe el presente. Para mí eso es un grave error, y más si ese país es España. Porque aquí tenemos a Cervantes, a Quevedo, a Góngora, a Lope… Tenemos todos esos nombres que reivindica siempre que puede Juan Urbano como fuente de conocimiento y belleza extremos, nuestros clásicos, a quienes se trata a veces tan mal.

HNG: Debido a la forma en que está estructurado el relato, el lector se convierte en un testimonio privilegiado de un proceso de investigación. ¿Es equiparable el periplo de Juan Urbano al de Benjamin Prado para escribir esta historia?

BP: Me gusta que me digas eso porque precisamente esa es la idea. Esa es la razón de que Juan Urbano se llame como se llama. Es un homenaje al Juan Panadero de Rafael Alberti y al Juan Nadie de Frank Capra, alguien que quiere ser más parecido a los lectores que a los escritores de las novelas. Alguien que podrías ser tú.

Yo aspiro a que mis novelas las pueda leer cualquiera. No quiero hacer novelas destinadas a una élite intelectual o nada parecido. Cometer la estupidez de querer elegir a tus lectores es ridículo. Yo creo que la literatura tiene que entretener, que parece una palabra vacía, pero yo la reivindico. Una novela tiene que ser divertida, interesante, tiene que atrapar al lector ideal: ese que siempre lleva ojeras porque anoche se quedó leyendo un capítulo más. También aspiro a que se aprendan cosas, a divulgar algunos aspectos de nuestra historia, a reponer algunos nombres maltratados.

HNG: ¿Son estas profundas investigaciones reveladoras? Es decir, a base de buscar y analizar archivos, documentos, imágenes, nombres, fechas, en definitiva, historias reales siguen saliendo a la luz nuevos datos?

BP: Claro, y además es lo más divertido. Yo no empiezo una novela si no sé todo de ella, pero una vez empezada lo mejor es lo que todavía no sé, aunque parezca una paradoja. Sé lo que va a pasar, cómo van a ser los personajes, cómo va terminar… Pero una vez que estoy en la tarea lo más divertido es aquello que se te ocurre un día espontáneamente. Por ejemplo, esta novela, que también es una novela de amor, aunque fuese impensable conociendo al Juan Urbano de Mala gente que camina. Verle ahora enamorado de Isabel Escandón, un personaje secundario hasta ahora en la serie, es sorprendente. Ese es un juego que hago en toda la serie, porque luego se convierte en un personaje protagonista, a pesar de que yo no lo tuviese calculado. Pero esta es una novela de mujeres que luchan contra viento y marea y que de un modo u otro terminaban encontrando su lugar en el mundo. Como Aurora Villa, que había sido una gran deportista, la tercera en discordia, pero también fue la primera mujer oftalmóloga de España, y cuando puso su consulta tuvo que esconder su nombre de pila porque pensó que si veían que era una mujer nadie subiría a tratarse con ella. Entonces, pensé que sería bonito que para simbolizar eso dentro de la novela ocurriese lo mismo. Es decir, que Isabel Escandón, que ocupaba el lugar del objeto amoroso y la referencia a una nueva vida, de pronto le fuera quitando foco a Juan Urbano y se fuera implicando más en el caso y que acabara resolviendo ella algunos aspectos esenciales. Esto se me ocurrió sobre la marcha y es una de las cosas más divertidas porque lo inesperado es más divertido.

HNG: ¿Es posible que sea a raíz de ir incluyendo estos nuevos datos que se te ocurra alguna novela futura?

BP: Lo bueno que tiene el personaje de Juan Urbano y el concepto de la serie es que no tiene nada prohibido. No es un personaje circunscrito a una época determinada. De hecho, esta novela empieza en los años 30 y llega hasta la actualidad. No es una novela de la Guerra Civil, se menciona pero también se pasa por la época anterior a ella, la posguerra, están los episodios de los psiquiátricos, los escándalos farmacéuticos… Una de las anteriores novelas de la serie estaba situada en la época de la Transición, y puedo hacer una relacionada con algo que esté pasando ahora mismo. En ese sentido no estoy obligado a centrarme en ningún tema o época. Y tengo libertad absoluta para escoger pedidos históricos de las novelas. Así, en plural, porque pienso que cada una de ellas son más de una dentro de la misma, es varias cosas a la vez. Es una novela de miedo, casi gótica, también es una novela de detectives, de humor… Esa es la clave, que convivan varios géneros para mantener el interés de los lectores.

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