Una complicada burocracia

La compleja educación de los funcionarios en la antigua China: una vida dedicada al estudio

En la antigua China, todo letrado podía aspirar a ser un alto funcionario de la administración si lograba superar una serie de complicados y exigentes exámenes. Tanta era la dificultad, que muchos de ellos solo lo conseguían en su madurez.

Retrato del mandarín Wu-Ting-Chau en Hankow, en 1898. 

Foto: Cordon Press

Cuando los portugueses entraron en contacto con China, a principios del siglo XVI, distinguieron enseguida a una clase de personas con autoridad sobre las demás. Los llamaron mandarim, por una confusión entre el verbo mandar y una serie de palabras de sonido parecido que, en Asia, designan a alguien con poder. De esta forma se referían a los funcionarios y magistrados que administraban el país en nombre del emperador. El gran número de estos servidores públicos y su poder sorprendieron a los visitantes occidentales. También el hecho de que los mandarines, lejos de ser simples funcionarios, eran literatos y eruditos o, por lo menos, aspiraban a serlo. Muchos especialistas, por ello, prefieren hablar de "letrados".

Pero el aspecto que más admiración causaba era el método de selección de los mandarines. En contraste con Europa, donde los cargos públicos dependían del capricho del monarca, se compraban o se transmitían de padre a hijo, en China existía un sistema de exámenes (keju) que permitía que todos concurrieran en pie de igualdad y fueran elegidos los más capacitados. En 1733, un observador europeo se refería con envidia a un país donde "el verdadero mérito es la única cualificación para un puesto". Era un sistema muy antiguo, que se remontaba al siglo VII, y alcanzó su pleno desarrollo en las eras Ming (1368-1644) y Qing (1644-1911).

A la escuela desde los cuatro años

En China, ocupar un cargo público aseguraba al candidato y a su familia las más altas ventajas y honores. De ahí que muchos se preparasen para ello desde la más tierna infancia. La educación de un aspirante a mandarín comenzaba a los cuatro años, edad en que los niños se adentraban en el estudio de la difícil escritura china, clave para ocupar un puesto administrativo. Algunas niñas también eran escolarizadas, pero sin ninguna esperanza de ocupar cargos públicos. Al mismo tiempo, solo las familias con unos medios mínimos podían contratar a un preceptor privado o enviar sus hijos a la escuela.

La educación de un aspirante a mandarín comenzaba a los cuatro años, edad en que los niños se adentraban en el estudio de la difícil escritura china.

Tres generaciones de mandarines de la dinastía Qing. Pintura del siglo XIX.

Foto: PD

A los ocho años, los estudiantes ya recitaban pasajes escogidos de la literatura china: los llamados Cinco clásicos y los Cuatro libros, entre los que destacaban las Analectas de Confucio. En total, tenían que memorizar unos 431.000 caracteres; escritos en rima para su fácil memorización, se enseñaban desde veinte a varios cientos al día. El grado de motivación era alto, pues se sabía que una prueba obligatoria en los exámenes imperiales era recitar y poner por escrito alguno de estos pasajes completos, sin un fallo.

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Una carrera de obstáculos

A partir de los 15 años, los alumnos abandonaban su antigua escuela para emprender la carrera de exámenes que podía llevarlos a lo más alto. Existían numerosas academias a lo largo y ancho del país para preparar los exámenes; en la época Qing llegó a haber 7.000. En ellas los estudiantes proseguían su estudio de los clásicos chinos y se preparaban en particular para la principal prueba de los exámenes: la "composición en ocho partes", consistente en la exposición de un pasaje de las Analectas de Confucio según una estructura prefijada e inamovible. Los críticos del sistema sostenían que esta prueba favorecía el formalismo y la simple repetición; en las academias chinas, como en las escuelas de hoy día, sólo se estudiaba "lo que sale en el examen".

A partir de los 15 años, los alumnos abandonaban su antigua escuela para emprender la carrera de exámenes que podía llevarlos a lo más alto.

Dos de cada tres años se procedía a una primera selección de alumnos a nivel del distrito, y luego en la capital de prefectura, donde se obtenía el grado de bachiller (tongsheng). En la misma prefectura se organizaba un examen trienal, que daba el grado de licenciado (shengyuan, llamado también xiucai). Estos exámenes no permitían acceder todavía a la administración pública, pero otorgaban privilegios honoríficos: los licenciados lucían una túnica azul y un sombrero especial y quedaban exentos de castigos corporales ante la justicia. Además, los que no tuvieran éxito en las siguientes fases podían dedicarse a la enseñanza, que les estaba reservada.

Enseña bordada de un mandarín de sexto rango con una garceta. Dinastía Qing.

