Sacro Imperio

Federico II de Hohenstaufen, el emperador que desafió al papa

Varias veces excomulgado por los papas, glorificado por sus seguidores, ningún soberano del siglo XIII causó más sensación que el emperador al que un cronista calificó como el "estupor del mundo".

federico ii corona

Historica Graphica Collection/He / Cordon Press

El 17 de julio de 1245, en la catedral de Lyon, dos centenares de obispos y monjes escuchaban estupefactos la lectura de un documento de gran trascendencia. Era la condena emitida por el papa Inocencio IV contra el príncipe más poderoso de la Cristiandad, Federico II de Hohenstaufen, titular del Sacro Imperio y rey de Sicilia y Jerusalén. Sin atender las protestas del defensor del emperador, Tadeo de Sessa, el papa excomulgaba a Federico y le despojaba de todas sus coronas, liberando a sus vasallos del vínculo de obediencia. Mientras los prelados presentes confirmaban la excomunión, Tadeo evocaba amenazadoramente el "día de la ira".

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Así comenzaba el último acto de una batalla política, la que enfrentaba al Papado y al Imperio, que agitaba la Europa medieval desde hacía décadas. A mediados del siglo XIII, la disputa tenía un evidente trasfondo político y territorial. Como descendiente del linaje los Hohenstaufen, originario de Suabia, Federico continuó la política de su abuelo, el célebre Federico I Barbarroja, y de su padre, EnriqueVI , que se esforzaron en consolidar la autoridad del Imperio en la península Italiana. A ello se sumaba la herencia de su familia materna, la dinastía normanda de los Hauteville, reyes de Sicilia. El resultado fue que Federico, durante las tres décadas que duró su reinado como emperador (1220-1250), fue prácticamente dueño de Italia, rodeando por todas partes el Patrimonio de San Pedro –los dominios del Papado–, lo que justificaba, sin duda, el encono de los pontífices.

Aun así, la virulencia de los ataques de la curia contra el emperador resulta sorprendente. Federico, en efecto, fue presentado como un auténtico anticristo, aliado de los sultanes de Egipto y Túnez, hereje contumaz y perseguidor implacable de la Iglesia. Incluso se censuraron supuestos vicios en su vida privada, tachándolo de frecuentador de danzarinas y efebos sarracenos. A estas evidentes exageraciones respondió la propaganda imperial cuestionando el derecho del papa a intervenir en los asuntos del gobierno temporal.

La curia romana presentó a Federico como un auténtico anticristo, aliado de los sultanes de Egipto y Túnez, hereje contumaz y perseguidor implacable de la Iglesia.

Con el tiempo se forjó la leyenda de Federico como defensor pionero de la autonomía del poder del Estado, precursor de los príncipes del Renacimiento y modelo de los estadistas alemanes de los siglos XIX y XX. Ante estas visiones interesadas, se debe situar su figura en el contexto del siglo XIII, como un soberano medieval que gobernó con las armas y el pensamiento político de su tiempo.

El camino hacia el imperio

Federico entró en la vida política en un momento en que el Sacro Imperio, de la mano de su abuelo, Federico Barbarroja, parecía haberse convertido en la potencia hegemónica de la Cristiandad, resucitando el ideal del antiguo Imperio romano. De hecho, el nacimiento mismo de Federico obedeció a una audaz apuesta política de Federico Barbarroja, con la que esperaba unir a sus dominios un nuevo territorio: Sicilia, la isla gobernada por los normandos desde hacía varias décadas. Así, en 1184 el emperador comprometió a su hijo y heredero, el futuro Enrique VI, con la princesa siciliana Constanza de Hauteville, última representante legítima de su linaje.

Federico I, Barbarroja, en una miniatura del siglo XII.

Federico I, Barbarroja, en una miniatura del siglo XII.

Foto: World History Archive / Cordon Press

Pero estas expectativas tardaron en materializarse. Enrique VI hubo de lanzarse a una guerra para adueñarse del reino de Sicilia, hasta que fue coronado en 1194. Fue sólo en ese momento cuando su esposa Constanza, que ya tenía 40 años, quedó por fin embarazada. Un día después de la coronación de Enrique, el 26 de diciembre, dio a luz a un niño al que pusieron los nombres de Federico y Roger, para simbolizar la unión dinástica en su persona del Imperio y el reino de Sicilia.

