Una vida de novela

Giacomo Casanova, un hombre enamorado de su mito

El nombre de Giacomo Casanova está irremediablemente ligado a la fama de seductor y libertino. La vida de este aventurero, relatada por él mismo en su autobiografía, resulta sorprendente y en su época fue extremadamente escandalosa.

Giacomo Casanova

Foto: Colección privada (desconocida)

Amante, aventurero, diplomático, escritor y espía -entre otras muchas facetas-, Giacomo Girolamo Casanova parece un personaje sacado de una novela. Y lo cierto es que vivió como si lo fuera, aunque fue una persona de carne y hueso y es digna de estudio la pregunta de cuánto hay de real y cuánto de fantasioso en sus memorias.

Casanova aspiró durante toda su vida a dejar su nombre en la historia y al final lo logró, aunque no de la manera que habría deseado: sus obras de éxito fueron precisamente las autobiográficas, mientras que la mayoría de su copiosa producción -que incluía desde traducciones de clásicos como la Ilíada hasta tratados de muy variados temas- fue recibida sin demasiado entusiasmo. Fue un hombre que se enamoró de su propio mito, que había creado para hacerse un lugar en el mundo, hasta terminar sometido a él.

Juventud impetuosa

Giacomo Casanova nació el 2 de abril de 1725 en Venecia, en el seno de una familia bienestante pero no perteneciente a la nobleza. El sentirse excluido de la esfera más alta de la sociedad por razón de nacimiento fue siempre un gran peso para él, tanto que llegó a afirmar ser fruto de una aventura que había tenido su madre con un miembro de los Grimani, una de las familias más importantes de la aristocracia veneciana. Aunque nunca pudo probar esta afirmación, parece que no estaba falta de fundamento puesto que, al quedarse huérfano de padre, los Grimani le ofrecieron su protección.

Placa Casanova en Venecia

Placa Casanova en Venecia

Placa en la calle Malipiero (antigua calle della Commedia) en la que nació Casanova.

Foto: CC (Adriano)

Tras cursar estudios de derecho en Padua empezó a trabajar al servicio de abogados y diplomáticos, lo que le ofrecía una oportunidad de viajar por toda Europa. En esos viajes empezó a cultivar la fama de libertino que le acompañaría toda la vida, demostrando a menudo que le interesaban más las mujeres que los asuntos que le habían traído al lugar y protagonizando escándalos de cierta magnitud: tuvo amoríos con mujeres casadas, se enamoró de una cantante que se hacía pasar por castrato para ganarse la vida y dio cobijo en la residencia de un cardenal a una chica que se había fugado de casa, por citar algunas de sus aventuras más célebres.

En 1755, Casanova fue arrestado por los inquisidores venecianos bajo la acusación de “libertinaje” y encerrado en los Piombi, los calabozos del Palacio Ducal

El problema de Casanova no eran tanto estos hechos cuanto el hecho de no llevarlos con discreción; en otras palabras, exhibir una conducta considerada sumamente indecente y que podía incitar a otros a imitarle. Esto le valió muchos enemigos y denuncias anónimas hasta que en 1755, cuando tenía treinta años, fue arrestado por los inquisidores venecianos bajo la acusación de “libertinaje” y encerrado en los calabozos del Palacio Ducal de Venecia, llamados Piombi -Plomos- porque el techo estaba fabricado con este material.

Su cautiverio no duró mucho: en compañía de otro preso, escapó de la celda a través de un agujero practicado en el techo de su celda, escaló hasta el tejado y se coló en el interior del palacio por una buhardilla. Una vez dentro, actuó como si fuera un invitado que se había perdido entre las habitaciones y consiguió que un empleado les dejara salir, subieron a una góndola y desaparecieron en medio de la noche. Muchos años después, Casanova relató esta aventura en Historia de mi fuga de las prisiones de la República de Venecia, llamadas los Plomos.

Piombi Palacio Ducal

Piombi Palacio Ducal

Los Piombi constituían el "piso noble" de las prisiones venecianas. Situados justo debajo del techo, eran menos húmedos y gozaban de luz natural.

Foto: CC

Una vida a la fuga

Los inquisidores, que no podían consentir una burla semejante, se lanzaron a su búsqueda y captura obligando a Casanova a huir fuera de las fronteras de la República de Venecia. No fue hasta dieciocho años después que se le concedió un indulto, pero el aventurero ciertamente no los desaprovechó. Viajó por toda Europa y a pesar de ser un hombre perseguido raramente pasó penurias, más bien al contrario.

Si un don tenía Giacomo Casanova era el de la actuación, tal vez aprendido de sus padres, actores ambos, pero unido a un innegable magnetismo personal. A lo largo de sus años de exilio conoció a todo tipo de personalidades como Voltaire, Wolfgang Amadeus Mozart, Benjamin Franklin, el papa Clemente XIII, el rey prusiano Federico el Grande y la zarina Catalina la Grande. La relativa facilidad con que conseguía ser recibido en las más altas esferas resulta especialmente notable si se tiene en cuenta que, por mucho que lo reivindicara, él no pertenecía a la aristocracia y era además un prófugo.

