Los jinetes de la estepa

Escitas, el pueblo nómada del mundo antiguo

Ágiles jinetes y diestros arqueros, tan feroces como valientes, los escitas bebían en los cráneos de sus enemigos y daban muerte a los servidores de sus caudillos para que los acompañaran en el Más Allá. Victoriosos sobre el Imperio persa, en las tumbas de sus reyes el brillo del oro atestigua su pasión por la belleza y el lujo.

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El santuario de Antíoco I de Comagene, cuyos restos colosales se ven aquí, fue erigido en la cima del Nemrut Dagi (Turquía), en el siglo I a.C. Antes, la Comagene fue dominio de Urartu, reino destruido por los escitas en el siglo VI a.C.

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El historiador griego Heródoto los kurganes, que demostraron ser las de los relató el vano empeño del rey persa Darío el Grande en someter a su yugo a un misterioso pueblo «de ojos muy azules y cabellos color de fuego», temibles nómadas esteparios que habitaron entre Asia y Europa a partir del siglo VIII a.C. hasta su enigmática desaparición durante el siglo IV a.C. El legendario país de estas gentes, Escitia, era ya citado por Homero como un recóndito lugar, brumoso y de lluvias eternas, en los confines del mundo conocido. Y, en efecto, hasta hace relativamente poco tiempo lo único que sabíamos de los escitas eran las fantásticas noticias de la antigua literatura griega acerca de sus extrañas y sanguinarias costumbres, su lealtad extraordinaria, sus creencias en el más allá y sus opulentos enterramientos

Tales historias eran consideradas leyendas de dudosa credibilidad hasta que, a comienzos del siglo XX, los arqueólogos rusos comenzaron a sacar a la luz algunas formidables tumbas, ocultas en túmulos funerarios, los kurganes, que demostraron ser las sepulturas de los reyes escitas. La riqueza de las delicadas joyas que encontraron causó tanta impresión como los cadáveres tatuados de sus reyes, conservados en los hielos perpetuos de las estepas. La leyenda tomaba cuerpo al fin gracias a los hallazgos arqueológicos, que fueron confirmando algunas de las noticias referidas por Heródoto de Halicarnaso en el libro IV de sus memorables Historias. 

UN ORIGEN LEGENDARIO 

Los escitas fueron un pueblo nómada de lengua irania y probable origen en las estepas de Asia –entre el mar de Aral y el lago Baikal–, que se asentó en lo que hoy es el sur de la Federación Rusa y Ucrania. Durante aproximadamente un milenio fueron protagonistas de la historia antigua de Oriente Próximo, llegando a invadir Egipto a finales del siglo VII a.C. –tal vez su momento de máximo poder– y siendo mencionados en el recuento de pueblos del Génesis. Sobre su origen expone Heródoto tres teorías. Las dos primeras son historias míticas: en una de ellas se refiere que los escitas provienen de la unión de un tal Targitao, hijo de Zeus, y de la ninfa hija del río Borístenes (el actual Dniéper). Ésta dio a luz tres hijos –Lipoxais, Arpoxais y Colaxais–, de los que procederían las tres razas de los escitas. Según un segundo mito, son del linaje de Heracles. Un monstruo que habitaba cerca del mar Negro, mitad mujer mitad serpiente, chantajeó al héroe para unirse con él con la promesa de restituirle unos rebaños. La mujer serpiente engendró tres hijos de Heracles: Agatirso, Gelono y Escita, y le preguntó al héroe qué debía hacer cuando se hiciesen hombres. Heracles le dio un arco y respondió: «A quien pueda tensarlo, hazlo rey de estas tierras». Fue Escita el que pudo, y él heredó el reino y fundó un pueblo de arqueros famosos. 

Scythian comb

Scythian comb

Escena de caza. Quizá se trate de la muerte del rey escita Esciles por instigación de su hermano Octamasades. Peine de oro hallado en el kurgán de Solokha. Siglos V-IV a.C. Hermitage, San Petersburgo.

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La tercera versión que cuenta Heródoto acerca de sus orígenes es algo más verosímil: «Los escitas, dice, eran nómadas que habitaban antaño en Asia. Bajo la presión de los masagetas [otro pueblo asiático de disputada identificación] cruzaron el río Araxes y llegaron a Cimeria». Parece, pues, que su llegada a Europa a través del Cáucaso se debe al empuje de otras tribus nómadas en algún momento de los siglosVIII-VII a.C. Esto concuerda, a grandes rasgos, con las teorías migratorias de los modernos escitólogos, que localizan una oleada de pueblos de las estepas que invadió durante esta época la zona donde la literatura clásica sitúa a los escitas. 