En 1194, Enrique VI (hijo de Federico I, Barbarroja, y padre de Federico II) fue coronado rey de Sicilia tras una cruenta guerra y añadió la isla a las posesiones de la familia imperial.

El gran sueño de Federico Barbarroja parecía haberse cumplido, pero todo se torció cuando en 1197 Enrique VI falleció prematuramente de malaria. Su muerte dio alas a los que deseaban acabar con el formidable poder de la dinastía de los Honhenstaufen o Staufer. Los príncipes germanos rehusaron elegir como su rey a Federico –de sólo tres años– y dividieron sus votos entre su tío, el duque Felipe de Suabia, y su rival, el príncipe Otón de Brunswick, representantes respectivamente del bando de los gibelinos (partidarios de los Hohenstaufen) y de los güelfos (seguidores de la casa de Welfen, a la que pertenecía Otón).

Lucha por el imperio

La nobleza siciliana, por su parte, presionó a la emperatriz para que rompiera con los lugartenientes de su difunto esposo. Por si esto fuera poco, en 1198 falleció la propia Constanza. Antes, sin embargo, confió la tutela de su hijo al papa Inocencio III. Paradójicamente, fue la protección papal la que permitió al joven Federico conservar sus derechos soberanos sobre Sicilia.

En el frente alemán, en cambio, Federico no tuvo tanta suerte. El Papa no quería permitir el acceso de otro Staufer a la corona imperial y prestó todo su apoyo a Otón de Brunwick, que fue coronado emperador en 1209. Pero las tornas cambiaron al poco tiempo, ya que Inocencio III acabó retirando su apoyo a Otón, y el rey francés Felipe Augusto promovió entonces, con la colaboración discreta del pontífice, la elección de Federico de Sicilia como rey de Romanos, título cuyo uso precedía al de emperador. En la primavera de 1212 el joven rey, con apenas 15 años, partía de Palermo hacia Alemania para reivindicar sus derechos, venciendo las suspicacias que la aventura provocaba en su entorno. Atrás dejaba como regente a su esposa Constanza de Aragón, diez años mayor que él, y un hijo recién nacido, Enrique de Hohenstaufen.

En 1212, un joven Federico de 15 años, partía de Palermo a Colona para reclamar sus derechos al trono imperial.

El talento político de Federico se puso por primera vez de manifiesto durante la guerra contra Otón. Tras una gira triunfal por las ciudades del Rin, el joven Staufer fue coronado en Maguncia en diciembre de 1212, con unas insignias reales elaboradas para la ocasión, puesto que las auténticas se encontraban en poder de su rival. Éste fue derrotado dos años después en la batalla de Bouvines por la caballería francesa del rey Felipe Augusto, aliado de los gibelinos.

Al fin emperador

Federico fue elegido de nuevo rey de Romanos, esta vez de forma unánime, y en 1215 recibió por fin en Aquisgrán la corona y las insignias tradicionales del Imperio. Durante la ceremonia, el rey, con un gesto muy significativo, clavó con sus propias manos la tapa del sarcófago de plata que contenía las reliquias de Carlomagno y juró tomar la cruz en defensa deTierra Santa, revalidando la ambición de sus antepasados normandos y alemanes de dominar el Ultramar cristiano. Sólo le faltaba la consagración imperial, y ésta llegó el 22 de noviembre de 1220 cuando, una vez fallecido su rival Otón de Brunswick, Federico y Constanza fueron coronados emperador y emperatriz en Roma por el papa Honorio III.

Esta ministura del siglo XV muestra la coronacón de Federico II por el papa Honorio III.

Esta ministura del siglo XV muestra la coronacón de Federico II por el papa Honorio III.

Foto: Bridgeman / ACI

Gran soberano de Sicilia

Paradójicamente, desde el mismo momento en que fue coronado emperador, Federico pasó poco tiempo en Alemania. Dejó allí como rey a su hijo Enrique, mientras él mismo volvía al lugar en el que había transcurrido su infancia y juventud: Sicilia. A diferencia de las tierras germanas, donde su autoridad era constantemente cuestionada, en el reino siciliano Federico desarrolló un ambicioso programa de reformas que le ha valido la reputación de político adelantado a su tiempo.

