Un edificio legendario

El faro de Alejandría, una maravilla de la Antigüedad

A la entrada del puerto de Alejandría se levantaba una gigantesca torre de más de cien metros de altura, cuya brillante luz nocturna se confundía con la de una estrella.

El Faro aparece rodeado de las otras seis Maravillas de la Antigüedad. Grabado por Philipp Galle a partir de una pintura del neerlandés Maarten van Heemskerck. 1572.

Foto: Alamy / ACI

A comienzos del año 331 a.C., Alejandro recorría el norte de Egipto escoltado por un puñado de hombres. Apenas hacía tres años que el joven rey de Macedonia había iniciado su campaña contra los persas y ya les había arrebatado las costas del Mediterráneo oriental. En el delta del Nilo, Alejandro deseaba fundar un puerto que le asegurara el control del mar y reemplazara a la fenicia Tiro, arrasada por sus tropas.

Mapa de la zona del delta del Nilo donde se ubicó la ciudad de Alejandría, en Egipto, a orillas del lago Mareotis.

Mapa de la zona del delta del Nilo donde se ubicó la ciudad de Alejandría, en Egipto, a orillas del lago Mareotis.

Mapa de la zona del delta del Nilo donde se ubicó la ciudad de Alejandría, en Egipto, a orillas del lago Mareotis.

Foto: Fernando G. Baptista / National Geographic Image Collection

Pronto dieron con el emplazamiento perfecto: una lengua de tierra, conectada con el Nilo por el Canopo (el más occidental de los ramales del Delta) y protegida, al sur, por el lago Mareotis. Asegura la tradición que, cuando quisieron trazar los límites de la ciudad, carecían de tierra blanca, así que emplearon harina. Apenas habían terminado, cuando un gran número de aves oscureció el cielo y, en unos instantes, devoró la harina. Alejandro lo consideró un mal presagio, pero sus adivinos se apresuraron a ofrecer una interpretación diferente: la nueva ciudad abundaría en todo y sería fuente de sustento para todas las naciones. Acababa de nacer Alejandría, el gran puerto del Mediterráneo.

Lucerna alejandrina

Lucerna alejandrina

Una vista del puerto de Alejandría decora esta sencilla lámpara de aceite hecha en terracota. Siglos I-III d.C.

Foto: Erich Lessing / Album

Cronología

Mil años de luz

331 a.C.

Alejandro Magno funda la ciudad de Alejandría en el delta del Nilo, sobre una lengua de tierra entre el mar y una gran laguna.

323 a.C.

Muere Alejandro. Su general Ptolomeo I Lagos se apodera de Egipto y funda la última dinastía faraónica, la de los Ptolomeos o Lágidas.

282 a.C.

Finaliza la construcción del faro, llevada a caboentre los reinados de Ptolomeo I y su hijo Ptolomeo II. El director de los trabajos tal vez es Sóstrato de Cnido.

47 a.C.

Cleopatra VII, la última soberana ptolemaica, ordena la primera gran reparación documentada del Faro.

1303 d.C

Un terremoto deja el Faro en ruinas. Parte de sus restos, caídos en el mar, serán localizados en 1994.

1479 d.C.

El sultán mameluco Qaitbay termina la construcción del fuerte que lleva su nombre en el emplazamiento del Faro de Alejandría.

El fundador de Alejandría fue representado como faraón, realizando una ofrenda ante el dios Amón-Min, en este relieve del templo de Luxor.

El fundador de Alejandría fue representado como faraón, realizando una ofrenda ante el dios Amón-Min, en este relieve del templo de Luxor.

El fundador de Alejandría fue representado como faraón, realizando una ofrenda ante el dios Amón-Min, en este relieve del templo de Luxor.

Foto: Giancarlo Patatino / AGE Fotostock

Una costa peligrosa

Alejandría, decían los viajeros, tenía forma de clámide, una capa alargada y resistente. Un rectángulo casi perfecto entre el mar y el lago Mareotis. Un canal la abastecía de agua dulce desde el Canopo, y su alcantarillado y sus anchas avenidas eran inéditos en el Mediterráneo oriental. La ciudad estaba dividida en cinco barrios, pero un cuarto de la urbe estaba ocupado por el barrio real, un magnífico complejo de palacios y jardines.

