Entre la realidad y la ficción

Funerales vikingos, el misterioso viaje a la otra vida

Las prácticas y creencias funerarias de los vikingos son uno de los aspectos que menos conocemos sobre este pueblo. No parece existir una tradición común en el modo de enterrar a los muertos y en el destino que se suponía que les esperaba tras la muerte.

Funeral de un noble ruteno

Foto: CC

La crónica más vívida que tenemos de las prácticas funerarias de los vikingos es verdaderamente escalofriante y se refiere, precisamente, a la imagen por antonomasia del “funeral vikingo”: el guerrero que parte hacia la otra vida a bordo de un gran barco devorado por las llamas. Esta era en realidad una práctica muy exclusiva y limitada a los grandes jefes, puesto que un barco era una posesión muy valiosa incluso si era de fabricación modesta. Se desconoce también si estaba extendida geográficamente o era una particularidad de algunos grupos concretos.

Común o no, esa imagen estereotipada procede de la crónica de Ahmad Ibn Faldan, un emisario del califa abasí de Bagdad que fue enviado a tantear relaciones comerciales con los rus, un pueblo vikingo que se había establecido en la cuenca del Volga, cerca de la actual Kazán (Rusia). Durante su estancia Ibn Faldan tuvo la oportunidad de asistir al funeral de uno de sus jefes, un espectáculo que lo fascinó y horrorizó a partes iguales por su brutalidad.

Ahmad Ibn Faldan, emisario del califa de Bagdad, tuvo la oportunidad de asistir al funeral de un jefe vikingo; un espectáculo que lo fascinó y horrorizó a partes iguales por su brutalidad

El cronista explica que los festejos duraron diez días durante los cuales los hombres “honraron” a su jefe emborrachándose, violando a las esclavas y sacrificando animales a golpe de espada o arrancándoles la cabeza de cuajo. Mientras se hacían los preparativos para la ceremonia, el difunto era depositado en una especie de capilla provisional con comida, bebida y un instrumento musical para que pudiera entretenerse hasta el momento de su partida.

El día de la ceremonia una esclava, apenas adolescente, fue elegida para ser la “novia del difunto”, atada al lecho fúnebre junto a él y, tras ser violada por los hombres de la familia, una mujer que ejercía como “ángel de la muerte” (tal vez una representación de una valquiria) la mató a cuchilladas. Tras esto, el macabro cortejo fúnebre abandonó el barco y un hombre desnudo le prendió fuego. Ibn Faldan escribe que los rus, al observar lo alto que ascendía el fuego, comentaron que era una señal de que su jefe estaba complacido. Él desde luego no lo estaba tanto tras haber presenciado todo aquello y uno de los rus, al advertirlo, le espetó que los árabes debían de ser estúpidos por enterrar a sus muertos en lugar de darles una despedida espectacular como esa.

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En realidad, si algo llama la atención sobre las prácticas funerarias de los pueblos nórdicos es precisamente su heterogeneidad. Según el arqueólogo Neil Price, especialista en era vikinga, se han descubierto más de 10.000 tumbas de aquella época y a partir de ellas no se han podido establecer demasiados puntos en común. Difieren en el método de tratar los difuntos -algunos eran enterrados, otros cremados- y en todo lo referente a la propia tumba: materiales, forma, elaboración y contenido. Se pueden observar similitudes por regiones -especialmente en zonas más aisladas, como islas-, pero no hay dos tumbas iguales.

Uno de los pocos patrones comunes es que, de uno u otro modo, las tumbas tienen alguna relación con medios de transporte, principalmente barcos y, en menor medida, carros o trineos. Las cámaras funerarias a menudo recreaban estos transportes, bien construyéndolos físicamente -en versiones simplificadas- o bien de modo alegórico, por ejemplo con piedras que formaran la silueta de un barco. Estos espacios no necesariamente contenían el cuerpo del difunto, sino que podían servir también como una especie de nicho donde enterrar las cenizas.

