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El final de la Unión Soviética

Hace 30 años, el 25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov anunció su dimisión como primer y último presidente de la Unión Soviética. Con su anuncio concluyeron los 74 años de existencia del Estado surgido de la revolución bolchevique de 1917.

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Un estado en crisis

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Un estado en crisis

En 1985, Mijaíl Gorbachov fue nombrado secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y primer mandatario de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS); era el primer líder soviético nacido tras la revolución de 1917. Desde el poder impulsó la perestroika o "reestructuración", una serie de medidas que pretendían democratizar el Estado, acabar con la corrupción que lo ahogaba e introducir elementos de la economía de mercado para superar el estancamiento de la economía planificada. A finales de 1990, las reformas habían dislocado la estructura económica de la URSS y deteriorado el nivel de vida de sus habitantes, mientras que las elecciones democráticas habían dado el poder a políticos nacionalistas. La mayoría de las repúblicas soviéticas se habían declarado soberanas, como había hecho en verano de ese año el parlamento de la República de Rusia, presidido por Borís Yeltsin, y tenían ante sí dos posibilidades: permanecer dentro de la Unión, pero mediante un nuevo acuerdo, opción por la que se decantaban Rusia y Ucrania, o bien declararse independientes, como habían hecho las repúblicas bálticas de Estonia, Letonia y Lituania.  

Borís Yeltsin y Mijaíl Gorbachov en la sesión de apertura del Congreso de los Diputados del Pueblo de la Unión Soviética, el 17 de diciembre de 1990.

Fin de año ominoso

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Fin de año ominoso

El 20 de diciembre de 1990 dimitió Eduard Shevardnadze, ministro de Exteriores desde 1985 y artífice de la política exterior de la perestroika, que anunció el advenimiento de una dictadura auspiciada por quienes consideraban que Gorbachov estaba destruyendo los cimientos de la URSS y humillándola como superpotencia. Y es que a la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, completada en febrero de 1989, le había seguido, tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de aquel mismo año, la recomposición política de Europa en detrimento de la URSS. Alemania estaba en proceso de reunificación y Gorbachov había adoptado la “doctrina Sinatra”, que permitía a los países de Europa oriental evolucionar cada uno ”a su manera” (por la canción de Frank Sinatra My way), liberándose poco a poco de la tutela del Kremlin mientras las tropas soviéticas empezaban a retirarse de Europa Oriental. A todo ello se sumaban las negociaciones sobre reducción de armas con Estados Unidos (EE. UU.) y la reducción del presupuesto de defensa. En este contexto, los elementos más conservadores del PCUS y de las Fuerzas Armadas veían la independencia de las repúblicas bálticas como un caballo de Troya de EE. UU. y Occidente para liquidar la URSS, y lo primero que intentaron fue recuperar su control.

Los miembros del último destacamento de las Fuerzas Armadas de la URSS en Afganistán abandonan el país el 15 de febrero de 1989, a través de un puente en la frontera con el Uzbekistán soviético, cerca de la ciudad uzbeka de Termez.

Nubes de tormenta

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Nubes de tormenta

La dimisión de Shevardnadze llegaba semanas después de que Gorbachov hubiera abandonado el llamado “plan Shatalin de los 500 días”, concebido para abandonar la economía planificada y hacer una rápida transición al libre mercado (en su discurso de dimisión, Shevardnadze criticó igualmente la lentitud y la indecisión de Gorbachov y su gobierno para llevar a cabo las reformas económicas), y después del cese del reformista Vadim Bakatin al frente del Ministerio del Interior, sustituido por Borís Pugo, que anteriormente había dirigido el PCUS en Letonia. Shevardnadze declaró que también había dimitido porque no quería verse involucrado en represiones militares como las que se habían producido en su Georgia natal en abril de 1989 o en Azerbaiyán en enero de 1990. Y eso era justamente lo que iba a suceder en las repúblicas bálticas. La dimisión de Shevardnadze contrarió profundamente a Gorbachov, que apenas 24 horas antes había amenazado con decretar el estado de excepción o ejercer el gobierno presidencial directo en las repúblicas afectadas por los conflictos nacionales si no cesaba en ellas la agitación de los independentistas. 

Eduard Shevardnadze durante su discurso de dimisión ante el Congreso de los Diputados del Pueblo de la Unión Soviética, el 20 de diciembre de 1990.