Tal y como habían profetizado los adivinos, a comienzos del siglo III a.C., cincuenta años después de su fundación, Alejandría ya era el principal puerto entre Libia y Fenicia, y nutría a múltiples naciones. En el distrito del puerto, separado del resto de la ciudad, las mercancías se vendían libres de impuestos. Comerciantes de todo el mundo conocido, griegos, egipcios, romanos, judíos, sirios, árabes, persas, incluso indios y gentes llegadas de más allá del Sahara, intercambiaban productos agrícolas por exquisitas vasijas de cerámica, oro, perlas, incienso o huevos de avestruz.

El puerto era profundo, apto hasta para los barcos de mayor calado, y una hilera de islas protegía la ensenada de los peligrosos vientos del norte. Sin embargo, la singladura por estas aguas no era del todo segura. Sin brújula ni instrumentos de navegación, los marineros se orientaban por los accidentes de la costa, pero en el delta del Nilo no había montañas ni acantilados, sólo una interminable sucesión de marismas y desiertos, y la tierra estaba tan baja que a veces parecía esconderse bajo el mar.

Además, a causa de las corrientes, a lo largo de toda la costa septentrional de Egipto había una gran lengua de arena sumergida, invisible para aquellos que no conocieran bien aquellas aguas. No eran pocos los que, creyendo haber escapado de los peligros del mar, se encaminaban despreocupadamente hacia la costa y naufragaban de repente al encallar sus barcos en la arena. Por último, frente a Alejandría había una doble fila de escollos hundidos a poca profundidad, que podían resultar fatales si las mareas y los vientos eran desfavorables.

Isis Faria, diosa protectora del faro de Alejandría. Estatuilla en bronce, de 24 cm de altura. Época romana. Museo del Louvre, París.

Isis Faria, diosa protectora del faro de Alejandría. Estatuilla en bronce, de 24 cm de altura. Época romana. Museo del Louvre, París.

Isis Faria, diosa protectora del faro de Alejandría. Estatuilla en bronce, de 24 cm de altura. Época romana. Museo del Louvre, París.

Foto: RMN - Grand Palais

El sueño de Alejandro

A comienzos del siglo III a.C. se decidió levantar un edificio de gran altura, que rompiera la monotonía de la costa egipcia y revelara a los marineros una entrada segura al puerto de Alejandría. El impulsor de la construcción fue, probablemente, Ptolomeo I Sóter, un noble macedonio fundador de una dinastía de faraones griegos, que se había apoderado de Egipto
tras la muerte de Alejandro en 323 a.C.

El emplazamiento de esta singular estructura, la primera de ese tipo levantada por el hombre, se escogió con sumo cuidado. Frente a la costa de Alejandría había una isla de unos cinco kilómetros de largo. A pesar de su pequeño tamaño, la isla de Faros ya era célebre entre los griegos. Se contaba que Menelao había atracado en ella, de regreso de Troya, para realizar aguadas en sus oscuros pozos. Alejandro había soñado con la isla cuando recorría las costas de Egipto, buscando un lugar para fundar Alejandría.

Un hombre de sienes plateadas y aspecto sabio se le apareció mientras dormía y le recitó unos versos: «En el undoso y resonante Ponto hay una isla, a Egipto contrapuesta, de Faros con el nombre distinguida». El macedonio despertó, buscó la isla y, cuando vio su emplazamiento privilegiado, comentó a sus compañeros que Homero, tan admirable en todo, era además un habilísimo arquitecto.

Ptolomeo I en una moneda, ciñendo la diadema de la realeza.

Ptolomeo I en una moneda, ciñendo la diadema de la realeza.

Ptolomeo I en una moneda, ciñendo la diadema de la realeza.

Foto: ASF / Album

El Faro costó una décima parte de todo el tesoro de los reyes ptolemaicos

En el extremo occidental de la isla había un islote, separado apenas de Faros por una lengua de mar, y fue allí donde se decidió construir el nuevo edificio. La torre tomó el nombre de la isla vecina, y es así como la palabra «faro» ha llegado hasta nuestros días.

