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Tráfico de esclavos en el campamento de los eslavos orientales en una pintura de Serguéi Ivanov.

Foto: CC
Tráfico de esclavos en el campamento de los eslavos orientales en una pintura de Serguéi Ivanov.

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Curiosidades de la Historia: Episodio 61

La esclavitud en la Edad Media

Tras la Peste Negra de 1348-1351 la esclavitud aumentó enormemente, pues muchos propietarios de talleres y campos necesitaban mano de obra barata.

Tras la Peste Negra de 1348-1351 la esclavitud aumentó enormemente, pues muchos propietarios de talleres y campos necesitaban mano de obra barata.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

La esclavitud fue una realidad cotidiana en la Europa mediterránea desde la época romana y a lo largo de la Edad Media. Tras la Peste Negra de 1348-1351 su peso se incrementó, pues las demandas de aumento de salarios por parte de jornaleros y de aprendices de los talleres llevaron a muchos propietarios a buscar una alternativa en la mano de obra forzosa. Además, la expansión comercial de ciudades como Venecia, Génova, Pisa, Barcelona o Valencia a través del Mediterráneo proporcionó acceso a muchas zonas de obtención de esclavos, desde los Balcanes y las costas del mar Negro hasta el norte de África. Entre los siglos XII y XV, los esclavos negros, adquiridos en Libia o Túnez a comerciantes árabes, eran una minoría, aunque su importancia fue en aumento. Junto a ellos podían encontrarse esclavos bosnios, búlgaros, albaneses, tártaros, rusos, turcos...

En un primer momento, la mayoría de esclavos eran musulmanes que habían sido capturados durante una guerra en un territorio islámico, por ejemplo, en las campañas de la Reconquista española. La captura también podía ser resultado de una razia. En 1412, por ejemplo, Rodrigo de Luna dirigió un asalto a la población argelina de Sharshal en el que se hizo con 700 cautivos, en su mayoría mujeres y niños. Sin embargo, desde el siglo XIV, aunque no desaparecieron los musulmanes, eran más numerosos los obtenidos mediante el tráfico comercial, sobre todo orientales y balcánicos.

También se podía esclavizar a cristianos, bien porque los hubiera excomulgado el papa –como hizo Clemente V con los venecianos en 1305–, bien porque se los considerase cismáticos, como los bizantinos después de su ruptura con la Iglesia romana en 1054.

En Barcelona, los esclavos debían ser declarados y obtener el certificado de «buena guerra», que significaba que habían sido capturados de forma «legal». No hay que imaginarse grandes cargamentos de cautivos que se vendían en un mercado público, aunque algunas fuentes aluden a la Lonja de Mar como lugar de venta. Los esclavos llegaban en pequeños grupos y solían venderse entre particulares o a través de corredores.

El precio del esclavo dependía de su edad –los valores más altos correspondían a la franja de entre 14 y 40 años–, así como de su estado físico y del destino que le quería dar el nuevo propietario. Ese precio fluctuó mucho a lo largo del tiempo. Por ejemplo, en 1419 una esclava circasiana de 15 años era vendida por 60 libras, mientras que en 1460 una esclava tártara de 16 años valía sólo la mitad (los circasianos procedían de la costa oriental del mar Negro). Las esclavas de mayor precio eran las orientales o las balcánicas: en 1416 una esclava búlgara de 30 años fue comprada por 85 libras, casi la misma cantidad que se pagó en 1423 por una rusa de 20 años. En cambio, por las mismas fechas se pagaba poco más de 40 libras por esclavas musulmanas negras de parecida edad. A veces se las vendía con sus hijos. Así, en 1413, la esposa de un caballero le compró a un carpintero barcelonés, por 70 libras, a la rusa María, de 30 años, y a su hijo Lluís, de cinco meses. Los hombres, en cambio, tenían un precio más uniforme: entre 1418 y 1454 se vendió por la misma suma, 65 libras, a un negro de 14 años, un ruso de 18 y un tártaro.