Represión en el Báltico

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Represión en el Báltico

Vladímir Kryuchkov, jefe del KGB (el Comité para la Seguridad del Estado, que incluía los servicios de inteligencia y la policía secreta); el general Dmitri Yázov, ministro de Defensa, y Anatoli Lukyanov, presidente del Soviet Supremo, a quienes Gorbachov había otorgado su confianza (Lukyanov fue su compañero de estudios), eran, junto con Oleg Baklánov, dirigente del complejo militar-industrial soviético, los hombres más poderosos de la línea dura, y sería en su entorno donde fraguase el golpe pronosticado por Shevardnadze. En enero de 1991, la facción conservadora utilizó su poder para descargar su primer golpe. En Lituania, a las dos de la madrugada del día 13, un Comité de Salvación Nacional constituido por funcionarios leales a Moscú se hizo con el poder con el apoyo de militares soviéticos y fuerzas del KGB. Las tropas dispararon a los manifestantes en la torre de televisión de la capital, Vilnius, y hubo 14 muertos. En Riga, capital de la vecina Letonia, las fuerzas del Ministerio del Interior causarían cinco muertos el 20 de enero. Gorbachov había autorizado a Kryuchkov y Yázov a tomar las medidas necesarias para reprimir el movimiento independentista, pero negó haber autorizado el empleo de las armas. Sin embargo, quedó asociado a la masacre; para muchos que creían posible la reforma del PCUS, lo acaecido en enero marcó el final de su confianza en el líder soviético.

Un miliciano defiende la sede del Parlamento lituano en Vilna, cercado por efectivos soviéticos en enero de 1991.

La superpotencia deja de serlo

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La superpotencia deja de serlo

En política exterior, la perestroika se tradujo en el abandono de la estrategia de enfrentamiento con EE. UU. en beneficio de un diálogo que se concretó en varios acuerdos de desarme, entre ellos el primer Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START I), firmado por Gorbachov y el presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, el 31 de julio de 1991 en Moscú. Este compromiso generó un gran malestar entre las fuerzas armadas soviéticas, que creían que se habían hecho demasiadas concesiones a Estados Unidos en materia de desarme nuclear. De hecho, el acuerdo fue un triunfo absoluto para EE. UU.: recortó el número de misiles balísticos terrestres, campo en el que la URSS era superior, pero permitió mantener a EE. UU. el mismo número de bombarderos, misiles de crucero y submarinos nucleares, ámbitos en los que superaba a la URSS. En realidad, el desarme era la otra cara de las graves dificultades económicas que atravesaba la Unión Soviética: por este medio, Gorbachov esperaba acelerar la entrada de la Unión Soviética en el Fondo Monetario Internacional y lograr la ayuda económica estadounidense. 

George H. W. Bush y Mijaíl Gorbachov en la conferencia de prensa que siguió a la firma del tratado START I, el 31 de julio de 1991 en Moscú.

Conversaciones interceptadas

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Conversaciones interceptadas

Las tensiones generadas por la firma del START en el seno del PCUS y el complejo militar-industrial se agravaron con la nueva arquitectura institucional que se preparaba para la Unión Soviética y que supondría el final de poder del PCUS sobre el Estado. En marzo de 1991 se había celebrado un referéndum promovido por Gorbachov sobre un nuevo Tratado de la Unión que el líder soviético había propuesto en verano del año anterior. La consulta fue boicoteada por las tres repúblicas bálticas y por Armenia, Georgia y Moldavia, pero la mayoría de los votantes en las otras nueve repúblicas manifestaron su deseo de seguir en una Unión Soviética renovada. El 29 de julio, la víspera de la visita de Bush a Moscú para firmar el START I, el propio Gorbachov, Boris Yeltsin, ahora presidente de la República de Rusia, y Nursultán Nazarbáyev, presidente de la de Kazajistán, llegaron a un acuerdo sobre un nuevo tratado de la Unión que debería firmarse el 20 de agosto y que convertía a la URSS en una federación descentralizada de repúblicas independientes que sólo tenían en común un presidente y la política militar y exterior. Ello, sumado a las elecciones libres, suponía el fin de la hegemonía del PCUS. Durante la reunión, Yeltsin dijo a Gorbachov que los elementos más conservadores de la cúpula dirigente estaban haciendo todo lo posible por impedir la transición a una democracia genuina y una economía de mercado, y afirmó que Yázov y Kryuchkov estaban absolutamente en contra del Tratado de la Unión. Nazarbáyev, que estaba de acuerdo con Yeltsin, añadió a la lista los nombres de Lukyanov y y el presidente del Consejo de Ministros, Valentín Pávlov. Gorbachov, Yeltsin y Nazarbáyev estuvieron de acuerdo en que tendrían que ser reemplazados. Gorbachov afirmó que lo haría después de la firma del Tratado, aunque dijo que los personajes denunciados “no son tan malos como creéis”. En ese momento, Yeltsin se levantó de la silla y salió al balcón, y Gorbachov y Nazarbáyev le preguntaron qué estaba haciendo. “Comprobar si nos vigilan”, replicó, una respuesta que mereció las carcajadas de sus interlocutores, increíblemente incautos. Porque la conversación fue grabada por el KGB y su conocimiento fue determinante para que quienes iban a perder el poder se decidieran a dar un golpe de Estado.