Los trabajos, iniciados por Ptolomeo I, concluyeron durante el reinado de su hijo, Ptolomeo II Filadelfo. La dirección de las obras tal vez recayó sobre un hombre llamado Sóstrato de Cnido, cuyo nombre podía leerse en una inscripción que adornaba el edificio. Se contaba que, para pasar a la posteridad, Sóstrato se había servido de una curiosa argucia. Había escrito su nombre en una inscripción de piedra, pero de modo que quedara oculto por un pedazo de yeso en el que se leía la onomástica del monarca, contando con que, con el paso del tiempo, el blando yeso desaparecería y su nombre emergería para ser recordado por las futuras generaciones.

El monumento imaginado

El monumento imaginado

Este mosaico evoca el Faro, con la rampa que conducía hasta su entrada y la estatua que lo coronaba. A juzgar por los rayos de su corona, el autor de este pavimento lo identificó con Apolo o con Helios.

Foto: Alamy / ACI

Una nueva estrella

La construcción, como todas las empresas de los primeros Ptolomeos, era formidable. Plinio señaló que las obras costaron 800 talentos, unas 33 toneladas de plata, la décima parte de todo el tesoro real. Se calcula que el Partenón, levantado siglo y medio antes, había costado algo más de la mitad, entre 450 y 500 talentos. Con más de cien metros de altura, se decía que el faro de Alejandría podía ser visto por los barcos a cincuenta kilómetros de distancia, a más de una jornada de navegación. De día servía de punto de referencia a los marineros; de noche permitía fondear a las naves al abrigo del edificio.

El fuego que estaba siempre encendido en la cima era tan brillante que, en la oscuridad, podía ser confundido con una estrella. Durante el día, el humo se elevaba a tal altura que ofrecía una referencia inconfundible. Se ignoran los recursos que se emplearon para conseguir este efecto, pero parece posible que el fuego se alimentara no con madera, escasa en Egipto, sino con raíces de papiro o petróleo sin refinar.

De igual modo, puede que en algún momento se instalara una especie de espejo, realizado con un metal muy pulido o algún tipo de cristal, que sirviese para reflejar el brillo de la llama. Ya en época medieval, los autores árabes, fascinados por el edificio, fantaseaban con la idea de que el prodigioso espejo de su cima se había usado como catalejo, pero también para ampliar y concentrar la fuerza de la luz del sol, permitiendo hundir los barcos de los enemigos.

La imagen de una leyenda

La imagen de una leyenda

El Faro, en una miniatura otomana de 1582 incluida en el Libro de la felicidad, de Mehmed ibn Emir Hasan al-Su’udi. Por entonces ya no quedaba nada de aquella construcción.

Foto: AKG / Album

Algunos investigadores han considerado la posibilidad de que el faro emitiera algún tipo de señal sonora, útil durante las jornadas de niebla. Eso podría dotar de un propósito práctico a las estatuas de tritones soplando conchas marinas que había en la cima, y explicaría las «terribles voces» que según algunos autores árabes salían del edificio.

El faro se convirtió muy pronto en objeto de admiración. Algunos lo incluyeron entre las Siete Maravillas de la Antigüedad, y los que pudieron contemplarlo de cerca, como Julio César, se asombraban de su altura y su magnífica construcción. Pero esto no lo libró de los estragos del tiempo. A finales del siglo I a.C. se realizó la primera gran restauración de la torre, llevada a cabo por la última reina de la dinastía ptolemaica, Cleopatra VII. Cuando los árabes conquistaron Egipto casi 700 años después, el faro seguía en pie.

Las antiguas ruinas

El fuerte de Qaitbay

El fuerte de Qaitbay

Como parte de sus obras defensivas contra la amenaza de los turcos otomanos, el sultán egipcio Qaitbay mandó construir este fuerte para proteger Alejandría; Qagmas Al-Eshaqy dirigió las obras. 

Foto: Hisham Ibrahim / Getty Images
Lámpara de terracota con la forma del Faro de Alejandría, fabricada en el siglo III a.C. Se conserva en el Museo Grecorromano de Alejandría.

