Califato abbasí

Harun al-Rashid: el verdadero califa de las "Mil y una noches"

Protagonista de ceremonias fastuosas, fiestas alocadas e intrigas políticas, el reinado de Harun al-Rashid se recordaría aún siglos después como el momento álgido del califato abbasí.

El califa Harun al-Rashid recibe una delegación del emperador Carlomagno. Julius Köckert, 1864.

Foto: PD

Uno de los personajes más memorables de los cuentos de las Mil y una noches es un califa de fines del siglo VIII y principios del IX: Harun al-Rashid. En los relatos se le ve paseándose por Bagdad disfrazado de mercader, curioseando en el zoco o acudiendo a fiestas nocturnas animadas por la música y el vino acompañado por su íntimo amigo Yafar, su portalfanje Masrur y el poeta Abu Nuwas. Es un monarca todopoderoso, cuyos arranques de ira aterrorizan a todos, pero que se muestra siempre justiciero y hasta tolerante y humano. Se trata de una imagen muy idealizada del califa, puesto que los cuentos de las Mil y una noches se escribieron mucho después, en torno al siglo XII. Pero en ellos se refleja la aureola mítica que enseguida rodeó a un califa cuyo reinado se recordó como una época de esplendor y prosperidad sin igual.

Harun al-Rashid fue el quinto califa de la dinastía abbasí. Los abbasíes, una familia árabe descendiente de un tío de Mahoma, vivieron en la sombra durante el califato de los omeyas, hasta que en 750 una oscura conspiración contra la dinastía reinante los encumbró a lo más alto. Harun nació cuando todavía reinaba su abuelo, al-Mansur, verdadero artífice del Estado abbasí.

Rudo y con fama de tacaño, Mansur guardaba las costumbres beduinas hasta el punto de que vivía en una tienda colocada en medio de la residencia real. Su hijo, al-Mahdi, y más aun sus nietos se criaron en los palacios cada vez más refinados que la dinastía estaba construyendo en Bagdad, erigida en capital del califato. Un abigarrado mundo de soldados, ministros, poetas y esclavos de ambos sexos rodeó la infancia de los príncipes abbasíes.

Un califa de leyenda

Las historias presentan a Harun como un adolescente temeroso y de aspecto poco imponente. Cuando, a los 15 o 16 años, marchó por primera vez en una expedición militar contra Bizancio, muchos se burlaban de su aire poco marcial. Sin embargo tuvo la fortuna de formarse bajo la guía de una poderosa familia de origen persa, los barmakíes, encabezada por Yahya, hombre de confianza del califa al-Mahdi.

Durante largo tiempo, Harun consideraría a Yahya como un padre y a los dos hijos de éste, al-Fadl y Yafar, como hermanos; la relación con Yafar, de su misma edad, fue particularmente estrecha.Harun era también el preferido de su madre, Khayzuran, una antigua esclava árabe de gran belleza que persuadió a su marido al-Mahdi para que designara sucesores a sus hijos, al-Hadi (el mayor) y Harun. Las repentinas y sucesivas muertes de su padre al-Mahdi y de su hermano al-Hadi encumbraron a Harun al trono califal con poco más de 20 años.

Harun tuvo la fortuna de formarse bajo la guía de una poderosa familia de origen persa, los barmakíes, encabezada por Yahya, hombre de confianza del califa al-Mahdi.

Gracias a las Mil y una noches, Harun al-Rashid ha pasado a la historia como la encarnación del estilo de vida fastuoso de la corte de Bagdad. En realidad, los califas de las décadas siguientes fueron más ostentosos y derrochadores que él. A Harun, por ejemplo, no le gustaba Bagdad y la comparaba con una "caldera", y uno de sus poetas decía: "Bagdad, ¿qué es Bagdad? Su polvo / un asco, y su calor, espantoso". De hecho, Harun terminó por trasladar la sede de la corte a Raqqa, en el Éufrates medio, donde construyó un palacio del que hoy apenas quedan restos.

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La corte de las Mil y una noches

De la misma forma, la tradición dice que poseía un harén con más de 2.000 jóvenes, cifra que es más adecuada para los reinados posteriores, en los que se desarrolló plenamente la institución del gineceo real. Lo que se sabe es que Harun tuvo 14 concubinas que le dieron hijos. Entre sus varias esposas, estuvo especialmente unido a su prima Zubayda, que también aparece como personaje en las Mil y una noches. Muchas historias evocan este raro caso de amor conyugal en la dinastía abbasí; una, por ejemplo, cuenta una discusión entre los esposos tras la cual Harun no puede dormir y ordena que le pongan una cama junto al Tigris. Allí escucha una canción en la que se habla de un río que desciende hacia el valle de su esposa. Al despertar va a su encuentro y ambos se reconcilian.

Lo que se sabe es que Harun tuvo 14 concubinas que le dieron hijos. Entre sus varias esposas, estuvo especialmente unido a su prima Zubayda.

Embajadores enviados por Harun al-Rashid entregan a Carlomagno las llaves del Santo Sepulcro de Jerusalén. Grabado. Siglo XIX.

