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El payés Joan de Canyamars  atenta con una espada contra el rey de Aragón Fernando el Católico en Barcelona, el 7 de diciembre  de 1492. Grabado en color.
El payés Joan de Canyamars  atenta con una espada contra el rey de Aragón Fernando el Católico en Barcelona, el 7 de diciembre  de 1492. Grabado en color.

Curiosidades de la Historia: Episodio 46

Fernando el Católico: el atentado del palacio Real

En 1492, un campesino desesperado estuvo a punto de matar de una puñalada a Fernando de Aragón cuando salía del palacio Real de Barcelona después de una jornada de trabajo

En 1492, un campesino desesperado estuvo a punto de matar de una puñalada a Fernando de Aragón cuando salía del palacio Real de Barcelona después de una jornada de trabajo

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El año que empezó con la conquista de Granada y vio la partida de la expedición de Colón que descubriría un nuevo continente estuvo a punto de terminar de forma trágica, con la muerte de Fernando el Católico a manos de un campesino catalán. Los Reyes Católicos habían llegado a la capital catalana al término de una gira por sus dominios en Castilla y Aragón, en la que fueron aclamados por el fin de la guerra de Granada. En Barcelona, entre otros asuntos, Fernando tenía intención de negociar con Carlos VIII
de Francia la devolución de los condados del Rosellón y la Cerdaña, en poder de los franceses desde 1462.

Durante su estancia en la capital catalana, los reyes y sus hijos fijaron su residencia en un palacete que se encontraba en la parte baja de la ciudad, muy cerca de la muralla marítima y anexo al convento y casa madre de los mercedarios. En cambio, para los despachos y las audiencias se utilizaba el complejo del antiguo palacio Real Mayor, que se encontraba en pleno centro de la ciudad. Fernando pasó allí la mañana del viernes 7 de diciembre de 1492, atendiendo diversos negocios de gobierno, hasta que, pasado el mediodía, se dispuso a abandonar las dependencias para almorzar. Acompañado por un reducido grupo de hombres de su confianza, descendió por la escalinata del palacio y al poner el pie sobre el estribo de su caballería sintió como alguien le daba por la espalda un fuerte golpe con una espada. De forma instintiva, parte del séquito intentó protegerle
y consiguió ponerle a salvo trasladándolo al interior de palacio, donde se pudo observar cómo de las heridas del monarca manaba abundante sangre. El corte era profundo y había conseguido astillar la clavícula. La gruesa cadena que el rey llevaba al cuello, de la que colgaba el emblema del toisón de oro, desvió la hoja de su fatal trayectoria. Entretanto, los guardias de Fernando, espada en mano, habían reducido al agresor, y lo habrían matado allí mismo si el rey no les hubiera ordenado que lo mantuvieran con vida.

La ciudad, en vilo

Tras el atentado, el desconcierto y el pánico se adueñaron de las calles de Barcelona. Inicialmente se difundió la noticia de que el monarca había fallecido. La misma reina Isabel creyó el rumor y temió que se tratara de una revuelta, por lo que se apresuró a tomar medidas para proteger la vida del príncipe Juan, el heredero. Ordenó a toda la familia que embarcara en unas galeras castellanas atracadas en el puerto de Barcelona, a pesar de que varios de sus consejeros la instaron a esperar la llegada de noticias más fiables.
Pero enseguida se presentó el cardenal Mendoza, quien poco antes había estado junto a Fernando el Católico y había observado el estado de sus heridas. El rey se encontraba malherido, pero su vida no corría peligro. Ante tales noticias la reina anuló la orden de marcha y esperó a que las calles de Barcelona se serenasen para acudir junto a Fernando acompañada por su hijo el príncipe Juan.

Como el estado del monarca aún era delicado, permaneció un tiempo en el palacio Real, máxime cuando las heridas se infectaron pocos días después y le produjeron un agravamiento momentáneo. Sólo más tarde, cuando superó aquel episodio de fiebres, la familia real pudo abandonar la ciudad e instalarse en el cercano monasterio de Sant Jeroni de la Murtra, donde Fernando continuaría su recuperación.

