Brutalidad con normas

Gladiadores, combates a muerte en el anfiteatro

Pese a su brutalidad y a que a menudo terminaban con la muerte, las luchas de gladiadores estaban sometidas a unas reglas y un ritual estrictos.

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Foto: Scala, Firenze

Los combates de gladiadores (munera gladiatoria) eran los más populares de todos los espectáculos que se ofrecían en Roma y en el Imperio. Todavía hoy estas luchas ejercen un gran atractivo sobre nosotros, fascinados por muchos de los aspectos que rodeaban los combates y la vida de los gladiadores. Libros, artículos, películas, series de televisión y muchos otros productos culturales aparecen cada año en el mercado para continuar alimentando el gusto por el tema. Por desgracia, a menudo extienden entre la opinión pública ideas erróneas sobre lo que en realidad era el espectáculo gladiatorio.

Cronología

Muerte en la arena

65 a.C.

Julio César ofrece un espectáculo con 320 parejas de gladiadores. El Senado limitará el número en el futuro.

22 a.C.

Augusto reforma los juegos. Establece un límite de 120 parejas y prohíbe ofrecer más de dos munera por año.

80 d.C.

Tito inaugura el Coliseo con unos impresionanates juegos de cien días en los que participan más de 9.000 gladiadores y fieras.

107-109 d.C.

Trajano, para celebrar sus victorias en la Dacia, organiza unos juegos de 123 días, con 10.000 gladiadores y 11.000 fieras.

404 d.C.

El emperador Honorio prohíbe la celebración de combates de gladiadores en el Imperio romano de Occidente.

Los combates de gladiadores han sido tradicionalmente mal interpretados por historiadores y estudiosos. Se han considerado espectáculos sangrientos, que terminaban siempre con la muerte de uno de los contendientes, cuando la verdad es que en la mayoría de los casos tanto el vencedor como el vencido salían de la arena con vida. Lo esencial del combate no era la muerte, sino la exhibición de destreza, fuerza y resistencia. El espectáculo pretendía mostrar los valores de una sociedad muy militarizada que vivía por y para la guerra. En este sentido, podemos considerarlos como un deporte, al igual que el boxeo, la lucha y las artes marciales.

Los combates de gladiadores eran deporte y espectáculo, no una carnicería sin más. Las heridas, e incluso la muerte, eran algo inherente al oficio de gladiador. Las luchas en la arena permitían a la plebe olvidar los sinsabores de su vida diaria y decidir sobre la vida de otras personas, enviándolas a la muerte o perdonándoles la vida. Incluso permitían, si se tenía suerte en las apuestas, aumentar la riqueza y mejorar el bienestar. Actualmente, más de dos mil años después, gran parte de los espectadores de un partido de fútbol se apasionan por las mismas razones: sentirse poderosos al gritar a los jugadores rivales o al árbitro, e intentar hacerse ricos mediante las quinielas.

Coliseo de Roma

Coliseo de Roma

El Coliseo de Roma. Vespasiano empezó la construcción de este monumental anfiteatro, que concluyó su hijo Tito en el año 80 d.C. El emperador inauguró el edificio con los juegos gladiatorios más fastuosos que Roma había visto.

Foto: Harald Nachtmann / Getty Images

Todo un día de diversión

En realidad, las luchas de gladiadores eran sólo una parte del espectáculo que se ofrecía a los espectadores en el anfiteatro. La organización corría a cargo de un un empresario llamado editor y duraba toda una jornada, a veces varios días seguidos. Por la mañana tenía lugar la cacería de animales, a la que seguían los llamados juegos de mediodía. Era por la tarde cuando se celebraban los combates de gladiadores, sin duda lo que más atraía al público.

