Animales en la historia

El oso polar, venerado y sacrificado

Los pueblos inuit tomaron de los osos polares sus propias técnicas de caza y cada vez que mataban a uno realizaban rituales de expiación

Un oso polar se defiende de unos cazadores inuit. Litografía. Siglo XX.

Foto: Look and Learn / Bridgeman / ACI

Según una vieja leyenda inuit, nanuq, el gran oso polar, es en realidad un gran ser humano vestido con una gruesa piel blanca que le protege del frío. Cuando llega a su cueva, se deshace del manto peludo y queda tan desnudo como el hombre. El origen de la leyenda puede encontrarse en la forma que tiene el oso de caminar, pisando con las patas posteriores en la misma huella dejada por las patas anteriores, de manera que su rastro parece el de un animal erguido. A veces incluso se levanta sobre sus cuartos traseros para olfatear el aire en busca de presas, asemejándose a un hombre de pie.

No es extraño que todas las culturas del Ártico otorguen al oso, pues, ciertas cualidades humanas. Los inupiat de Alaska no podían mencionar su nombre cuando iban a cazarlos por miedo de espantarlos, y los inuit de Groenlandia, al regresar a su choza después de matar a uno, debían desnudarse antes de entrar, como lo hacía el oso en la leyenda.

Pipa de marfil del pueblo koriako, en el este de Siberia, decorada con figuras de osos polares.

Pipa de marfil del pueblo koriako, en el este de Siberia, decorada con figuras de osos polares.

Pipa de marfil del pueblo koriako, en el este de Siberia, decorada con figuras de osos polares.

Foto: Bridgeman / ACI

El alma del oso

Varios ritos aseguraban que el alma del animal cazado estuviera satisfecha. Los pueblos chukchi y yupik, en el este de Siberia, agradecían al oso, umka, su entrega durante la caza y trataban sus restos –especialmente el cráneo– con rituales chamánicos para apaciguar su espíritu y permitir que se volviera a dejar cazar en un futuro.

El resto de la leyenda es falso; ni el oso vive en cuevas ni tan siquiera su piel es blanca, sino negra. Sus pelos son transparentes y en su mayoría huecos, y sólo su densidad acaba dando el color blanco que observamos. Pero sí es cierta la mezcla de fascinación y temor que todas las culturas del Ártico profesan por el oso polar.

Los inuit dicen que aprendieron a cazar focas observando las técnicas de caza de nanuq, y los nenets del norte de Siberia intercambiaban los largos colmillos del oso polar con los pueblos de los bosques, cuyos cazadores los usaban de talismanes contra los ataques de los osos pardos. Y es que para los pueblos árticos el oso polar se convirtió en una de las presas esenciales para su subsistencia. La carne es un manjar que todavía hoy en día alimenta a las comunidades más apartadas en Groenlandia y Canadá, y con su piel se elaboran los más cálidos pantalones.

El oso polar también impresionó a los primeros europeos que lo vieron. En 1594, el explorador holandés Willem Barentsz cazó a uno vivo y lo ató en la cubierta de su barco, pero se volvió tan agresivo que finalmente tuvieron que matarlo. El mismo Horatio Nelson, futuro almirante de la Armada británica, quiso cazar a un oso polar de joven, cuando servía de guardiamarina a bordo del HMS Carcass en 1773. Falló el tiro, pero Constantine John Phipps, el explorador británico que dirigía la expedición, se apuntó un tanto en la historia de la ciencia: fue el primero en bautizar a la especie con un nombre científico. Lo llamó Ursus maritimus, oso marino, porque vio que pasaba más tiempo en el mar que sobre los hielos. De hecho, el oso polar está clasificado como un mamífero marino a pesar de que también puede caminar a diario decenas de kilómetros sobre el hielo. La blancura de la piel y la habilidad acuática del animal le permiten nadar durante días sin pausa recorriendo centenares de kilómetros.

Un miembro de la expedición de Willem Barentsz de 1596 dispara a un oso polar en el archipiélago de Nueva Zembla en el Ártico al norte de Rusia.

Un miembro de la expedición de Willem Barentsz de 1596 dispara a un oso polar en el archipiélago de Nueva Zembla en el Ártico al norte de Rusia.

Un miembro de la expedición de Willem Barentsz de 1596 dispara a un oso polar en el archipiélago de Nueva Zembla en el Ártico al norte de Rusia.

Foto: AKG / Album

Salvación de exploradores

Quienes sí pudieron cazar a varios osos y sobrevivir gracias a ellos fueron Fridtjof Nansen y Hjalmar Johansen, que después de su intento fallido de llegar al Polo Norte a bordo del Fram tuvieron que pasar el invierno de 1896 comiendo osos y morsas en su precario refugio de la Tierra de Francisco José. Si Nansen y Johansen volvieran a naufragar ahora ya no podrían sobrevivir tan fácilmente.
Los osos polares empiezan a escasear y se ven amenazados por nuevos peligros. Su población de casi 30.000 individuos repartidos por todo el Ártico se encuentra en situación vulnerable y por ello el oso polar se ha convertido en un icono del cambio climático. La polución de las aguas, la reducción del grosor y extensión de los hielos y la disminución en el número de sus presas podrían terminar llevándolo a la extinción. Que el oso polar siga gobernando en su reino blanco no está asegurado.

Para saber más

El oso: de rey de los bosques a bestia diabólica

La transformación del oso

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Este artículo pertenece al número 200 de la revista Historia National Geographic.