La guerra como profesión

Los guerreros vikingos: piratas, mercenarios y aventureros

La guerra era un componente intrínseco de la sociedad vikinga, pero podía adoptar muchas facetas: campañas de saqueo, guerra al servicio de otros, expediciones en busca de nuevas tierras o razias para conseguir riquezas, mujeres y gloria.

Estatua vikingo

Foto: iStock

Desde finales del siglo VIII hasta principios del XII, los guerreros vikingos fueron el terror de Europa. Su destreza y ferocidad en la guerra pronto se hizo famosa y llevó a varios soberanos a reclutarlos como mercenarios o unidades estables, como la guardia varega de los emperadores bizantinos.

Aunque los vikingos convirtieran el combate en una profesión y su faceta guerrera sea la más conocida de este pueblo, lo cierto es que la guerra era siempre un medio para lograr un fin concreto, normalmente el de conseguir riquezas o esclavos. Aun así, también tenían un fuerte componente de prestigio personal en una sociedad de mentalidad militar y eran la mejor manera de ascender socialmente.

El medio para un fin

Al contrario de lo que a veces se cree o se ilustra en la ficción, los ataques no eran una constante en la vida de las sociedades nórdicas, sino que se lanzaban en momentos puntuales y normalmente duraban pocas semanas. Esto se debía a que una expedición requería de una meticulosa preparación, estaba limitada por las provisiones que se pudieran embarcar y además privaba a la comunidad de su élite guerrera, dejándola desprotegida. A los propios hombres que se embarcaban no les interesaba estar demasiado tiempo fuera, especialmente si ocupaban una posición social relevante, por temor a que otros pudieran sentir la tentación de aprovechar el vacío de poder.

Hay que desdeñar la idea de que había algún elemento en el carácter vikingo que hacía que, de repente, les apeteciera ir a saquear

Neil Price, experto en el mundo vikingo, afirma que hay que desdeñar la idea de que “había algún elemento en el carácter vikingo que hacía que, de repente, les apeteciera ir a saquear” y que la guerra tenía unas finalidades concretas que iban más allá del botín: era una cultura que daba gran valor a la fama, la destreza militar y los logros conseguidos, que constituían un modo de ascender socialmente. Junto a la fama en sí, la otra gran motivación era la riqueza, que podía servir tanto para mejorar la propia posición como para aspirar a un mejor matrimonio, puesto que para casarse el marido debía aportar una dote.

El objetivo de conseguir mujer constituía, según Price, una motivación importante. En una sociedad polígama y en la que las mujeres escogían a los hombres de más valía según sus estándares culturales, aquellos de más alto estatus podían “acaparar” mujeres mientras que los de rango inferior solo habrían tenido dos opciones: o mejorar su estatus social -y para ello hacía falta fama y riqueza- o esclavizar a las mujeres víctimas de sus ataques. Al final, cualquiera de los dos caminos pasaba por enrolarse en una expedición.

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La guerra como negocio

Las expediciones funcionaban como verdaderas entidades políticas autónomas. Las tripulaciones formaban una especie de fraternidad que juraba lealtad al líder de la expedición, el cual asumía un rol paterno: tenía la obligación de alimentar a sus hombres y de mantener el orden, evitando que surgieran conflictos violentos entre ellos. Estos líderes formaban parte de la élite político-militar y se les respetaba por el valor y la destreza demostrados en combate; algunos de estos dejaron su nombre en la historia, como el temible Björn “Costado de Hierro”, que en el siglo IX dirigió una inmensa flota que asoló la península Ibérica y el Mediterráneo.

Las expediciones eran un verdadero negocio que involucraba la construcción de barcos, el comercio del botín y el tráfico de esclavos

Las expediciones eran un verdadero negocio también para quienes las financiaban, que no siempre eran los mismos que se hacían a la mar. Los armadores de los barcos se quedaban con parte del botín en concepto de alquiler de las naves y, a su regreso, los guerreros alimentaban una verdadera red de tráfico de objetos preciosos y de personas. Los prisioneros, especialmente las mujeres, eran a veces el único objetivo del ataque, ya que el comercio de esclavos era una parte importante de la economía vikinga.