Los gladiadores salían a la arena con una indumentaria característica. Todos llevaban protecciones similares: tiras de cuero en piernas y brazos (fasciae); placas metálicas que protegían los brazos y el hombro (manicae), y cascos o yelmos para proteger la cabeza (galea). También llevaban un taparrabos (subligaculum) y una especie de cinturón llamado balteus. Por lo demás, siempre combatían con el torso desnudo y descalzos, como se aprecia en los restos gráficos y arqueológicos, caso, por ejemplo, de los esqueletos exhumados en el cementerio de Éfeso.

estatuilla gladiadores

estatuilla gladiadores

Dos gladiadores enfrentados. Figurita de terracota. Museo Nacional Romano, Tarento.

Foto: Scala, Firenze
gladiadores 2

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El gladiador vencido aguarda el veredicto final, mientras el ganador mantiene la espada en alto. Relieve del siglo I a.C. localizado en 2006 en Capena, al norte de Roma.

Foto: AP Images / GTRES

En lo que sí se distinguían era en las armas que utilizaban y, en consecuencia, en el modo de combatir. Existían, en efecto, diversos tipos de gladiadores, cada uno con una denominación propia, aunque se pueden englobar en dos grupos generales, según emplearan armamento pesado o ligero. En época imperial, en el primer grupo se contaban el secutor, el hoplomachus y el murmillo, caracterizados por llevar escudos –por lo que se los denominaba en conjunto scutarii– y espadas. En el segundo grupo, el de los parmularii, destacaban el reciario (retiarius), que luchaba casi desnudo, con una red, tridente y puñal; el thraex o tracio, que combatía con un pequeño escudo redondo y una pequeña espada curva, y el galo (gallus), armado con escudo rectangular, tridente y espada corta, aunque no existe acuerdo en detallar sus armas.

No era frecuente que en la arena se enfrentaran gladiadores de la misma categoría y armamento. Precisamente el interés del combate residía en la originalidad y en las diferencias de técnicas y armas. Existía una especie de ley de compensación, puesto que lo que a uno de los participantes le sobraba de armamento defensivo le faltaba al otro, quien disponía a su vez de armas ofensivas que el otro no tenía. Así el combate era mucho más atractivo e interesante para el espectador.

En todo caso, el nivel de destreza de ambos rivales tenía que ser similar. La igualdad en la lucha y lo impredecible de las apuestas era lo que entusiasmaba a la gente y la mantenía pendiente del espectáculo. Los propios gladiadores pedían emparejamientos igualados, en los que el resultado fuese lo más incierto posible. Consideraban un insulto tener que enfrentarse a un rival inferior y de menos experiencia. Todo esto debía tenerlo en cuenta el editor, que antes del inicio del desfile hacía el emparejamiento de los gladiadores. En el caso de que estuviera presente el emperador, podía hacerlo él mismo o el público. Con todo, hay que recordar que también había luchas entre varios adversarios e incluso combates en masa (gregatim), que se distinguían del combate individudal o monomachia.

gladiadores 3

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Esta escena de un mosaico de la localidad alemana de Nennig muestra a un retiarius que ataca con su tridente a un secutor que se protege con su escudo largo y su casco. En medio, el árbitro, con su vara, los vigila atentamente.

Foto: BPK / Scala, Firenze

¡Empieza el combate!

Tras los emparejamientos, se iniciaba el calentamiento (prolusio), en el que los gladiadores intercambiaban golpes con armas romas de madera. Al igual que ocurre hoy con los equipos de deportes profesionales (fútbol, tenis, etc.), el calentamiento servía ya de atracción para el espectador. A continuación, y mientras se disponía a salir la primera pareja, el editor mostraba las armas que se iban a utilizar y probaba su calidad y agudeza.

Concluidos los preliminares, aparecían sobre la arena los dos primeros combatientes. Junto a ellos iban dos árbitros: el principal (summa rudis) y el auxiliar (secunda rudis). Los acompañaban los lorarii o incitatores, que portaban una fusta (lora) o un hierro candente para estimular a los que no combatían con la intensidad requerida. Todos saludaban con una inclinación de cabeza al editor, y éste daba la señal para que comenzara el combate.

