Propiedad patrimonial

Los frisos del Partenón, más allá de la disputa entre Grecia y Reino Unido

La demanda de repatriación de propiedad patrimonial es un conflicto centenario que tiene su origen en épocas coloniales, pero que está más vivo que nunca en la llamada era de redención.

Frisos Partenón

Frisos Partenón

Portadores de Thymiaterion y Phiale. Bloque VIII del friso este del Partenón

Museo Británico / Wikimedia Commons

Hace unos días, el primer ministro británico, Rishi Sunak, canceló a última hora una reunión prevista en Londres con su homólogo heleno, Kyriakos Mitsotakis. El motivo fueron las declaraciones de Mitsotakis sobre la restitución de los relieves del Partenón.

El conflicto no es nuevo, pero el desplante de Sunak ha echado leña al fuego de las tensiones entre Grecia y Reino Unido por los frisos del Partenón, y vuelve a poner de actualidad la guerra cultural y diplomática por la propiedad patrimonial de los tesoros que se exponen en los grandes museos del mundo.

Los frisos del Partenón para griegos y británicos

Gran parte de las esculturas que decoraban la fachada del antiguo templo ateniense están en el Museo Británico desde el siglo XIX, y Grecia las reclama.

En Inglaterra, las piezas se conocen como los mármoles de Elgin, un eufemismo superlativo, pues fue Lord Elgin, embajador en Constantinopla, quien se los compró a los turcos a principios del siglo XIX en circunstancias aún polémicas (se pone en duda la legalidad de la adquisición).

Friso de las amazonas procedente del Mausoleo de Halicarnaso, en Turquía. Ahora se muestra en el Museo Británico.Wikimedia commons

El caso concentra todas las miradas. ¿Debe entregar –o devolver– el Museo Británico a Grecia los famosos relieves?

Las razones de cada bando

De un lado están los partidarios de la restitución, con el gobierno griego a la cabeza, apoyado por la marea postcolonial que crece día a día. Del otro, los defensores del statu quo (los que defienden que todo ha de quedarse donde está) y los nostálgicos del poder histórico del meridiano imperial, el que pasa por Greenwich.

De hecho, hay quienes ven en este caso el nudo gordiano del gran debate sobre la función, la legitimidad y la razón de ser de los museos en términos generales y del Museo Británico en particular, “el único lugar donde uno puede contemplar todas las culturas reunidas bajo un mismo techo”, afirmaba hace unos años con gesto inequívocamente nostálgico Neil MacGregor, historiador y antiguo director del Museo Británico.

El Museo Británico se fundó a partir de la colección original de Hans Sloane (1660-1753), un médico y naturalista irlandés que hizo su fortuna gracias a su no menos afortunado matrimonio con una rica propietaria de plantaciones esclavistas en Jamaica.

El historiador James Delbourgo publicó hace unos pocos años un libro fundamental sobre las conexiones entre ciencia, imperios coloniales y coleccionismo en el nacimiento de la venerable institución, Collecting the World. Hans Sloane and the Origins of the British Museum (Harvard, 2019). Aficionado al anticuarismo, Sloane reunió una fabulosa colección de productos naturales y artificiales curiosos, extraordinarios y valiosos, procedentes de diversas regiones del mundo.

El origen común de los grandes museos

El origen del Museo Británico, en realidad, no es muy distinto al de otros museos y colecciones reales o nacionales, formados gracias a los gustos de príncipes, cortesanos y comerciantes, imitados primero por los súbditos y luego por los ciudadanos entre el año 1500 y el 2000, aproximadamente.

Los museos son espacios de exhibición, conservación y estudio. Allí han crecido la arqueología, la historia natural, la historia del arte y la etnografía. Son fruto del enciclopedismo, la ciencia moderna y la emergencia de la esfera pública. También, claro está, de los imperios coloniales, los expolios, las guerras y los negocios.

No hay bisturí tan preciso que pueda desprender lo uno de lo otro. Tampoco resulta sencillo resolver el problema de los derechos de propiedad de muchas de las piezas que se alojan en los museos.

