Guerras coloniales

La guerra de los treinta y ocho minutos

El ultimátum lanzado por los británicos estaba a punto de expirar. El nuevo sultán de Zanzíbar debía abandonar el palacio antes de la hora marcada: las nueve de la mañana. La llegada de un mensajero de palacio con la negativa del sultán convirtió el 27 de agosto de 1896 en el día en que los británicos ganaron la guerra más corta de la historia.

Barcos de guerra británicos durante el bombardeo del Palacio del Sultán. Ilustración del Illustrated London News el 5 de septiembre de 1896. 

Foto: CC

Todo ocurrió el 27 de agosto de 1896 en el pequeño archipiélago de Zanzíbar, situado cerca de la costa índica de África, actualmente convertido en una región semiautónoma que forma parte de Tanzania. La isla principal es Unguja, conocida como la isla de las especias por ser la tierra del clavo, la canela y la nuez moscada. Ese caluroso día de agosto, el pequeño archipiélago oceánico se convirtió durante 38 minutos (aunque algunos dicen que fueron 25 y otros 45), en el campo de batalla de la conocida como guerra anglo-zanzibariana, una contienda tan desigual que ha sido definida como la "guerra más corta de la historia". Los acontecimientos tuvieron lugar precisamente tras la muerte del sultán de Zanzíbar, Hamad ibn Thuwaini, quien tenía la intención de cooperar con la administración colonial británica.

El poder colonial

A finales del siglo XIX, Gran Bretaña había extendido su área de influencia al África Oriental, y más en concreto a Zanzíbar, que se había convertido, bajo el reinado de Saïd ibn Sulṭan, en una importante potencia mercantil del Índico. Tras su muerte, su sucesor, Hamad ibn Thuwaini, estaba dispuesto a mantener buenas relaciones con los británicos, a pesar de que estos se habían marcado dos objetivos muy claros cuando convirtieron a Zanzíbar en un protectorado: la abolición de la esclavitud y la consolidación de la economía mercantil de la isla. La nueva política económica que pretendía imponer Gerald Portal, cónsul general para el África Oriental, sobre todo en lo que a la esclavitud se refería, enfureció a los comerciantes de Zanzíbar, que habían hecho del tráfico de seres humanos un gran negocio que proporcionaba mano de obra barata para sus plantaciones.

Los buques de guerra HMS St George y Philomel apostados frente al Palacio Real de Zanzíbar se preparan para el ataque.

Los buques de guerra HMS St George y Philomel apostados frente al Palacio Real de Zanzíbar se preparan para el ataque.

Foto: CC

Gran Bretaña se había marcado dos objetivos muy claros al convertir Zanzíbar en un protectorado británico: la abolición de la esclavitud y la consolidación de la economía mercantil de la isla.

Pero el mandato de Hamad ibn Thuwaini duró apenas tres años, y su muerte fue un tanto turbia. Aunque la verdad nunca ha logrado dilucidarse, se dice que fue su primo, el príncipe Khalid ibn Barghash, quien lo envenenó al no querer aceptar las nuevas condiciones que imponía Gran Bretaña. Khalid ibn Barghash, desafiando al poder colonial, ocupó el palacio real y asumió el cargo de sultán sin la aprobación británica. Visiblemente contrariado, el cuerpo diplomático británico pidió la retirada inmediata de Khalid, a lo que este se negó. Y no solamente eso: el príncipe rebelde, dispuesto a resistir, reunió numerosas fuerzas, algunas de las cuales iban armadas con fusiles y cañones que habían sido un regalo del cuerpo diplomático al sultán fallecido. En vísperas de un más que previsible enfrentamiento, Khalid había logrado hacerse con unos 3.000 hombres, varias piezas de artillería y el yate real armado Glasgow, que esperaba en el puerto.

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En un abrir y cerrar de ojos

Por su parte, el cónsul residente, Basil Cave, reunió un grupo de marines británicos y un contingente de hombres leales al gobierno legítimo de Zanzíbar, así como dos buques de guerra, el HMS Philomel y el HMS Rush, que enviaron tropas para proteger el consulado de posibles altercados. Cave también solicitó el apoyo del HMS Sparrow, que rápidamente fondeó en el puerto. Cave sabía que no podría iniciar las hostilidades sin el permiso expreso del Gobierno británico. Por ese motivo envió un telegrama urgente al Ministerio de Relaciones Exteriores, mientras seguía dando ultimátums a Khalid ibn Barghash. Khalid se negó reiteradamente a entregar sus armas, y a las 8 de la mañana del 27 de agosto de 1896 envió su respuesta a Cave: "No tenemos ninguna intención de bajar nuestra bandera y no creemos que se atrevan a abrir fuego". Pero el cónsul Cave guardaba en su bolsillo la respuesta que acababa de recibir de su Gobierno y que decía lo siguiente: "Está autorizado a adoptar las medidas que considere necesarias y contará con el apoyo del Gobierno de Su Majestad en su acción. Sin embargo, no intente realizar ninguna acción que no esté seguro de poder llevar a cabo con éxito". Así que, muy seguro de sí mismo, respondió a Khalid: "No queremos abrir fuego, pero a menos que hagas lo que te ordenamos, ciertamente lo haremos".

Este mapa muestra la situación de la flota británica (azul) en el momento del ataque al Palacio Real durante la Guerra anglo-zanzibariana.

Este mapa muestra la situación de la flota británica (azul) en el momento del ataque al Palacio Real durante la Guerra anglo-zanzibariana.

Foto: CC

Cave sabía que no podría abrir fuego sin el permiso expreso del Gobierno británico. Por ese motivo envió un telegrama al Ministerio de Relaciones Exteriores mientras seguía dando ultimátums a Khalid ibn Barghash.

A las nueve de la mañana, el contraalmirante Harry Rawson, a bordo del HMS Saint George, ordenó al HMS Racoon, el HSM Thrush y el HSM Sparrow abrir fuego contra el palacio, que rápidamente quedó envuelto en llamas. A pesar de que el único barco que Khalid tenía fondeado en el puerto disparó contra el HMS Saint George, Rawson hundió el yate Glasgow sin problema alguno. A las nueve y cuarenta minutos de la mañana, y a pesar de la corta duración del combate, ya había quinientas bajas entre las filas del ejército de Khalid y tan solo un marinero británico resultó gravemente herido. Con la carretera principal cortada, a Khalid ibn Barghash no le quedó otro remedio que entregarse, pero en medio de la confusión pudo escapar y solicitó asilo político en el consulado alemán. A pesar de que Gran Bretaña pidió en reiteradas ocasiones al Gobierno alemán la extradición de Khalid ibn Barghash, el 2 de octubre la marina alemana lo trasladó de manera clandestina hasta Dar es Salaam, la actual capital de Tanzania, donde vivió hasta hasta que fue arrestado por los británicos en 1916, durante la Primera Guerra Mundial. Khalid fue llevado, primero a las islas Seychelles y posteriormente a la isla de Santa Elena, para finalmente acabar sus días en Mombasa, en la costa de la actual Kenia, donde murió en el año 1927.

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