El segundo elemento y tal vez el más desconcertante es el contenido de estas tumbas, lo que llamaríamos el ajuar funerario. De las sagas literarias se puede deducir una creencia común de que el difunto se llevaría al más allá todo lo que se enterrase con él o, en el caso de ser cremado, lo que ardiera en la pira junto con su cuerpo. Lo escalofriante del asunto es que no solo se refería a objetos, sino también a seres vivos que le “pertenecieran”, animales o incluso esclavos. Algunas tumbas han revelado indicios de escenas verdaderamente escabrosas, como caballos partidos por la mitad, perros de caza con el cráneo aplastado o esclavos sacrificados en la pira de su amo para que este pudiera valerse de ellos en la otra vida.

Tumba vikinga

Los llamados "barcos de piedra" son sepulturas vikingas cuya forma recuerda a una embarcación. Su existencia se remonta a mucho antes de la era vikinga, hasta la Edad de Bronce.

Foto: iStock/nika03

Un viaje misterioso

El hecho de que tantas tumbas aparezcan relacionadas de algún modo con medios de transporte parece apuntar a que los vikingos entendían la muerte como un viaje a alguna parte; sin embargo, sigue siendo un misterio cuál se suponía que era el destino de este viaje. Al igual que sucede con las prácticas funerarias, la información que se tiene sobre sus creencias de ultratumba es escasa, contradictoria y llena de lagunas.

Cuando uno intenta imaginar el Más Allá vikingo inevitablemente piensa en el famoso Valhalla, el gran salón de Asgard donde Odín recibía a los guerreros. Sin embargo, este es únicamente el destino de quienes habían muerto en batalla y solo de la mitad de ellos, ya que la otra mitad eran seleccionados por Freya y llevados al no menos espectacular Fólkvangr; se desconoce cuál era el criterio para dicho reparto o incluso si existía criterio alguno. Allí, unos y otros permanecerían bebiendo, comiendo y luchando para prepararse para la gran batalla de Ragnarök, que significaría el fin del mundo tal y como lo conocían.

Ragnarok

Esta xilografía de Johannes Gehrts representa Ragnarök, la batalla del fin del mundo entre los dioses y los héroes comandados por Odín y las fuerzas del caos dirigidas por Loki. Los vikingos creían que Ragnarök terminaría con la destrucción de casi todas las criaturas de la mitología nórdica, tras lo cual nacería un nuevo mundo.

Foto: CC

¿Pero qué sucedía con la gran masa de gente que no moría en combate? Las fuentes hablan al menos de otros dos reinos de ultratumba. Uno es llamado Hel, que por su etimología recuerda inevitablemente al término inglés hell, es decir, infierno. Sin embargo, de los textos no se puede deducir que sea un lugar necesariamente malo -de hecho, incluso algunos héroes de las sagas que no perecen en combate mencionan que tras su muerte les espera Hel- y posiblemente sea la contaminación del pensamiento cristiano lo que impulse a buscar un lugar que se pueda asociar al infierno.

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El otro lugar que se menciona en las fuentes es el llamado Helgafell, que significa “montaña sagrada”. De todos los reinos de ultratumba Helgafell este es el que parece más apetecible, ya que parece ser un lugar sin conflicto donde los muertos pasan la eternidad comiendo, bebiendo y conversando. En oposición al violento destino que les espera a los guerreros escogidos por Odín y Freya, podría tratarse del Más Allá de la gente corriente o bien de aquellos que habían llevado una vida virtuosa. Este sería, además, el único reino de ultratumba que existía en Midgard, el mundo de los humanos, y se creía que se encontraba en montañas solitarias, inaccesibles o con formas extrañas.

El destino último de las gentes vikingas se nos presenta todavía rodeado de incógnitas y, a pesar de la fama que la ficción le ha dado, es seguramente uno de los aspectos de los que menos sabemos acerca de estos enigmáticos, contradictotios y siempre fascinantes pueblos del norte.

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