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Tintinábulo o figurita fálica con campanillas, en forma de gladiador. Estos objetos se usaban para protegerse el mal de ojo y atraer la fortuna. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Foto: Scala, Firenze

La lucha se regía por unas reglas. Los aficionados no iban a contemplar una matanza, sino a ver la destreza acrobática, la preparación y agilidad, el manejo de las armas, la valentía y la virtud de los gladiadores. Para ello era necesario respetar escrupulosamente las normas y el «juego limpio». Así, si uno de los gladiadores perdía un arma por mala suerte, se hacía una pausa para que la recuperase. No había asaltos, el combate era sin paradas. El cansancio y el tipo de armas que llevaba cada gladiador (pesadas o ligeras) determinaban la duración del mismo. Normalmente el ataque se hacía de inmediato (prima manus), pero si se fallaba se hacía un segundo ataque (secundae manus), e incluso un tercero (tertiae manus) o un cuarto (quartae manus). Esto ocurría cuando los primeros ataques únicamente eran «amagos» o fintas para despistar al rival. Para ello, se requería una gran habilidad con la espada.

Según Séneca, el público participaba en el combate alentando a sus gladiadores con gritos como «golpea», «mata», «quema», y otros como «tocado, le ha tocado» (habet, hoc habet!) cuando un golpe alcanzaba su objetivo. El público también intervenía alertando a uno de los gladiadores de los manejos de su adversario, o incluso sugiriéndole iniciativas, manifestando así sus preferencias o entusiasmo por uno u otro tipo de gladiador.

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Este relieve muestra a un gladiador perfectamente pertrechado y listo para combatir. Museo Arqueológico de Éfeso.

Foto: Mauricio Abreu / Alamy / ACI

Sentencia de vida o muerte

El combate terminaba cuando uno de los contendientes moría luchando o se rendía. Otra posibilidad era que la lucha se prolongase durante mucho tiempo sin que ninguno se rindiera; en este caso, el combate se paraba y ambos salían de la arena con la calificación de stans missus (en pie indultado). Sin embargo, este desenlace era poco frecuente.

El gladiador derrotado manifestaba su voluntad de rendirse extendiendo el dedo índice de la mano que sostenía el escudo, que ya había tirado al suelo. En ese momento, el árbitro detenía el combate de inmediato, interponiéndose con su vara entre ambos luchadores, tal y como se hace en los combates de boxeo y artes marciales actuales. Si uno de los gladiadores resultaba gravemente herido debía rendirse; si no lo hacía, el árbitro paraba el combate.

En cualquiera de los casos, tras la rendición, el editor tenía la última palabra sobre la vida del gladiador vencido. Podía otorgarle el perdón o missio, o bien instar al vencedor a que le diera muerte. El editor sopesaba bien su elección, puesto que él había contratado a los gladiadores y su muerte le costaba mucho dinero, mientras que, por otro lado, debía tener en cuenta el sentimiento de los espectadores, que no siempre se decantaban por la clemencia.

Coliseo de Roma 2

Coliseo de Roma 2

La imagen muestra la arena del anfiteatro Flavio, donde tenían lugar los combates. Debajo se aprecia el intrincado laberinto de estancias que componían el sótano del edificio, donde los gladiadores y las fieras esperaban su turno.

Foto: Maurizio Rellini / AWL Images

Missio o iugula

El gladiador derrotado, por su parte, hacía lo posible por mantenerse en pie (stans) hasta que se pronunciaba el veredicto. Mantenerse en pie era para los espectadores y el editor un signo de que había luchado bien; por el contrario, quedarse en el suelo era manifestación de debilidad y de que se merecía la muerte. Mientras esperaban el veredicto del editor, el vencedor adoptaba una pose victoriosa con la espada en alto preparada para dar el golpe fatal, en tanto que el vencido ponía las manos juntas detrás del cuerpo y el escudo en el suelo.

