Epidemias milenarias

Las enfermedades de los faraones

Pese a su condición de privilegiados, los monarcas egipcios padecieron las mismas dolencias que sus súbditos, como ha revelado el análisis de sus momias.

Momias reales en el museo.

Las momias de antiguos faraones egipcios, sobre todo de las dinastías XVIII y XIX, se exponen en una sala especialmente acondicionada para su óptima conservación en el Museo Egipcio de El Cairo.

Foto: spl / age fotostock.

Cronología

Males de la realeza

1479-1458 a.C.

La reina Hatshepsut fue una mujer obesa en sus últimos años, lo que le pudo provocar diabetes. Tal vez murió de cáncer de hígado.

1390-1353 a.C.

La momia atribuida al faraón Amenhotep III indica que fue un hombre obeso, y que al final de su vida tuvo problemas dentales muy graves.

1353-1336 a.C.

Aunque no sufrió el síndrome de Marfan, como se había pensado, Akhenatón sí padeció una fuerte escoliosis.

Hacia 1334-1324 a.C.

Tutankhamón sufrió en vida múltiples problemas de salud, como malaria, labio leporino y graves deformaciones en los pies.

1279-1213 a.C.

Ramsés II murió nonagenario, pero afectado de múltiples achaques, como dolorosos problemas dentales y artritis.

1149-1146 a.C.

Ramsés V sufrió una grave hernia inguinal y, por las marcas que presenta su momia, también contrajo la viruela.

En el mundo antiguo, Egipto gozaba de una envidiable reputación como verdadero país de Jauja, donde el complaciente Nilo regaba con anual generosidad los terrenos que luego los campesinos trabajaban con escaso esfuerzo y mucho beneficio. Por desgracia, ésta no es una imagen que se corresponda con la realidad porque, como en todo el mundo antiguo, la vida en Egipto era sufrir el acoso constante de la Naturaleza y de las muchas enfermedades que la medicina no podía diagnosticar y mucho menos sanar. Una vida dura que dejó su marca en los cuerpos de los habitantes de las Dos Tierras y que hoy podemos estudiar gracias a sus momias; en especial, las de los faraones del Reino Nuevo, que se han conservado prácticamente todas. Conocer sus enfermedades nos proporciona una imagen algo más clara de cómo fue su vida.

El egiptólogo Zahi Hawass observa la momia de Tutankhamón antes de someterla a una tomografía axial computerizada (TAC).

Foto: Kenneth Garrett.

Las momias reales egipcias fueron sometidas a un primer estudio en 1912, pero no se las radiografió hasta la década de 1960. En 1976, a causa de su deterioro, la momia de Ramsés II fue llevada a París para ser analizada por un centenar de especialistas. Décadas después, en 2005, la famosa momia de Tutankhamón fue sometida a una detallada tomografía axial computerizada (TAC), una técnica de estudio no invasiva que se aplicó a todas las momias reales de ese período. De algunas de ellas –las relacionadas con la familia de Tutankhamón y unas pocas más– se obtuvieron también muestras cuyos restos de ADN se pudieron leer mediante las últimas técnicas. El resultado es que poco a poco vamos conociendo más sobre los problemas de salud que afligieron a los monarcas del valle del Nilo.

Los temibles parásitos

Muchas dolencias no eran exclusivas de la realeza, como los problemas de oftalmia generados por el ardiente sol y el constante polvo en suspensión del ambiente. Este problema ocular se intentaba solventar maquillándose los ojos. Otras enfermedades eran de tipo parasitario, siendo la principal la esquistosomiasis, producida por un pequeño gusano que vive en aguas estancadas. La agricultura en Egipto se basaba en dejar que la crecida llenara los estanques que se creaban en la llanura inundable, lo cual generaba el ambiente perfecto para que se desarrollaran las diminutas larvas del gusano que la provoca.

Un papiro médico

Un papiro médico

El Papiro Edwin Smith (abajo) es el texto médico más antiguo que se conserva. Escrito en hierático, contiene observaciones, diagnósticos y tratamientos. Academia de Medicina, Nueva York.