Por ejemplo, creó una serie de haciendas llamadas masserie, grandes latifundios gestionados por el Estado, a los que dotó de una red centralizada de comercialización de sus productos. Promulgó las Constituciones de Melfi o Liber Augustalis, un conjunto de leyes que reforzaban el poder de la corona y suprimían costumbres tradicionales como los "juicios de Dios". En el plano cultural, por último, Federico promovió centros de saber como la Universidad de Nápoles, fundada por él mismo, y protegió a sabios y literatos, como los poetas de la llamada Escuela Siciliana. Sus cortes de Palermo y Castel del Monte deslumbraban a sus contemporáneos por su esplendor.

Capilla del Palacio de los Normandos, sede de la corte siciliana. Federico II heredó el gusto de sus antecesores normandos por las más refinadas artes.

Federico 

Foto: e55evu / iStock

En el horizonte se dibujaban, sin embargo, graves amenazas de conflicto. La pugna con el Papado por el control del norte de Italia seguía latente, y el choque abierto no podía hacerse esperar. El viejo proyecto de cruzada de Federico a Jerusalén serviría de pretexto.

En 1225, tras enviudar de Constanza, el emperador se casó con Isabel-Yolanda, heredera del reino cruzado de Jerusalén. Al promover esta unión, el papa Honorio III quería obligar a Federico a cumplir la promesa de encabezar la cruzada a Palestina que hiciera diez años antes. En septiembre de 1227 la flota imperial zarpó desde Brindisi con rumbo a Tierra Santa, pero unos días después Federico tuvo que desembarcar en Otranto, aquejado de un brote epidémico que se cobró la vida de muchos de sus soldados. La curia papal, sin embargo, creyó que el emperador trataba de esquivar de nuevo su compromiso y el nuevo papa, Gregorio IX, lo excomulgó por romper su voto de cruzado. Federico, enfurecido, decidió retomar de inmediato la empresa.

El cruzado excomulgado

En septiembre de 1228 Federico II pisaba el puerto de San Juan de Acre. Su presencia dividió a la población del Estado cruzado, que dudaba entre acogerlo como señor o rechazarlo como excomulgado. Unos meses antes, la reina Isabel-Yolanda había fallecido a los pocos días de dar a luz un hijo varón, el futuro Conrado IV. El rey legítimo de Jerusalén era este recién nacido, pero su padre se apresuró a apropiarse del título.

Sin el apoyo de sus súbditos y en situación de inferioridad militar, Federico rehuyó el combate abierto y negoció con el sultán al-Kamil de Egipto un ventajoso tratado mediante el cual recuperó para los cristianos Jerusalén, Nazaret y Belén. Al año siguiente, a pesar de la oposición del clero de la ciudad, Federico celebró su éxito coronándose a sí mismo en la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. El gesto constituía un desafío sacrílego para el Papa, al igual que la alianza de Federico con el sultán. El pontífice no necesitó más para ordenar la invasión del reino siciliano.

Federico II se corona a sí mismo Rey de Jerusalén ante las tropas cruzadas, un gesto que hizo estallar su guerra abierta contra el papa.

Federico II se corona a sí mismo Rey de Jerusalén ante las tropas cruzadas, un gesto que hizo estallar su guerra abierta contra el papa.

Historica Graphica Collection/He / Cordon Press

Así estalló la guerra abierta entre el Imperio y el Papado, un conflicto que, con breves períodos de tregua, se prolongaría durante el resto del reinado de Federico e involucraría, de un modo u otro, prácticamente a todas las potencias europeas. El emperador consiguió el apoyo de Pisa,Venecia, Inglaterra y también el del Imperio bizantino de Nicea, mientras que el Papa era sostenido por la liga Lombarda –alianza formada por las ciudades del norte de Italia contrarias a la hegemonía imperial– y por la república de Génova.

Desavenencias familiares

Federico, de retorno de Palestina, pudo neutralizar en 1230 la primera ofensiva güelfa y obtener la absolución papal. Cuatro años después, sin embargo, su autoridad se vio desafiada por la revuelta de su hijo primogénito, el rey Enrique, que se había aliado con los lombardos y los güelfos. En julio de 1235 Enrique cayó en manos de su padre, que lo despojó de su condición de heredero del Imperio y lo mantuvo cautivo hasta su muerte siete años después. Su lugar en la línea sucesoria lo ocupó su hermanastro Conrado, que añadió así, a la corona de Jerusalén que ya poseía por derecho propio, la de rey de Romanos.

