Misterios y curiosidades del antiguo Egipto

Un hallazgo oculto bajo capillas doradas: el sarcófago de cuarcita de Tutankamón

El 3 de enero de 1924, ahora hace cien años, Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, se topó, tras abrir una a una las capillas doradas que ocupaban casi la totalidad del espacio de la cámara funeraria del rey niño, con un maravilloso sarcófago de cuarcita, protegido por divinidades, en cuyo interior había varios ataúdes, el último de los cuales, de oro puro, contenía la momia real.

Sarcófago de cuarcita descubierto por Howard Carter en el interior de la cámara funeraria de la tumba de Tutankamón el 3 de enero de 1924. Se aprecia la rotura de la parte superior.

Sarcófago de cuarcita descubierto por Howard Carter en el interior de la cámara funeraria de la tumba de Tutankamón el 3 de enero de 1924. Se aprecia la rotura de la parte superior.

Sarcófago de cuarcita descubierto por Howard Carter en el interior de la cámara funeraria de la tumba de Tutankamón el 3 de enero de 1924. Se aprecia la rotura de la parte superior.

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A principios del año 1924, el egiptólogo Howard Carter tuvo que hacer frente a la titánica tarea que le esperaba en el interior de la tumba de Tutankamón, que el británico había descubierto el 4 de noviembre de 1922 en el Valle de los Reyes. Él y su equipo se dispusieron, nada más y nada menos, a desmontar una por una las capillas funerarias de madera dorada que ocupaban prácticamente la totalidad del espacio de la cámara funeraria del faraón.

 

Carter consideró que ya había llegado el momento de hacerlo, de retomar el trabajo en la tumba del rey niño, un trabajo que se había visto interrumpido desde que aquel aciago 6 de abril de 1923, lord Carnarvon, su mecenas y amigo, falleciera en su hotel de El Cairo tras una breve enfermedad que muchos achacaron a una maldición.

Fue un golpe inesperado para todo el equipo, porque el 17 de febrero de 1923, casi dos meses antes de la muerte de lord Carnarvon, este había acompañado a Carter en la ceremonia de apertura de la puerta tapiada de la cámara funeraria del faraón, que había dejado a la vista de invitados y autoridades una enorme pared dorada que formaba parte de una gran capilla sellada. Tras saltar los cierres y abrir la puerta, ante los ojos asombrados de los presentes apareció otro espectacular muro dorado recubierto de hermosos relieves.

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un sarcófago escondido entre capillas

Así, nada más comenzar 1924, Carter decidió centrarse en la cámara funeraria del faraón y abrir las capillas funerarias una a una. En total, el egiptólogo y su equipo abrieron cuatro capillas de madera dorada, la última de las cuales estaba decorada con las figuras de las diosas Isis y Neftis con las alas extendidas en actitud de protección del cuerpo que previsiblemente ocultaba aquel gigantesco relicario.

Finalmente, el día 3 de enero, al abrir las últimas puertas con emoción contenida, Carter se encontró con un colosal sarcófago de cuarcita que, al parecer, estaba "intacto, con su tapa aún firmemente fija en su lugar, exactamente como la habían dejado unas manos piadosas", escribiría el egiptólogo en su diario. 

Al abrir las últimas puertas con emoción contenida, Carter se encontró con un colosal sarcófago de cuarcita.

La primera capilla funeraria que cubría el sarcófago de Tutankamón se vislumbra a través de un hueco practicado en el muro.

La primera capilla funeraria que cubría el sarcófago de Tutankamón se vislumbra a través de un hueco practicado en el muro.

La primera capilla funeraria que cubría el sarcófago de Tutankamón se vislumbra a través de un hueco practicado en el muro.

Cordon Press

Pero la cosa no era tan fácil. La capilla exterior ocupaba casi la totalidad de la cámara funeraria y dificultaba enormemente el trabajo, puesto que apenas había espacio para moverse. Además, el espacio libre estaba atestado de objetos: varas de madera, abanicos de plumas de avestruz, recipientes de alabastro... lo que hacía aún más complicada la labor de los arqueólogos.

Finalmente, Carter y su equipo vaciaron de objetos la cámara funeraria (que fueron cuidadosamente documentados y embalados) antes de proceder a desmontar las capillas doradas, una tarea que solo lograrían emprender más de un año después.

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Levantando la tapa del sarcófago

Conteniendo la impaciencia, el 13 de octubre de 1925 Carter y su equipo, por fin, empezaron el desmontaje de las capillas funerarias que cubrían el elaborado sarcófago de cuarcita. Así, empezaron a desmantelar los pesados relicarios y pudieron disponer de más espacio para moverse y examinar más de cerca el sarcófago. Al hacerlo, Carter se encontró con una desagradable sorpresa: la tapa tenía una grieta.

Aquello podía suponer un grave problema puesto que cuando los obreros movieran la tapa, que pesaba aproximadamente una tonelada, esta corría el riesgo de romperse y caer sobre el contenido del sarcófago, destruyéndolo. Al final, los arqueólogos decidieron improvisar unas poleas que permitieran levantar con seguridad la tapa, sujeta por todos sus extremos.

Los arqueólogos empezaron a desmantelar los pesados relicarios y pudieron disponer de más espacio para moverse y examinar más de cerca el sarcófago.

El sarcófago de cuarcita de Tutankamón en su cámara funeraria, una vez retiradas las capillas doradas que lo ocultaban.

El sarcófago de cuarcita de Tutankamón en su cámara funeraria, una vez retiradas las capillas doradas que lo ocultaban.

El sarcófago de cuarcita de Tutankamón en su cámara funeraria, una vez retiradas las capillas doradas que lo ocultaban.