De izquierda a derecha, Dmitri Yázov, ministro de Defensa de la URSS; Vladímir Kryuchkov, jefe del KGB, y el ministro del Interior soviético, Borís Pugo, el 21 de junio de 1991.

Golpe de Estado

Foto: Gueorgui Pinkhassov / Magnum Photos / Contactophoto

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Golpe de Estado

Yázov, Kryuchkov, Pugo y Pávlov gestaron un golpe al que incorporaron al vicepresidente de la URSS, Gennadi Yanáyev, cuando ya estaba en marcha, para darle un barniz institucional. El 18 de agosto se incomunicó a Gorbachov, que desde el día 4 se hallaba de vacaciones en Crimea con toda su familia y tenía previsto volver a Moscú el día 20 para firmar el nuevo Tratado de la Unión. Los golpistas, que formaron un Comité Estatal para el Estado de Emergencia, se proponían asumir el poder con la excusa de que Gorbachov no podía desempeñar las funciones de presidente de la URSS porque estaba enfermo. Sus representantes, encabezados por Oleg Baklánov, volaron hasta Crimea para convencerlo de que aceptara el vuelco político, pero se negó a secundarlos. Unidades militares y del KGB convergieron en Moscú, adonde fue también Yeltsin, que pudo entrar en la capital porque los golpistas creían que se uniría a ellos, dado que Gorbachov era su adversario político (ambos mantenían un duro pulso por el control del Estado). Sin embargo, Yeltsin encabezó la resistencia al putsch desde la Casa Blanca, sede del Parlamento de la República de Rusia, rodeado por miles de manifestantes que rechazaban el golpe. De todos modos, el asalto parecía inevitable. Yeltsin, que tenía previsto refugiarse en la cercana embajada de EE. UU. en caso de que se produjera el ataque, cambió de opinión a última hora y con ello se convirtió en el héroe de la resistencia democrática. Cuando los jefes del golpe decidieron asaltar el edificio, los comandantes militares, después secundados por los del KGB, se negaron a obedecer las órdenes o las eludieron. La resistencia popular y el rechazo de los militares a emplear las armas contra el pueblo hicieron fracasar la intentona el 21 de agosto, y Gorbachov volvió a Moscú. Pero su posición política se había debilitado irremediablemente a causa de su eclipse durante el golpe, que incluso llevó a pensar que lo había secundado, mientras que Yeltsin salió fortalecido como líder indiscutible de la oposición democrática.

El día 21 de agosto, en el balcón de la Casa Blanca (el Parlamento de la República de Rusia), Borís Yeltsin, protegido por un escudo antibalas, se dirige a la multitud que había rodeado el edificio los días anteriores para impedir que las fuerzas de los golpistas lo asaltaran.

El final de una era  

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El final de una era

El fracaso del golpe aceleró los cambios. El PCUS fue proscrito en agosto, en septiembre se reconoció la independencia de Estonia, Letonia y Lituania, y, el 1 de diciembre, el 90,3% de los ucranianos votaron por la independencia. Yeltsin consideraba inviable la subsistencia de la URSS sin Ucrania (la segunda república de la Unión, después de Rusia, por población y recursos), ya que ello dejaría a Rusia con el lastre de las más pobres repúblicas asiáticas. Así, el 8 de diciembre, Yeltsin, el presidente de Ucrania, Kravchuk, y el presidente del Parlamento de Bielorrusia, Shushkiévich, firmaron el tratado que dio origen a la Comunidad de Estados Independientes, una organización supranacional que agruparía a 11 de las 15 repúblicas soviéticas, cuyos representantes lo suscribieron el 21 de diciembre en Almaty (Kazajistán). La Unión Soviética había dejado de existir, y con ella, el cargo de presidente de la URSS, creado en 1990, que ocupaba Gorbachov. 

