Vida cotidiana

El arte japonés de tomar una taza de té

En el siglo XV, el maestro Murata elaboró un ritual para consumir té repleto de significación moral y estética

taza de té

Foto: Bridgeman / ACI

Como todo fenómeno cultural, la ceremonia japonesa del té no surgió de la nada, y tampoco fue igual en sus inicios que a lo largo de su desarrollo posterior. El Cha no yu (literalmente «el agua caliente del té») experimentó un proceso de elaboración física y conceptual hasta cristalizar en la forma en que todavía hoy se practica.

Los primeros pasos del té en Japón están aún envueltos en la bruma de la tradición legendaria. Se dice que fue el célebre patriarca budista Kukai (774-895) quien llevó el té al archipiélago desde la China Tang a principios del siglo IX de nuestra era. Sea como fuere, parece claro que al principio beber té era una práctica restringida a la corte y, sobre todo, al ámbito religioso budista. El té se importaba de China, y no consta que hubiera producción local al menos hasta el siglo XII, cuando –de nuevo según la tradición– Eisai, maestro budista zen fundador de la escuela Rinzai, trajo semillas y las plantó en los jardines de su templo, publicando además un libro en el que alababa el té como remedio celestial.

Juego de té

Bajo la influencia del budismo zen, la ceremonia del té pasó a ser conocida como Chado, 茶道, «el camino del té». El término do significa «camino», «viaje» y «enseñanzas», y se usa en los nombres de otras artes zen, como el kado o ikebana (arreglo floral) o el kyudo (tiro con arco).

Ceremonial importado

El té se tomaba por entonces a la manera china Song que los monjes habían conocido en sus viajes; se trataba de ceremonias muy formales, durante las que se bebía sentado un té preparado en otra habitación, al tiempo que se admiraban rollos de caligrafía o pintura china y se empleaban utensilios también chinos. Con el paso de los años, la bebida se hizo cada vez más popular y su consumo se extendió entre comerciantes y guerreros; surgieron incluso ruidosas competiciones, llamadas tocha, en las que los participantes trataban de distinguir a ciegas los tés de más calidad de otros inferiores; en ellas se apostaba fuerte, corría el alcohol y a veces había hasta baños calientes. Pero hubo que esperar hasta los siglos XV-XVI para que beber té se convirtiese en la ceremonia que hoy conocemos.

Este proceso estuvo protagonizado por varios maestros de té, entre los que destacan Noami, Muso Kokushi, Takeno Jo-o, Sen no Rikyu y Murata Shuko. Monje, mercader, poeta y paisajista, el maestro Murata (1423-1502) desarrolló su labor en un período sumamente convulso de la historia japonesa, marcado por una sucesión de guerras y revueltas que tendrían un fuerte impacto en la ciudad de Kyoto. Criado entre las feroces luchas internas que asolaban el shogunato –el gobierno militar ejercido por los diferentes clanes de samuráis–, este maestro del té sentó las bases de una ceremonia armónica, calmada y llena de paz.

La ceremonia desarrollada por Murata Shuko buscaba alcanzar el sosiego del espíritu a través de la sencillez de las pequeñas cosas.

En contraste con la inseguridad reinante, o tal vez precisamente debido a ella, la ceremonia desarrollada por Murata Shuko buscaba alcanzar el sosiego del espíritu a través de la sencillez de las pequeñas cosas. Parece como si su propio y contradictorio nombre le predestinara a ello: Murata significa «el campo del pueblo», mientras su nombre de pila, Shuko, podría traducirse con un rimbombante «Joya resplandeciente». Las tocha aún se celebraban cuando nació el maestro Murata, pero en ambientes más refinados estaba de moda tomar el té al estilo shoin, usando un espacio en el que se preparaba el té y en el que los invitados se arrodillaban sobre tatamis o esteras, aunque se seguían empleando útiles chinos y se exhibían lujosas piezas de arte de ese país.

Se piensa que Murata Shuko procedía de una familia de comerciantes de Nara, y que siendo aún joven tuvo contacto con el budismo y con el maestro Noami. Se trasladó después a Kyoto, donde se hizo monje zen y estudió con el famoso Ikkyu, el excéntrico abad del templo Daitoku, que entre otras cosas estaba también interesado en el té. Finalmente, Murata Shuko se estableció como mercader de té en Kyoto, donde comenzó a desarrollar su propia versión de la ceremonia.

Combinación de elementos

La idea central de su ceremonial proviene del zen, la escuela budista que pretende alcanzar la iluminación a través de la meditación. Consistía en el empleo de lo cotidiano como vía hacia la iluminación: «El té y el zen tienen un único sabor», resumiría años después Sen Sotan, nieto de Sen no Rikyu. Con los años, el té acabaría convirtiéndose en uno de los «caminos artísticos» del zen, como la caligrafía o el arreglo floral, entre otros. El Cha no yu del maestro Murata se complacía en lo sencillo, buscando la belleza inspiradora en lo imperfecto: es el concepto japonés de wabi que acabaría dando nombre a este tipo de té, el wabi-cha.