EL PODER ESCITA 

Más allá de estos orígenes míticos, los primeros testimonios históricos de este pueblo se encuentran en un tratado que suscribieron con el reino asirio. Los asirios trabaron relaciones con los escitas, que hostigaban sus fronteras, y lograron aliarse con ellos contra los cimerios y los medos. Pero a finales del siglo VII a.C. los escitas se volvieron contra los asirios y «reinaron sobre Asia devastándolo todo, audaces y sanguinarios, durante veintiocho años», como cuenta Heródoto. Posteriormente, algunas tribus escitas aparecen como aliadas del rey de los medos y del de los lidios. Parece que hacia 670 a.C. regresaron a sus asentamientos al norte del Cáucaso después de sus incursiones por Oriente. Este regreso, y una guerra civil entre los escitas y sus esclavos, que habían tomado el poder y sus mujeres en su ausencia, son narrados también por el historiador griego. Siguió a estos episodios una paz más o menos estable durante una generación. 

Gold scythian belt title from Mingachevir, Azerbaijan

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Caballo y perro en un ornamento de cinturón escita encontrado en Azerbaiyán.

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Por esta misma época los escitas entraron en contacto con los colonos griegos instalados en el mar Negro y establecieron intensas relaciones comerciales y culturales con ciudades como Olbia y Panticapea. El influjo helénico se dejó notar en las artes escitas, y la cultura escita influyó también en el imaginario griego: prueba de ello es la figura legendaria de Anacarsis, el príncipe escita que aparece en la literatura griega conversando con el gran legislador ateniense Solón o con el rey Creso de Lidia, y al que se atribuyen dichos e invenciones ingeniosas. 

Pero los escitas consagraron su leyenda de irreductibles cuando, en el año 512 a.C., el soberano persa Darío I decidió conquistarlos tras someter a los tracios que ocupaban los Balcanes. Según la tradición, que transmite Heródoto, «Darío quería tomar venganza de los escitas, pues ellos, primeramente, habían invadido el país de los medos triunfando sobre quienes se les oponían y cometiendo grandes desmanes». Pero más bien puede explicarse porque, en su política de consolidar sus fronteras, Darío no podía olvidarse de los peligrosos escitas, que estaban en el recuerdo de los habitantes del Imperio persa. Las costumbres sanguinarias de los escitas reales, la élite guerrera de este pueblo, aterrorizaban a sus enemigos y su barbarie se hizo proverbial en Grecia y en Oriente. 

Warrior of Scithians

Warrior of Scithians

Jinete escita según una ilustración contemporánea.

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Los nómadas escitas eran jinetes invencibles y diestros arqueros que se adornaban con pieles y cabezas humanas como trofeos. Pero no desconocían la refinada estrategia militar: para poner en jaque al grandioso ejército persa, una maquinaria de guerra formidable, utilizaron el hostigamiento de la lucha de guerrillas y el desgaste a sus enemigos. Cuando Darío cruzó el Danubio para marchar contra ellos no podía imaginar lo que iba a suceder. La técnica que usaron para agotar al ejército persa fue la de dejar tierra quemada por medio: «Ir retirándose poco a poco y a la vez cegar los pozos y las fuentes y no dejar forraje en todo el país». El error del Gran Rey fue seguirles al interior de su país, las heladas y yermas estepas que se extendían desde el Danubio hasta el mar de Azov y el Don (o tal vez hasta el Volga), hasta que el hambre y las inclemencias del tiempo le obligaron a desistir de su empeño. 

COSTUMBRES GUERRERAS 

El nomadismo era la característica principal de este pueblo. El padre de la medicina griega, Hipócrates, en su tratado Sobre aires, aguas y lugares, describió el modo de vida nómada de los escitas llamados saurómatas. Éstos pasaban la vida a caballo, incluso las mujeres, a las que se amputaba el pecho derecho de niñas para poder luchar con arco y jabalina a caballo.Vivían agrupados en tribus, moviéndose por las estepas en grandes convoyes formados por carros de cuatro a seis ruedas, que eran arrastrados por bueyes. 

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Jinetes escitas en un collar de oro del siglo IV a.C.

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El clima extremo de su país, ventoso, húmedo y frío, y el sol escaso les daban una constitución, según el escrito atribuido al médico griego, grande, carnosa y lampiña. Su dieta era pobre y monótona, a base de carne hervida, leche de yegua y un queso elaborado con ésta. Por todo ello sufrían a menudo de impotencia y esterilidad, que al parecer era la «enfermedad escita» por excelencia. Esto se achacaba principalmente a su modo de vida sedentario, pues siempre marchaban a caballo o en carro y nunca se desplazaban a pie. Especialmente los hombres, en los que faltaba el deseo sexual por cabalgar tan a menudo. Por ello, dice Hipócrates, los escitas son una raza poco prolífica. 

