Sangre en la arena

Gladiadores de leyenda, el mayor espectáculo de Roma

Los combates de gladiadores nacieron como una ceremonia funeraria, pero con el tiempo se convirtieron en un espectáculo que apasionaba a todos los romanos

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El anfiteatro de los Flavios. Iniciado por Vespasiano en el an~o 70 y acabado por Tito diez an~os despue´s, el Coliseo se convirtio´ en el anfiteatro ma´s grande del mundo, con capacidad para 50.000 espectadores.

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Las luchas de gladiadores fueron la gran pasión colectiva de los romanos de la Antigüedad, su «deporte nacional». Una multitud llenaba los anfiteatros cuando había juegos, olvidando de repente todo lo demás. 

Las calles quedaban desiertas, hasta el punto de que el emperador Augusto se vio obligado a montar un dispositivo especial de guardias para salvaguardar los bienes de los que habían acudido al espectáculo que podían ser objeto de robo o rapiña. Ninguna otra diversión podía rivalizar con la de los gladiadores; en 164 a.C., los asistentes a una representación de La suegra, una obra de Terencio, dejaron el teatro para correr a ver un combate de gladiadores que tenía lugar cerca de allí. 

El espectáculo gladiatorio fascinaba por igual a hombres y mujeres, a patricios y a plebeyos, a los habitantes de Roma y a los de los últimos confines del Imperio. Esta afición por las luchas de gladiadores se remonta muy atrás en la historia de la cultura romana. Existen varias tesis sobre su origen. Según una de ellas, en tiempos antiguos los romanos tenían la costumbre de sacrificar hombres, generalmente prisioneros, sobre la tumba de personajes importantes o grandes guerreros; su propósito era aplacar con sangre los espíritus de los muertos, pues existía la creencia de que las almas de los difuntos se alimentaban de la sangre vertida en los sacrificios. 

Lucanian fresco tomb painting of 2 warriors fighting, 3rd century BC, Paestum Archaeological Museum

Lucanian fresco tomb painting of 2 warriors fighting, 3rd century BC, Paestum Archaeological Museum

Los combates de gladiadores tuvieron su origen en los juegos funerarios realizados por algunos pueblos ita´licos. Arriba, guerreros samnitas en una tumba de Paestum. Siglo IV a.C.

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Con el tiempo, en sustitución del sacrificio humano, se habría introducido el combate de gladiadores en honor de un difunto. Otro posible origen se encontraría en los duelos rituales que se efectuaban con motivo de los funerales de algún personaje importante, atestiguados por las pinturas de las tumbas de Paestum en Campania (al sur de la península Itálica), del siglo IV a.C. Es posible que estos combates funerarios se introdujeran en Roma a través de los propios campanos o quizá por influencia de los etruscos

En todo caso, los primeros combates de gladiadores en Roma de los que tenemos noticia segura datan del siglo III a.C. El más antiguo es el que se realizó en 264 a.C. en los funerales de Décimo Junio Bruto Pera. Sus hijos Marco y Décimo ofrecieron tres parejas de gladiadores en el foro Boario o plaza del ganado. En 216 a.C. ya eran veintidós las parejas que los hijos de Marco Emilio Lépido ofrecieron en los juegos fúnebres en honor de su padre, y más tarde sesenta parejas combatieron en el espectáculo organizado en 183 a.C. con motivo de la muerte de Publio Licinio. 

Una forma de comprar votos 

Esta costumbre de celebrar combates de gladiadores en el funeral de alguien importante se mantuvo largo tiempo. En época del emperador Tiberio estalló un tumulto en Polencia (Pollenzo), en Liguria, porque la gente impidió que partiera del foro el cortejo fúnebre de un centurión hasta que los herederos del difunto facilitaron el dinero para que se organizara un combate de gladiadores. La revuelta fue reprimida por las armas, y la mayoría del pueblo y de los magistrados municipales fueron encarcelados de por vida. 