 

Foto: science source / album.

Cuando una persona atraviesa esas aguas, las larvas se introducen en su cuerpo y acaban llegando hasta el recto o la vejiga, donde crecen y se reproducen, causando pequeñas hemorragias al excretar, las cuales terminan provocando anemia en las personas infectadas. Si en 1950 más de la mitad de la población egipcia estaba infectada de esquistosomiasis, podemos imaginar cuál era el porcentaje hace 3.500 años. Por ello, se puede dar por seguro que también afectó a los faraones, aunque por el momento no haya sido posible detectar la enfermedad en momias reales. Es cierto que los faraones no pisaban el agua estancada a diario, pues eran transportados casi siempre en sus palanquines; pero sabemos que desde época predinástica celebraban ceremonias en las que era imprescindible que lo hicieran.

La omnipresente malaria

Otra enfermedad parasitaria que atacó sin piedad a los egipcios fue la malaria (conocida también como paludismo), transmitida por las hembras del mosquito anófeles. Los síntomas son variados, pero los principales son una fiebre muy alta y escalofríos recurrentes en ciclos de tres o cuatro días; de ahí el nombre de fiebres tercianas o cuartanas con que era conocida en España. Sin un tratamiento adecuado, la infección puede terminar produciendo insuficiencia renal, coma y la muerte.

Sarcófago de yuya

Sarcófago de yuya

La momia de Yuya, bisabuelo de Tutankhamón, se encontró en el interior de este ataúd cubierto de oro en su tumba del Valle de los Reyes. Museo Egipcio, El Cairo.

Foto: Araldo de Luca

Con sus interminables marismas, el valle del Nilo era el paraíso para los mosquitos, y la salud de sus habitantes sufrió las consecuencias, incluida la familia real. Los estudios realizados en la momia de Tutankhamón descubrieron que era portador de la enfermedad en su variedad más grave, la malaria trópica. No obstante, como el 70 por ciento de los infectados consigue sobrevivir sin tratamiento, y en los países donde la enfermedad es endémica sus habitantes acaban generando cierta inmunidad, no parece que la malaria tuviera nada que ver con la muerte del faraón. De hecho, las momias de Yuya y Tuya, los bisabuelos de Tutankhamón, también estaban infectadas y ellos murieron a una edad avanzada para la época, entre 50 y 60 años.

Prótesis para una mujer

Prótesis para una mujer

En el pie de una momia perteneciente a la hija de un sacerdote se halló esta prótesis para sustituir un dedo gordo amputado. Hacia 950-710 a.C. Museo Egipcio, El Cairo.

Foto: Kenneth Garrett.

De los muchos parásitos intestinales que se han hallado en momias egipcias de época romana, como las lombrices o la tenia, hay uno que parece no atacó a ningún faraón. Se trata de la triquinosis, que se contrae por comer carne de cerdo poco cocinada. En el antiguo Egipto, la carne de este animal era una importante fuente de proteínas para la gente sencilla, pero parece que era considerada indigna de las mesas nobles y no era consumida ni por dioses ni por reyes.

El poblado de los artesanos En Deir el-Medina

El poblado de los artesanos En Deir el-Medina

En la orilla occidental de Luxor, vivieron los constructores de las tumbas reales. Los muros de las sepulturas de estos artesanos recrean accidentes, dislocaciones, roturas de huesos... Y también muestran la presencia de algún médico.

Foto: DEA / Age Fotostock.

Los faraones también sufrieron enfermedades contagiosas de tipo vírico o bacteriano, cuyos síntomas físicos podemos encontrar en algunas de sus momias. La primera de ellas fue la peste, una terrible enfermedad que devastó Europa en la Edad Media y que transmiten las pulgas que transportan los roedores, en especial la rata negra, que pululaba a sus anchas por las poblaciones europeas debido a las inexistentes condiciones de higiene pública. Condiciones semejantes se daban en los poblados egipcios, donde no había alcantarillas y las basuras se acumulaban en las calles a la espera de que la inundación anual se las llevara o las enterrara bajo el limo.

