Renacimiento antes del Renacimiento

La Edad de Oro del Islam

A partir del siglo VIII, impulsados por el deseo de comprender y asimilar las civilizaciones que habían incorporado a sus dominios, los califas financiaron un gran desarrollo de las ciencias y la cultura. La llamada Edad de Oro del Islam duró hasta el siglo XIII, momento en el que pasó el testigo de sus innovaciones a la Europa del Renacimiento.

Científicos del Islam

Foto: CC

Entre los siglos VII y VIII, el Islam protagonizó una expansión como pocas se han visto en la historia. Dicha expansión puso al alcance de los gobernantes no solo una desbordante cantidad de recursos materiales y humanos, sino también intelectuales. El contacto con culturas tan antiguas como diversas supuso un gran reto de asimilación, pero a la vez una gran oportunidad al reunir bajo un mismo imperio el legado cultural más amplio que había existido hasta aquel momento.

Los califas abásidas, seguidos por los que surgieron de las sucesivas escisiones del imperio, invirtieron en ciencias y cultura para asimilar el saber de las civilizaciones que habían conquistado. La traducción de textos procedentes de todo el mundo antiguo, así como un gran número de aportaciones originales, hicieron del mundo musulmán el corazón cultural del Viejo Mundo durante cinco siglos, motivo por el cual se ha llamado a esa época la Edad de Oro del Islam.

Muchas de las invenciones del Renacimiento fueron una continuación de los avances que se habían producido durante la Edad de Oro del Islam

Esa época fue un preludio de lo que en Europa se llamaría Renacimiento: cuando las invasiones mongolas pusieron fin a dicha Edad de Oro, el testigo pasó a Italia a través del dominio veneciano sobre los mares. Muchas de las invenciones que tuvieron lugar en Europa a partir del siglo XIV fueron una continuación de los avances que se habían producido durante aquella época medieval que no fue tan oscura ni atrasada como se la consideró.

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Conocimiento heredado e innovación

El primer paso en este florecimiento cultural fue la traducción de una gran cantidad de textos, especialmente griegos y persas, al árabe. Esto implicaba, por ejemplo, que un texto que recogiera los conocimientos matemáticos desarrollados en la India y otro procedente de Al-Ándalus que explicara los métodos de construcción romanos podían converger en Bagdad, la capital abásida, donde alguien los podía poner en práctica conjuntamente para dar lugar a innovaciones arquitectónicas.

La compilación del saber en enciclopedias y tratados, la traducción de textos al árabe y las grandes rutas comerciales que unían el mundo musulmán fueron elementos clave para la difusión del conocimiento

El elemento clave para la difusión del conocimiento fue la compilación del saber, tanto el heredado de los antiguos como el nuevo, en enciclopedias y tratados que eran copiados y guardados en grandes bibliotecas. Una diferencia importante respecto a lo acontecido en la Antigüedad clásica es que este saber se escribía en una lengua franca como era el árabe en ese momento, en vez de una lengua de cultura como el griego que, fuera de las tierras de tradición helenística, era conocida solo por una élite minoritaria.

Otro factor fundamental para explicar esta ebullición intelectual es que, por primera vez en la historia, las grandes rutas comerciales que conectaban Europa, Asia y África a través del Levante mediterráneo estaban unidas por una cultura común, aunque políticamente dividida. Estas rutas fueron vías de intercambio de conocimientos, de modo que las innovaciones realizadas en un lugar llegaban rápidamente a otros. El Islam también introdujo un ritual que sin duda estimuló este proceso: la peregrinación a la Meca o, en caso de no poder, a otros lugares sagrados.

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Por la utilidad y por el placer

Un campo que se benefició especialmente de esta convergencia de conocimientos fue la medicina, que durante la Edad de Oro del Islam avanzó a pasos agigantados: cada gran ciudad tenía hospitales y farmacias, además de centros dedicados exclusivamente al estudio de la ciencia. En el siglo X, el médico andalusí al-Zahrawi practicó las primeras cirujías e inventó instrumentos para tratar partes del cuerpo humano tan delicadas como los ojos o el cráneo, consiguiendo entre otros logros el de curar por primera vez las cataratas. Tal era la fama de los médicos del Islam, que quienes aspiraban a serlo viajaban miles de kilómetros para poder estudiar con los grandes maestros como al-Zahrawi o Ibn Sina, en una época en la que el viaje no era precisamente cómodo ni seguro.

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La agricultura fue otro ámbito que experimentó un gran progreso. La variedad de productos propiciada por el comercio entre lugares lejanos hizo posible diversificar los cultivos y, más importante aún, permitir una rotación estacional entre ellos. Esto, junto con las innovaciones introducidas en el regadío, fue un factor determinante para aumentar el rendimiento de la tierra. Además de reducir las hambrunas y estimular el comercio, generar excedentes permitía financiar escuelas, bibliotecas y otros centros del saber. Un ejemplo de ello es la madrasa de Qarawiyyin en Fez (Marruecos), creada por Fatima al-Fihri, la hija de un rico comerciante árabe: fundada en el año 859, se considera la institución de educación superior más antigua del mundo, dos siglos antes de que nacieran las primeras universidades.

Pero no solo el conocimiento que podríamos definir como “práctico” experimentó grandes avances durante la Edad de Oro, sino también aquel que estaba destinado al placer en sí mismo, como las artes, la jardinería o la perfumería. Los periodos de mayor estabilidad y por ende prosperidad eran propicios para que los califas y emires del mundo islámico patrocinaran a poetas, músicos y artistas de todo tipo, e incluso dedicaran ellos mismos una parte de su tiempo a las artes. Persia en particular fue un lugar privilegiado en el que florecieron expresiones artísticas únicas como la de las miniaturas, que hoy en día siguen siendo populares, y poetas que se han convertido en mitos nacionales como Ferdowsí. De esa época datan también las primeras versiones de uno de los libros más famosos de la narrativa oriental, Las mil y una noches.

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De una Edad de Oro a otra

Esa Edad de Oro terminó de manera brusca y violenta en el siglo XIII, cuando las hordas mongolas de Gengis Khan arrasaron Asia y parte de Europa. El saqueo de Bagdad en 1258 es considerado uno de los sucesos más catastróficos de la historia en términos culturales: en aquella época esta ciudad era la capital intelectual del Islam, que nunca recuperó la unidad cultural que había propiciado la Edad de Oro. A pesar de que hubo periodos posteriores de esplendor, estuvieron limitados a sus lugares de origen, como el reino nazarí de Granada, el Imperio Safávida en Persia o el breve imperio de Tamerlán en Asia Central.

Como había sucedido en el paso del mundo clásico al medieval, un nuevo cambio de época estaba a punto de llegar y con él, el epicentro cultural del Viejo Mundo se iba a desplazar de nuevo hasta Italia, a través de la potencia que fue durante siglos el puente entre Oriente y Occidente, la Serenísima República de Venecia. Una nueva edad de oro, que sería bautizada como Renacimiento, estaba a punto de empezar.

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