El ascenso de los Reyes Católicos

La Guerra de Sucesión Castellana

Entre 1475 y 1479, el reino de Castilla se vio inmerso en una lucha por el poder que enfrentaba a los partidarios de la futura Isabel la Católica con los de su sobrina Juana, llamada "la Beltraneja". En juego no estaba solo quién era la heredera legítima de la corona, sino las alianzas y áreas de influencia del reino.

Isabel la Católica

Isabel I de Castilla representada en una parte del cuadro apodado "La Virgen de la mosca", de 1520 y de autor desconocido.

Foto: CC

En 1474, Enrique IV de Castilla murió tras doce años de conflicto provocado por la herencia de la corona: las dos candidatas eran su hija Juana e Isabel, su media hermana por parte de padre. La decisión dividía a la nobleza castellana, ya que no se trataba solo de escoger a la nueva reina sino también las alianzas internacionales y las aspiraciones del país. La elección de Juana, casada con el rey de Portugal, significaba consolidar el control sobre la costa atlántica de África, disputada entre ambos reinos; mientras el matrimonio de Isabel con el heredero de la corona de Aragón –que sería conocido como Fernando el Católico– era una apuesta por la influencia en el Mediterráneo.

La enfermedad final del rey Enrique precipitó este conflicto sucesorio: Isabel, apoyada por la mayoría de la nobleza y por el reino de Aragón, había sido designada sucesora por su hermano. Por su parte, Juana contaba con el respaldo de las vecinas Portugal y Francia, que temían que la unión de los reinos de Castilla y Aragón diera como resultado un adversario demasiado poderoso en sus respectivas pugnas por la costa africana e Italia. Sin embargo, sobre ella pesaba la sospecha de no ser hija natural del rey, sino de su valido Beltrán de la Cueva, por lo cual ha pasado a la historia con el nombre de Juana la Beltraneja.

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Juego de tronos en Castilla

Apenas muerto el monarca anterior, en diciembre de 1474, los partidarios de Isabel la proclamaron reina; los de Juana, por su parte, buscaron el apoyo del rey Alfonso V de Portugal, invitándole a casarse con ella y reclamar la corona conjunta de Castilla y Portugal en mayo de 1475. Como resultado estalló la Guerra de Sucesión Castellana, que determinaría no solo el rumbo de los reinos implicados sino también de la historia mundial.

A pesar de que ambos bandos disponían de un poderío militar notable, el bando juanista no contaba con suficientes apoyos en Castilla y concentró sus esfuerzos en la zona fronteriza con Portugal, sin poder avanzar para unir fuerzas con el ejército de Francia: Luis XI había enviado tropas para intentar forzar su entrada en la península a través del Reino de Navarra, pero estas fueron rechazadas; el rey francés, ocupado en su propia guerra contra el Ducado de Borgoña, renunció a intervenir de nuevo en el conflicto.

La Guerra de Sucesión Castellana enfrentó a los partidarios de los Reyes Católicos y a aquellos que apoyaban a Juana "la Beltraneja", sobrina de Isabel.

En marzo de 1476, el ejército de Alfonso V se encontró frente a frente con los isabelinos en las afueras de Toro, no muy lejos de la frontera con Portugal: aunque la batalla terminó sin una victoria militar decisiva para ninguno de los bandos, el rey portugués pudo comprobar la falta de apoyos a su causa y tres meses después decidió retirarse a su país junto con su ejército y la propia aspirante al trono, tras firmar una tregua con Isabel y Fernando. Esta retirada tuvo un impacto decisivo en la moral de los juanistas: buena parte de las ciudades y nobles que habían apoyado a Juana se pasaron al bando isabelino, con lo que la guerra en Castilla podía considerarse perdida.

El castillo de Zamora, ciudad que fue escenario de los enfrentamientos entre las tropas juanistas e isabelinas.

El castillo de Zamora, ciudad que fue escenario de los enfrentamientos entre las tropas juanistas e isabelinas.