Peste, viruela, polio...

La existencia de epidemias de peste en Egipto se conoce gracias a documentos históricos, no porque se haya detectado en ninguna momia. Bajo el reinado de Akhenatón, un ejército egipcio fue derrotado por las tropas del rey hitita Shupiluliuma, y, según las fuentes, «cuando los prisioneros de guerra que habían sido capturados fueron conducidos a Hatti, una epidemia de peste se declaró entre los prisioneros de guerra, y comenzaron a morir. Cuando los prisioneros de guerra fueron llevados a Hatti, los prisioneros de guerra trajeron la peste a Hatti. A partir de este día, la gente muere en Hatti».

Por su parte, una carta del rey babilonio Burnaburiash cuenta que una esposa asiática de Amenhotep III había muerto «durante la peste», y el edicto de restauración de Tutankhamón habla de que «cuando su Majestad apareció en calidad de rey [...] el país atravesaba la enfermedad», en lo que puede tratarse de otra referencia a la plaga que barrió Egipto durante el reinado de Akhenatón y cuyos estragos son visibles en los enterramientos del cementerio sur de Amarna; la elevada proporción de fallecidos jóvenes sugiere la acción de una epidemia. Esto podría explicar perfectamente las muchas muertes acaecidas entre la familia real amárnica, incluido el faraón.

Pilar de Akhenatón

Pilar de Akhenatón

Este busto procede de un pilar que representaba al faraón en el templo de Karnak. En él se aprecian las estilizadas facciones que han hecho pensar a los especialistas que Akhenatón sufría el síndrome de Marfan.

 

Foto: Scala, Firenze.

Igual de temible que la peste fue durante siglos la viruela, cuyas pústulas dejaban marcado de por vida el cuerpo y el rostro de los afortunados que conseguían sobrevivir a esta peligrosa enfermedad vírica. Uno de los afectados fue Ramsés V, el rostro, el cuello y el pecho de cuya momia parecen mostrar las inconfundibles marcas de la enfermedad. Resulta imposible decir si su fallecimiento con poco más de treinta años está relacionado con la viruela, aunque lo que sí es indudable es que su momia muestra un crecimiento anormal del escroto que parece señalar la existencia de una hernia inguinal.

El valle del Nilo.

El valle del Nilo.

En esta imagen se ve la línea que separa la verde tierra fértil (el color de la regeneración, vinculado al dios Osiris) de la tierra ocre del desierto egipcio, vinculada a Seth, el temido dios del caos.

Foto: alamy / cordon press.

Más deformado aún que Ramsés V quedó el faraón Siptah, el penúltimo de la dinastía XIX, quien de pequeño parece que se vio afectado por el virus de la poliomelitis, muy contagioso y que afecta al sistema nervioso, la capacidad motora y suele producir deformación en las extremidades. Su momia muestra que el miembro afectado era la pierna izquierda, que era más corta, de modo que el pie terminaba casi vertical para contrarrestar la falta de longitud. No obstante, hay especialistas que sugieren que la causa habría sido una parálisis cerebral o incluso una simple malformación congénita.

Víctima de la polio

Víctima de la polio

En esta estela, el funcionario Roma se apoya en un bastón porque su pierna derecha está atrofiada: es más corta y más delgada que la izquierda, se cree que a causa de la polio. Gliptoteca Ny Carlsberg, Copenhague.

Foto: Prisma / Album.

No se trata de un caso único, porque en la estela del funcionario Roma, de la dinastía XVIII, el difunto aparece con exactamente la misma deformidad, que también hallamos en la momia de Tutankhamón. Sí, el rey adolescente, de corto reinado y fabuloso ajuar funerario, tenía el pie derecho plano y el izquierdo equinovaro. No se trata de una deformidad tan acusada como en el caso de Siptah, pero no cabe duda de que esto le impidió caminar con normalidad. Resulta muy interesante que los dos pies de una momia con las siglas KV21a –quien, según el ADN, sería Ankhesenamón, la madre de los dos fetos momificados hallados en la tumba de Tutankhamón– presenten una deformación similar. Sabemos por los textos que Ankhesenamón era hija de Akhenatón y Nefertiti y medio hermana de su esposo Tutankhamón, hijo de Akhenatón y de una madre diferente, por lo que tal vez estos pies deformados sean un rasgo genético de la familia real amárnica.

