Tráfico de esclavos en la Edad Media

La esclavitud, el gran negocio de los vikingos

La esclavitud y el comercio de esclavos fueron una parte muy importante de la economía vikinga. A los hombres se les destinaba a los trabajos más duros, mientras que las mujeres alimentaban una gran red de tráfico sexual.

Barco vikingo

Foto: iStock/Sylphe_7

“Dicho con diáfana claridad: los vikingos no solo eran esclavistas, sino que el secuestro, venta y explotación forzada de seres humanos fue siempre uno de los pilares centrales de su cultura”. Así define Neil Price, catedrático de Arqueología en la Universidad de Upsala (Suecia) y experto en el mundo vikingo, uno de los motores principales de la economía de este pueblo. Si los vikingos fueron tan temidos en la Edad Media era porque sus ataques solo podían acabar de dos maneras para sus víctimas: la muerte o la esclavitud.

El tráfico de seres humanos no era una mera consecuencia de sus incursiones a lo largo y ancho de Europa, sino a menudo el propósito mismo de estas. Los vikingos hacían prisioneros para su propio uso: los ponían a trabajar en sus granjas, en las tareas más pesadas, en las labores del hogar y también se valían de ellos -y sobre todo de ellas- con fines sexuales. Pero además de esto, existía una verdadera economía de la esclavitud de la cual eran los grandes proveedores.

El tráfico de personas no era una mera consecuencia de las incursiones vikingas a lo largo y ancho de Europa, sino a menudo el propósito mismo de estas.

Una propiedad viviente

Legalmente, cualquiera que capturara a un hombre o mujer por la fuerza tenía derecho a convertirle en una posesión suya. También podía tomar como esclavos a quienes le debieran una cierta cantidad de dinero y no tuvieran medios ni posesiones para saldar la deuda, o si estos habían cometido un delito en su contra y un tribunal les había condenado a servir a la persona perjudicada.

Desde ese momento y en adelante, los desafortunados eran tratados a todos los efectos como una posesión material. Su propietario tenía derecho a usarlos como le conviniera, a venderlos e incluso a matarlos; inclusive, si su amo moría, podían ser ejecutados y enterrados con él como parte de su ajuar funerario, como si de cualquier objeto se tratase. Si otra persona libre les causaba algún daño la compensación no iba para ellos sino para el amo, en concepto de daño a la propiedad.

Los esclavos de los vikingos eran tratados como una posesión material, sin prácticamente ningún derecho y pocas posibilidades de recuperar la libertad.

La sociedad vikinga no concedía prácticamente ningún derecho a los esclavos y estos tenían pocas posibilidades de librarse de su destino. Técnicamente tenían derecho a comprar su libertad, pero la compensación que recibían por su trabajo era tan escasa que dificilmente podían llevarlo a la práctica. La única posibilidad real que tenían de ganar la libertad era que su amo decidiera dársela, bien como muestra de benevolencia o por su propio interés, cuando ya no le resultaban útiles y no podía sacar un gran beneficio de su venta.

Aun así, nunca se libraban del todo del estigma y no eran considerados iguales a las personas que no habían sido esclavas, por lo que en la práctica seguían ligados a su antiguo propietario para conseguir trabajo, con la diferencia de que aquel ya no tenía la obligación de mantenerlos. Si un esclavo dejaba de ser productivo, podía ser más barato liberlarlo y pagarle poco por su trabajo antes que tener que alimentarlos.

Barco Vikingo y monatñas

Los barcos eran el medio de transporte preferido por los vikingos. Para el comercio de productos y de esclavos se utilizaba un tipo de embarcación llamada knarr, que disponía de mayor anchura y calado para disponer de un espacio de carga.

Foto: iStock

Esclavos domésticos

La ocupación principal de los esclavos era el trabajo en las granjas y casas de sus dueños. La húsfreyja, es decir, la señora de la casa, era la autoridad doméstica y quien se encargaba de dirigir el trabajo de los esclavos.