Todos los emblemas del PCUS y las efigies de Marx, Engels y Lenin han desaparecido del recinto del Congreso de los Diputados del Pueblo de la Unión Soviética, reunido el 2 de septiembre de 1991 para abordar los cambios que tenían lugar tras el golpe de Estado.

Los últimos días

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Los últimos días

Mientras se reunían los asistentes a la cumbre de Almaty, Gorbachov preparó su discurso de dimisión, dirigido a los ciudadanos de la ya extinta URSS. Cuando en la mañana del 23 de diciembre se disponía a grabarlo, llegó Yeltsin, que pretendía liquidar cuanto antes los vestigios formales de la existencia de la URSS, a la que Rusia sucedería en el asiento del Consejo de Seguridad de la ONU y en el control del arsenal nuclear soviético. Ambos discutieron entre seis y ocho horas para decidir que Gorbachov pronunciaría el discurso de dimisión el día 25 por la tarde y luego firmaría sendos decretos renunciando al cargo de presidente de la URSS y jefe de las Fuerzas Armadas soviéticas. La bandera roja se arriaría por última vez el día 31. 

Un escudo de la Unión Soviética hecho de acero y perteneciente a un monumento yace en un parque de Moscú.

Antiguos secretos

Foto: Cordon Press

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Antiguos secretos

También se discutió el traspaso del archivo presidencial, que incluía una serie de documentos secretos que desde Stalin cada jefe de Estado había pasado a su sucesor, incluyendo el mapa adjunto a los protocolos secretos del acuerdo Molotov-Ribbentrop de 1939 y los documentos de la investigación interna sobre la masacre de Katyn en 1940, así como los informes del KGB sobre Lee Harvey Oswald y el asesinato de Kennedy en 1963 (en los que quedaba de manifiesto que la URSS no había tenido nada que ver con el magnicidio). Yeltsin no quiso saber nada de ello, para no convertirse en cómplice, e hizo que Gorbachov los entregase a los archivos del Estado. Se acordó que Gorbachov estaría al frente de una fundación de investigación sociológica, política y económica, que se le seguiría pagando su salario como pensión (4.000 rublos, equivalentes a 40 dólares en el mercado negro), y que contaría con una casa con un terreno de 16 ha en las afueras de Moscú, un apartamento más pequeño que el que ocupaba entonces con su familia, dos coches y 20 empleados entre cocineros, camareros, asistentes y guardaespaldas, aunque Yeltsin no le prometió inmunidad legal. Luego, el presidente ruso llamó a Bush para tranquilizarlo sobre el arsenal nuclear soviético, que quedaría bajo su control.

Cuerpos de oficiales polacos asesinados por los soviéticos en 1940, en Katyn, y exhumados por los alemanes en 1942. Los documentos secretos soviéticos sobre estos hechos fueron entregados a los archivos estatales por Gorbachev a petición de Yeltsin.

El último discurso

Foto: Sergei Kharpukhin / Apimages / Gtres

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El último discurso

El 25 de diciembre, Gorbachov se dirigió al país por televisión para anunciar su dimisión como presidente de la URSS. Para Occidente, el discurso tuvo lugar el día de Navidad, pero no para los rusos y ortodoxos, que celebran esta festividad el 7 de enero. Como Yeltsin controlaba la antigua televisión soviética, fueron las cadenas estadounidenses ABC y CNN las que recogieron el final de la URSS. Al ser Navidad, a los colaboradores de Gorbachov les costó establecer contacto con Bush –que estaba con su familia– para que hablara por última vez con él como presidente de la Unión Soviética. La conversación (que tuvo lugar a las 10 de la mañana de Washington, las 5 de la tarde en Moscú) fue grabada por la ABC. Y la pluma con que Gorbachov firmó los decretos de renuncia se la dieron los norteamericanos: su bolígrafo no escribía bien y el presidente de la CNN le prestó su Montblanc. El discurso en el que anunciaba su dimisión como presidente, que empezó a las 7 de la tarde (hora de Moscú), fue transmitido a la URSS por la televisión estatal soviética, y al resto del mundo por la CNN.