La guerra era, si debemos creer el testimonio de los antiguos, la especialidad de este pueblo nómada, de casas sobre ruedas, recios corceles y sociedad altamente jerarquizada. Cuidaban el aprendizaje de la equitación y de las artes marciales (en especial el tiro con arco; pero también el combate con hacha y el uso del látigo) como base no sólo de su poderío militar, sino también de su forma de vida. Los arqueros escitas eran muy preciados por los persas y los griegos: Atenas usó mercenarios escitas contra los persas durante las guerras médicas. 

Paseas   ARV 163 8   oriental archer on horseback   Oxford AM 1879 175

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Guerrero escita en una Kylix ática del siglo V a.C. Museo Ashmolean, Oxford

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Entre los escitas, sólo los guerreros merecían respeto y consideración social. Sus costumbres a este respecto siguen pareciendo chocantes hoy. El escita debía beber la sangre del primer enemigo al que matase, como rito de iniciación (en algunas tribus se llegaba a practicar el canibalismo). Después debía recolectar las cabezas de todos los hombres que hubiese matado en combate y llevárselas al rey.

A estas cabezas luego se les arrancaban las cabelleras, tras efectuar una incisión alrededor de las orejas; así podían llevarlas atadas a la montura, a modo de toallas o cobertores. Utilizaban la piel humana arrancada a sus enemigos para todo tipo de usos: la de la mano derecha para cubrir el carcaj, la del tronco para elaborar estandartes, etc. Pero también cuenta Heródoto que usaban los cráneos de los enemigos especialmente odiados, tras vaciarlos convenientemente, para beber; los escitas más pudientes los recubrían con láminas de oro. Según la colección de cabezas y pieles de cada uno se medía su valor en combate y su prestigio social. De hecho, los jefes celebraban un banquete anual para la comunidad en el que no podían participar aquellos que no hubieran matado a nadie. Éstos quedaban apartados de la bebida en común, sufriendo la peor de las humillaciones. 

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Vista aérea del kurgán Arzhan-2, excavado en Rusia con la colaboración de la National Geographic Society.

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Los vínculos sociales entre los guerreros y su rey eran de lealtad inquebrantable y constituían la base de sus éxitos en combate. Entre los hombres se establecían hermanamientos de sangre: para los griegos, la amistad escita era de lealtad proverbial. De hecho, el escritor de origen sirio Luciano de Samósata (que vivió en el siglo II d.C.) escribió acerca de este tema una obra titulada Toxaris o de la amistad. Entre los escitas eran frecuentes los juramentos de fidelidad, especialmente al rey o al jefe de la tribu, y el más terrible pecado era faltar a ellos o jurar en falso. 

CREENCIAS Y RITOS FÚNEBRES 

Junto a los guerreros, la otra clase social de importancia eran los sacerdotes y adivinos. Los primeros practicaban una religión chamánica, por lo que sabemos de ella, con culto a los animales –como prueban las abundantes representaciones de éstos halladas en los túmulos– y a una serie de dioses que los griegos asimilaron a los suyos: Tabiti (Hestia, diosa del fuego del hogar), Papaios (Zeus, dios del trueno), Api (la Tierra), Goitosiro (Apolo), Argimpasa (Afrodita) y Tagimasada (Poseidón), más otros dos dioses de los que Heródoto sólo ha transmitido el nombre de su «versión» griega, Heracles y Ares, el dios de la guerra. Salvo a este último, el único que tenía derecho a un templo, a los demás los adoraban en las llanuras mediante sacrificios de reses, cuya carne era cocinada con sus huesos como combustible después de vaciarlos del tuétano, que era consumido como manjar. Según parece, esto se hacía debido a la escasez de madera. 

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Grifos atacando a un caballo, detalle de un pectoral escita de oro encontrado en el kurgán Tolstaya Mogila, siglo IV a.C.

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A Ares se le sacrificaban también animales y, más excepcionalmente, se inmolaba en su honor a uno de cada cien prisioneros de guerra tomados como botín. El ritual que refiere Heródoto resulta extraño: tras degollar a la víctima, el sacrificante le cortaba el brazo derecho desde el hombro y lo lanzaba por los aires. Estos sacerdotes, a juzgar por las noticias de los antiguos, realizaban también una serie de prácticas chamánicas, de éxtasis y contacto con el mundo de los muertos, parecidas a las de otras religiones antiguas del norte de Rusia. 