En noviembre de 1237 el emperador alcanzó su mayor victoria militar al derrotar a los milaneses en la batalla de Cortenuova. Emulando a los antiguos emperadores romanos, entró triunfalmente en Cremona llevando en su cortejo, como botín de guerra, el carro estandarte de Milán. Toda Italia –afirmaba el cronista Mateo de París– había quedado en manos del emperador, lo que provocó una nueva ruptura con la curia papal.

Tras tomar Milán en 1237, toda Italia quedó en manos del emperador a decir de sus contemporáneos, lo que desató una implacable campaña papal en su contra.

En 1239 el papa Gregorio IX excomulgó otra vez a Federico e inició una implacable campaña de propaganda contra él. Se hizo circular un rumor según el cual el soberano consideraba a Moisés, Jesús y Mahoma como "tres impostores", lo que demostraba su ateísmo e impiedad y sus enemigos le acusaron de mantener un harén de favoritas y efebos musulmanes, custodiados por eunucos. Se le achacó tener simpatías por el mundo islámico. Lo cierto es que se mostró tolerante y comprensivo con sus súbditos musulmanes y hebreos y trató amistosamente a los sultanes de Egipto y Túnez, a los que imitó en su costumbre de obsequiar fieras salvajes a sus amigos.

 Federico II recibe en su corte de Palermo a un embajador musulmán.

Federico II recibe en su corte de Palermo a un embajador musulmán.

Foto: Album

Sin embargo, Federico no vaciló a la hora de expulsar a los habitantes musulmanes de Sicilia y parece probado que en el plano religioso se interesó, más que en el islam, en los movimientos de renovación cristiana de su época, algo que coincidía con su desafío a la soberanía del Papa. La situación empeoró cuando, tras la muerte de Gregorio en 1241, ascendió al solio pontificio un cardenal genovés.

Acosados por las conjuras

El papa Inocencio IV se reveló, en efecto, como el peor enemigo del Imperio. Acosado por Federico, el pontífice abandonó Roma y se instaló en Lyon, donde en 1245 se celebró un concilio que excomulgó de nuevo al emperador y lo declaró formalmente depuesto de todas sus dignidades. Debido a la extrema gravedad de estos acontecimientos, cualquier intento de reconciliación posterior fue prácticamente imposible. La curia romana promovió nuevos candidatos para la corona imperial, como Enrique Raspe de Turingia o Guillermo II de Holanda, apoyándolos con sus riquezas y bulas, mientras Federico, sintiéndose acorralado, reprimía con extrema brutalidad las conjuras que descubría en su entorno. Su propio canciller Pier della Vigna, acusado de traición, se suicidó para escapar a los suplicios que le aguardaban.

El emperador también sufrió humillantes reveses bélicos. En 1248, mientras sus tropas asediaban Parma, su campamento –una ciudad de madera a la que se llamaba Vittoria, construida en torno a los muros de la ciudad– fue tomado por sorpresa y el tesoro imperial pasó a manos de sus enemigos. Un año después el rey Enzio de Cerdeña, su hijo ilegítimo, fue hecho prisionero por los boloñeses.

La caballería parmesana carga contra el campamento de Federico II.

La caballería parmesana carga contra el campamento de Federico II.

Foto: CC

Abatido y enfermo, probablemente de cáncer, dejó a sus generales la dirección de la guerra. El 13 de diciembre de 1250 la muerte le sorprendió en Castel Fiorentino, en Apulia, cumpliéndose la profecía que le había anunciado una muerte "bajo las flores". Federico II dejaba como heredero de las coronas imperial, alemana y siciliana a su hijo Conrado, rey de Jerusalén. A su hijo ilegítimo Manfredo lo nombró príncipe de Tarento y gobernador del reino de Sicilia.

Mientras los gibelinos lamentaban su muerte, Inocencio IV exhortaba a los cielos a sumarse a su alegría. Con la desaparición del "estupor del mundo", la victoria del Papado era cuestión de tiempo. El vasto imperio dinástico de los Hohenstaufen ya no tenía futuro.

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