Los hombres solían encargarse de trabajos agrícolas. Incluso las granjas pequeñas tenían uno o dos esclavos destinados a este fin y los grandes terratenientes podían tener decenas de ellos, puesto que los vikingos vivían en latitudes donde la agricultura era poco productiva y había que cultivar grandes extensiones de terreno para sacarles rendimiento. También se les destinaba a trabajos de riesgo como la construcción y la reparación de barcos, puesto que si sufrían algún accidente podían ser eliminados y sustituidos como si se tratase de una herramienta rota.

Los hombres solían encargarse de trabajos agrícolas, mientras que las mujeres eran destinadas a las tareas de la casa y a la esclavitud sexual.

Las esclavas solían ocuparse de ayudar a la húsfreyja en las tareas de la casa y en la producción de bienes domésticos como tejidos, que también constituían una parte importante de la economía familiar. Que se las dedicase a trabajos más ligeros se debía a que también eran habitualmente esclavas sexuales y no se las quería “estropear” con duros trabajos físicos. Su amo tenía derecho a hacer lo que quisiera con ellas y sus esposas les reconocían este derecho como válvula de escape sexual, puesto que abusar de la propia esposa tenía consecuencias legales. Incluso se consideraba de “buena educación”, al acoger a un huésped, ofrecerle a las propias esclavas como muestra de hospitalidad. Los hijos nacidos de una esclava heredaban su condición, a no ser que el hombre decidiera reconocerlos como propios, por ejemplo en caso de que su esposa fuese estéril o no le hubiera dado hijos varones.

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Tráfico de esclavos

Pero además de este uso “doméstico” de los esclavos, los vikingos se dedicaban a lo que podía llamarse en toda regla comercio de personas. Las incursiones tenían a veces el único objetivo de capturar esclavos para su venta, una práctica que era legal aunque en ciertas condiciones estaba mal vista: por ejemplo, en algunos países católicos se consideraba que solo era legítimo esclavizar a los no católicos y por ello se prefería tomar a musulmanes, judíos, pueblos no cristianizados o seguidores de los movimientos que la Iglesia consideraba herejías.

Esto convertía a la Europa del este y del norte, donde el cristianismo no había llegado todavía, en el gran “coto de caza” de los vikingos. Desde sus bases navegaban en campañas que eran verdaderas cazas de esclavos, ya que no había grandes tesoros que conseguir. En especial las mujeres europeas del este eran consideradas “mercancía exótica” y a veces se las capturaba solo a ellas, después de pasar por la espada a todos los hombres. La trata de esclavos y en particular de esclavas sexuales constituía una parte muy importante del comercio vikingo.

La trata de esclavos y en particular de esclavas sexuales constituía una parte muy importante del comercio vikingo.

Existen testimonios directos de la brutalidad de este comercio, como la que dejó por escrito el historiador Ahmad ibn Fadlan, enviado como embajador del califa de Bagdad a los pueblos vikingos del río Volga. En su crónica describe como las mujeres secuestradas eran violadas con regularidad y a menudo en grupo durante el trayecto hasta los mercados de esclavos, ante la mirada impasible de las propias esposas de sus captores. Incluso, en el momento de la venta, el vendedor tenía derecho a violarla en presencia del comprador para demostrar la “calidad de la mercancía”. Ibn Fadlan también narra como las que se ponían enfermas durante el viaje eran arrojadas al agua o a las cunetas sin la menor preocupación.

Por todo ello los vikingos fueron, entre los siglos VIII y XI, el pueblo más temido de Europa. Este miedo estaba especialmente presente en los territorios que no contaban con una autoridad fuerte respaldada por una gran fuerza militar, como las costas del Báltico o la desunida Inglaterra anglosajona. Durante cientos de años los feroces guerreros del norte fueron la mayor pesadilla de los hombres y, especialmente, de las mujeres europeas.

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