A pesar de la desintegración progresiva del bando juanista, la guerra continuó oficialmente hasta 1479, aunque reducida a enfrentamientos en la frontera portuguesa y en el Atlántico, principalmente en la costa de Guinea. El golpe final no lo dieron los cañones, sino el Papa: ambas aspirantes al trono se habían casado con sus primos, para lo cual se necesitaba una bula papal; Isabel y Fernando habían conseguido que su boda fuese finalmente legitimada, mientras que la de Juana y Alfonso fue anulada.

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En 1469, el destino de los reinos de Aragón y Castilla quedó unido mediante el matrimonio de sus príncipes, Fernando e Isabel, que pasarían a la historia como los Reyes Católicos. Sin embargo, esta boda contaba con la oposición del Papa y del rey castellano y solo pudo realizarse gracias a la falsificación de documentos, por lo que durante dos años su validez fue muy discutida.

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El precio de la paz

Viendo definitivamente frustradas sus aspiraciones al trono de Castilla, el rey portugués intentó obtener el acuerdo más beneficioso posible para su país. El pacto al que se llegó, materializado en el Tratado de Alcáçovas, daba seguridad a ambos bandos: Isabel y Fernando renunciaban a cualquier aspiración al trono portugués –sobre el que Isabel podía tener algún derecho, aunque remoto, por parte de su madre–, mientras que Alfonso renunciaba al de Castilla para él y sus sucesores, asegurando de facto la consolidación de Castilla y Aragón para los descendientes de los Reyes Católicos.

Más importante aún para Portugal fue obtener la tan anhelada supremacía en el Atlántico, garantizando su acceso a la costa de Guinea, donde conseguía oro y esclavos; mientras que solo las islas Canarias quedaron bajo control castellano. Finalmente, se acordó la boda de la infanta Isabel, primogénita de los Reyes Católicos, con el infante Alfonso de Portugal, entregándola junto con una rica dote que sufragaba el gasto que la corona portuguesa había invertido en la guerra.

El Tratado de Alcáçovas puso fin a la guerra. Juana la Beltraneja renunció a todos sus títulos y posesiones en Castilla y se exilió en Portugal hasta el fin de sus días.

Quien se llevó la peor parte fue, en cambio, Juana la Beltraneja: fue obligada a renunciar a todos sus títulos y posesiones castellanas –aunque siguió firmando hasta el final de su vida como “Yo la reina”–, a exiliarse a Portugal y se le dio a escoger entre dos alternativas humillantes para ella: casarse con el infante Juan, segundo hijo de los Reyes Católicos, cuando este alcanzase la mayoría de edad, o retirarse en un convento. Abandonada por sus partidarios, herida por lo que consideraba una afrenta a su dignidad y traicionada por su antiguo esposo, el cual consideraba que la había vendido a cambio de condiciones de paz más favorables para Portugal, decidió ingresar en el convento de Santa Clara en Coímbra hasta su muerte en 1530.

Registro de la notificación que los Reyes Católicos hicieron a su asistente en marzo de 1480 sobre el Tratado de Alcáçovas, firmado en la población homónima.

Registro de la notificación que los Reyes Católicos hicieron a su asistente en marzo de 1480 sobre el Tratado de Alcáçovas, firmado en la población homónima.

Foto: CC

El final de la Guerra de Sucesión Castellana tendría a medio plazo un impacto mucho mayor del esperado: privados del acceso a las riquezas de la costa africana, los Reyes Católicos empezaron a explorar nuevas rutas marítimas. Pocos años después, un navegante de nombre Cristóbal Colón presentó, primero a la corte de Portugal y después a la de Castilla, un ambicioso proyecto: llegar a las costas asiáticas cruzando el Atlántico, obteniendo acceso directo a los productos del Lejano Oriente sin tener que pasar por la mediación de los otomanos. Tanto Isabel la Católica como Juan II –sucesor de Alfonso V en el trono portugués– fueron reticentes a sus demandas, que además podían suponer por parte de Castilla una ruptura del Tratado de Alcáçovas por lo que se refería a la supremacía portuguesa en el Atlántico. Finalmente fueron los consejeros de Fernando el Católico quienes allanaron el camino para que Colón partiera en agosto de 1492, como almirante de una pequeña expedición que dos meses más tarde tocaría, sin saberlo aún, suelo caribeño.

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