Los augures, por otro lado, practicaban la adivinación con varillas de sauce y eran de gran importancia en la vida de la comunidad política. Cuando el rey caía enfermo se llamaba a los tres adivinos más célebres, que investigaban si algún ciudadano había jurado en falso sobre el nombre del rey, lo que, a su parecer, era la mayor causa de enfermedades reales. Identificado el pecador, se lo traía arrestado y se le ponía a prueba con un tribunal de otros seis adivinos. Si era declarado culpable, se le cortaba la cabeza; pero si se determinaba su inocencia, eran los tres primeros adivinos los que perdían la vida. Como refiere Heródoto, «se ejecuta a los adivinos por infinidad de otros motivos»; la suya era una profesión prestigiosa pero de alto riesgo. 

Scythian helmet, copper alloy, Samarkand, 6th 1st century BCE

Scythian helmet, copper alloy, Samarkand, 6th 1st century BCE

Casco escita hecho con una aleación de cobre, siglos VI-I a.C.

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Las costumbres funerarias llamaban mucho la atención a los griegos: cuando el rey moría se embalsamaba su cadáver, relleno de hierbas aromáticas, y se llevaba en un carro por las extensas llanuras de Escitia, recorriendo todos sus territorios, para recibir las muestras de dolor de sus súbditos. Éstas consistían en automutilaciones como cortarse un pedazo de oreja o traspasarse una mano con flechas, y también en gestos más pacíficos como afeitarse la cabeza. Finalmente, el convoy fúnebre llegaba a los confines de Escitia –«el país de las tumbas»– donde, según Heródoto, se enterraba al rey en una enorme fosa con todo su séquito, para que le sirviera en el Más Allá. Se estrangulaba a una de sus concubinas, a su copero, cocinero, criados, mensajero y a sus caballos favoritos para que le acompañaran en la muerte como en la vida. A esto se añadían sus lujosas pertenencias: joyas, armas, vestidos, tapices, etcétera. 

No acababan ahí estas extrañas costumbres: en el aniversario de su muerte se elegía a los cincuenta servidores más fieles al rey y a otros cincuenta de sus más bellos caballos. Tras matarlos a todos, los escitas disecaban los cadáveres de hombres y bestias y los empalaban disponiéndolos en círculo en torno a la tumba real –los jinetes sobre los caballos–, de suerte que formaran un espectral escuadrón de gala fúnebre. 

Szkíta

Szkíta

Ornamento escita con forma de jinete, por su posición y la falta de armadura se cree que podría formar parte de una escena de caza.

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Por supuesto, los enterramientos de los humildes eran menos espectaculares, aunque también incluían embalsamamientos y procesiones en carro. Después de los funerales, los escitas debían someterse a ritos de purificación tras el contacto con la muerte. Uno de los más curiosos rituales consistía en lavarse todo el cuerpo con fuertes fricciones y después meterse en una tienda que contenía una especie de sauna primitiva. Allí se arrojaban granos de cánnabis sobre las piedras ardientes, produciendo un intenso humo que les embriagaba hasta que, según Heródoto, «gritaban literalmente de placer». 

Todas estas costumbres y creencias, como es natural, parecían a los griegos lo más opuesto posible a su vida ciudadana en las poleis, las ciudades-estado.Y pese a que en la obra de Heródoto nunca se incluye ningún tipo de juicio moral sobre los escitas, desde antiguo se ganaron la fama de bárbaros por excelencia en la literatura griega. 

UN FINAL ENIGMÁTICO 

Tras las guerras con Persia en el siglo VIa.C., los escitas tuvieron un reino estable al norte del mar Negro entre los siglos V y IV a.C., con una potente dinastía real fundada por Ariapites, y sus contactos con las ciudades griegas de la costa se hicieron más fluidos. De esta época datan los impresionantes trabajos en oro que dejaron a la posteridad. 

Tan abundantes fueron los contactos con la cultura griega que uno de los reyes escitas, Esciles, hijo de Ariapites, encontró la muerte por ello. Cuenta de nuevo Heródoto que Esciles era instruido en la lengua y la literatura griegas y que, después de ser coronado, encontraba placer en vestirse a la griega y en rendir culto a los misterios dionisíacos. Los escitas, avergonzados de que su rey tomara parte en las orgías de Dioniso, conspiraron contra él, apoyando a su hermano Octamasades para que, aliado con los tracios, decapitara a Esciles y tomara el poder. 