Pero ¿cómo era exactamente la ceremonia? En el único documento atribuido a su pincel, el Kokori no fumio («Escrito del corazón», una carta dirigida a uno de sus discípulos), Murata Shuko explica que había que emplear indistintamente utensilios chinos y japoneses, borrando la línea entre piezas exquisitas y piezas simples, incluso rústicas y con imperfecciones, y, en todo caso, sin obsesionarse ni por lo inacabado ni por lo reluciente.

La ceremonia promovida por el maestro Murata se llevaba a cabo en un espacio pequeño, de cuatro tatamis y medio (unos 9 metros cuadrados); él fue, además, el primero que construyó una cabaña dedicada exclusivamente a este rito, creando así un espacio diferenciado y simbólico en el que ambientar la ceremonia.

casa de té

La casa del té de los jardines de la villa imperial de Katsura, en Kyoto, conjunto que se remonta al siglo XVII.

Foto: Alamy / ACI

Una ceremonia sencilla

Para preparar la bebida se empleaba el té en polvo que los japoneses llaman matcha. Este tipo de té era el que los monjes habían conocido en la China Song. Curiosamente, pronto cayó en desuso en el continente, pero se mantuvo en Japón, donde sigue empleándose para la ceremonia del té hasta el día de hoy. No tenemos descripciones precisas de la ceremonia de Murata, pero los utensilios básicos para llevarla a cabo eran ya los mismos que siguen empleándose en la actualidad, por lo que es razonable pensar que los pasos principales eran también similares y que, igual que hoy, el anfitrión servía a sus huéspedes, pero no hacía té para sí mismo.


El agua para el té se guarda en un contenedor de agua fresca (mizusashi). Llegado el momento, esta agua se calienta sobre el brasero (furo) dentro de una tetera metálica o marmita (kama). Cuando está lista, el anfitrión vierte un poco en el cuenco (chawan) para enjuagarlo y la descarta echándola en el recipiente para ese fin (kensui). De este único cuenco beberán todos los invitados. Tras enjuagar el cuenco, se coge una cucharita (chashaku) y se echan dentro tres cucharaditas de té en polvo que se guarda en un bote especial (chaire), y se vierte agua en el cuenco hasta llenarlo. La mezcla se agita con la brocha de bambú (chasen) para conseguir una textura densa y espumosa. El té está listo para ser disfrutado.

En lugar de exhibir ostentosas obras de arte chinas, el maestro Murata colgó en su cabaña de té una caligrafía del artista y maestro zen chino Yuan Wu, que le había regalado su mentor, el abad Ikkyu, inaugurando una costumbre que continúa practicándose. Para Murata, tomar parte en el Cha no yu suponía respetar cuatro valores fundamentales: la humildad, la reverencia hacia el alimento, la pureza y la calma; en suma, olvidarse de uno mismo para alcanzar la tranquilidad del corazón.

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Ceremonia del té

Ceremonia del té

Foto: Bridgeman / ACI

Cuencos de té que se reparaban con oro

Los cuencos para té, los chawan, eran ya en el siglo XV piezas muy apreciadas. El maestro Murata acabó dando nombre a toda una tipología, los Juko Seiji, exquisitas piezas verde celadón importadas de China que se hicieron muy populares a mediados de la centuria posterior y de las que hay abundantes ejemplos en los museos japoneses. Cuando un chawan muy apreciado se rompía, a veces llegaba a repararse con oro: es la técnica conocida como kintsugi, que se popularizó durante la era Muromachi (siglos XIV-XVI), y que consiste en rellenar grietas con laca mezclada con polvo de oro. Así, las cicatrices del objeto pasan a ser un elemento más de su encanto, en línea con la idea japonesa de la imperfección como condición de belleza.

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Sen no Rikyu

El maestro del té japonés Sen no Rikyu. retrato por Tohaku Hasegawa. Siglo XVI.

Foto: Bridgeman / ACI

La despedida del maestro

considerado la mayor autoridad de su época en la ceremonia del té, el maestro Sen no Rikyu (1522-1591) gozó del favor del shogun Hideyoshi, quien sin embargo terminó sospechando de él y le ordenó quitarse la vida mediante el seppuku o harakiri. Rikyu decidió celebrar una última ceremonia del té. Según la narración novelada de Okakura Kakuzo, tras servir a sus invitados y vaciar los cuencos –«el huésped, el último de todos»–, Rikyu les regaló los objetos utilizados y finalmente alzó su propio cuenco y dijo: «Que jamás este cuenco, mancillado por los labios de la desgracia, sirva para otro hombre», tras lo que rompió la taza en mil pedazos.

Este artículo pertenece al número 199 de la revista Historia National Geographic.

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