Foto: PD

La siguiente etapa era la de los exámenes provinciales, celebrados cada tres años. Eran pruebas particularmente exigentes. Se desarrollaban en recintos amurallados, donde se distribuía gran número de celdas individuales alineadas una tras otra, en las que cada alumno haría su examen. Las celdas contenían tres tablones móviles que el candidato usaba como asiento, pupitre y estantería. No había puertas, sólo una cortina; a veces tampoco techo, y algunas pruebas se realizaban en pleno otoño… Los aspirantes debían pasar allí encerrados tres días y dos noches, bajo la estricta vigilancia de guardias, que podían registrarles en cualquier momento. Tenían que dormir acurrucados, y no podían llevar consigo más que la comida y un orinal.

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La "voluntad de un dragón"

Sólo había una manera de aprobar: entregando un examen impecable tanto en el contenido como en la forma. Según un famoso dicho, "para aprobar un examen hace falta la voluntad de un dragón, la fuerza de una mula, la insensibilidad de una carcoma y la resistencia de un camello". Los que lo lograban recibían el título de juren, graduado provincial. Estos afortunados celebraban un banquete con los examinadores y eran recibidos triunfalmente en sus localidades de origen. No era para menos: tenían el futuro asegurado como funcionarios.

Según un famoso dicho, 'para aprobar un examen hace falta la voluntad de un dragón, la fuerza de una mula, la insensibilidad de una carcoma y la resistencia de un camello'.

La consagración del mandarín se alcanzaba en Pekín. Cada tres años se celebraba allí un examen metropolitano, según el mismo modelo que el provincial, que iba seguido por el Examen de Palacio, en presencia del propio emperador. En contraste con el rigor de las pruebas anteriores, aquí todo eran comodidades y lujos. Los candidatos eran agasajados con té y comida por los sirvientes imperiales, en ningún momento debían cargar su equipaje y disponían de todo el papel que deseasen. Los aprobados recibían el título de doctor, jinshi, y pasaban a integrar la élite de altos funcionarios del Imperio.

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Aprobado a los ochenta años

La fama de imparcialidad y rigor del sistema de exámenes chino no es inmerecida. Para evitar los favoritismos por parte de los correctores se establecía que se sacara una copia anónima del examen en una caligrafía distinta a la del candidato. Además, cada examen era corregido tres veces por diferentes examinadores. Sin embargo, el soborno a los correctores fue práctica habitual, al igual que la recomendación, el tráfico de influencias o la compra misma del cargo. Los candidatos, por su parte, ponían en práctica toda clase de trucos: la suplantación, el trueque de pruebas, las señas e incluso "chuletas" diminutas cosidas al vestido, de las que se conservan ejemplares.

Retrato del mandarín Jiang Shunfu. Siglo XV. Museo de Nankín.

Foto: PD

El sistema de exámenes imperiales era muy selectivo. De los 10.000 o 12.000 candidatos que se presentaban a cada una de las pruebas provinciales, sólo aprobaban 300. A los exámenes imperiales acudían unos 15.000 aspirantes, y raramente aprobaban más de 200. En conjunto, sólo uno de cada 3.000 aspirantes alcanzaba el objetivo final. Algunos se presentaban una vez tras otra, de modo que a menudo los jóvenes aspirantes se codeaban con otros de 40 o 50 años. Se contaba el caso proverbial de un poeta, Liang Hao, que aprobó los exámenes imperiales a los 82 años, y un novelista del siglo XVIII habla de un hombre de 50 años que había suspendido 20 veces hasta que logró aprobar.

A los exámenes imperiales acudían unos 15.000 aspirantes, y raramente aprobaban más de 200. En conjunto, sólo uno de cada 3.000 aspirantes alcanzaba el objetivo final.

Pero, al fin y al cabo, muchos fracasaban. Algunos se hacían profesores, pero para otros era difícil encontrar un trabajo alternativo con el tipo de educación que habían recibido. En Los mandarines, novela de Wu Jingzi que retrata el mundo de los letrados en decadencia en el siglo XVIII, aparece un humilde afinador de instrumentos musicales de 57 años que explica su vida: "Aprobé el examen de distrito a los 20 años, pero desgraciadamente tanto estudiar me incapacitó para cualquier otro trabajo y me hice cada vez más pobre". No eran infrecuentes los suicidios. La frustración también podía conducir a la rebeldía, como en el caso del líder de la rebelión Taiping, en 1850, que había suspendido cinco veces los exámenes imperiales. Los descontentos y las críticas contra el tipo de formación que propiciaba el sistema de exámenes imperiales llevaron a que en 1905 el gobierno chino lo aboliera definitivamente.

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