Una maravilla del Mundo Antiguo

El  templo de Diana en Éfeso

Tras conquistar la ciudad de Éfeso, en Asia Menor, el rey Creso de Lidia hizo construir allí un templo en honor de Ártemis que se haría legendario por sus grandiosas dimensiones.

Este grabado en color recrea de un modo idealizado la escalinata principal del templo de Ártemis en Éfeso.

Foto: Cordon Press

En el siglo III a.C. se elaboró en el mundo griego la célebre lista de las Siete Maravillas de la Antigüedad. El catálogo experimentó algunas variaciones a lo largo del tiempo, pero uno de los monumentos que nunca faltó fue el templo de Ártemis en la ciudad de Éfeso, en la costa de Asia Menor (la actual Turquía). De hecho, para algunos autores la más impresionante de las siete maravillas era justamente la de Éfeso.

Así, en el siglo II a.C. el poeta Antípatro de Sidón escribía: «La muralla accesible a los carros de la rocosa Babilonia y el Zeus del Alfeo (en Olimpia) he contemplado; y los Jardines Colgantes [de Babilonia] y el Coloso del Sol (en Rodas); y el descomunal trabajo de las altas pirámides [en Gizeh, Egipto] y la extraordinaria tumba de Mausolo (en Halicarnaso); pero cuando vi la mansión de Ártemis alzándose hasta las nubes, aquéllas palidecieron y me dije: “Mira, aparte del Olimpo, el Sol no ha contemplado nada parecido”».

Antípatro no fue el único en extasiarse. En el siglo II d.C., el viajero griego Pausanias escribió a propósito del santuario: «Tres cosas contribuyen a su fama: la magnitud del templo, que supera a todas las construcciones humanas, el esplendor de la ciudad de Éfeso y el renombre de la diosa». Por desgracia, hoy quedan muy escasos restos materiales de aquel monumento, y las fuentes antiguas transmiten una información muy parcial y teñida a menudo de elementos legendarios.

El templo del rey Creso

La ciudad de Éfeso había sido fundada en el siglo X a.C. por griegos jonios (prodentes del Ática e instalados en la costa egea de Asia Menor), en la desembocadura del Caístro. Allí, en el delta pantanoso del río, los griegos habían encontrado un santuario dedicado por la población del lugar a una diosa de la vegetación y de la fecundidad a la que identificaron con Ártemis, que en la mitología griega era señora de los animales salvajes y de la vida agreste.

Los efesios erigieron sucesivamente hasta tres templos en honor de Ártemis. Pero fue un rey extranjero, el lidio Creso, quien construyó el templo monumental que ha pasado a la historia. Según Heródoto de Halicarnaso, lo hizo tras conquistar la ciudad en el año 560 a.C., como una manera de asegurarse una fama de hombre piadoso y amigo de los griegos.

Ferdinand Knab dibujó esta versión del templo en 1886.

Foto: Wikimedia Commons

El templo fue construido por el arquitecto Quersifronte de Cnosos, que inició las obras con la ayuda de su hijo. Pero fueron dos arquitectos locales, Demetrio y Peonio, quienes lo terminaron siguiendo los planes de construcción que Quersifronte había dejado por escrito. En época romana, el escritor y naturalista romano Plinio el Viejo indicó las enormes proporciones del templo –115,1 metros de largo por 55, 1 metros de ancho– que superaba a todos los conocidos hasta entonces, y dijo que su construcción llevó 120 años. En el templo se alzaban nada menos que 127 columnas, un verdadero bosque inspirado en los grandes templos de Egipto que posiblemente el arquitecto Quersifronte había visto. La construcción de un monumento de estas dimensiones representó todo un desafío para la ingeniería de la época.

Plinio nos cuenta los ingeniosos sistemas ideados por el arquitecto para trasladar los bloques de mármol desde la cantera, situada a doce kilómetros de distancia. El trabajo de subir las piezas del arquitrabe (la parte del edificio que descansa sobre los capiteles) fue enorme. Cuenta una leyenda que al ver que el dintel que se debía colocar sobre la puerta y que era el más pesado no encajaba de ningún modo, Quersifronte, angustiado, pensó en suicidarse; pero por la noche se le apareció Ártemis en sueños y le animó a vivir porque ella misma había ajustado la enorme pieza. En efecto, al día siguiente Quersifronte descubrió que el dintel se había colocado correctamente en su sitio.

Diana Efesia, copia romana en mármol de la imagen de la diosa, siglo I d.C.

Foto: Wikimedia Commons

El Artemisio, como se denominó el templo, fue en su tiempo una institución muy poderosa. El terreno a su alrededor estaba marcado con mojones que indicaban que era propiedad de la diosa, por lo que era inviolable y en él se aplicaba el derecho de asilo. Asimismo, el templo poseía extensas propiedades rurales y numerosos esclavos, y como estaba protegido por su carácter sagrado funcionaba como un banco: custodiaba depósitos, cambiaba moneda y hacía préstamos. Sabemos que el filósofo Heráclito, que era natural de Éfeso, depositó allí su libro buscando la seguridad que ofrecía.