Si la mayoría del público pedía el perdón, el editor agitaba un extremo de la toga o un trapo (mappa) a la vez que gritaba missio, «perdonado» o «indultado». En cambio, si decidía su muerte gritaba « degüéllalo» (iugula) y, con el puño cerrado, se pasaba el pulgar por la garganta, de izquierda a derecha, simulando el gesto de degollar a alguien. (El gesto del pulgar hacia abajo, popularizado por el cine, se debe a una mala traducción de la expresión latina pollice verso, que significa en realidad «con el pulgar vuelto [hacia la yugular]»). Si el combate se llevaba a cabo en Roma y estaban presentes las Vestales (las sacerdotisas de Vesta), solían ser éstas las que decidían sobre la vida o muerte del gladiador vencido, atendiendo a la opinión mayoritaria de los espectadores.

Según el especialista francés Georges Ville, durante el siglo I d.C. moría en combate el diez por ciento de los gladiadores. Además, a un veinte por ciento de los derrotados se les negaba el perdón y eran rematados por su rival. Durante los siglos II y III, la mortalidad se incrementó. El 25 por ciento de los gladiadores moría durante la lucha, y el 50 por ciento de los perdedores que se rendían aún vivos veían negado el perdón. Se ha sugerido que la razón de que las luchas se volvieran aún más sangrientas se encuentra en un hecho ocurrido en el año 90, durante el reinado de Domiciano, cuando un vencedor se negó a ejecutar al vencido. Desde entonces se impuso la costumbre de que fuesen los vencedores quienes decidiesen la suerte del vencido. Paradójicamente, su decisión tendió a ser la de matar al perdedor, lo que explicaría el aumento de la mortalidad en los siglos II y III.

gladiadores 6

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En la pintura "Pollice verso" de Jean-Léon Gérôme, de 1872, el público pide la muerte del vencido con el pulgar hacia abajo, un gesto que nunca usaron los romanos.  Phoenix Art Gallery.

Foto: Bridgeman / ACI

Pero el perdón no sólo dependía de la actitud durante el combate. Los luchadores más veteranos y los más famosos tenían más posibilidades de obtener la missio cuando eran derrotados. La mayor parte de los gladiadores moría antes del décimo combate, aunque los que llegaban a esa cifra eran ya muy famosos y tenían muchos admiradores que siempre solicitaban su perdón si eran derrotados.

Si el veredicto era el perdón, el derrotado abandonaba la arena por su propio pie y era trasladado a la enfermería (saniarium) para que le curaran las heridas. Si el fallo era «degüéllalo», el vencido ofrecía su garganta al vencedor y éste le degollaba de un tajo limpio. Si el vencido no estaba en condiciones de poder mostrar la garganta y no se podía mover, el vencedor hundía su espada junto al hueco del omóplato izquierdo, atravesando el corazón. A continuación entraban en la arena dos personajes que se dirigían hacia el cadáver. Iban disfrazados, uno como el dios Mercurio en su advocación de psicopompo o conductor de almas (con túnica hasta por encima de las rodillas y un gorro con alas) y el otro como Dis Pater, un ser infernal al estilo etrusco.

Mercurio llevaba en la mano un hierro candente que aplicaba sobre el vencido para comprobar que estaba realmente muerto. La aparición de estos personajes en escena era, sin duda, uno de los momentos más esperados por los espectadores. En su trayecto hasta el difunto hacían bromas y gestos para deleite del público. Si el muerto se estremecía al aplicarle el hierro candente, le daban martillazos en la cabeza hasta que dejaba de moverse. Si no se movía, sólo le daban tres mazazos en la cabeza. Luego se le subía a una litera y era llevado simbólicamente hasta el Averno, es decir, a los infiernos.

A continuación, todos los personajes abandonaban la arena por la Porta Libitinensis y llevaban el cadáver del gladiador a un lugar llamado spoliarium porque en él se le despojaría de las prendas y armas que lo cubrían. Pero antes le volvían a cortar el cuello para garantizar oficialmente su muerte y le extraían la sangre, que embotellaban en frascos para venderla. Existía la creencia de que la sangre de gradiador era un remedio para la esterilidad, la impotencia, la epilepsia y otros muchos males. Así, el comercio con la sangre de gladiador, al igual que con las armas u objetos que hubiera usado, se convirtió en un negocio muy lucrativo.