Dentaduras en mal estado

Un detalle que todas las momias reales comparten entre sí, y con las de todos sus súbditos, es el mal estado de su dentadura. Al contrario de lo que sucede en la actualidad, no se trata de caries causadas por el exceso de azúcares en la dieta –un producto como la miel era un monopolio real y, por su precio, reservado a unos pocos–, sino por la técnica de molido de uno de sus alimentos principales, el pan. Las piedras de molino que utilizaban para moler el grano se deshacían ligeramente al ir creando la harina, y dejaban en ella trazas microscópicas que con el paso de los años acababan desgastando los dientes de todos, desde el faraón hasta el más humilde de los campesinos. La única gran diferencia entre las dentaduras de la familia real y las de sus súbditos la encontramos en la ausencia de líneas Harris entre los soberanos; se trata de las pequeñas marcas lineales en los dientes que indican cuándo dejan de crecer a causa de una crisis de subsistencia. La inmensa mayoría de los egipcios vivían con frecuencia al borde del hambre, algo que nunca experimentaron los miembros de la realeza.

El trabajo en una panadería

El trabajo en una panadería

Las impurezas que llevaba la harina con la que se elaboraba el pan afectaban a la dentadura de los egipcios de todas las clases sociales. Maqueta funeraria de panadería. Museo Egipcio, Turín.

 

Foto: Scala, Firenze.

Relatos como El cuento de Sinuhe o textos sapienciales como Las enseñanzas de Ptahotep describen bien los achaques de la edad en el ser humano. Podemos comprobar esos estragos en la momia de uno de los faraones más conocidos: Ramsés II, que gobernó nada menos que 66 años. Su longevidad le pasó una tremenda factura, como se descubrió al estudiar su momia con detalle. Tenía dientes completamente desgastados con exposición de la pulpa dentaria, además de varios abscesos, lo que debió de causarle un dolor insoportable. Por si esto fuera poco, mostraba en las piernas una terrible artritis anquilosante que, además de dolorosa, debió de impedirle caminar con normalidad. Sin duda, los últimos años de Ramsés II en el trono fueron un sufrimiento constante y quizás eso le ayudó a entender mejor a sus súbditos, sometidos a diario al desgaste provocado por la lucha contra los elementos naturales, la deficiente alimentación y las pesadas labores que debían desempeñar para sobrevivir. Algo que también podemos descubrir al estudiar sus momias; pues, al fin y al cabo, la muerte acaba igualándonos a todos.

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Escena de banquete en la tumba de Nebamón. Los egipcios ricos podían disfrutar de lujosos festines, con música y todo tipo de exquisiteces. Museo Británico, Londres.

Foto: British Museum / Scala, Firenze.

La fértil tierra egipcia procuraba a sus habitantes todo tipo de productos, desde frutas y verduras hasta carnes y pescados. Pese a ello, parte de la población estaba infraalimentada.

Estela del escultor Bak y su esposa Tahere. La prominente barriga de Bak es símbolo de su estatus social.

Foto: Getty Images.

En el antiguo Egipto, ser representado con unos kilos de más era símbolo de éxito en la vida y de un elevado estatus social. Las élites egipcias disfrutaban de una alimentación variada y abundante, pero eso no les libraba de padecer graves dolencias, entre ellas enfermedades cardiovasculares como la aterosclerosis (estrechamiento de las arterias), tal vez como consecuencia de una vida sedentaria y del consumo excesivo de carne y grasa. Las modernas técnicas de estudio aplicadas a momias de egipcios de clase alta han aportado abundante información al respecto.