Una familia rusa contempla el discurso televisado de Gorbachov el 25 de diciembre de 1991.

Un maletín y una bandera

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Un maletín y una bandera

El discurso de Gorbachov enfureció a Yeltsin, porque el ya expresidente se había arrogado la democratización de la URSS, no había mencionado el traspaso de poder al presidente de la República de Rusia y, además, dijo que la disolución de la URSS hubiera exigido un referéndum (algo a lo que Yeltsin se oponía). Un airado Yeltsin se negó a recoger el maletín nuclear –el medio por el que el jefe de Estado podía ordenar un ataque (en su lugar envió al mariscal Sháposhnikov)– y ordenó arriar aquel mismo día (y no el 31, como estaba previsto) la bandera que ondeaba en el antiguo palacio del Senado, sobre la cúpula de la sala Sverdlovsk o de Santa Catalina. El discurso de Gorbachov acabó a las 7:12 y media hora después se arrió la bandera soviética, que fue reemplazada por la antigua bandera tricolor (blanca, azul y roja) de época zarista, la bandera que habían agitado los defensores de la Casa Blanca durante el golpe, convertida en la enseña de la Rusia democrática. Se había puesto fin simbólicamente al primer Estado socialista de la historia. Gorbachov quería quedarse como recuerdo la bandera arriada, pero se la llevaron los guardias del Kremlin, que ya obedecían a Yeltsin. Ningún jefe de Estado de la nueva CEI llamó a Gorbachov, pero sí lo hicieron el británico John Major y el alemán Helmut Kohl, además de Hans-Dietrich Genscher, ministro alemán de Exteriores. Luego, Gorbachov cenó con sus colaboradores y dejaron el Kremlin en la madrugada del día 26, cuando en EE. UU. aún era Navidad.

La bandera soviética es arriada definitivamente del Kremlin el 25 de diciembre de 1991.

 Bush: la superioridad moral

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Bush: la superioridad moral

A las 9 y un minuto de la noche de Washington (primera hora de la mañana en la ya extinta URSS), el presidente Bush se dirigió a sus compatriotas en un discurso televisado: “Europa oriental ya es libre, y la Unión Soviética ha desaparecido. Es una victoria para la democracia y la libertad. Es una victoria para la superioridad moral de nuestros valores”. En realidad, Bush se había opuesto a la desintegración de la URSS hasta las últimas semanas de vida del Estado soviético y había intentado mantener a Gorbachov en el poder a toda costa, temiendo que la desintegración del imperio soviético comportara conmociones violentas al estilo de las que habían seguido a la disolución de Yugoslavia, pero a una escala incomparablemente mayor. Y ahora el presidente de EE. UU. se atribuía el mérito de la desaparición de la Unión Soviética, aunque en realidad se había esforzado por evitar la desaparición del Estado que los había ayudado a poner fin a la Guerra Fría.

El presidente Bush pronuncia el discurso televisado en el que, la noche del 25 de diciembre de 1991, dio cuenta de la dimisión de Gorbachev y anunció el triunfo de EE. UU. en la Guerra Fría.

La hiperpotencia benéfica

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La hiperpotencia benéfica

Bush retomaría las ideas que expuso el día de Navidad cuando se dirigió al Congreso de EE. UU. el 28 de enero de 1992, durante su discurso sobre el estado de la Unión: “Este año ha muerto el comunismo –anunció–. Y se ha producido el acontecimiento más importante al que hemos asistido nunca: Estados Unidos ha ganado la Guerra Fría por la gracia de Dios”. E insistió: “El mundo, dividido hasta ahora en dos bloques, ya no reconoce más que una única potencia hegemónica: Estados Unidos de América. Mientras sea presidente, nuestro país seguirá capitaneando la lucha por la libertad en todas partes, y no lo hará por arrogancia ni por altruismo, sino en aras de la seguridad de nuestros hijos. No es malo utilizar la fuerza para lograr la paz. Evitemos el aislacionismo”.  En definitiva, EE. UU. había derrotado a la URSS en la Guerra Fría y estaba destinado a gobernar el mundo en nombre de la libertad. Una ilusión que desencadenaría catástrofes geopolíticas como las que siguieron a la invasión de Irak en 2003.

El vicepresidente Dan Quayle aplaude al presidente Bush mientras éste se dirige al Congreso durante su discurso del estado de la nación el 28 de enero de 1992.

Este artículo pertenece al número 216 de la revista Historia National Geographic.