Un entierro digno

Inmediatamente después, al gladiador fallecido se le quitaba la armadura y la ropa. El cuerpo se entregaba a quien lo reclamaba, normalmente su esposa, un hermano o un miembro de su comunidad o familia gladiatoria. Esta persona se encargaba de su entierro y de su funeral. Si había varios fallecidos de una misma familia gladiatoria, todos los entierros y funerales se hacían en el mismo sitio y a la misma hora. Un claro ejemplo lo tenemos en el cementerio de Éfeso. Si nadie reclamaba el cadáver de un gladiador, el difunto era enterrado por el colegio de gladiadores de la ciudad en la que caía o por algún rico admirador.

La suerte del vencedor era muy distinta. Aún en la arena, se quitaba el yelmo y saludaba al público, efectuando el típico gesto de victoria de los gladiadores: alzar el puño que aferraba la espada o gladius. Entonces se le daba un manto de color púrpura y el triunfo. También le entregaban la palma de la victoria, una corona de laurel y una bandeja de plata. Luego realizaba una vuelta al ruedo, en la que recibía los aplausos y vítores de los aficionados y recogía los premios (monedas, regalos, etc.) que le arrojaban desde las gradas. Además, recibía también una recompensa en metálico del editor. Por último, al final de la jornada participaba en una fiesta pública en la que él y los demás gladiadores victoriosos recibían el homenaje de sus innumerables admiradores.

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gladiadores en pompeya

gladiadores en pompeya

Este fresco muestra  los altercados ocurridos en Pompeya en 59 a.C. entre los asistentes a un espectáculo de gladiadores. Poco después, el Senado romano prohibió estos festejos en la ciudad campana. 

Foto: Raffaello Bencini / Bridgeman / ACI

Luchas que creaban adicción

Los combates de gladiadores eran fascinantes para quienes los contemplaban. San Agustín cuenta cómo en el año 390 Alipio, un joven cristiano y contrario a los munera, fue forzado por sus amigos a acudir a uno de esos espectáculos en Roma. Inicialmente, Alipio mantuvo sus ojos cerrados en la grada del Coliseo, pero, al escuchar el impresionante clamor del público, no pudo evitar abrir los ojos. Sea lo que fuese lo que vio, le cautivó y le cambió por completo, y desde entonces se convirtió en uno los máximos seguidores de aquellos espectáculos. La pasión era general. Cuando se ofrecía un munus en cualquier ciudad, todo el mundo iba a verlo, dejando desiertos casas y barrios; durante una carestía de grano a finales del siglo IV, el pueblo pedía juegos antes que grano.

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teatro de éfeso

teatro de éfeso

El teatro de Éfeso, con capacidad para 25.000 espectadores, fue usado no sólo para representaciones teatrales, sino también para espectáculos gladiatorios y luchas de fieras. 

 

Foto: Shutterstock

Un cementerio de gladiadores

En un foso cercano al teatro de Éfeso se ha hallado un cementerio de gladiadores. Han aparecido los restos de 68 individuos, 67 hombres y una mujer. Todos fueron enterrados allí en el siglo II d.C. Los varones tenían entre 20 y 30 años, y su estatura media era de 1,68 m, la normal en esa época. La mujer murió cuando tenía unos 45 o 55 años y medía 1,59 m. En la misma fosa se halló una lápida con el nombre de un lanista o entrenador de nombre Euxenius, de 55 años. El área excavada es de tan sólo unos veinte metros cuadrados, y aunque ninguno de los esqueletos estaba completo, las calaveras, dientes y huesos de brazos y piernas descubiertos han sido suficientes para reconstruir las condiciones de nutrición y trabajo en que vivieron estas personas.

Este artículo pertenece al número 199 de la revista Historia National Geographic.