Un hombre famélico sostiene un recipiente. Estatuilla en madera. Dinastía XII (Reino Medio).
 

Foto: AKG / Album.

La mayoría de campesinos egipcios vivía al límite de la inanición, ya que dependían de que la crecida del Nilo produjera cosechas abundantes. De lo contrario, pasarían hambre, lo que era habitual. El sustento diario de las clases populares estaba compuesto por pan, cerveza y vegetales, aunque cuando llevaban a cabo trabajos para el faraón la alimentación se podía complementar con un aporte extra de carne o de pescado. De todos modos, el consumo de calorías de casi todos los súbditos del faraón siempre fue menor de lo necesario.

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Momia atribuida a Akhenatón, descubierta en la tumba KV55 del valle de los reyes. la columna del rey presenta una desviación a causa de una escoliosis.
 

Foto: Kenneth Garrett.

Una de las posibles explicaciones que se han dado para el peculiar aspecto de Akhenatón es que sufría el síndrome de Marfan, una enfermedad que afecta al tejido conjuntivo y se manifiesta en un cráneo elongado, una pelvis ancha, una altura elevada y unos brazos y dedos muy alargados, lo que encajaría con el aspecto de las estatuas del monarca. No obstante, el TAC practicado a su momia, que se descubrió en la tumba KV55 del Valle de los Reyes, ha demostrado que el soberano no estuvo afectado por esta enfermedad. Era de esperar, porque sólo en las estatuas de la primera parte de su reinado aparece el faraón con esas deformidades extremas, que no son sino una convención artística destinada a señalar el cambio religioso de su gobierno.

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Foto: SPL / Age Fotostock

Cuando una parte del intestino «se escapa» de su ubicación original por una abertura en la pared abdominal se produce una hernia inguinal. El resultado es un abultamiento indoloro en la ingle o el escroto; para tratarlo, en la antigüedad se recurrió a la extirpación del escroto. Algunos investigadores creen que esto es lo que pasó con Merneptah (arriba), sucesor de Ramsés II, cuya momia carece de escroto pero conserva el pene. Ramsés V presenta un escroto muy abultado, síntoma del mismo mal; los embalsamadores lo disimularon doblando el saco escrotal hacia el perineo.

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Momia de la reina Hatshepsut, Museo Egipcio de el Cairo.

Foto: Kenneth Garrett.

En 1903, en una pequeña tumba cerca de la de la reina Hatshepsut en el Valle de los Reyes, Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankhamón, encontró dos momias femeninas, la de una mujer delgada, dentro de un sarcófago, y la de una mujer más corpulenta, depositada en el suelo. Esta última tenía un brazo cruzado sobre el pecho, la posición reservada a la realeza. En 2007 se comprobó que una muela de Hatshepsut, que apareció en el escondrijo de Deir el-Bahari, en una caja con los órganos momificados de la reina, coincidía con una que le faltaba a la mujer robusta. La momia hallada por Carter era, por tanto, la de la reina Hatshepsut. Gracias a los análisis realizados desde entonces, se ha sabido que en sus últimos años la famosa soberana fue una mujer obesa, al parecer diabética, y con la dentadura en muy mal estado. Los estudios ponen de manifiesto que posiblemente murió a consecuencia de un cáncer de hígado hacia los 50 años.

Momia de Amenhotep III, Museo Egipcio de el Cairo.

Foto: Kenneth Garrett.

Otra momia real que ha atraído el interés de los investigadores es la de Amenhotep III. En realidad, algunos expertos dudan de que la momia que tradicionalmente se ha atribuido a este faraón sea realmente suya. Fue hallada junto a otras muchas en la tumba de Amehotep II, que siglos después se utilizó para esconder y preservar las momias de otros soberanos. Debido a estas vicisitudes, la momia se encuentra en un estado lamentable, con la espalda y las costillas rotas. Aun así, el análisis ha constatado la existencia de varios dientes podridos y la ausencia de numerosas piezas dentarias. El monarca debió de sufrir muchísimo, y ello tal vez acabara causándole una muerte dolorosa y agónica.

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