A lo largo de sus años de exilio Casanova conoció a todo tipo de personalidades gracias a que tenía un gran carisma personal, una vasta cultura y una vida repleta de aventuras y anécdotas

Por una parte es indudable que Casanova tenía gran carisma personal, una vasta cultura y una vida repleta de aventuras y anécdotas que sabía explicar de manera brillante. Por otra, sabía utilizar su polémica fama a su favor para despertar la curiosidad de la gente, tenía un don especial para brillar en sociedad y regularmente podía conseguir invitaciones que le permitían aumentar su red de contactos. Finalmente, hay que mencionar su adhesión a la masonería como un movimento estratégico –así lo afirmaba en sus memorías– que le permitía acceder a personajes importantes que también formaban parte de ella.

Es innegable que a veces utilizaba su carisma para aprovecharse de la gente, especialmente de algunas mujeres. Así le sucedió por ejemplo a la marquesa de Urfé, una noble francesa con la que mantuvo una larga relación durante su estancia en París: la marquesa, locamente enamorada de él, puso a su disposición grandes sumas de dinero para inventir en proyectos como una lotería nacional o una manufactura de tejidos que fracasó estrepitosamente. Por otro lado, es igualmente cierto que en más de una ocasión Casanova usó sus contactos y su ingenio para ayudar a sus amistades a salir airosas de situaciones complicadas. Él mismo reconocía en sus memorias: “Comienzo declarando al lector que, en todo cuanto he hecho en el curso de mi vida, bueno o malo, estoy seguro de haber merecido elogios y censuras, y que, por tanto, debo creerme libre”.

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En 1774 le llegó finalmente el indulto y Casanova pudo regresar a su Venecia natal tras 18 años exiliado. Sorprendentemente, una de las primeras cosas que hizo fue acudir ante los inquisidores para ofrecerles sus servicios como espía, un “trabajo” que ya había ejercido durante el exilio. Resulta sin duda extraño que se ofreciera como informante a la misma institución que lo había apresado y perseguido, y es muy probable que quisiera simplemente sacarles dinero. Las informaciones que conseguía no eran muy comprometedoras, una ineficiencia muy sospechosa para alguien con su talento y carisma; seguramente los inquisidores pensaron lo mismo puesto que terminaron prescindiendo de él por “escaso rendimiento”.

Su carácter transgresor le jugó una última mala pasada cuando, ofendido por uno de los Grimani, la familia que le había dado protección, decidió vengarse públicamente: publicó un pamfleto en el que, bajo una pátina mitológica, reivindicaba ser el hijo natural de Michele Grimani y que quien le había ofendido era fruto de una infidelidad. Fuese cierto o no, una familia de tanto renombre no podía perdonar una ofensa así y en 1783 Casanova fue condenado al segundo y definitivo exilio. Se instaló primero en Viena y después en Dux (actual Duchkov, en la República Checa), trabajando como bibliotecario en el castillo del conde de Walstein, donde murió el 4 de junio de 1798. Para añadir una última pátina de misterio a su vida, no se sabe con certeza donde fue enterrado.

Castillo de Duchkov

Castillo de Duchkov

El castillo de Duchkov, última residencia de Casanova.

Foto: CC (Stephencdickson)

Memorias de un seductor

Los últimos años de Casanova fueron tristes y vacíos de la aventura que había gobernado su vida. Para compensar el hastío que sentía se dedicó a una intensa actividad literaria, aprovechando la gran cultura que había adquirido en sus viajes por Europa. Pero lo cierto es que la mayoría de sus obras pasaron sin pena ni gloria, a excepción de aquellas de carácter autobiográfico, en las que narraba su vida aventurera y libertina, y que forjaron su imagen para la posteridad. Entre muchos textos dedicados a episodios concretos, como su fuga de la prisión de los Piombi, destaca su autobiografía Memorias de J. Casanova de Seingalt escritas por él mismo, más conocida como Historia de mi vida.

Las memorias de Casanova causaron un gran escándalo, no solo por lo que explicaban sino porque implicaban a muchas figuras de la alta aristocracia que, aunque a menudo disfrazadas con seudónimos, eran fácilmente reconocibles por la cantidad de detalles que se daban en la narración. No se publicaron hasta 1825, más de dos décadas después de su muerte y en una versión muy censurada; y no fue hasta mediados del siglo XX cuando se publicó la versión integra. Durante décadas, todas las obras de Casanova se incluyeron en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia.

Del estudio de su obra se ha podido deducir que Casanova en ocasiones no solo exageró sino que se inventó algunas de sus aventuras porque vio que vendían bien

Resulta difícil decir cuánto hay de verdad en todo lo que Casanova narra en sus memorias, cuánto de exageración voluntaria y cuánto de apego a su propio mito. Del estudio de su obra se ha podido deducir que en ocasiones no solo exageró sino que se inventó algunas de sus aventuras porque vio que vendían bien y, al fin y al cabo, lo que publicaba suponía un valioso complemento a su sueldo de bibliotecario. En particular, hoy en día la mayoría de estudiosos de Casanova consideran que exageró su fama de seductor y seguramente no tuvo las más de 120 amantes que afirma en su biografía; además, con varias de sus compañeras mantuvo relaciones duraderas y de sincero afecto.

Es posible que quisiera, además de grabar su nombre en la historia, revivir y embellecer los recuerdos de su juventud perdida. Lo cierto es que, a pesar de que se relacionó con la alta sociedad y las mentes más ilustres de su época, Giacomo Casanova siempre se sintió parcialmente excluido. En vida nunca obtuvo reconocimiento por sus publicaciones, que abarcaban una gran variedad de temas, ni se le reconoció su reinvindicación de ser hijo de la aristocracia. En sus memorias, al menos, podía dejar su mito personal para la posteridad.

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