Foto: PD

En cualquier caso, en los palacios de Harun no faltaban las diversiones.Los cronistas comentan su afición por las carreras de caballos y, en especial, por las veladas que organizaba con los cortesanos más próximos, amenizadas por bailarinas y regadas generosamente con vino, pese a la prohibición islámica contra el consumo de alcohol. Los poetas tenían también una destacada presencia. Uno de ellos, Abu Nuwas, aparece en las Mil y una noches como un bufón que enreda al califa a cada momento; en realidad fue uno de los mayores poetas de la literatura árabe, y sus composiciones dedicadas a ensalzar el efecto del vino o el amor homosexual indican la libertad que reinaba en la corte de Harun. Lo cual no significa que el califa no fuera un musulmán sinceramente piadoso, como lo prueban sus ocho peregrinaciones a La Meca, más que ningún otro califa.

Una familia leal

Al principio de su califato, Harun encomendó las tareas de gobierno a la familia de los barmakíes. Al nombrar visir a Yahya, le declaró: "He investido en ti el gobierno de mi rebaño. He retirado este peso de mi espalda para ponerlo en la tuya...". Pero con el paso de los años, Harun empezó a mostrarse receloso, por motivos que las crónicas no aclaran del todo; seguramente, la riqueza e influencia que había acumulado aquella familia se convirtieron en una molestia para un soberano cada vez más consciente de su propio poder. Pronto hubo signos de que los barmakíes habían caído en desgracia.

Con el paso de los años, Harun empezó a mostrarse receloso con la familia de los barmakíes por motivos que las crónicas no aclaran del todo.

Una vez Yahya se presentó en el palacio de Harun sin anunciarse. El califa se volvió hacia su médico y le preguntó: "¿En tu casa, la gente se presenta sin avisar?". El médico le contestó que no, y entonces Harun dijo: "¿Qué pasa conmigo entonces, que la gente se presenta aquí sin preguntar antes?". Yahya, aterrado, recordó a Harun los tiempos en que lo visitaba cuando estaba en cama o vestido con el izzar, una tela que se sujetaba en torno a la cintura.

Harun se calmó, pero Yahya no tardó en comprobar que había perdido su posición en la corte.Al entrar en una cámara de palacio vio que los pajes no se levantaban; Yahya "se quedó blanco como el papel", porque comprendió que aquello respondía a una orden del califa. Criados y chambelanes no le miraban a los ojos y se resistían a traerle un simple vaso de agua.

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La caída en desgracia de los barmakíes

En el año 803, Harun decidió finalmente acabar con los barmakíes. A Yahya y al-Fadl ordenó encarcelarlos. A Yafar, en cambio, decidió ejecutarlo.Las crónicas ofrecen un relato dramático de cómo se produjo el apresamiento. Por la noche, Harun envió al eunuco negro Masrur, su portalfanje, a casa de Yafar para que le trajera su cabeza. El eunuco lo encontró junto a un médico de la corte escuchando a un poeta ciego.

Cuando el eunuco le transmitió la orden del califa, Yafar supo en el acto de qué se trataba. Le pidió tiempo para liberar a sus esclavos y redactar el testamento, y luego le imploró: "El califa te dio las órdenes mientras estaba borracho. No hagas nada hasta la mañana o, al menos, háblalo con él de nuevo". El eunuco volvió al palacio del califa, pero éste le conminó: "¡Maldito eunuco, he dicho que quiero la cabeza de Yafar!". Masrur volvió a casa de Yafar, que de nuevo lo convenció para pedir piedad al califa. Harun montó en cólera contra el eunuco y le amenazó con buscar a alguien que le trajera la cabeza de los dos, la suya y la de Yafar. Esta vez la orden se cumplió sin dilaciones. Tras la ejecución, el cuerpo de Yafar fue descuartizado y expuesto en los puentes de Bagdad.

Harun envió al eunuco negro Masrur, su portalfanje, a casa de Yafar para que le trajera su cabeza.

Eate grabado del artista Ambrose Dudley muestra a Harun al-Rashid en su corte, recibiendo a una embajada.

Foto: Cordon Press

Tras deshacerse de los barmakíes, Harun se lanzó a una "guerra santa" contralos bizantinos, en la frontera del norte de Siria. El emperador bizantino Nicéforo le dio el pretexto que necesitaba al romper él mismo la paz que había firmado hacía unos años la emperatriz Irene; en una carta, Nicéforo renegaba de un tratado que Bizancio había aceptado "por culpa de la debilidad de las mujeres y su insensatez" y exigía a Harun que le devolviera los tributos satisfechos hasta entonces. La respuesta del califa fue lacónica: "He leído tu carta, hijo de mujer infiel. Recibirás mi respuesta, y no será en palabras".

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El germen del desastre

En efecto, Harun no tardó en reunir un ejército y dirigirlo contra Heraclea: en el año 803 arrasó los alrededores de la ciudad y forzó a los bizantinos a pedir una tregua, y tres años después tomó la plaza tras un asedio de 30 días. Nicéforo se vio obligado a pagar un tributo general y otro personal, aunque otra versión habla de un intercambio de presentes en términos más caballerosos.

En el año 803, Harun arrasó los alrededores de la ciudad de Heraclea y forzó a los bizantinos a pedir una tregua.

En 808, Harun partió a Jorasán para aplacar una rebelión, pero en el camino se puso enfermo y murió en la ciudad iraní de Tus al año siguiente, cuando aún no había cumplido los 50 años. Tiempo atrás había pensado en dejar resuelta la sucesión del califato nombrando herederos a sus dos hijos, como se había hecho con él y su hermano mayor. No podía imaginar que aquella decisión provocaría la primera de las guerras civiles que a lo largo del siglo IX arrasarían el califato abbasí y que convertirían su reinado, recordado como un remanso de paz y prosperidad, en la "edad de oro" de la historia del Islam.