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Tras conseguir levantar la tapa del sarcófago, Carter se asomó ansioso a su interior, que contenía un ataúd antropomorfo de madera dorada que representaba al faraón, con las manos cruzadas sobre el pecho y sosteniendo el cayado y el mayal. El rostro era de oro puro. Pero al parecer no todo resultó tan sencillo para quienes procedieron al entierro del faraón miles de años atrás. El ataúd era demasiado grande para encajar a la perfección en el sarcófago y los antiguos obreros se vieron obligados a limar los pies de la caja para que cupiera. Un puñado de virutas de madera eran la prueba de ello.

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Un ataúd de oro macizo

Al abrir el ataúd, los arqueólogos se sorprendieron al ver que en su interior había otro, más bello si cabe, hecho de madera dorada y taraceada. Según un maravillado Carter era "el más espléndido ejemplo del antiguo arte de fabricación de ataúdes jamás visto".  "Todo lo que tenemos que hacer es pelar los féretros como si fueran una cebolla y estaremos ante el rey en persona", añadiría con convicción. 

Y entonces levantaron la tapa de este segundo ataúd, que reveló el tercer y último, cubierto de sudarios de lino y de guirnaldas de flores dejadas allí tal vez por la doliente viuda, la reina Ankhesenamón. Cuando retiró las flores y dobló con cuidado el sudario, Carter se encontró con una "absolutamente increíble masa de oro puro", ya que el ataúd estaba hecho totalmente de este precioso metal.

El tercer y último ataúd estaba cubierto de sudarios de lino y de guirnaldas de flores dejadas allí tal vez por la doliente viuda.

Uno de los ataúdes de Tutankamón es extraído mediante un complejo conjunto de poleas.

Uno de los ataúdes de Tutankamón es extraído mediante un complejo conjunto de poleas.

Uno de los ataúdes de Tutankamón es extraído mediante un complejo conjunto de poleas.

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Había llegado por fin el ansiado momento. Carter iba a encontrarse cara a cara con el faraón que había sido objeto de su búsqueda durante tantos años. Al fin pudo levantar la pesada tapa de oro que dejó a la vista la momia del faraón niño, cuyo rostro y hombros se hallaban cubiertos con una espléndida máscara funeraria de oro y lapislázuli. La belleza de la pieza y su magnífica factura dejaron sin palabras a quienes la contemplaron por primera vez después de más de tres mil años.

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La momia de Tutankamón

Tras permitirse un momento de recogimiento, Carter se dispuso entonces a cortar las trece capas de lino que envolvían el cuerpo de Tutankamón con un escalpelo. A medida que avanzaba en su trabajo, el egiptólogo se fue topando con algunos tesoros colocados entre los vendajes, como dos preciosas dagas con sus respectivas vainas bellamente trabajadas, una con la hoja de oro puro y la otra, sorprendentemente, con la hoja forjada con hierro meteórico, lo que la hacía aún más valiosa. Alrededor del cuello del faraón se había colocado un pectoral de oro, y entre las vendas fueron surgiendo amuletos protectores. Un total de 143.

Entre los vendajes se hallaron dos preciosas dagas, una con la hoja de oro puro y la otra con la hoja forjada con hierro meteórico.

La momia del faraón Tutankamón cubierta aún con la máscara de oro y lapislázuli.

La momia del faraón Tutankamón cubierta aún con la máscara de oro y lapislázuli.

La momia del faraón Tutankamón cubierta aún con la máscara de oro y lapislázuli.

Cordon Press

Pero por desgracia la momia de Tutankamón presentaba un estado deplorable. Al parecer, los antiguos embalsamadores habían abusado de los ungüentos y resinas, y el cuerpo había acabado quemado debido a un proceso de combustión espontánea dentro del ataúd.

El cuerpo quedó, así, ennegrecido y prácticamente pegado a la caja, lo que hacía muy difícil retirar la momia sin dañarla. Todo ello suscitó un largo y complejo debate entre los investigadores. Al final (y, según muchos investigadores, no muy acertadamente) Carter decidió dejar el tema en manos de Douglas E. Derry, profesor de anatomía de la Universidad de El Cairo.

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Un tratamiento más que discutible

En vista del problema, se decidió que la única manera de retirar la momia era utilizando cuchillos calentados para separarla del ataúd, y para lograrlo fue desmembrada, un método considerado por muchos especialistas más que polémico y que muy probablemente acabó causando un daño irreparable a la momia.

Derry separó primero las piernas y la pelvis del torso, después cortó los brazos (de paso se retiraron los brazaletes que los adornaban) y, finalmente, tras un ímprobo y arriesgado proceso, se separó la máscara de la cabeza del rey, también con cuchillos calientes. Al fin, Carter pudo contemplar el deteriorado rostro de Tutankamón. A pesar de todo, el egiptólogo británico dijo sentirse impresionado ante los "bien formados rasgos" de quien, sin pretenderlo, se acabaría convirtiendo en el faraón más famoso del antiguo Egipto.

Tras un ímprobo y arriesgado proceso, se separó la máscara de la cabeza del rey, también con cuchillos calientes.

Carter y su equipo examinan la momia de Tutankamón.

Carter y su equipo examinan la momia de Tutankamón.

Carter y su equipo examinan la momia de Tutankamón.

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La momia de Tutankamón fue analizada por el equipo de Carter, y durante los años siguientes pasaría por muchas vicisitudes y sería sometida a diversos estudios, cada vez con técnicas más punteras, que acabarían revelando datos de gran importancia para el conocimiento de aquel período y de la vida y la muerte del joven soberano. Pero ese largo y complejo proceso ya es otra historia...