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Curiosidades de la Historia: Episodio 96

El harén de los faraones, tráfico de princesas en la Antigüedad

Sobre todo durante el Imperio Nuevo, los faraones acostumbraron a casarse con las hijas de reyes extranjeros para establecer provechosas alianzas.

Sobre todo durante el Imperio Nuevo, los faraones acostumbraron a casarse con las hijas de reyes extranjeros para establecer provechosas alianzas.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

La mayoría de las mujeres relacionadas con el ámbito real en el antiguo Egipto vivían en el harén, un lugar al que los antiguos egipcios llamaban ipet-nesut. Había un harén en Menfis, otro en Tebas y como mínimo uno más en Tell el-Amarna. Pero de todos los harenes, el más famoso e importante fue el ubicado en Medinet el-Ghurab, fundado bajo el reinado de Tutmosis III (1490-1436 a.C.) y localizado a la entrada del oasis de el-Fayum. Los harenes no eran estancias o edificios adosados al palacio real, sino que cada harén era una institución independiente al mismo nivel que la casa del rey. Los harenes albergaban a cientos de mujeres, entre ellas esposas secundarias del faraón y otras mujeres que recibían diversos títulos como las llamadas Ornamentos del Rey y las Bellezas Vivas de Palacio, así como a sus séquitos. Sin embargo, no está claro si el faraón de Egipto lo visitaba periódicamente o si era allí donde enviaba a las mujeres de las que ya estaba cansado y aburrido o que, simplemente, le sobraban.

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El harén real egipcio era una institución económicamente independiente que disponía de sus tierras –susceptibles de ser cultivadas–, graneros, granjas propias, talleres de manufactura, rebaños... La administración de este complejo era confiada a personal masculino y disponía de partidas presupuestarias específicas del tesoro real. A la cabeza del harén se encontraba un hombre de confianza del faraón; contra lo que cabría imaginar, no era un eunuco, pues al parecer esta figura nunca existió en el Egipto faraónico. Documentos administrativos que aún se conservan (algunos de ellos de forma muy fragmentaria) recogen cantidades de cereal, carne, pescado, fruta y aceite entregados como provisiones para el harén. Otros textos indican que en el interior de los harenes se llevaba a cabo una producción textil muy fructuosa –las mujeres trabajaban hilando, tejiendo y cosiendo– que contribuiría a cubrir el coste de los mismos, o prácticamente.

Por otra parte, parece ser que los hijos del faraón y de los altos dignatarios se criaban y educaban en los harenes, aunque algunas fuentes escritas también nos hablan de una institución llamada la Casa de los Hijos Reales; no queda claro si ésta formaba parte del harén o si constituía una unidad administrativa separada y propia.

Era una institución económicamente independiente que disponía de sus tierras, graneros, granjas propias, talleres de manufactura, rebaños... La administración de este complejo era confiada a personal masculino

El número de mujeres que albergaba un harén variaba de forma considerable de una época a otra. Se cree, en todo caso, que alcanzó su máxima cota durante el Imperio Nuevo (1552 a.C.-1069 a.C.), cuando el harén alojó a varios cientos de mujeres. La mayoría eran hijas de nobles y de altos funcionarios, las cuales veían en el hecho de ingresar en el harén una oportunidad inesperada de promoción, e incluso de convertirse en reinas de Egipto y en madres de un futuro faraón. Sin embargo, a medida que Egipto se fue expandiendo territorialmente ingresaron en el harén muchas princesas extranjeras con su numeroso séquito. Se trataba de muchachas jóvenes, hijas de aliados o vasallos del faraón, desposadas por razones de política exterior y que gozaron de privilegios diplomáticos.

Según las fuentes textuales, iconográficas y arqueológicas que se han conservado, ya existía un harén en la ciudad de Menfis durante la dinastía V (2494-2345 a.C.), bajo el reinado del faraón Sahure, que recibió a una princesa de Biblos, a la cual el rey otorgó el título de Segunda Esposa del Rey. Pero es sobre todo a partir del Imperio Nuevo, bajo las dinastías XVIII y XIX, cuando los faraones, además de con mujeres egipcias, se casarían con princesas extranjeras con el objetivo de consolidar alianzas diplomáticas entre sus respectivos pueblos. Los nombres de estas mujeres a veces no eran egipcios e indicaban su procedencia. Muchas de ellas solían llevar el título de Esposa del Rey, pero este título no indicaba su filiación, por lo que en estos casos carecemos de más datos sobre sus orígenes. En otros, sin embargo, disponemos de plena información sobre ellas.

Trescientas esposas para el rey

Parece ser que hubo dos tipos de matrimonios diplomáticos en Egipto: aquellos en los que el padre de la novia era un vasallo del faraón y enviaba a su hija a la corte egipcia como signo de su sometimiento y lealtad a Egipto, y aquellos otros en los que el padre de la novia era un importante rey, que tenía un estatus muy parecido al del faraón; en este caso, ambos líderes se dirigían el uno al otro como «hermano».

