Enseñanzas de una pandemia: la peste negra

Las pandemias han sido habituales durante toda la historia, pero si una fue especialmente cruenta por su mortalidad y sus consecuencias fue la peste negra. Resulta relevante recordar esas consecuencias para evitar desastres como los ocurridos con anterioridad.

Un médico saja un bubón a una paciente. Fresco de la capilla de San Sebastián. Siglo XV. Lanslevillard, Francia.

Foto: Scala, Firenze.

La mayoría de la gente no piensa en la muerte. Esto nos lo recuerda la muerte misma mientras juega al ajedrez en la playa de El séptimo sello, la película más conocida de Ingmar Bergman. Siempre llega el día, apunta su contrincante, en que estando al borde de la vida uno no tiene más remedio que confrontarse con la oscuridad.

A lo largo de la historia ha habido pocas ocasiones más propicias para reflexionar sobre la propia mortandad como las pandemias. De entre todas ellas, la peste negra ha sido la más devastadora. Aún hoy impregna la imagen de época oscura que muchos tienen del medievo, al que Petrarca ya denominaba saeculum obscurum antes de la plaga, por otros motivos.

Esta pestis se llevó por delante al menos a un tercio de la población europea, alcanzando su máximo punto de virulencia entre 1348 y 1350.

Un misterio resuelto 500 años después

Hoy conocemos el origen de la enfermedad, descubierto en 1894 por Alexandre Yersin y por Kitasato Shibasaburō: un bacilo llamado Yersinia pestis, natural en los roedores y transmitido a los humanos a través de la pulga de rata. También sabemos que esta bacteria ha sido la causante de tres grandes brotes: la plaga de Justiniano en el siglo VI, la citada peste negra y la más reciente, la llamada tercera pandemia, que provocó la muerte de millones de personas en China e India en la segunda mitad del siglo XIX. Dejemos que sea Boccaccio el que describa la dolencia:

“Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo (…) inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes”.

El escritor italiano dedicó las primeras páginas de El Decamerón a relatar la plaga que asoló Florencia en 1348 y explicó sin saberlo los tres tipos principales de peste: la bubónica, la neumónica y la septicémica, provocadas por la picadura de la pulga o por la inhalación de gotitas de Flügge.

Contagio global a través del comercio

El texto nos da además una idea del origen oriental de la enfermedad, que entró en Europa en los barcos mercantes italianos provenientes de Crimea y de Constantinopla. Aunque el foco primigenio es aún hoy motivo de debate, sabemos que a partir de 1347 la epidemia se extendió de manera imparable por todo el continente a través de las redes comerciales y de los viajeros, vectores inevitables en una época en la que la gente se movía mucho más de lo que se suele pensar.

La peste negra se convirtió con el tiempo en una enfermedad recurrente y fue asociada junto a la guerra y al hambre en lo que Julio Valdeón llama la trilogía de grandes catástrofes que conforman la crisis del siglo XIV.

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Los estragos sufridos en esta primera ola de mediados del XIV no se olvidaron fácilmente y, aunque con el tiempo la gente se acostumbraró a convivir con la enfermedad, no dejaron de aparecer fuentes que nos recuerdan su incómoda presencia. Por ejemplo, las Andanzas del caballero cordobés Pedro Tafur, que nos indica lo difícil que era acceder a Constantinopla por el mar Negro en 1437 debido a las cuarentenas y a los bloqueos.

También tenemos textos como el diccionario de Georg von Nürnberg, pensado para alumnos venecianos de lo que hoy llamaríamos una escuela de negocios, donde se aporta el vocabulario básico para informarse sobre la pestilencia y sobre los peligros del camino en 1424.

Consecuencias económicas y racismo

Las consecuencias inmediatas de la pandemia no fueron únicamente sanitarias. La morbilidad, curiosamente mucho más alta en zonas rurales y con menos densidad de población, supuso la despoblación de muchos núcleos rurales, la pérdida de rentas de señores y terratenientes y una inflación disparada de productos básicos, combatida con una subida de salarios.

En muchas regiones la economía tardó una generación en recomponerse y en numerosos casos la actividad se modificó sustancialmente. El cambio al teletrabajo de los tiempos actuales del coronavirus tuvo en la época un equivalente en la expansión de la ganadería, para la que no hacía falta tanta mano de obra y en la que se aprovechaban los espacios abandonados.

En cuanto a sus repercusiones sociales, la epidemia terminó por cristalizar el antijudaísmo en Europa.

De poco sirvió que los judíos enfermasen de la misma manera o que el Papa Clemente VI condenara la violencia contra ellos. Entre 1348 y 1351 numerosas comunidades, acusadas de contaminar las aguas y los pozos, sufrieron pogromos y persecuciones. En algunas ciudades, como Maguncia y Colonia, la minoría hebrea fue eliminada casi por completo.

Parece conveniente recordar estas enseñanzas del pasado, en un momento en que el coronavirus despierta la solidaridad entre vecinos, pero en ocasiones también el miedo al otro y el racismo.

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*Pedro Martínez García es profesor de Historia Medieval en la Universidad Rey Juan Carlos. Esta nota apareció originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.

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