El penacho de Moctezuma

El año pasado, Miruna Achim, historiadora mexicana, escribió un magnífico artículo sobre otro caso semejante: el penacho de Moctezuma, un objeto custodiado en el Weltmuseum de Viena. El penacho ha sido reclamado por algunos líderes mexicanos que se han considerado o se consideran sucesores de los aztecas, entre ellos, hace dos siglos, el emperador Maximiliano I de México (Habsburgo, para mayor ironía) y, en la actualidad, el presidente López Obrador (cuyo apellido delata sus antepasados ibéricos).

Las identidades nacionales, el populismo panelectoral y los orígenes míticos de los pueblos se confunden con las historias híbridas de la ciencia, el poder y la acumulación del capital mimético, que diría un marxista de los de antes. A veces se posan en las frágiles plumas de un tocado azteca y otras se cristalizan en los mármoles que representan una procesión en honor de Atenea, la diosa de la sabiduría.

Ligeras, las cosas viajan de un sitio a otro. Pesadas, las cosas soportan los sueños de las personas y de los pueblos, sus anhelos de futuro, los relatos de lo que somos, lo que nos gustaría ser o quizás haber sido.

El robo de piezas en el Museo Británico

Contra los defensores de que el meridiano 0 siga pasando por Greenwich y las cosas se queden dónde están, hace poco estalló el escándalo de los robos de piezas en el Museo Británico y su posterior venta en eBay. El hecho desacredita el argumento tradicional y tradicionalista de que las joyas se conservan mejor en barrios elegantes como el de Bloomsbury, donde se encuentra el Museo Británico.

Contra los inmovilistas, habrá que recordar que los discursos museísticos cambian y se mueven, como todo, “como las rocas del Cáucaso o las pirámides de Egipto –decía Montaigne–, por el movimiento general y por el suyo propio”.

Contra los partidarios de la repatriación de las piezas, habrá que preguntarse por la adjudicación retrospectiva de la noción de patria, esa ficción para invocar la pureza y los derechos patrimoniales de los pictos, los nahuas, los iberos, los catalanes o los arios (sí, los nazis se inventaron un pasado arqueológico y étnico ligado a los antiguos griegos, precisamente).

La atribución de la propiedad original

¿Hay que devolver/entregar las piezas a sus lugares de origen o a los sucesores de sus “propietarios originales”? Para responder antes habría que tener claro quiénes son sus propietarios originales. Y sobre todo, quién decide quiénes son.

En caso de hacerlo, ¿cuál es el límite? ¿Debe el Museo Británico devolver o entregar los leones de Asurbanipal a Irak?

Si nos decantamos por esta opción, entonces el Louvre debería entregar/devolver el Zodiaco de Dendera a Egipto y el Museo de América habría de devolver el tesoro de los Quimbayas a Colombia, aunque fuera un regalo, como el Obelisco de Luxor, desde 1836 en la plaza de la Concordia de París.

Portugal debería entonces desprenderse también de sus maravillosas colecciones de arte asiático y africano. La isla de los museos en Berlín quedaría como un cráter, tras la caída del meteorito de la repatriación y la descolonización de las colecciones. Lo que para unos sería una imagen apocalíptica, para otros supone una visión milenarista, el advenimiento de una era de redención.

Pero entre ambos extremos, se trata de buscar soluciones complejas a problemas centenarios.

Una opción salomónica y a la altura de las posibilidades tecnológicas actuales, por ejemplo, sería que los frisos regresaran a Atenas y exponer en el Museo Británico réplicas exactas. Hoy día existen empresas dedicadas a la conservación y la mediación digital, como Factum Arte, capaces de hacerlo sin que nadie note la diferencia entre el original y la copia.

¿Perderían el aura de las piezas auténticas? ¿No será éste un valor anticuado, como la sensación de exclusividad y de veneración casi religiosa que nos inunda cuando visitamos los museos? Las cosas viajan y pesan: no son sencillas.The Conversation

Juan Pimentel, Investigador del Departamento de Historia de la Ciencia, Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS - CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.