El autor del atentado se llamaba Joan de Canyamars (en las crónicas castellanas se le llama Juan de Cañamares). Tenía unos 60 años y era un campesino natural de Dosrius, una pequeña población cercana a Mataró, al norte de Barcelona. La justicia quería saber si había actuado en solitario o bien sólo era el ejecutor de un plan urdido por alguno de los muchos enemigos del monarca aragonés. Por ello, a pesar de haber sido herido durante su detención, Canyamars fue sometido a tortura para esclarecer los hechos. Negó tener cómplices y confesó que había actuado movido por una revelación del Espíritu Santo, que le instaba a matar a Fernando para subir él mismo al trono e instaurar así el bien común en el Principado de Cataluña.

Las autoridades concluyeron que Canyamars era un loco, un «orate», como le llama un cronista. La realidad, sin embargo, era más compleja. Fernando el Católico era una figura lejana para la mayoría de los catalanes. Su última visita al territorio se remontaba a 1481, y desde entonces la situación económica y los desequilibrios sociales se habían agravado. Canyamars pertenecía a un grupo social que se había visto particularmente perjudicado: los llamados payeses de remensa, campesinos que a lo largo del siglo XV
habían luchado por la abolición de los «malos usos» que los mantenían sometidos a los señores feudales, entre ellos la obligación de pagar una redención, o remença, para poder abandonar libremente sus tierras.

Durante la guerra civil de 1462-1472, los remensas habían apoyado a la monarquía frente a la nobleza catalana a la espera de conseguir la abolición de las cargas feudales una vez acabado el conflicto. Tras la guerra sus demandas fueron desoídas, por lo que se rebelaron de nuevo. Finalmente, el rey abolió los malos usos en la Sentencia Arbitral de Guadalupe, de 1486, aunque muchos campesinos no pudieron hacer frente a la compensación que se les exigía para quedar libres.

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Canyamars había participado en la guerra civil en favor de la Corona, pero quedó defraudado por la falta de recompensa y su vida se volvió cada vez más precaria y atormentada. Tan sólo conocemos el testimonio que le arrancaron mediante la tortura, pero cabe pensar que Canyamars vio en su acción un acto de justicia social.

Convencido de que el regicida no era más que un loco, el rey Fernando pidió clemencia para él, pero el Consejo Real sentenció que se trataba de un acto de lesa majestad y traición y condenó a Canyamars a la pena capital por descuartizamiento, un suplicio espantoso reservado a los delitos de máxima gravedad y que buscaba mostrar a la población lo que sucedía cuando se atentaba contra el poder real.

Sangriento vía crucis

El 12 de diciembre, cinco días después del ataque, Joan de Canyamars fue sacado de la prisión real, muy cerca del palacio donde estaba Fernando recuperándose de sus heridas, y lo subieron a un carromato sobre el que se había construido una especie de tarima de la que sobresalía una columna de madera. Desnudo y atado a aquella estructura –«como crucificado», dice una fuente–, el carromato emprendió un lóbrego recorrido por las calles de Barcelona, entre la algarabía de gente, sobre todo jóvenes, que corrían y saltaban a su alrededor e insultaban al condenado.

Según el relato de Pere Miquel Carbonell, cronista de la ciudad y testigo de aquel espectáculo, la primera parada se hizo coincidir con el lugar donde se había producido el atentado. A los pies de las escalinatas de la plaza del Rey, el verdugo procedió a cortarle la mano y parte del brazo derecho, aquel con el que había empuñado
el arma homicida. A continuación, el cortejo penitencial siguió la ruta utilizada para la procesión del Corpus,
haciendo sucesivas paradas para ir mutilando al condenado ante la muchedumbre. En un lugar le sacaron un ojo, en el siguiente le cortaron la otra mano, más tarde el otro brazo, y así hasta llegar al Portal Nou, la puerta de la muralla más oriental de la ciudad.

La columna de madera del carromato y las sogas que lo envolvían eran lo único que mantenía erguido el cuerpo ya inerte de Canyamars. El acto final de aquel particular vía crucis era la lapidación; la gente empezó a coger piedras de los márgenes del camino para lanzarlas contra el carro del reo. Un verdugo le abrió la cabeza para extraerle los sesos y, para espanto del cronista Andrés Bernáldez, le sacó el corazón a través de un orificio hecho ex profeso en la espalda. Por último, se prendió fuego a aquella estructura de madera y las cenizas de aquel pobre campesino que había osado atentar contra el poder de Fernando II de Aragón fueron esparcidas al viento.

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