Casco de un murmillo  Museo Arqueológico Nacional de Nápoles 02

Casco de un murmillo Museo Arqueológico Nacional de Nápoles 02

Los diversos tipos de gladiadores llevaban una impedimenta característica. Arriba, casco de gladiador mirmilón. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

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Sin embargo, ya en tiempos de la República los combates de gladiadores empezaron a ser más que una ceremonia funeraria. En efecto, a la vista de la popularidad que había alcanzado el espectáculo, los magistrados y políticos se percataron de que podían utilizarlo como un instrumento para ganarse al pueblo y conseguir los votos de los ciudadanos en las elecciones para las distintas magistraturas del Estado. Cicerón afirmaba que los banquetes y los combates de gladiadores eran la forma más efectiva de pedir el voto, y eran pocos los políticos que podían jactarse de haber llegado a los más altos cargos sin dar al pueblo entretenimientos de este tipo. 

Por ejemplo, Julio César combinó hábilmente el motivo funerario con sus propios intereses políticos cuando en el año 65 a.C. organizó, para aumentar su popularidad, unos juegos de gladiadores en honor de su padre muerto veinte años antes. César quería unos juegos espectaculares y empezó a reunir a un número tan elevado de gladiadores que los senadores romanos temieron por su seguridad, puesto que años antes había tenido lugar la rebelión de Espartaco, el gladiador que puso en pie de guerra a más de 100.000 esclavos en Italia. En consecuencia, se aprobó una ley que limitaba el número de gladiadores que podían presentarse en los juegos organizados por una sola persona.

Nennig Roman Villa and Mosaics   51135290160

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En este mosaico de una villa romana de Nennig (Alemania) un gladiador reciario amenaza con su tridente a un secutor ante la mirada del árbitro. Siglo II.

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Poner límites a estos espectáculos no era sólo cuestión de orden público: la carrera entre los políticos por ofrecer espectáculos mayores que los precedentes suponía un coste económico cada vez más elevado. No obstante, el número de gladiadores que participaron en los juegos organizados por Julio César fue de 320 parejas. Años más tarde el mismo César dio un espectáculo de gladiadores en honor de su hija Julia, que también había muerto mucho antes. 

En época imperial siguió siendo esencial ofrecer juegos para alcanzar los cargos municipales. Del mismo modo, una vez en el desempeño de su magistratura, los políticos tenían la obligación por ley de organizar espectáculos gladiatorios y de otros tipos un número de días determinado al año. Se daban también juegos en honor del emperador, en conexión con diversas divinidades o para conmemorar victorias militares. Cada nuevo emperador pugnó por organizar unos juegos más espectaculares y extravagantes que los de su antecesor. Tito, por ejemplo, auspició en el año 80 unos fastuosos juegos para la inauguración del anfiteatro Flavio, más conocido como Coliseo; duraron cien días y en ellos murieron, según el historiador Eutropio, unas cinco mil fieras. Unos años después, en 107, Trajano celebró su victoria en la segunda guerra contra los dacios organizando unos juegos en Roma que duraron 123 días, en los que combatieron diez mil gladiadores y fueron abatidos once mil animales. 

Un día en el anfiteatro 

Para los soberanos, los juegos de gladiadores ofrecían un escenario privilegiado para estar en contacto con la gente. Al no existir los medios de comunicación de masas, el anfiteatro se convirtió en un espacio de relación entre el soberano y sus súbditos. El público pedía ver a su emperador, e incluso se atrevía a hacerle peticiones que podían ser atendidas o desestimadas. 

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Bajo la arena del anfiteatro Flavio, en Roma, Domiciano hizo construir unas estancias subterra´neas donde animales y gladiadores esperaban su turno para salir.

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Durante el Imperio, los espectáculos del anfiteatro fueron adoptando un orden regular hasta ofrecer un programa típico que combinaba cacerías de animales, ejecuciones de condenados y luchas de gladiadores. Antes del espectáculo, el público podía consultar el programa en carteles que se pintaban en las paredes de las calles, como uno de la ciudad de Pompeya que se ha conservado: «Veinte parejas de gladiadores ofrecidas por Décimo Lucrecio Satrio Valente, flamen [sacerdote] perpetuo de Nerón, hijo de César Augusto, y diez parejas de gladiadores ofrecidas por el hijo de Décimo Lucrecio Valente lucharán en Pompeya los días 8, 9, 10, 11 y 12 de abril. Habrá una cacería y toldos para protegerse del sol». 