Lámpara de terracota con la forma del Faro de Alejandría, fabricada en el siglo III a.C. Se conserva en el Museo Grecorromano de Alejandría.

Lámpara de terracota con la forma del Faro de Alejandría, fabricada en el siglo III a.C. Se conserva en el Museo Grecorromano de Alejandría.

Foto: DEA / Scala, Firenze

Poco a poco, los terremotos que sacudieron Egipto durante la Edad Media destrozaron el edificio. En el siglo XIV, el célebre viajero Ibn Battuta se lamentó del penoso estado de la construcción, y para entonces ya debía de ser imposible acceder al interior. En 1477, cuando el faro era sólo un montón de ruinas, un sultán mameluco ordenó emplear sus restos para construir el fuerte de Qaitbay, cuya mole recuerda el emplazamiento de una de las más longevas maravillas del mundo antiguo.

----------

Los faros de la Antigüedad

El aspecto actual del faro de A Coruña se debe a una reforma del siglo XVIII. Está considerado el faro en activo más antiguo del mundo.

El aspecto actual del faro de A Coruña se debe a una reforma del siglo XVIII. Está considerado el faro en activo más antiguo del mundo.

El aspecto actual del faro de A Coruña se debe a una reforma del siglo XVIII. Está considerado el faro en activo más antiguo del mundo.

Foto: Shutterstock

El uso de hogueras en puntos estratégicos de la costa para orientar a los marinos está documentado desde comienzos del I milenio a.C. Incluso había unos piratas, los llamados «naufragadores», que las utilizaban para engañar a los barcos, dirigirlos contra los escollos y apoderarse de su cargamento cuando naufragaban.

Los faros más antiguos podrían ser tres torres levantadas en la isla griega de Thassos, en el siglo V a.C. Sin embargo, tras la erección del faro de Alejandría estos edificios se hicieron más grandes y monumentales, y con la conquista romana se multiplicaron, desde Ostia, Mesina o Ravena en Italia hasta Dover en Inglaterra. Uno de los mejor conservados es el de Brigantium (actual A Coruña), levantado entre los siglos I y II d.C.

Las palabras de Plinio

Recreación del Faro emitiendo luz durante la noche.

Recreación del Faro emitiendo luz durante la noche.

Recreación del Faro emitiendo luz durante la noche.

Foto: Walter B. Myers / Bridgeman / ACI

"El uso de esta torre es tener encendido un fuego, para que los que navegan en la oscuridad de la noche conozcan los vados y la entrada del puerto […]. El peligro que hay en el relumbrar del fuego es que, desde lejos, se confunda con una estrella, pues por la noche parece serlo". Plinio, Historia natural, XXXVI, 83.

Los restos del faro

Esfinge hallada en 1994 durante las excavaciones en el área del Faro, dirigidas por Jean-Yves Empereur.

Esfinge hallada en 1994 durante las excavaciones en el área del Faro, dirigidas por Jean-Yves Empereur.

Esfinge hallada en 1994 durante las excavaciones en el área del Faro, dirigidas por Jean-Yves Empereur.

Foto: Sylvain Grandadam / AGE Fotostock

En 1994, una misión francoegipcia realizó excavaciones submarinas junto al fuerte Qaitbay. Aparecieron cientos de columnas de granito y mármol y dos docenas de esfinges, elementos reutilizados de antiguos monumentos. Junto a estos restos, aparecieron también cinco de las estatuas colosales de faraones ptolemaicos que adornaban el acceso al faro.

El hallazgo más llamativo fueron varios bloques de granito rosa de Asuán dispersos por el fondo, como si hubieran caído desde gran altura. Sus dimensiones (más de 11 metros de largo y 75 toneladas de peso) y calidad de talla eran extraordinarios. Probablemente eran restos del faro, bloques que, por la resistencia del granito, se habrían usado en puntos críticos del edificio, como jambas o dinteles.

Para saber más

Alejandro Magno y la conquista del nuevo mundo

Alejandro Magno y la conquista del nuevo mundo

Leer artículo

Este artículo pertenece al número 200 de la revista Historia National Geographic.