Precisamente el papel de las mujeres en la guerra es uno de los aspectos más debatidos de la cultura vikinga. Se han encontrado varias tumbas de mujeres vikingas con armas y algunas de ellas, por la cantidad y calidad de las mismas, parecen haber ostentado un rango militar alto. Está fuera de discusión que algunas mujeres vikingas participaban en la guerra, pero la cuestión en debate es cómo: ¿Eran parte de las expediciones de saqueo o formaban parte de milicias de defensa de los asentamientos? ¿Combatían en unidades propias o eran parte de cuerpos mixtos? ¿Eran percibidas de igual modo que el resto de mujeres -puesto que la guerra, en la cultura vikinga, se consideraba una ocupación de hombres- o formaban una especie de identidad de género aparte? Estas son solo algunas de las cuestiones que todavía no han sido resueltas.

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De piratas a conquistadores

La fama de los guerreros vikingos era tal que ya desde el siglo IX empezaron a ser enrolados como mercenarios por los soberanos europeos. Los primeros en valerse de ellos fueron los descendientes de Carlomagno que, no contentos con la parte del imperio que les había tocado en herencia, se enzarzaron en continuas guerras civiles para quedarse también con la de los demás. Pero fueron los emperadores bizantinos quienes les sacaron más partido al formar la guardia varega, una unidad de élite que estuvo activa hasta el siglo XIV.

No es casualidad que la palabra “vikingos” signifique en origen “piratas”: el término procede del sajón wiccinga y fue popularizado por Aelfrico, un abad inglés que vivió entre finales del siglo X y principios del XI y transcribió una gran cantidad de libros religiosos al inglés antiguo. Los anglosajones estuvieron entre las primeras víctimas de las incursiones vikingas: al principio se limitaban a unos pocos aunque devastadores ataques, un par de veces al año, tras los cuales volvían a sus tierras.

Skeid vikingo

Aunque popularmente se conoce a las naves vikingas con el nombre de drakkar, este término se refiere solo a un tipo concreto de nave con mascarón -de ahí el nombre drakkar, "dragón"- que usaban los jefes como símbolo de prestigio. Para la guerra se usaba principalmente el skeid ("deslizador"), un tipo de nave diseñada específicamente para la guerra, más rápida y robusta que el drakkar.

Foto: CC/Boatbuilder

La situación, sin embargo, dio un vuelco alrededor del año mil. Algunos vikingos se habían asentado en los límites del naciente Reino de Francia, donde se mezclaron con la población local. Esa tierra fue conocida en adelante como Normandía, la tierra de los hombres del norte. Ese sedentarismo, aunque los pacificó hasta cierto punto, también los hizo más temibles, ya que entraron en contacto con estructuras de gobierno y organización militar más complejas que hasta entonces les eran ajenas. Así nació el Ducado de Normandía, que debía servir de cojín ante los ataques de otros pueblos vikingos.

No obstante, la sed de fama y poder no se aplacaba con un simple ducado. Ahora que contaban con una gran base permanente que les facilitaba el acceso a recursos para la guerra, los normandos se lanzaron a auténticas campañas de conquista de otros países. La Inglaterra sajona, fragmentada e inestable, fue la primera en caer en manos normandas, seguida al poco tiempo de Gales y, más adelante, de partes de Irlanda. En el Mediterráneo se hicieron con Sicilia, el sur de Italia, Malta y Chipre; irónicamente, a estos lugares habían llegado como mercenarios al servicio de los anteriores amos lombardos, árabes y bizantinos.

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Otro pueblo vikingo, los varegos -procedentes de la zona del Báltico-, se fusionaron con los pueblos del este de Europa y crearon al Rus de Kiev, una federación de principados que fue el embrión de la futura Rusia. Fueron algunos de estos guerreros quienes luego formaron la guardia varega de los emperadores bizantinos, quienes después de haber padecido sus ataques decidieron que era mejor tenerlos como aliados a sueldo que como enemigos.

La identidad de los vikingos tendió a diluirse a finales de la Edad Media, a medida que se integraban en los diversos países a los que habían llegado como conquistadores o como mercenarios, y especialmente a consecuencia de su conversión al cristianismo. A ello contribuyó el hecho de que no tuvieran una identidad política sino cultural, que inevitablemente se fue desvaneciendo al perder sus costumbres y adoptar las de los lugares en los que se asentaron. Pero el recuerdo de aquellos “hombres del norte” nunca desaparecería y, todavía hoy, son recordados como unos de los guerreros más temibles de la historia.

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