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El vendedor tenía la obligación legal de hacer constar cualquier enfermedad o defecto físico del esclavo. Si no lo hacía y el comprador descubría algún problema tras la transacción, podía anular la venta o quedarse con el esclavo, pero recuperando una parte del precio que había pagado por él. En caso de disputa, una comisión de dos médicos, designados por el juez local (baile) de Barcelona o un juez a propuesta de las partes, debía elaborar un dictamen.

Por ejemplo, un tal Andreu Garcia, hostalero de Lérida, denunció al platero barcelonés Bernat Blascho por la venta de la esclava Nicolaua, circasiana de 28 años, que sufría epilepsia. En 1395, la viuda de un mercader barcelonés instó a la esposa de un caballero que le había vendido una esclava circasiana también epiléptica a que la recuperara y le devolviera las 27 libras que le había pagado. En los archivos se encuentran numerosas reclamaciones por esclavos recién adquiridos a los que se descubría todo tipo de problemas físicos. Sin embargo, existía la posibilidad de incluir en el documento de compraventa una renuncia expresa a estas reclamaciones, el denominado modo piratico, lo que suponía una rebaja en el precio del esclavo.

Una vez realizada la compra, la mayor preocupación de los propietarios de esclavos era mantenerlos controlados. A principios del siglo XV se presentó al Consejo de Barcelona una propuesta para que los amos de esclavos pudiesen solicitar al baile de la ciudad que los castigara en caso de mal comportamiento o insumisión. En 1455 se creó en Valencia una asociación de propietarios para castigar a los esclavos que cometiesen crímenes contra ellos. Especialmente acuciante era el problema de la fuga de esclavos, sobre todo en Cataluña, ya que podían escapar a la vecina Francia, donde la esclavitud no estaba reconocida. Los musulmanes estaban tentados de fugarse al reino de Granada, por tierra o por mar. En 1434 un barquero barcelonés reclamó que le pagaran los gastos por la persecución en un laúd (una embarcación ligera) de unos esclavos huidos de la ciudad.

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Para evitar las fugas, en 1343 las autoridades barcelonesas prohibieron a los esclavos circular de noche por la ciudad, transitar por las zonas de playa o salir del territorio del municipio, a no ser que contaran con el permiso de su propietario; en caso de incumplimiento se les castigaba con una multa o a sufrir entre 10 y 20 azotes en público. En 1350, el consejo de la ciudad estableció que si huía un grupo el que lo dirigía debía ser condenado a muerte y a los otros se les cortarían las orejas. En 1449, las autoridades barcelonesas se dirigieron a las de Manresa a propósito de un esclavo negro de 35 años, propiedad de un curtidor barcelonés, que tras escaparse había sido arrestado por robo y ahora se exponía a que le amputaran las orejas. Los consejeros barceloneses pedían que se aceptara una indemnización del propietario del esclavo y que éste fuese azotado, pero que no se le cortasen las orejas por un primer hurto, pues aquél perdería valor en el mercado.

Los propietarios encargaban a veces a «procuradores» que buscaran sus esclavos huidos y los trajeran de vuelta por la fuerza. Otros, en cambio, preferían prometer a los fugitivos la libertad si regresaban y seguían trabajando para ellos durante cierto tiempo mediante los llamados «contratos de ahorría». Por ejemplo, en 1443 un fabricante de capacetes (un tipo de casco) de Barcelona ofreció a un esclavo suyo refugiado en Toulouse liberarlo si le servía durante siete años más.

Existían, pues, esclavos emancipados, algunos de los cuales no dudaron en pasar de explotados a explotadores. Tal fue el caso del liberto Joan Coll, alias Splugues, sarraceno negro y antiguo esclavo del mercader Bernat Coll, quien a lo largo de 1442 compró cuatro cautivos: Alí, de 35 años; Fátima, de 30 años; un segundo esclavo musulmán procedente de Bugía, en la costa argelina, y Marta, una esclava circasiana de casi 40 años.

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