El poderío de los reyes siguientes fue creciendo hasta que chocaron irremediablemente con otra potencia emergente, la Macedonia de Filipo II, padre de Alejandro Magno. Aunque los escitas fueron derrotados en el año 339 a.C., muriendo en combate su rey Ateas, los macedonios no consiguieron someterlos totalmente. Sin embargo, no mucho después de la muerte de Alejandro, en torno al 300 a.C., el reino escita desapareció súbitamente sin dejar rastro. 

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Buey y caballo con sus crías, detalle de un pectoral escita encontrado en el kurgán Tolstaya Mogila.

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Muchas son las teorías al respecto: hay autores que achacan el fin de los escitas a nuevas oleadas de invasores de las estepas orientales –los sármatas hacen su entrada en la historia en este momento–; otros prefieren explicarlo mediante el recurso a crisis económicas, agrícolas o incluso a cambios climáticos. Como quiera que fuese, lo cierto es que los escitas desaparecieron dejando sólo leves huellas de su paso por la historia. 

Después de este reino tardío sólo hubo algunas postrimerías de importancia menor: un pequeño Estado escita en la península de Crimea, en torno al siglo III a.C., y alguna escaramuza entre los llamados escitas de Diofanto y el rey Mitrídates VI del Ponto, a finales del siglo II a.C. En los siglos III y IV d.C., lo poco que quedaba de los escitas fue subyugado por los godos y los hunos, que acabaron de sumirlos en el olvido. 

Sin embargo, el nombre de los escitas permaneció en la literatura clásica como sinónimo de bárbaro y, a la vez, como una excusa literaria para adoptar el punto de vista del extranjero, la mirada del otro (como en el caso de Luciano de Samósata). Sin duda, fue Heródoto quien perpetuó la memoria de este pueblo legendario. Con las traducciones latinas de sus Historias en el Renacimiento, la fama de estos guerreros implacables llegó a las cortes europeas, quedando poco a poco en el imaginario colectivo que proporcionaba la educación clásica. Así, por ejemplo, en el siglo XVIII el abate Barthélemy publicaba Los viajes del joven Anacarsis por Grecia, donde el autor, jesuita y académico francés, describía la Grecia de tiempos de Alejandro Magno a través de los viajes realizados por un descendiente de aquel antiguo sabio escita. 

No es extraño, por tanto, que en 1812, mientras los rusos prendían fuego al Moscú ocupado por los franceses, Napoleón exclamara: «¡Qué hombres! ¡Son escitas!».A su ejército le esperaba una larga marcha de regreso por la helada estepa, como antaño les sucedió a los hombres de Darío. El emperador de Francia, pese a conocer a Heródoto, había cometido el mismo error que el rey de los persas veinticuatro siglos atrás. 

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Súbditos escitas acudiendo a la corte del rey persa a presentar su tributo (pieles, telas, oro, ganado); se cubren con el caracteri´stico gorro co´nico. Relieve de la Apadana (sala de audiencias) del palacio de Dari´o I en Perse´polis.

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Pronto el nacionalismo ruso, tras la invasión napoleónica y la caída en desgracia de los modelos occidentales, buscó los orígenes de Rusia en los pueblos nómadas de las estepas. Entonces se volvió la mirada de nuevo a los escitas de Heródoto, pero éstos seguían siendo poco más que una leyenda hasta que, en 1912, el arqueólogo ruso N. I. Vesselovski pudo constatar la exactitud de las noticias transmitidas por el historiador griego. Cuando abrió el túmulo funerario de un rey de los siglos V-IV a.C. en Solokha, en el margen izquierdo del Dniéper, la riqueza de los objetos de oro, plata, bronce y madera sorprendió a los arqueólogos de todo el mundo.También los restos de hombres y animales, sacrificados a la vez que su soberano, como era la costumbre escita que referían las fuentes. La decoración alusiva de los objetos indujo aVesselovski a atribuir las tumbas nada menos que a dos hijos del mítico rey Ariapites, uno de ellos Octamasades, quien mató al helenófilo Esciles. 

A partir de entonces, los arqueólogos rusos han continuado excavando hacia el este, desde Crimea hasta las planicies de Kuban o Altai, confirmando la procedencia de estos nómadas esteparios. Una a una, todas las historias transmitidas por Heródoto se fueron confirmando gracias a diversos hallazgos en los túmulos o kurganes: desde los caballos embalsamados junto al rey hasta enseres diversos como el caldero y la bolsa que usaban para los baños de cánnabis. Por fin, la leyenda de los escitas entraba definitivamente en el territorio de la historia.