Una vez en las gradas, el público asistía por lo general a la siguiente secuencia de espectáculos: por la mañana se ofrecían cacerías de fieras salvajes, llamadas venationes; hacia mediodía se procedía a la ejecución de criminales, mientras que la tarde se dedicaba a las luchas de gladiadores, que constituía el momento más esperado por los aficionados. Este programa tenía una fuerte carga simbólica, puesto que escenificaba el poder de la civilización sobre la barbarie. La exhibición de las fieras o animales más exóticos traídos de los confines del Imperio y la lucha contra ellos dejaba claro que Roma poseía el poder para dominar el mundo natural. 

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Lucha de gladiadores en un relieve del Museo Nacional Romano, Roma.

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A mediodía, el ajusticiamiento de criminales por diversos métodos era un ejemplo de lo que podía suceder a quienes se oponían a la ley romana. En las luchas de gladiadores, el público sabía apreciar la pericia de los combatientes, alabando sus logros y criticando sus defectos. Gozaba, además, de la prerrogativa de conceder al vencido el perdón o la muerte, mientras que para el vencedor cabía incluso la posibilidad de conseguir la libertad si ofrecía un buen combate. 

El momento álgido del combate 

Después de un desfile inicial, las parejas de gladiadores se enfrentaban entre sí. Se buscaba que los combates fueran equilibrados. Los combates más valorados eran los que enfrentaban al gladiador del tipo mirmilón, con escudo grande y espada corta, contra el tracio, provisto de escudo pequeño y espada curva. También era muy admirado el combate del secutor, con escudo grande y pesado y espada corta, como el mirmilón, frente al reciario, provisto de red, tridente y puñal. En los juegos de localidades de provincias combatían entre ocho y doce parejas por jornada, pero en los grandes espectáculos de Roma el número era mucho mayor. El combate de cada pareja estaba regulado por dos árbitros que se colocaban junto a los luchadores e interrumpían el combate si era necesario.

 Según los datos aportados por la experimentación arqueológica actual, parece que las luchas duraban entre tres y ocho minutos seguidos, si bien el árbitro podía hacer parar a los combatientes para que éstos reposaran un poco y continuar luego para prolongar el combate hasta, quizá, los diez o quince minutos. La tensión de la lucha a muerte, el peso de los cascos y la escasa capacidad para respirar adecuadamente durante mucho tiempo impedían que el enfrentamiento se prolongara demasiado.

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Varias parejas de gladiadores luchan mientras suenan instrumentos musicales. Mosaico hallado en Zliten (Libia). Museo Arqueolo´gico, Tri´poli.

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Cuando uno de los contendientes se rendía o recibía heridas que no le dejaban seguir, el árbitro principal paraba la lucha y sometía el destino del vencido al veredicto del público, que decidía si era perdonado o debía morir. Normalmente el organizador de los juegos tenía la última palabra, pero le convenía seguir la opinión de los espectadores para tenerlos a su favor. 

La desaparición de las luchas de gladiadores fue progresiva y se debió a diversas causas. Por un lado, estaba la insistente censura de los autores cristianos, que veían en los combates a muerte una crueldad intolerable e incompatible con su fe. Por otro lado, la crisis económica de finales del Imperio romano hizo que las élites locales y el gobierno central dispusieran de menos dinero para pagar los juegos, y éstos se concentraron en los lugares más poblados, como las capitales de provincia.

Nennig Roman Villa and Mosaics   51135290075

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Durante los enfrentamientos había músicos que tocaban varias melodías. Los intrumentos eran trompetas rectas y curvas, flautas y el hydraulis, un espectacular órgano de agua.

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Además, el favor del público acabó decantándose por las carreras de carros y por el teatro, frente a unos juegos de gladiadores, que en los siglos III y IV eran cada vez más brutales y en los que primaba la cantidad de luchadores sobre su calidad. En el año 399 se cerraron las escuelas de entrenamiento en todo el Imperio, y en el año 404 los juegos gladiatorios fueron abolidos formalmente por el emperador Honorio. El tiempo de las luchas a muerte en la arena ya era historia.