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Prácticamente todo lo que sabemos sobre los matrimonios diplomáticos de la dinastía XVIII procede de fuentes no egipcias y de las llamadas Cartas de Amarna, la correspondencia diplomática mantenida entre el faraón Amenhotep III y su hijo Akhenatón con otros reyes del Próximo Oriente, descubierta en Tell el-Amarna a finales del siglo XIX.

Al principio de su reinado, Amenhotep III quiso revalidar la alianza con el reino de Mitanni que había rubricado su padre, Tutmosis IV, pidiendo la mano de Gilukhipa, la hija del rey Shuttarna. Según un escarabeo conmemorativo de su matrimonio, Gilukhipa llegó a Egipto acompañada por 317 mujeres de su séquito. Cuando Shuttarna murió, Amenhotep III escribió rápidamente al nuevo rey de Mitanni, Tushratta, pidiéndole la mano de su hija Tadukhipa, un gesto muy indicativo de la función que cumplían tales matrimonios para mantener la conexión entre ambos pueblos, que al parecer debía volver a establecerse mediante un nuevo matrimonio cuando un rey moría. De igual modo, Amenhotep III también se casó con una hija de Kurigalzu II, rey de Babilonia, y más tarde pidió en matrimonio a la hija de su sucesor.

A estos matrimonios diplomáticos debemos añadir las cuarenta mujeres procedentes de distintas ciudades-estado de la región de Gaza que fueron enviadas al harén de Amenhotep III. De hecho, una tablilla cuneiforme hallada en los archivos de Amarna nos informa de que el harén de este faraón llegó a acoger hasta 356 mujeres extranjeras.

Ramsés II y las princesas hititas

Durante la dinastía XIX, Ramsés II (1289-1224 a.C.) mantuvo la tradición de los matrimonios con princesas extranjeras por razón de Estado. Sabemos que durante su largo reinado, Ramsés se casó con una hija del rey de Babilonia y con la hija de un gobernante del norte de Siria, aunque sus dos matrimonios diplomáticos más conocidos fueron los que celebró con dos princesas hititas. Uno de ellos aconteció en el año 34 de su reinado y sirvió para sellar la paz establecida entre Ramsés II y Hattusili III tras largos años de hostilidades. El monarca hitita envió a Egipto a su hija con una importante y generosa dote; asimismo, Ramsés entregó por ella grandes riquezas. Al llegar a Egipto, la princesa hitita –cuyo auténtico nombre desconocemos– ingresó y residió en el harén de Medinet el-Ghurab. La nueva reina recibió el nombre egipcio de Maathorneferure, ya que era una costumbre que las princesas extranjeras que llegaban al País del Nilo cambiaran su nombre por uno autóctono.

Sin duda, la llegada a Egipto de esta princesa hitita debió de ser un acontecimiento de suma importancia, tal como recoge la llamada Estela del Matrimonio: «La hija del rey hitita fue presentada a su Majestad [...] Su Majestad la contempló, hermosa de rasgos, la primera entre las mujeres, y los grandes la honraron como si fuera una diosa [..] Su nombre egipcio fue proclamado como la Esposa Real Maathorneferure, ¡larga vida! La hija del gran rey hitita, hija de la gran reina hitita». Pronto Maathorneferure fue nombrada Gran Esposa del Rey, aunque nunca desempeñó las funciones propias de este título –para entonces ya había muerto la Gran Esposa Real de Ramsés II, la bella e influyente Nefertari–. Lo cierto es que desde su llegada a Egipto, el nombre de Maathorneferure aparece citado muy pocas veces. Sabemos que dio a luz a una niña, y suponemos que debió de acostumbrarse con cierta rapidez a la tranquila y acomodada vida del harén.

Todas estas mujeres, venidas de países tan diversos como Mitanni, Babilonia, el País de Hatti o la Baja Nubia, debieron de quedar impresionadas al ver las riquezas y tradiciones de Egipto, su nuevo país; por otra parte, la presencia de estas princesas extranjeras en el entorno real también favoreció la introducción de nuevos conocimientos y costumbres tanto entre las élites de la sociedad egipcia como en la corte faraónica, además de ser una inyección de savia nueva en la familia real, en especial a partir de la dinastía XVIII.

En cambio, durante el Imperio Nuevo ninguna princesa egipcia marchó al extranjero como tributo diplomático. Cuando el rey de Babilonia se atrevió a pedir a Ramsés II la mano de una de sus hijas, el faraón se limitó a recordarle que «desde tiempos inmemoriales ninguna hija del rey de Egipto se ha dado en matrimonio».