La diosa, conocida como Ártemis o Diana Efesia, aunaba en sí misma elementos griegos y orientales. Su estatua de culto mostraba unas hileras de protuberancias en el torso que se han tomado tradicionalmente como senos (en relación con su carácter de diosa madre), pero que actualmente se interpretan como testículos de toro, un elemento que se ofrecía a la diosa en sacrificio y que tiene que ver también con la fuerza generadora. Una vez al año la diosa salía en procesión a contemplar sus dominios, según la costumbre oriental.

Incendio y reconstrucción

En el año 356 a.C., el templo fue totalmente destruido por un incendio. Según una tradición, ello se debió a que Ártemis, una de cuyas funciones era ayudar a las mujeres durante el parto, estaba tan ocupada con el nacimiento de Alejandro Magno ese mismo día que no pudo acudir a tiempo para socorrer a su propio templo.

El causante del incendio fue un loco llamado Heróstrato, que confesó sobre el potro de tortura que sólo deseaba que su nombre se conociese en todo el mundo por haber destruido aquel famoso edificio. Los efesios intentaron castigarlo con el olvido y borraron su recuerdo mediante un decreto, pero fue en vano, pues Teopompo, un historiador de la época, conservó su nombre para la posteridad.

Solo quedan en pie estas dos columnas del antiguo templo de Artemisa en Éfeso.

Foto: iStock

Cuando Alejandro Magno liberó la ciudad de los persas en 334 a.C. se ofreció a pagar la reconstrucción del templo, lo que suponía incluir una inscripción donde figurara su nombre. Pero como los efesios no deseaban que su templo quedase asociado a otra persona declinaron el ofrecimiento con suma habilidad diciendo a Alejandro que no era conveniente que un dios dedicase un templo a otro dios.

Se recurrió, por tanto, a una especie de suscripción popular; según el historiador griego Estrabón, «construyeron un templo mejor reuniendo las joyas de las mujeres y las pertenencias privadas y vendiendo las columnas anteriores». Salvo por un crepidoma o plataforma escalonada, el nuevo templo respondía a la misma estructura que el anterior edificado por Creso.

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Incluido en la lista de maravillas, el Artemisio atrajo a un turismo religioso que debió de ser también una gran fuente de ingresos para la ciudad. Sabemos que los plateros de Éfeso se ganaban la vida fabricando pequeñas réplicas de la estatua y del templo de Ártemis para los numerosos peregrinos. Cuando el apóstol cristiano Pablo de Tarso se afincó en la ciudad y predicó que no eran dioses los que estaban hechos con las manos de los hombres, los plateros provocaron un motín al grito de «Grande es la Ártemis de los Efesios».

Invasiones e intolerancia

En el año 263 d.C., los godos penetraron con sus barcos en el Egeo desde sus bases en el mar Negro y sembraron el terror en unas regiones tan desguarnecidas como llenas de riquezas. Una de las ciudades que atacaron y saquearon fue Éfeso, que carecía de murallas. El templo de Ártemis, la famosa biblioteca de Celso y los barrios residenciales quedaron arrasados. Aunque el templo fue parcialmente reconstruido durante el período de tranquilidad de la Tetrarquía (hacia finales del siglo III), nunca recuperó su primitivo esplendor.

Excavación del Artemision en un grabado inglés de 1873.

Foto: Cordon Press

A mediados del siglo IV, el cristianismo se convirtió en la religión dominante del Imperio y los emperadores cerraron los templos paganos y prohibieron el culto a las imágenes. En Éfeso, las estatuas de Ártemis fueron derribadas y sustituidas por la cruz de los cristianos; incluso el nombre de la diosa se borró de las inscripciones. El templo fue expoliado por el patriarca Juan Crisóstomo durante su visita a Éfeso en el año 401. Desde entonces, el Artemisio se convirtió en cantera de materiales para nuevas construcciones –iglesias, murallas o baños–, mientras sus estatuas y adornos de mármol partían hacia el palacio imperial de Justiniano en Constantinopla.

Con el paso de los siglos, los cimientos del templo quedaron cubiertos por más de ocho metros de tierra de aluvión e incluso se olvidó por completo el lugar exacto en el que se había levantado. Hasta que en 1869 John Turtle Wood, un arquitecto inglés que había dejado su empleo en la construcción de las primeras líneas ferroviarias en el sureste de Turquía para excavar en la ciudad de Éfeso, anunció al mundo que había hallado los restos de una de las más preciadas Maravillas del Mundo Antiguo.

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